Capítulo 1: La gota.
P.1: ¿Excede ese cubo de 2.800 cm3?
P.2: Es la primera vez que lo utilizo, me hicieron un agujero en el mío.
P.1: No sirve.
P.2: Es lo único que he podido encontrar.
P.1: Vuelve otro día.
P.2: Pero…llevo tres días sin agua.
P.1: Busca un recipiente que respete las medidas y vuelve…
-…-
Capíulo 2: Hidrógeno (2)
P.3: Deberías cuidar más tus pertenencias.
P.2: Estoy cansado de este servilismo.
P.3: Al menos tú no soportas el peso de una familia.
P.2: Tonterías, todos tenemos nuestras propias necesidades.
P.3: Puedo compartir mi agua contigo.
P.2: Esto tiene que acabar, tenemos que sublevarnos.
P.3: ¿Qué estás diciendo?
P.2: Tenemos que reventar este sistema, tenemos que apoderarnos de ese grifo y repartir el agua libremente entre todos.
-…-
Capítulo 3: Oxigeno
P.4: ¡Fuego! ¡Fuego!
P.1: ¿Qué ocurre? ¿Cuál es la alarma?
P.3: Se está quemando el hangar de los telares. ¡Necesitamos agua para apagar el fuego!
P.1: ¡Quietos, los telares no son un recurso de primera necesidad!
P.3: ¡Necesitamos agua! ¡Agua! ¡Agua!
P.1: Atrás, no sigáis avanzando.
P.2: Apartaos, ¡a muerte!
P.1: ¡Motín! ¡Motín!
-…-
Capítulo 4: Oxígeno (2): oxigenada
P.1: No aguantarán tres días sin beber.
P.5: Es posible que hayan acumulado algo de agua durante estos días.
P.1: Seguro que no la suficiente, nosotros podemos resistir más en ayuno.
(…)
P.3: Debemos hacer que salgan de ahí, están enrocados.
P.2: No tienen comida, pronto se rendirán.
P.3: Pero nosotros necesitamos agua, ¡necesitamos beber!, ¡ellos tienen el agua!
P.2: Pues quitémosela. Vayamos a las grietas del Norte y envenenemos el agua. Cuando no tengan qué beber, se rendirán.
P.3: ¿Estás loco? ¿Qué beberemos, entonces?
P.2: El efecto del veneno durará cinco días, es suficiente, mientras podemos aguantar el alzamiento si racionalizamos nuestras reservas. Ellos no habrán caído en esa precaución.
P.3: Quizás tengas razón.
-…-
Crónicas del último grifo del planeta con agua potable:
La noche de autos, los rebeldes envenenaron las aguas de El Último Río por las grietas del Norte.
Los guardianes del grifo se rindieron y cedieron el poder al grupo insurgente de Neil (P.2).
Los nuevos líderes impusieron un precio al agua que debía pagarse con otros bienes materiales u otros abusos de tipo personal.
El día que envenenaron el río, Neil descubrió en las grietas un acceso secreto a las aguas de un torrente anexo, un afluente que no quedó contaminado por el veneno. Él y su grupo rebelde beben el agua de ese torrente.
Meses después, el agua que se recoge del grifo sigue parcialmente envenenada.
martes, 13 de abril de 2010
martes, 6 de abril de 2010
H2O: (Las cadenas genéticas o el enigma del gemelo recién nacido robado)
Desde hace tiempo me vengo planteando escribir sobre las cadenas genéticas idénticas, no con rigor científico, obviamente, pero sí como fenómeno casual y anecdótico que puede estar produciéndose en nuestra especie.
Así como existe la teoría de los que piensan que nuestra mente funciona como un ordenador, corriente epistemológica que nos eleva a la categoría de procesadores de carne y hueso, existe también el convencimiento que nuestro hardware se construye a parir de un diseño particular de genes y, puesto que las piezas son de lectura universal, éste se puede repetir, argumento que nos capacita para alcanzar un paso evolutivo más y acabar de aceptar nuestra condición de androides en lugar de vulgares homo sapiens.
Decía Heráclito en el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos, y la ciencia con el paso de los siglos le ha dado la razón, aunque el envejecimiento es el causante de ese no somos, nuestra verdad genética, la cadena que estructura nuestro diseño, es la responsable de un somos cada vez más evidente.
Es cierto que nunca he avistado dos individuos de cadena genética idéntica que no sean gemelos, pero sí a varios sujetos sin parentesco alguno con un alto porcentaje de coincidencia en rasgos físicos. La primera vez fue viendo un partido de baloncesto femenino, un compañero me dijo: oye, ¿no es esa tu novia?, y, ciertamente, lo hubiera sido de no ser porque su pelo sin tintar era pelirrojo y no moreno. En otra ocasión el que llamó mi atención fue el clon de un amigo casado y con dos hijas que sorprendí flirteando con una rubia cerca del portal de su casa, la del amigo, no la del clon, es decir, sembrando la duda en el vecindario; suerte que este adonis hablaba en alemán, cosa que su calcomanía catalana ni por asomo, despejando mis dudas sobre la posible fidelidad quebradiza de mi amigo.
Pero estas anécdotas no tendrían importancia si no hubiese experimentado esta coincidencia conmigo mismo. Es posible que nos cueste apreciar diferencias entre otras personas con ciertos parecidos razonables, pero yo con mi propio yo qué duda cabe. Pues así fue, en un concierto, acercándome al escenario y observando como la gente se giraba para mirarme. Lo primero que piensas es que llevas la cara manchada de grasa o que al salir del servicio te has enganchado el papel higiénico al subirte los pantalones y lo llevas colgando, pero no; luego descubrí que entre los músicos, como una aparición, mi torso desnudo, mi melena suelta, mi arqueada lumbalgia por la lordosis y, como no, mi cara de siempre, allí estaban, como un calco, una segunda gota de agua, y pienso, ese, ese del bajo podría haber sido yo.
Así como existe la teoría de los que piensan que nuestra mente funciona como un ordenador, corriente epistemológica que nos eleva a la categoría de procesadores de carne y hueso, existe también el convencimiento que nuestro hardware se construye a parir de un diseño particular de genes y, puesto que las piezas son de lectura universal, éste se puede repetir, argumento que nos capacita para alcanzar un paso evolutivo más y acabar de aceptar nuestra condición de androides en lugar de vulgares homo sapiens.
Decía Heráclito en el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos, y la ciencia con el paso de los siglos le ha dado la razón, aunque el envejecimiento es el causante de ese no somos, nuestra verdad genética, la cadena que estructura nuestro diseño, es la responsable de un somos cada vez más evidente.
Es cierto que nunca he avistado dos individuos de cadena genética idéntica que no sean gemelos, pero sí a varios sujetos sin parentesco alguno con un alto porcentaje de coincidencia en rasgos físicos. La primera vez fue viendo un partido de baloncesto femenino, un compañero me dijo: oye, ¿no es esa tu novia?, y, ciertamente, lo hubiera sido de no ser porque su pelo sin tintar era pelirrojo y no moreno. En otra ocasión el que llamó mi atención fue el clon de un amigo casado y con dos hijas que sorprendí flirteando con una rubia cerca del portal de su casa, la del amigo, no la del clon, es decir, sembrando la duda en el vecindario; suerte que este adonis hablaba en alemán, cosa que su calcomanía catalana ni por asomo, despejando mis dudas sobre la posible fidelidad quebradiza de mi amigo.
Pero estas anécdotas no tendrían importancia si no hubiese experimentado esta coincidencia conmigo mismo. Es posible que nos cueste apreciar diferencias entre otras personas con ciertos parecidos razonables, pero yo con mi propio yo qué duda cabe. Pues así fue, en un concierto, acercándome al escenario y observando como la gente se giraba para mirarme. Lo primero que piensas es que llevas la cara manchada de grasa o que al salir del servicio te has enganchado el papel higiénico al subirte los pantalones y lo llevas colgando, pero no; luego descubrí que entre los músicos, como una aparición, mi torso desnudo, mi melena suelta, mi arqueada lumbalgia por la lordosis y, como no, mi cara de siempre, allí estaban, como un calco, una segunda gota de agua, y pienso, ese, ese del bajo podría haber sido yo.
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