La invasión hormonal es imparable, los neuroconectores se liberan para dejar explosionar las sustancias extrañas dentro de las células vírgenes, es el momento de alunizar en el planeta diente de sierra, el cénit de las miradas fotosensibles, la sonrisa épica de los argonautas de Jasón.
Revelas al ritmo percusor las caricias en los pliegues de la ropa, acaloradas fricciones de desidia controlada, sinuosa y desgarrada; comienza la anunciación, la progresión del subidón, el crescendo que enturbia la mente y derrite las curvas de una fisonomía impulsivamente temblorosa.
Y explotas, desnudo el torso aunque vestido, sudoroso, flotando el cabello en un aura invisible, reflejado en las pupilas dilatadas a cuarto menguante de las almas errantes, evadido hasta la extenuación, hasta el próximo acelerón desenfrenado en barrena, rozando con los dedos la mundana salvación; se acaba el mundo, colega, se acaba.
jueves, 31 de diciembre de 2009
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Duerme, Fénix
[Este no es un buen texto para leer, no lo aconsejo, es personal y deprimente; tampoco es un reflejo despótico de mi estado de ánimo, quizás un brote psicótico más pronunciado de lo habitual, un momento de flaqueza porque me entristece pensar que todo lo bueno que me está pasando se puede acabar.]
Hoy estoy enfadado conmigo mismo; enfadado por no hacer lo que me propongo; enfadado porque las cosas no son como yo quiero; enfadado porque no soy capaz de relajarme y pensar en positivo. Mi mundo interior da vueltas y es irrespetuoso, insultante, en ocasiones, destructivo, me castiga, me irrita, me paraliza; los consejos que ofrezco a los demás, soy incapaz de aplicarlos en mi persona; me agoto y absorbo; la duda me atormenta; mi autoestima se desvanece, se desestabiliza, hoy no soy yo, soy una sombra de lo que fui ayer o, posiblemente, seré mañana; no tengo un buen día, no tengo amor, no tengo nada; y, sin embargo, lo tengo todo.
Mis emociones sentimentales crecen en proporción a mi miedo de volver a quedarme solo, al abandono, al desapego que me destierra de los seres queridos; y me transformo en un monstruo, en un maldito monstruo que no se reconoce, que se calza trabas para vivir y se protege de la vida mientras tropieza, que se aísla para resurgir de sus cenizas y renacer más adulto. Éste es mi peor fantasma, mi lucha constante, el escollo más farragoso que deseo superar, es la puta razón que me mantiene en reserva.
Pienso en presente y me autoculpabilizo de ser como soy en este preciso instante, pero sé que mañana una caricia de mi amada, una sonrisa de un desconocido, una llamada de un amigo, me harán recordar que soy normal, que he de aprender a controlar mi desasosiego, que no pasa nada si tuve un mal día ayer y me supe perdonar; quizás aquí es donde converge mi error, quizás ésta sea mi gran equivocación y hoy, sólo hoy, me encuentre confundido de toda una juventud perdida.
Hoy estoy enfadado conmigo mismo; enfadado por no hacer lo que me propongo; enfadado porque las cosas no son como yo quiero; enfadado porque no soy capaz de relajarme y pensar en positivo. Mi mundo interior da vueltas y es irrespetuoso, insultante, en ocasiones, destructivo, me castiga, me irrita, me paraliza; los consejos que ofrezco a los demás, soy incapaz de aplicarlos en mi persona; me agoto y absorbo; la duda me atormenta; mi autoestima se desvanece, se desestabiliza, hoy no soy yo, soy una sombra de lo que fui ayer o, posiblemente, seré mañana; no tengo un buen día, no tengo amor, no tengo nada; y, sin embargo, lo tengo todo.
Mis emociones sentimentales crecen en proporción a mi miedo de volver a quedarme solo, al abandono, al desapego que me destierra de los seres queridos; y me transformo en un monstruo, en un maldito monstruo que no se reconoce, que se calza trabas para vivir y se protege de la vida mientras tropieza, que se aísla para resurgir de sus cenizas y renacer más adulto. Éste es mi peor fantasma, mi lucha constante, el escollo más farragoso que deseo superar, es la puta razón que me mantiene en reserva.
Pienso en presente y me autoculpabilizo de ser como soy en este preciso instante, pero sé que mañana una caricia de mi amada, una sonrisa de un desconocido, una llamada de un amigo, me harán recordar que soy normal, que he de aprender a controlar mi desasosiego, que no pasa nada si tuve un mal día ayer y me supe perdonar; quizás aquí es donde converge mi error, quizás ésta sea mi gran equivocación y hoy, sólo hoy, me encuentre confundido de toda una juventud perdida.
lunes, 28 de diciembre de 2009
No le conocían como el perro tristón
Hace un año residía en Bonavista y paseaba a Tupac por els jardinets de Gracia, cerca de la Diagonal. Tupac era un perro anciano que padecía incontinencia, orinaba en todos los rincones de la casa, obligándonos a ir detrás de él con una fregona y un cubo hasta que decidimos comprarle en la farmacia una cuña de hospital, que le poníamos entre sus patitas cuando se le empezaba a escapar el pis; Tupac ya no miraba a los ojos, tampoco su lenta respiración se aceleraba cuando cogíamos la correa del perchero de la entrada, era demasiado mayor, su vida se desvanecía y apenas podía descansar porque había perdido el sentido de la orientación, no paraba de dar vueltas como un felino enjaulado en un zoológico. Su dueño había decidido premiarle el resto de sus días alimentándolo con macarrones y pollo, tampoco le dejaba dormir solo. Si un día él faltaba, me pedía que le sustituyese, calentando la comida y durmiendo en su habitación para que Tupac subiese a la cama y se tumbara conmigo en lugar de esperar a oscuras el regreso de su amo en la puerta del recibidor. También tenía que darle, entonces, su medicina, no me importaba en absoluto, aquel perro que había estado alegrando durante tanto tiempo nuestras vidas se lo merecía todo, incluso unos cuantos besos y arrumacos de vez en cuando, aunque ya no los correspondiera con sus saltos a dos patas y vaivén de rabo. Cuantas veces me hizo pensar si mi reacción sería igual de afectuosa con mis padres si estos viviesen, hubiesen llegado a ancianos y necesitasen cuidados, cuantas veces en sus últimos momentos me hizo reflexionar y llorar. Sin embargo, el día que su dueño, antes de nochevieja, tuvo que sacrificarlo, mis lágrimas se contuvieron para consolar a las de mi amigo, destrozado por tener que decidir como un dios menor el momento en el que debía dejar de vivir su compañero más fiel; sentado en el sillón del salón, cogiéndolo en brazos mientras el veterinario le aplicaba la inyección letal, su llanto silencioso brotó para decirle adiós de la mejor manera que pudo y supo; adiós, Tupac, adiós.
Dos meses después, dejé de vivir en Bonavista, pero siempre que paso por els jardinets me acuerdo de mis paseos nocturnos con nuestro amigo Tupac en los que fueron sus últimos días. Su padre, Bruce, el primer basset de la familia, tuvo como epitafio un artículo en la sección de Opinión de El Periódico de Catalunya. Tupac quizás no llegue a tener nunca un recordatorio escrito como el de su padre, pero, sin duda, en nuestro recuerdo, tendrá uno mejor.
Dos meses después, dejé de vivir en Bonavista, pero siempre que paso por els jardinets me acuerdo de mis paseos nocturnos con nuestro amigo Tupac en los que fueron sus últimos días. Su padre, Bruce, el primer basset de la familia, tuvo como epitafio un artículo en la sección de Opinión de El Periódico de Catalunya. Tupac quizás no llegue a tener nunca un recordatorio escrito como el de su padre, pero, sin duda, en nuestro recuerdo, tendrá uno mejor.
jueves, 17 de diciembre de 2009
Absolutas necedades
Definitivamente, Barcelona está de moda en moda; shoppers, decoradores y escaparatistas de diferentes nacionalidades tienen en esta ciudad un punto de referencia. Lo más probable es que no todas las ideas sean genuinas, pero el pequeño y mediano mercader catalán se esfuerza por estar en la vanguardia de la originalidad si los beneficios compensan. Marcando tendencia, sin embargo, no sólo obtienen partido las pymes más atrevidas, aprovechando la lana que cardan otros, también las cadenas de establecimientos de una marca comercial concreta se suman a esta oferta de marketing, por cierto, gratuita para aquellos que no consumen sus productos, y no es difícil comprobar que ya no sólo buscan abrir un negocio determinado, sino que éste aporte un valor añadido por ser innovador en su reclamo comercial, como aquellos Todo a Cien, hipermercados que universalizaron el precio de venta al público de todos sus artículos a cien pesetas y quedaron obsoletos con la llegada del euro, o aquellos Caffè di Roma, que te invitaban a entrar en el local porque habían decidido eliminar las puertas de acceso de la calle aunque, solo o con leche, el café te lo pagabas tú, ideas arriesgadas con cierto gancho que en su momento tuvieron éxito .
Pero, en esta línea, la joya de la corona la descubrí hace poco mientras compraba los regalos de Navidad en una tienda de conveniencia para las fiestas de este año, en el luminoso, Caprichos para Señora, y tan anchos.
Bajo la primera impresión, no me sorprendió el rótulo, desde un punto de vista clásico masculino todos los aparadores con complementos femeninos son como un chalet en el campo, una exposición de artículos de segunda necesidad; sin embargo, cuando supe que se trataba de una franquicia y que ya son cuatro los establecimientos con este nombre abiertos 24 horas en Barcelona, no pude contener mi curiosidad y acabé entrando para comprobar si los productos ofertados diferían sustancialmente de los de siempre. Grata sorpresa la mía, un nuevo modo de hacer shopping ha desestructurado mi genuina simplicidad varonil. Entre otras rarezas, en los estantes de cosmética encontré unos pintalabios de apariencia transparente que sólo remarcan los labios en la oscuridad con colores fluorescentes; en la sección de lencería, una medias lisas de colores extremos que regalaban con la compra de una montura de gafas sin cristales del mismo color; en un apartado con el cartel Placeres Íntimos, un tampón de material indescriptible -no era látex, seguro-, con forma de micro-pene eréctil de la marca Eltamañoimporta; en moda joven, chaquetas-chaleco triversibles para primavera, otoño e inverno, es decir, toda la temporada excepto los calurosos meses de verano, en los que puedes quitarle las mangas a la chaqueta; en perfumería, un perfume que una vez aplicado se puede activar y desactivar rociándolo con un spray de monopartículas inocuo para la salud; y así podría continuar, con muchos otros productos, pero lo que más me fascinó fue la sección de saldos, que habían renombrado con el rótulo Absolutas Necedades, en el que pude encontrar a un ligón de discoteca con un vaso de tubo vacío en la mano, un romántico con un ramo de flores majestuoso, un ejecutivo de media edad trajeado y con el pelo canoso, un intelectual con la trilogía del Larsson bajo el brazo y un monitor deportivo operado con la cara de Cristiano Ronaldo, concluyendo, hombres a la venta de carne y hueso.
Le pregunté al ligón de discoteca si las consumiciones eran gratis, me contestó balbuceando y no le entendí, no pude más que recriminar a la dependienta por tener un producto con tara y no haberlo retirado. Cuando me giré, escuché como la encargada le susurraba un qué le pasa a ese, refiriéndose a mí, al que la joven contestó con un tono moderado ni caso, está fuera de catálogo y, además, ha perdido la etiqueta.
Pero, en esta línea, la joya de la corona la descubrí hace poco mientras compraba los regalos de Navidad en una tienda de conveniencia para las fiestas de este año, en el luminoso, Caprichos para Señora, y tan anchos.
Bajo la primera impresión, no me sorprendió el rótulo, desde un punto de vista clásico masculino todos los aparadores con complementos femeninos son como un chalet en el campo, una exposición de artículos de segunda necesidad; sin embargo, cuando supe que se trataba de una franquicia y que ya son cuatro los establecimientos con este nombre abiertos 24 horas en Barcelona, no pude contener mi curiosidad y acabé entrando para comprobar si los productos ofertados diferían sustancialmente de los de siempre. Grata sorpresa la mía, un nuevo modo de hacer shopping ha desestructurado mi genuina simplicidad varonil. Entre otras rarezas, en los estantes de cosmética encontré unos pintalabios de apariencia transparente que sólo remarcan los labios en la oscuridad con colores fluorescentes; en la sección de lencería, una medias lisas de colores extremos que regalaban con la compra de una montura de gafas sin cristales del mismo color; en un apartado con el cartel Placeres Íntimos, un tampón de material indescriptible -no era látex, seguro-, con forma de micro-pene eréctil de la marca Eltamañoimporta; en moda joven, chaquetas-chaleco triversibles para primavera, otoño e inverno, es decir, toda la temporada excepto los calurosos meses de verano, en los que puedes quitarle las mangas a la chaqueta; en perfumería, un perfume que una vez aplicado se puede activar y desactivar rociándolo con un spray de monopartículas inocuo para la salud; y así podría continuar, con muchos otros productos, pero lo que más me fascinó fue la sección de saldos, que habían renombrado con el rótulo Absolutas Necedades, en el que pude encontrar a un ligón de discoteca con un vaso de tubo vacío en la mano, un romántico con un ramo de flores majestuoso, un ejecutivo de media edad trajeado y con el pelo canoso, un intelectual con la trilogía del Larsson bajo el brazo y un monitor deportivo operado con la cara de Cristiano Ronaldo, concluyendo, hombres a la venta de carne y hueso.
Le pregunté al ligón de discoteca si las consumiciones eran gratis, me contestó balbuceando y no le entendí, no pude más que recriminar a la dependienta por tener un producto con tara y no haberlo retirado. Cuando me giré, escuché como la encargada le susurraba un qué le pasa a ese, refiriéndose a mí, al que la joven contestó con un tono moderado ni caso, está fuera de catálogo y, además, ha perdido la etiqueta.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Las treguas de Ares
Pedro se refugia en su hogar, confunde las tardes de diciembre con la oscuridad cerrada de medianoche y se aferra a unas sábanas de franela que debería haber lavado ya. Se siente solo y deja pasar el tiempo acariciándose con los pliegues de la ropa de cama. Los martes es el único día que se arma de valor, se abriga de pies a cabeza y se expone al intenso frío de su ciudad para ir al bar de bohemios en el que se reúne con sus amigos poetas. Allí recitan poesía, los versos que durante la semana han escrito, pero Pedro hace algunos meses que no se siente inspirado y sólo acude de oyente. Pierre, el excéntrico francés que mezcla absenta con te rojo y se obstina en componer rimas en lengua germánica, le ha comentado que le encuentra apático, que se deje llevar. Pedro le tiene en consideración, le abruman sus discursos y siempre le pide que traduzca sus poemas para poderlos entender, aunque Pierre está más interesado en convencerle que a pesar de su condición de heterosexual, no encuentra nada más placentero que la penetración anal entre dos hombres. Pedro está confundido, en ocasiones piensa que éste tampoco es su lugar, pero cuando se despide y abandona el local, la agradecida sonrisa del propietario, que cree en el talento de todos ellos, y el roce de sus manos con las manos de Maura, la camarera, cuando le devuelve el cambio de la consumición, le recargan de energía suficiente para esperar una semana más y regresar.
Desde el momento que decidió no tomar el mismo camino para volver a casa dos veces seguidas, Pedro parece deambular sin rumbo por las calles del barrio, el único tramo que repite es para comprar castañas asadas a la tendera de la esquina, Julia. En algún pasado reciente, Pedro intercambió más palabras con Julia de las que ahora se esfuerza en pronunciar, congestionado por las bajas temperaturas, apenas articula los labios y, últimamente, sólo pide la docena de siempre. Julia, que le pasa en años una década, percibe que a él en ocasiones le gustaría que ella le acompañase a casa, pero la mirada tímida y el tembloroso tono de voz de Pedro le bajan la líbido; considera que es un buen hombre y compadecerse de él frena su impulso y necesidad de compañía, aunque desea que algún día se lo pida. Mientras tanto, es al único que le envuelve las castañas con las hojas del periódico que compra por la mañana, casi siempre las de internacional, porque así él se lo pidió, aunque por iniciativa propia también le añade la cartelera de cines y teatros. Sabe que después, Pedro, se entretiene leyéndolas.
Las tardes siguen pasando para Pedro, tan somnolientas que después no puede dormir y de madrugada no para de dar vueltas en la cama pensando en blanco. Mañana será sábado, quizás tenga que hacer caso a Pierre y tomarse todos los días como martes, quién sabe, esta apatía le está matando. En la cartelera de cines encontró una película marcada con un círculo rojo. Los atardeceres de invierno en su ciudad son fríos, sí, pero las noches son aún peor: heladas, interminables, vacías, desesperadas. No sabe bien por qué y prende el lápiz, escribe algunas palabras, compone unas frases, rima una estrofa y concluye un poema para Julia.
Desde el momento que decidió no tomar el mismo camino para volver a casa dos veces seguidas, Pedro parece deambular sin rumbo por las calles del barrio, el único tramo que repite es para comprar castañas asadas a la tendera de la esquina, Julia. En algún pasado reciente, Pedro intercambió más palabras con Julia de las que ahora se esfuerza en pronunciar, congestionado por las bajas temperaturas, apenas articula los labios y, últimamente, sólo pide la docena de siempre. Julia, que le pasa en años una década, percibe que a él en ocasiones le gustaría que ella le acompañase a casa, pero la mirada tímida y el tembloroso tono de voz de Pedro le bajan la líbido; considera que es un buen hombre y compadecerse de él frena su impulso y necesidad de compañía, aunque desea que algún día se lo pida. Mientras tanto, es al único que le envuelve las castañas con las hojas del periódico que compra por la mañana, casi siempre las de internacional, porque así él se lo pidió, aunque por iniciativa propia también le añade la cartelera de cines y teatros. Sabe que después, Pedro, se entretiene leyéndolas.
Las tardes siguen pasando para Pedro, tan somnolientas que después no puede dormir y de madrugada no para de dar vueltas en la cama pensando en blanco. Mañana será sábado, quizás tenga que hacer caso a Pierre y tomarse todos los días como martes, quién sabe, esta apatía le está matando. En la cartelera de cines encontró una película marcada con un círculo rojo. Los atardeceres de invierno en su ciudad son fríos, sí, pero las noches son aún peor: heladas, interminables, vacías, desesperadas. No sabe bien por qué y prende el lápiz, escribe algunas palabras, compone unas frases, rima una estrofa y concluye un poema para Julia.
martes, 15 de diciembre de 2009
Cazadores de sonrisas
Desde siempre me he considerado una persona alegre, amable, con una sonrisa predispuesta en los labios. Primero me autodefinía como negativo pero optimista, las cosas no van bien pero pueden cambiar; sin embargo, con el tiempo y gracias a la maduración de mi inteligencia emocional, pasé a catalogarme como positivo optimista, es decir, las cosas no van tan mal y podemos hacer que vayan mejor.
Esta postura, que puede parecer un tanto ingenua ante los problemas y conflictos que padece nuestra especie, y que tienen repercusión en el resto de naturalezas del planeta, a nivel personal y sin negar estas realidades, me ha ayudado a abrirme a los demás, entender sus necesidades, compartir sus miedos y respetar sus inquietudes; en definitiva, a empatizar y entender los mecanismos de la sociabilidad, ser un grano más de arena con voluntad de solucionar las diferencias desde el entendimiento, evitando cualquier tipo de discurso radicalizado que pudiera derivar en posibles enfrentamientos no reparables.
Pero aunque esta propuesta de intenciones pueda parecer utópica (porque la interacción con los demás es una negociación continua en continua renegociación) y criticable (por su carácter moderado de dudosa efectividad), me he percatado que el mayor retractor de su existencia es mi propia objetividad: yo pienso subjetivamente que soy así, pero me engaño. Ahora, ¿cómo tomé conciencia de mi error?
La respuesta la encontré en una cámara fotográfica de última generación con capacidad de encuadrar la cara y hacer disparos automáticos, sin intervención mecánica humana. El descubrimiento arrancó como un juego, fue divertido: mi compañero de viaje y yo proyectados en una pantalla huyendo de un recuadro que nos perseguía insistente con la intención de inmortalizarnos en una fotografía digital. En el chance, el recuadro nos capturó varias veces, aunque no fuimos presas fáciles, disparando la cámara su flash y almacenándonos como bytes en su disco duro.
Mientras mi compañero pasó al siguiente stand de la exposición, yo continué con el juego, esta vez solo. Al principio pensé que el objetivo no acababa de encuadrarme, la cámara no disparaba. Después, ya quieto y con el recuadro enclavado en mi rostro, acabé deduciendo que la cámara no procesaba la foto porque su memoria estaba llena, pero me equivoqué, hice mal en no contrastar esta suposición.
Ya de regreso, explicando la anécdota, alguien me comentó que existían unas cámaras capaces de detectar la sonrisa, entonces fui consciente de mi confusión, en todos los sentidos.
Mi rostro es severo, serio, seguramente en una resolución de conflictos mi expresión es más agresiva de lo que pienso; mi discurso puede pretender ser conciliador, pero mi expresión facial es el reflejo de mis sentimientos profundos, instintivos, un espejo que muestra la magnitud del engaño a mi oponente, colaborador o, simplemente, interlocutor. Me duele descubrir que no soy una persona alegre, de expresión amable.
Ya no tengo claro lo que soy o como redefinirme, lo único que sé es que en una invasión de ultracuerpos pasaría desapercibido.
lunes, 14 de diciembre de 2009
(A-bomb Survivors): Hibakusha
Pensaba que no era más que un vulgar aprendiz de agujeros de bala y mortero en Bosnia-Herzegovina hasta que descubrí mi absoluta edad cero en Hiroshima, Japón.
Los relojes de Hiroshima no se pararon a las 8:15 de aquel 6 de agosto fatal cuando estalló la primera bomba atómica sobre una población civil; el pasto siguió creciendo en contra de lo que vaticinaron algunos militares estadounidenses y, con el tiempo, en un espacio conceptual entre la anécdota y la generalización, las nuevas generaciones japonesas han olvidado el rencor y ahora comen en Mcdonalds, beben Coca-cola y adornan sus chaquetas con parches de barras y estrellas.
Cámara profesional en mano e improvisando un guión no escrito, la buena voluntad nos llevó a coincidir con una videoconferencia entre una escuela yanqui y uno de los supervivientes del desastre, el Sr. Yoshiyuki Mido; en Hiroshima no cierran ninguna puerta si eso ayuda a difundir su mensaje pacifista en favor del absoluto desarme nuclear del planeta. Nos concedieron pases de prensa y permiso para grabar cuanto quisiéramos.
Mido tenía diez años cuando el Enola Gay sembró la semilla de la muerte y de la radioactividad en su ciudad, sobrevivió a la bola de fuego del impacto a unos seiscientos metros del hipocentro de la explosión, a las diarreas provocadas por la lluvia negra, a los traicioneros y sobrecargados isótopos del Little Boy y a los difíciles tiempos de post-guerra sin más ayuda que la de sus manos para trabajar, si era posible, o robar comida, si no había más alternativa.
Mido no pierde la esperanza en el ser humano, quizás sólo la sonrisa cuando le justifican la masacre en Hiroshima y Nagasaki en compensación de los acontecimientos de Pearl Harbor; su tiempo es valioso y mira insistentemente el reloj, volvió a nacer en 1945 y sabe que todavía le queda mucho trabajo y pocos años de vida para concienciar a una Humanidad que vive en la penumbra del miedo y se protege con la amenaza de liberar neutrones. Los adolescentes norteamericanos hacen sus preguntas, los que estamos presentes en la sala guardamos un estricto silencio, excepto el traductor. Mido se despide: ¿Alguna pregunta más?
Todas y ninguna.
Los relojes de Hiroshima no se pararon a las 8:15 de aquel 6 de agosto fatal cuando estalló la primera bomba atómica sobre una población civil; el pasto siguió creciendo en contra de lo que vaticinaron algunos militares estadounidenses y, con el tiempo, en un espacio conceptual entre la anécdota y la generalización, las nuevas generaciones japonesas han olvidado el rencor y ahora comen en Mcdonalds, beben Coca-cola y adornan sus chaquetas con parches de barras y estrellas.
Cámara profesional en mano e improvisando un guión no escrito, la buena voluntad nos llevó a coincidir con una videoconferencia entre una escuela yanqui y uno de los supervivientes del desastre, el Sr. Yoshiyuki Mido; en Hiroshima no cierran ninguna puerta si eso ayuda a difundir su mensaje pacifista en favor del absoluto desarme nuclear del planeta. Nos concedieron pases de prensa y permiso para grabar cuanto quisiéramos.
Mido tenía diez años cuando el Enola Gay sembró la semilla de la muerte y de la radioactividad en su ciudad, sobrevivió a la bola de fuego del impacto a unos seiscientos metros del hipocentro de la explosión, a las diarreas provocadas por la lluvia negra, a los traicioneros y sobrecargados isótopos del Little Boy y a los difíciles tiempos de post-guerra sin más ayuda que la de sus manos para trabajar, si era posible, o robar comida, si no había más alternativa.
Mido no pierde la esperanza en el ser humano, quizás sólo la sonrisa cuando le justifican la masacre en Hiroshima y Nagasaki en compensación de los acontecimientos de Pearl Harbor; su tiempo es valioso y mira insistentemente el reloj, volvió a nacer en 1945 y sabe que todavía le queda mucho trabajo y pocos años de vida para concienciar a una Humanidad que vive en la penumbra del miedo y se protege con la amenaza de liberar neutrones. Los adolescentes norteamericanos hacen sus preguntas, los que estamos presentes en la sala guardamos un estricto silencio, excepto el traductor. Mido se despide: ¿Alguna pregunta más?
Todas y ninguna.
viernes, 13 de noviembre de 2009
Kamikace: Llevado por el viento divino
El navegador emula el trayecto del avion, se aproxima la noche perpetua, me fundo en su oscuridad pero despierto, las luces del ala anuncian que mas alla se vislumbra Orion, busco ganarle un dia a la vida y me apego a Japon, el pais del sol naciente.
Siento una ambiguedad en mis emociones, la experiencia nipona me embriaga, pero la lejania de los seres queridos me devuelve una melancholia perdida hace unos meses, mas ahora que tengo una persoma amada que echar de menos.
No me asombro, esta ambiguedad ha crecido conmigo, me calzo como un hombre, pero me peino como una mujer, pienso como ellos, pero comparto las emociones femeninas de ellas, soy ambiguo en todos los sentidos, aunque no me he percatado hasta hace poco, gracias a unos cambios en mi manera de pensar y en mi propiocepcion.
El contador cuenta, me reservo los yenes que me quedan para calentar el estomago, despues de hacerle una reverencia a la computadora, cerrare la conexion y me despedire del equipo, de momento, mi unico amigo aqui en Tokyo hasta que desembarque mi hermano dentro de algunas horas.
Siento una ambiguedad en mis emociones, la experiencia nipona me embriaga, pero la lejania de los seres queridos me devuelve una melancholia perdida hace unos meses, mas ahora que tengo una persoma amada que echar de menos.
No me asombro, esta ambiguedad ha crecido conmigo, me calzo como un hombre, pero me peino como una mujer, pienso como ellos, pero comparto las emociones femeninas de ellas, soy ambiguo en todos los sentidos, aunque no me he percatado hasta hace poco, gracias a unos cambios en mi manera de pensar y en mi propiocepcion.
El contador cuenta, me reservo los yenes que me quedan para calentar el estomago, despues de hacerle una reverencia a la computadora, cerrare la conexion y me despedire del equipo, de momento, mi unico amigo aqui en Tokyo hasta que desembarque mi hermano dentro de algunas horas.
jueves, 5 de noviembre de 2009
¿Quién pintó con corrector blanco el círculo rojo de la bandera de Japón?
[Date: Wed, 4 Nov 2009 17:47:46 +0100. Subject: El viatge de Chikito.
From: fran@googlemail.com
To: ferran@hotmail.com
Quan el pes de les hores viscudes al llarg de tot el dia, es recolça en cada petit racó dels nostres maltractats cossos, una guspira d'energia s'arrossega fins a la punta de l'últim dit, i arrenca un "click" del "maus" que esdevé un "choooooof" quan ens adonem de que doesn't worth the fuckin' effort...i quan penses malament, l'encertes. I el miracle de la transformació es repeteix. I el que era en reserva, es convertí en vinagre. I el vinagre amaní l'enciam. I l'enciam parlà amb la pastanaga, i tots estaren d'acord: volem llegir al Miyazaki nostrat abans no marxi en busca de la terra promesa. Ens sentim orfes...ens has enterrat en un hivern espiritual prematur...no ens neguis la primavera que ens has estat regalant aquests últims mesos. Vols patir? Vols inspiració? Si cal, tirarem de cultura jakuza...ja saps...sayonara dedito!!! Ens veiem demà mestre. Un petó]
Date: Thu, 5 Nov 2009 12:35:21 +0100. Subject: RE: El viatge de Chikito.
From: ferran@hotmail.com
To: fran@googlemail.com
Aquestes paraules m'arriben al cor...i tinc la mateixa sensació d'abandó...hi penso gairabé dia si, dia no...
En van preguntar ahir quin ha sigut per a mi el dia mes feliç d'aquest any i vaig respondre puc reformular la pregunta? per que aquest és el any mes feliç de la meva vida i he gaudit de força dies bons. Pot ser aquesta afirmació no sigui real i la meva memòria és complaent amb mi, però la sensació és tan potent que dels tres anys del compte enrere que anunciava en el primer escrit, puc dir que he fet els deures en el primer d'ells...sense oblidar, per això, el fantàstic any de la cabra xinesa que també vaig tenir el plaer de compartir amb tu.
Encara que no soni bé, però són els anys en els que la solitud m'ha permès desenvolupar el jo i ser mes egoista. Ara busco un equilibri entre aquest estat i el que m'ha caracteritzat durant anys, i no és senzill, aquest món és temptador.
En reserva no es troba en perill de mort, però reconec que ultimament la seva qualitat, ja no molt alta, pateix una degradació constant que em fa sentir tristor.
[Sius plau, no tinguis en compte les faltes d'ortografia, és el primer escrit en català del blog i això és un valor afegit, com els corchetes.]
From: fran@googlemail.com
To: ferran@hotmail.com
Quan el pes de les hores viscudes al llarg de tot el dia, es recolça en cada petit racó dels nostres maltractats cossos, una guspira d'energia s'arrossega fins a la punta de l'últim dit, i arrenca un "click" del "maus" que esdevé un "choooooof" quan ens adonem de que doesn't worth the fuckin' effort...i quan penses malament, l'encertes. I el miracle de la transformació es repeteix. I el que era en reserva, es convertí en vinagre. I el vinagre amaní l'enciam. I l'enciam parlà amb la pastanaga, i tots estaren d'acord: volem llegir al Miyazaki nostrat abans no marxi en busca de la terra promesa. Ens sentim orfes...ens has enterrat en un hivern espiritual prematur...no ens neguis la primavera que ens has estat regalant aquests últims mesos. Vols patir? Vols inspiració? Si cal, tirarem de cultura jakuza...ja saps...sayonara dedito!!! Ens veiem demà mestre. Un petó]
Date: Thu, 5 Nov 2009 12:35:21 +0100. Subject: RE: El viatge de Chikito.
From: ferran@hotmail.com
To: fran@googlemail.com
Aquestes paraules m'arriben al cor...i tinc la mateixa sensació d'abandó...hi penso gairabé dia si, dia no...
En van preguntar ahir quin ha sigut per a mi el dia mes feliç d'aquest any i vaig respondre puc reformular la pregunta? per que aquest és el any mes feliç de la meva vida i he gaudit de força dies bons. Pot ser aquesta afirmació no sigui real i la meva memòria és complaent amb mi, però la sensació és tan potent que dels tres anys del compte enrere que anunciava en el primer escrit, puc dir que he fet els deures en el primer d'ells...sense oblidar, per això, el fantàstic any de la cabra xinesa que també vaig tenir el plaer de compartir amb tu.
Encara que no soni bé, però són els anys en els que la solitud m'ha permès desenvolupar el jo i ser mes egoista. Ara busco un equilibri entre aquest estat i el que m'ha caracteritzat durant anys, i no és senzill, aquest món és temptador.
En reserva no es troba en perill de mort, però reconec que ultimament la seva qualitat, ja no molt alta, pateix una degradació constant que em fa sentir tristor.
[Sius plau, no tinguis en compte les faltes d'ortografia, és el primer escrit en català del blog i això és un valor afegit, com els corchetes.]
miércoles, 21 de octubre de 2009
Piensa mal y acertarás
Uno de mis hermanos, crítico con el orden económico mundial y sus repercusiones en cuestiones sociales y ambientales, está viajando por todo el planeta filmando un documental que pretende recoger su visión personal sobre el globalizado estado de las cosas y compartirlo con los demás. Entre sus escalas se encuentra Japón, pero le falta concretar dos entrevistas y me ha pedido que localice un par de contactos nipones con ideas comprometidas y praxis activista. Durante estos últimos días he picado el timbre de muchas puertas, pero no he obtenido resultados satisfactorios, para ser más exactos, nada: ni un solo nombre, ni un solo teléfono, ni un solo e-mail. En algunos casos era de esperar, sin referencias es difícil que confíen en ti para facilitar información con un apellido detrás; pero resulta que una de las personas consultadas me conoce y, además, ocupa un cargo relevante en Greenpeace España. Yo pensaba que sería coser y cantar, pero olvidé que detrás de todo cargo hay una persona, y las personas, desafortunadamente, nos movemos por interés. Esta persona, como no le importa el proyecto de mi hermano ni obtiene un beneficio directo, ya sea personal u de otro tipo, simplemente ha pasado de contestarme; sin embargo yo, esta mañana, he salido de casa con el convencimiento que me la iba a cruzar por la calle para preguntarle, oye, que hay de lo mío, y así ha sido, la he visto entrando en un portal y mi profecía se ha cumplido. En realidad también había intuido su respuesta, como no, negativa, pero al menos he dejado de estar pendiente de su llamada de teléfono, en esa espera incierta tan incómoda que dejaría de existir si nuestra especie no fuese tan indecisa y contradictoria.
Si no creyese en las casualidades, diría que ha sido mi deseo de encontrar a esta persona lo que ha provocado el encuentro, aunque no estaría mal que realmente tuviese poderes de mentalista y difundiese por ahí que las cosas en este mundo pueden cambiar para mejor sólo con pretenderlo y pensarlo.
Si no creyese en las casualidades, diría que ha sido mi deseo de encontrar a esta persona lo que ha provocado el encuentro, aunque no estaría mal que realmente tuviese poderes de mentalista y difundiese por ahí que las cosas en este mundo pueden cambiar para mejor sólo con pretenderlo y pensarlo.
viernes, 16 de octubre de 2009
No se automedique, a los primeros síntomas, visite a su médico
Quizás mi personaje de ficción favorito sea John Coffey, es algo en lo que he pensado muchas veces cuando veo a uno de esos grandullones por la calle vestido con pantalón costurado a medida y zapatos de tamaño gigante. John era especial, no fue un superhéroe prototipo, tampoco el antihéroe esperado o un nuevo mesías; fue, más bien, un tipo corriente con cierto retraso mental que nació de la mano de Stephen King en El pasillo de la muerte; eso sí, con el don de curar a los enfermos arrebatándoles su enfermedad y tosiéndola como un rebujo de moscas.
Este tose moscas que tenía un corazón de oro, posiblemente porque su don le conducía instintivamente a ayudar a los insalubres, y se reconcilió con la muerte cruzando la milla verde, no concuerda con el perfil monstruoso de otros personajes creados por su padre literato. Es cierto que no conozco la obra de Stephen King al dedillo, pero sé que destaca por aterrar a sus lectores, entonces, ¿qué tiene de tenebroso John Coffey?, ¿Es, ciertamente, El pasillo de la muerte una novela de terror o pertenece a otro género?
Aunque no se puede decir que John Coffey era un santo, pues tenía también mala mosca para los villanos, pienso que en la capacidad de sanar reside su auténtica perversión. Stephen King era consciente, ¿qué puede dar más pánico que un tío que cure con sus manos? Sin enfermos: ¿subsistirían las grandes empresas farmacéuticas de este planeta y sus negocios?, ¿dónde trabajaría todo el personal sanitario público y privado?, ¿cómo justificarían los gobiernos sus deudas públicas?, y las funerarias, ¿qué pasaría con las funerarias?, qué ruina, señores; no, John Coffey es un mal sueño, John Coffey no puede existir más allá de la ficción, qué desastre, qué miedo, qué angustia no poder tener vacunas preventivas por aquello del ¿y si John no llega a tiempo?
Ahora, en mi empresa, a falta de vacunas para la gripe A nos preguntan si queremos vacunarnos de la gripe B. Suerte que el abecedario tiene un número de letras limitado.
Este tose moscas que tenía un corazón de oro, posiblemente porque su don le conducía instintivamente a ayudar a los insalubres, y se reconcilió con la muerte cruzando la milla verde, no concuerda con el perfil monstruoso de otros personajes creados por su padre literato. Es cierto que no conozco la obra de Stephen King al dedillo, pero sé que destaca por aterrar a sus lectores, entonces, ¿qué tiene de tenebroso John Coffey?, ¿Es, ciertamente, El pasillo de la muerte una novela de terror o pertenece a otro género?
Aunque no se puede decir que John Coffey era un santo, pues tenía también mala mosca para los villanos, pienso que en la capacidad de sanar reside su auténtica perversión. Stephen King era consciente, ¿qué puede dar más pánico que un tío que cure con sus manos? Sin enfermos: ¿subsistirían las grandes empresas farmacéuticas de este planeta y sus negocios?, ¿dónde trabajaría todo el personal sanitario público y privado?, ¿cómo justificarían los gobiernos sus deudas públicas?, y las funerarias, ¿qué pasaría con las funerarias?, qué ruina, señores; no, John Coffey es un mal sueño, John Coffey no puede existir más allá de la ficción, qué desastre, qué miedo, qué angustia no poder tener vacunas preventivas por aquello del ¿y si John no llega a tiempo?
Ahora, en mi empresa, a falta de vacunas para la gripe A nos preguntan si queremos vacunarnos de la gripe B. Suerte que el abecedario tiene un número de letras limitado.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Extenuación
Qué bonito es el cansancio cuando no te pesa, cuando el agotamiento es el resultado de explotar a fondo las experiencias diarias que te satisfacen y no tienes suficiente, escribo de vivencias sin pretensiones ni grandes propósitos, enamorado de la sencillez de las cosas y su accesibilidad. Qué bonito cuando los ojos te arden de no dormir, porque las noches son pasionales y los días se hacen cortos, porque no encuentras el momento de recogerte y volver a casa, porque tu inercia es espontánea y descontrolada. Qué emocional es desentenderte de tus responsabilidades cuando lo único que peligra es tu salud y prefieres correr el riesgo de morir de vida. Qué importante es sentir que respiras, que mueres, que puedes dejar de asentar la cabeza cuando no tienes compromisos y te ríes de tus limitaciones, qué bello es sentir, sí, sin pausa ni prisa, con pasado y futuro, en presente.
viernes, 9 de octubre de 2009
Adictos a la indiferencia
Según un artículo de el Periódico de Catalunya que recoge las conclusiones del informe Problemes de drogues, aquí i ara de la Fundació d’Ajuda contra la Drogoaddicció (FAD), los jóvenes asocian el consumo de droga con el ocio, siendo su principal incentivo y preocupación no sentirse aislados del resto de amigos. Si se tuviese que manifestar la Iglesia Católica sobre esta afirmación lo tendría fácil, sermonearían los clérigos: que no tome nadie, así ningún joven se sentirá aislado, pero esta no es una postura inteligente porque, señores, la droga me la quitan de las manos, me la quitan de las manos.
No, bromas no, por favor, ahora en serio, las conclusiones del informe me han recordado las palabras de una anciana que me sentenció hace unos años: si no fumas, ni bebes ni tomas café, no te casarás en la vida. Realmente, el matrimonio no es un objetivo en mi vida, pero disfrutar de una pareja, sí, así que las dificultades que tengo para emparejarme me hacen pensar que alguna razón tenía esa buena mujer y el informe de la FAD: las drogas son elementos que facilitan la interacción entre personas y posibilitan la integración social.
No puedo decir que no tomo drogas, aunque no sea adicto, bebo alcohol; o que nunca estuve colocado, accidentalmente ingerí marihuana y experimenté sus efectos; ni tampoco que no he incitado al consumo, de adolescente siempre le regalaba a mi padre tabaco negro para su cumpleaños hasta que una angina de pecho casi lo sentencia; pero sí puedo decir que utilizo el yo controlo para ser consecuente con mi voluntad de no consumir este tipo de sustancias (excepto el alcohol, lo sé, pero como humano también he de tener mis contradicciones). Esto me hace analizar por qué no caí nunca en la tentación de drogarme y creo que es porque he sido un desintegrado social, un desestructurado que tuvo suerte de no haber nacido diez años antes en el barrio de la Ribera y quedar enganchado al caballo, un desadaptado con un perfil no muy diferente al de un heroinómano que nunca se preocupó de potenciar sus relaciones sociales porque era introvertido y prefería la soledad.
Con el tiempo, este aislamiento personal lo he podido rectificar sin necesidad de drogarme, también reforzado por cierta actitud de rebeldía: cuando al final todos hacen lo mismo, se vuelve aburrido, y eso, desde que rompí con la moda de los slips en el colegio y fui el primero en lucir calzones largos en los vestuarios, lo tengo claro.
El día que nadie se drogue, tendré un problema muy serio*.
En el fondo, me jode escribir de manera tan frívola sobre este tema porque aunque son muchos los que consumen y controlan, son también otros muchos los que se han quedado sin tabique nasal, respiran ayudados por una bombona de oxígeno, han arruinado su vida y la de sus familiares, han malformado fetos, padecido procesos depresivos o brotes psicóticos, muerto por sobredosis, etcétera, etcétera, etcétera, y lo peor de todo, es que a la clase social que sustenta el sistema, la clase media acomodada y no tan acomodada, no parece importarle que así sea mientras nada de esto represente una amenaza real para su condición social de clase privilegiada. Para mí la mayor tragedia es que los que estamos aburguesados miremos siempre hacia otra parte ante un problema y seamos adictos a la indiferencia.
[*En realidad, el día que todo el mundo lleve calzones largos, tendré un problema de cojones.]
No, bromas no, por favor, ahora en serio, las conclusiones del informe me han recordado las palabras de una anciana que me sentenció hace unos años: si no fumas, ni bebes ni tomas café, no te casarás en la vida. Realmente, el matrimonio no es un objetivo en mi vida, pero disfrutar de una pareja, sí, así que las dificultades que tengo para emparejarme me hacen pensar que alguna razón tenía esa buena mujer y el informe de la FAD: las drogas son elementos que facilitan la interacción entre personas y posibilitan la integración social.
No puedo decir que no tomo drogas, aunque no sea adicto, bebo alcohol; o que nunca estuve colocado, accidentalmente ingerí marihuana y experimenté sus efectos; ni tampoco que no he incitado al consumo, de adolescente siempre le regalaba a mi padre tabaco negro para su cumpleaños hasta que una angina de pecho casi lo sentencia; pero sí puedo decir que utilizo el yo controlo para ser consecuente con mi voluntad de no consumir este tipo de sustancias (excepto el alcohol, lo sé, pero como humano también he de tener mis contradicciones). Esto me hace analizar por qué no caí nunca en la tentación de drogarme y creo que es porque he sido un desintegrado social, un desestructurado que tuvo suerte de no haber nacido diez años antes en el barrio de la Ribera y quedar enganchado al caballo, un desadaptado con un perfil no muy diferente al de un heroinómano que nunca se preocupó de potenciar sus relaciones sociales porque era introvertido y prefería la soledad.
Con el tiempo, este aislamiento personal lo he podido rectificar sin necesidad de drogarme, también reforzado por cierta actitud de rebeldía: cuando al final todos hacen lo mismo, se vuelve aburrido, y eso, desde que rompí con la moda de los slips en el colegio y fui el primero en lucir calzones largos en los vestuarios, lo tengo claro.
El día que nadie se drogue, tendré un problema muy serio*.
En el fondo, me jode escribir de manera tan frívola sobre este tema porque aunque son muchos los que consumen y controlan, son también otros muchos los que se han quedado sin tabique nasal, respiran ayudados por una bombona de oxígeno, han arruinado su vida y la de sus familiares, han malformado fetos, padecido procesos depresivos o brotes psicóticos, muerto por sobredosis, etcétera, etcétera, etcétera, y lo peor de todo, es que a la clase social que sustenta el sistema, la clase media acomodada y no tan acomodada, no parece importarle que así sea mientras nada de esto represente una amenaza real para su condición social de clase privilegiada. Para mí la mayor tragedia es que los que estamos aburguesados miremos siempre hacia otra parte ante un problema y seamos adictos a la indiferencia.
[*En realidad, el día que todo el mundo lleve calzones largos, tendré un problema de cojones.]
jueves, 8 de octubre de 2009
¿Quieres escuchar, Fernando?
¿Conoces la sensación de ir sentado cómodamente en el tren cuando no quedan asientos libres y una pareja de amigos comentan si viste tal película que tú quieres ir a ver y el otro responde, no, y la piensas ir a ver, no, y, entonces, te importa que te la cuente, no, pues venga, explica? Te quedan dos opciones: (a) levantarte, perder tu maravilloso asiento y ultrajarte yendo de pie el resto del trayecto, como no, lejos de ese diálogo tan inoportuno; o (b) decirles, disculpad, yo si tengo intención de ir a verla, aunque esto último no garantiza que te hagan caso y el aguafiestas de turno acabe explicándote con pelos y señales el fin del largometraje mientras te mira de reojo.
Por fortuna, el día que me encontré en tal situación, subió en la siguiente estación un hombre orquesta con su amplificador, encendió su equipo y de un organillo que parecía de juguete comenzó a sonar una base rítmica que reconocí al tercer acorde, Chiquitita, de ABBA. Claro está, para quien lo dudase, que el tipejo cinéfilo que no tenía más tema de conversación seguía con el nudo del film en su boca, que ya podría éste haberle atragantado en su paso por la garganta, pero a mí ya me daba igual; atrapado por el show del músico ambulante, mis oídos se desentendieron de sus palabras. Debo decir que la aparición del feriante no fue tampoco casual, este artista debía tener un Master en Marketing y Publicidad, pues hizo coincidir las primeras notas de su flauta travesera con la salida del convoy de los túneles de Vallvidrera. La eclosión de la luz solar, que entró como un amanecer por las ventanillas del vagón, compenetrada con el tema enternecedor del grupo musical sueco hizo que todas las mujeres de más de cuarenta años buscasen automáticamente algo de dinero en sus monederos para engrosar las arcas del pícaro reproductor de versiones. Yo mismo busqué algunas monedas en mis bolsillos, nostálgico de mi niñez (aún conservo la cinta de cassette grandes éxitos de ABBA cantados en castellano), pero fue tal la recaudación que juntó el hombre que ni se molestó en pasar el platillo por todos los presentes, quedándose en mi mano la generosa aportación que tenía preparada.
Finalizado el pase de actuación, la amenaza de escuchar el desenlace de la película volvió a rezumbar en mis orejas, así que me levanté decidido a entregarle al músico su dinero y renuncié, como un cobarde, a mi asiento. Mientras me dirigía hacia él algo intuitivo se despertó en mí, demasiado reflejo para procesarlo y pensar, en cualquier caso, ya demasiado tarde porque el tren comenzaba a frenar y el artista se disponía a bajar, así que me arriesgué y cuando me dispuse a entregarle las monedas alzando el brazo, dije -no mirándole a los ojos sino al vacío de su izquierda-, señorita, ha interpretado usted estupendamente la letra de esta canción, a lo que el músico respondió, girándose a su derecha mientras iba al encuentro de mi mano con las suyas semicerradas en forma de cuenco: no sea tímida, mi niña, pues, agradézcale a este cieguito su cumplido.
Por fortuna, el día que me encontré en tal situación, subió en la siguiente estación un hombre orquesta con su amplificador, encendió su equipo y de un organillo que parecía de juguete comenzó a sonar una base rítmica que reconocí al tercer acorde, Chiquitita, de ABBA. Claro está, para quien lo dudase, que el tipejo cinéfilo que no tenía más tema de conversación seguía con el nudo del film en su boca, que ya podría éste haberle atragantado en su paso por la garganta, pero a mí ya me daba igual; atrapado por el show del músico ambulante, mis oídos se desentendieron de sus palabras. Debo decir que la aparición del feriante no fue tampoco casual, este artista debía tener un Master en Marketing y Publicidad, pues hizo coincidir las primeras notas de su flauta travesera con la salida del convoy de los túneles de Vallvidrera. La eclosión de la luz solar, que entró como un amanecer por las ventanillas del vagón, compenetrada con el tema enternecedor del grupo musical sueco hizo que todas las mujeres de más de cuarenta años buscasen automáticamente algo de dinero en sus monederos para engrosar las arcas del pícaro reproductor de versiones. Yo mismo busqué algunas monedas en mis bolsillos, nostálgico de mi niñez (aún conservo la cinta de cassette grandes éxitos de ABBA cantados en castellano), pero fue tal la recaudación que juntó el hombre que ni se molestó en pasar el platillo por todos los presentes, quedándose en mi mano la generosa aportación que tenía preparada.
Finalizado el pase de actuación, la amenaza de escuchar el desenlace de la película volvió a rezumbar en mis orejas, así que me levanté decidido a entregarle al músico su dinero y renuncié, como un cobarde, a mi asiento. Mientras me dirigía hacia él algo intuitivo se despertó en mí, demasiado reflejo para procesarlo y pensar, en cualquier caso, ya demasiado tarde porque el tren comenzaba a frenar y el artista se disponía a bajar, así que me arriesgué y cuando me dispuse a entregarle las monedas alzando el brazo, dije -no mirándole a los ojos sino al vacío de su izquierda-, señorita, ha interpretado usted estupendamente la letra de esta canción, a lo que el músico respondió, girándose a su derecha mientras iba al encuentro de mi mano con las suyas semicerradas en forma de cuenco: no sea tímida, mi niña, pues, agradézcale a este cieguito su cumplido.
martes, 6 de octubre de 2009
Eje de coordenadas XY: impacto
No sé cuánto tiempo estuve con Fernando, pero sí que pasé cinco días con Dolores, deambulando con mis hermanos nonatos de veintitrés cromosomas, sorteando paredes rugosas y el acoso de los sicarios blancos, estimulado por el único propósito que ofrecía sentido a mi patrón conductual y precoz vida, un objetivo exclusivo que dependía de mi otra presencia, de mi voluntad de salir del refugio ovárico e ir a mi encuentro, no pretencioso pero predispuesto a la penetración del núcleo y la fusión de alelos.
Reconozco, a pesar de mi persistencia, que no confiaba en alcanzar la mitosis y que acabaría expulsado de aquel cuerpo con derecho a rechazarme, pero entonces sucedió: me encontré, satélite hacia las trompas, con deriva cierta y prometedora, gozoso de saberme sólo femenino, y me lancé impulsado por un instinto reflejo de supervivencia a la selección natural, libre de culpas y remordimientos neuronales, que representaría el genocidio tolerado de mis otros hermanos potenciales.
Prisionero ya de mi mismo, sumé a mis veintitrés virtualidades mis otras veintitrés y pasé a ser una realidad de cuarentaiseis, un proyecto inacabado de mutación constante, predeterminado por mi genética y circunstancias ambientales, que mi progenitora madre quiso anidar y tener a término.
Reconozco, a pesar de mi persistencia, que no confiaba en alcanzar la mitosis y que acabaría expulsado de aquel cuerpo con derecho a rechazarme, pero entonces sucedió: me encontré, satélite hacia las trompas, con deriva cierta y prometedora, gozoso de saberme sólo femenino, y me lancé impulsado por un instinto reflejo de supervivencia a la selección natural, libre de culpas y remordimientos neuronales, que representaría el genocidio tolerado de mis otros hermanos potenciales.
Prisionero ya de mi mismo, sumé a mis veintitrés virtualidades mis otras veintitrés y pasé a ser una realidad de cuarentaiseis, un proyecto inacabado de mutación constante, predeterminado por mi genética y circunstancias ambientales, que mi progenitora madre quiso anidar y tener a término.
sábado, 3 de octubre de 2009
Sosiego, te decían...
Solo estoy tan relajado que pienso que no puedo enamorarme, que sin sufrimiento mi pasión apenas arde, continúo con mis hábitos, mis rutinas y costumbres, me sonrío en los espejos que no suelo vislumbrarme y acaso no pienso en ti, claro que pienso, pienso sin verbalizar interiormente mis sentimientos y emociones, pienso en vacío a cada instante, como concepto difuso y plásticamente insuperable, porque estás ahí y si escucho la música que me grabaste, me fundo en el recuerdo inmediato de la última noche que me despediste, del último segundo que me besaste; y no me aferro a la melancolía porque sé que volveré a verte, volverás a llamarme y te esperaré sentado en los bancos, esta vez inquieto, pero con el deseo de enternecerme y tranquilizarme para estar sosegado delante de tu mirada, de tu mano que reposa en mi pecho, de tus dedos acariciando los rizos que cuelgan de mi cabello, mientras mis brazos invaden tu dorada piel y redescubren tu infinito cuerpo de amante.
jueves, 1 de octubre de 2009
Traslucidas invidencias
[Siento que es un buen momento para reflexionar, para hacer una introspección de estos últimos meses y valorar mi actitud, sin entrar en detalle sobre los acontecimientos y las circunstancias; comienzo a tomar conciencia de ciertos resultados y percibo que puedo ser parcialmente conclusivo.]
Sosiego, te decían desde la salida de emergencia, pero tú, sin hacer caso, palpabas las paredes en la oscuridad buscando otra puerta.
[El proceso de estabilización ha requerido esfuerzo, no es sencillo recuperar el equilibrio interior cuando el ego se quiebra para reestructurar tu simbólica percepción de la vida, de una vida que pasa y pasa y no dejas de pensar, chico, todo llega, todo tiene que llegar, pero así que llegue, es mejor que pienses que debes dejarlo pasar y continuar.
En ese puente de frágiles cimientos que construí para cambiar mi personalidad, no hizo falta dinamitar los arcos para caernos al río mi yo y mi alter-ego, ambos nos lanzamos una y otra vez de manera voluntaria a unas aguas desconocidas, inmunes a la hipotermia y al miedo de no saber nadar a contracorriente.
En el trayecto, la ayuda externa que busqué ha dado sus frutos, quizás porque mi terquedad quería que los resultados fuesen positivos; me satisface comprobar que tiendo a buscar solución a mis problemas, pero desconozco el origen de este espíritu compacto capaz de enfrentarse a las adversidades seducido por el placer de la superación de la melancolía, una pasión emocional que me enamora de mí mismo y me permite seguir hacia delante con la fuerza del optimismo.
Y reconciliado conmigo, logro de nuevo compartir sentimientos desde la equidad, y reconciliado con la vida, creo que puedo volver a confiar en el azar y dejarme llevar.]
Sosiego, te decían, pero el humo no te dejaba respirar y, cuando las llamas te alcanzaron, el fuego ya no te importaba: tu alma se había comenzado a liberar. Incinerado de rodillas encontraron tu cuerpo, apenas a unos metros de la puerta de salida principal. Tú todavía estabas allí y aún te mirabas, esta vez desde las escaleras de socorro, cerrando la salida de incendios y los recuerdos que te ahogaron de aquel local.
Sosiego, te dijeron, ¿comienzas ahora a ver con claridad?
Sosiego, te decían desde la salida de emergencia, pero tú, sin hacer caso, palpabas las paredes en la oscuridad buscando otra puerta.
[El proceso de estabilización ha requerido esfuerzo, no es sencillo recuperar el equilibrio interior cuando el ego se quiebra para reestructurar tu simbólica percepción de la vida, de una vida que pasa y pasa y no dejas de pensar, chico, todo llega, todo tiene que llegar, pero así que llegue, es mejor que pienses que debes dejarlo pasar y continuar.
En ese puente de frágiles cimientos que construí para cambiar mi personalidad, no hizo falta dinamitar los arcos para caernos al río mi yo y mi alter-ego, ambos nos lanzamos una y otra vez de manera voluntaria a unas aguas desconocidas, inmunes a la hipotermia y al miedo de no saber nadar a contracorriente.
En el trayecto, la ayuda externa que busqué ha dado sus frutos, quizás porque mi terquedad quería que los resultados fuesen positivos; me satisface comprobar que tiendo a buscar solución a mis problemas, pero desconozco el origen de este espíritu compacto capaz de enfrentarse a las adversidades seducido por el placer de la superación de la melancolía, una pasión emocional que me enamora de mí mismo y me permite seguir hacia delante con la fuerza del optimismo.
Y reconciliado conmigo, logro de nuevo compartir sentimientos desde la equidad, y reconciliado con la vida, creo que puedo volver a confiar en el azar y dejarme llevar.]
Sosiego, te decían, pero el humo no te dejaba respirar y, cuando las llamas te alcanzaron, el fuego ya no te importaba: tu alma se había comenzado a liberar. Incinerado de rodillas encontraron tu cuerpo, apenas a unos metros de la puerta de salida principal. Tú todavía estabas allí y aún te mirabas, esta vez desde las escaleras de socorro, cerrando la salida de incendios y los recuerdos que te ahogaron de aquel local.
Sosiego, te dijeron, ¿comienzas ahora a ver con claridad?
viernes, 25 de septiembre de 2009
¿Y tu pitufas, gamusino?

En la adolescencia, mi hermano bicigótico, que es hijo único, pintó una figura antropomorfa desnuda y con cresta de punk en mi paleta de mezclas, la llamó txi txin; aunque él no era consciente, estaba pintando su autorretrato.
De aquel txi txin, que ningún pincel se atrevió a ocultar con remolinos de colores secundarios, como hijos de un dios menor nacieron otros txi txin con capacidad propia de reproducción, cada uno con fisiología y personalidad propia, ampliando una familia extensa horizontal que creció y creció con el paso de los años: la familia txi txin, cuyo vínculo de asociación peculiar no fue la consaguinidad, sino la amistad y el respeto.
Pero txi txin no fue el primero en su estirpe. En la historia de la ilustración gráfica aparecen personajes de similar naturaleza, como los azulados pitufos de Peyo, los pícaros golpistas de Hergé o los prudentes y desapercibidos petisos de Jan, que se caracterizan por difundir la idea de igualdad entre los diferentes miembros de un grupo, aunque desde diferentes perspectivas. De todos ellos, quizás los que mantengan mayor parecido con los txi txin sean los petisos, incluso en trazo y color; pero en reconocimiento a la originalidad de mi hermano debo decir que por aquel entonces él no sabía que existían, siendo su brote de inspiración ajeno al trabajo del maestro Jan.
Ahora, ¿qué es un txi txin?, ¿por qué se escribe en minúsculas?, ¿por qué no tiene plural? Es difícil de determinar, pero un txi txin es un uno individual y, a la par, cada uno de los txi txin; se representa a sí mismo y al conjunto de la familia, es un sujeto gregario que comparte status y derechos con los miembros de su unidad grupal, un ente que se confunde entre la individualidad y el conjunto; nunca sabes, aunque veas a varios juntos, si son partes de un todo o un todo que se divide en partes. Sin embargo, lo trascendental no es el txi txin en sí, sino lo que representa: la unidad común.
Si los txi txin se alzasen algún día en revolución, ardería Barcelona, y como decía hace años un gato con nombre propio: si hubiese sido de día, habría pasado de largo, pero, señores, era de noche y todos los gatos son pardos.
Lamentablemente, esta ciudad, este país, este planeta, tendrán que esperar para ser un lugar más justo y txi txinario.
De aquel txi txin, que ningún pincel se atrevió a ocultar con remolinos de colores secundarios, como hijos de un dios menor nacieron otros txi txin con capacidad propia de reproducción, cada uno con fisiología y personalidad propia, ampliando una familia extensa horizontal que creció y creció con el paso de los años: la familia txi txin, cuyo vínculo de asociación peculiar no fue la consaguinidad, sino la amistad y el respeto.
Pero txi txin no fue el primero en su estirpe. En la historia de la ilustración gráfica aparecen personajes de similar naturaleza, como los azulados pitufos de Peyo, los pícaros golpistas de Hergé o los prudentes y desapercibidos petisos de Jan, que se caracterizan por difundir la idea de igualdad entre los diferentes miembros de un grupo, aunque desde diferentes perspectivas. De todos ellos, quizás los que mantengan mayor parecido con los txi txin sean los petisos, incluso en trazo y color; pero en reconocimiento a la originalidad de mi hermano debo decir que por aquel entonces él no sabía que existían, siendo su brote de inspiración ajeno al trabajo del maestro Jan.
Ahora, ¿qué es un txi txin?, ¿por qué se escribe en minúsculas?, ¿por qué no tiene plural? Es difícil de determinar, pero un txi txin es un uno individual y, a la par, cada uno de los txi txin; se representa a sí mismo y al conjunto de la familia, es un sujeto gregario que comparte status y derechos con los miembros de su unidad grupal, un ente que se confunde entre la individualidad y el conjunto; nunca sabes, aunque veas a varios juntos, si son partes de un todo o un todo que se divide en partes. Sin embargo, lo trascendental no es el txi txin en sí, sino lo que representa: la unidad común.
Si los txi txin se alzasen algún día en revolución, ardería Barcelona, y como decía hace años un gato con nombre propio: si hubiese sido de día, habría pasado de largo, pero, señores, era de noche y todos los gatos son pardos.
Lamentablemente, esta ciudad, este país, este planeta, tendrán que esperar para ser un lugar más justo y txi txinario.
martes, 22 de septiembre de 2009
Delirium tremens
Me decía mi hermano menor, desde que has dejado el bourbon apenas escribes, y tiene razón. Pero antes de reflexionar si mi creatividad sufre síndrome de abstinencia, me gustaría definir uno de los conceptos que aparecerá en estas líneas: la producción cultural personal. Asociar el arte a mis composiciones, ya sean plásticas o literarias, me violenta. Desde que empecé a escribir poemas, mejor o peor, tengo claro que mis versos no alcanzan la poesía, a excepción de unos pocos que indulto por el sentimiento profundo que me indujo a escribirlos; popularmente tenemos el desliz de confundir ambos sustantivos como sinónimos, siendo frecuente escuchar escribo poesía, en lugar de escribo poemas, pero debemos ser prudentes y evitar este tipo de error, puesto que no hace justicia al virtuosismo artístico que encierra la verdadera poesía. En mi caso, el único que tengo derecho a clasificar, está claro: mis versos no son poesía, pero si una producción literaria que contribuye a mi desarrollo personal y cultural, influya ésta o no en mi entorno social inmediato. Aclarado esto, ¿qué significa que mis composiciones culturales estén empapadas de whisky americano?, significa que mi impulso creativo, desafortunadamente para mi ego, aunque siempre hay excepciones, se encuentra asociado a ciertos estados emocionales melancólicos, intensos y extremos. La estabilidad emocional, quiera o no, influye en mi creatividad, no porque limite la capacidad de crear (ésta con dedicación y práctica siempre se puede potenciar), sino porque pierdo los sentimientos que retroalimentan mi productividad, emociones derivadas de la construcción de la propia obra y que recompensan mi espíritu creador con una satisfacción sublime que refuerza la conducta o voluntad de seguir ampliando mi personal producción cultural.
Es cierto que me he estabilizado y escribo menos, pero eso es un buen síntoma que mi salud emocional agradece, más teniendo en cuenta que no regreso a un punto de partida no deseado y que sigo desgarrando mis adentros para cambiar en mí todo aquello que no me satisface como persona.
Es cierto que me he estabilizado y escribo menos, pero eso es un buen síntoma que mi salud emocional agradece, más teniendo en cuenta que no regreso a un punto de partida no deseado y que sigo desgarrando mis adentros para cambiar en mí todo aquello que no me satisface como persona.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Semántica de una reconciliación
RE(tro): Prefijo que lleva a un lugar o tiempo anterior al significado de la palabra simple.
CON (contra, para, por, según): Preposición. Indica medio, modo o instrumento que sirve para hacer algo.
CI(catriz): Señal que queda después de cerrarse una herida o llaga. / Figurado. Huella que deja en el ánimo algún sentimiento.
LIA (miente, embauca, engaña, tima, falsifica, falsea, despista, tergiversa, adultera, enreda, seduce, estafa): Acción de liar.
(reac)CIÓN: Acción provocada por otra y de sentido contrario.
CON (contra, para, por, según): Preposición. Indica medio, modo o instrumento que sirve para hacer algo.
CI(catriz): Señal que queda después de cerrarse una herida o llaga. / Figurado. Huella que deja en el ánimo algún sentimiento.
LIA (miente, embauca, engaña, tima, falsifica, falsea, despista, tergiversa, adultera, enreda, seduce, estafa): Acción de liar.
(reac)CIÓN: Acción provocada por otra y de sentido contrario.
martes, 15 de septiembre de 2009
Semántica de un fracaso matrimonial
Dices que no estás bien en el trabajo, que tu nómina es baja, que tu jefe se aprovecha y uno de tus compañeros te hace la vida imposible; dices que no te revisan el salario, que en el contrato no aparece la categoría que te corresponde, que no te tienen en cuanta en los ascensos, que nunca aprueban tu cuadrante de vacaciones; dices que has perdido tu vida social, que tus amigos no te llaman, que cuando quedas con ellos no consideran tu opinión en las decisiones, que te incomoda su distancia, que parece que no se alegren de verte; dices que te pone de los nervios que no te comprendan, que discutir te agria el carácter, que te agobias y prefieres quedarte en casa, pero te pudre encerrarte y no soportas el ruido de los vecinos, no toleras que el barrio se haya llenado de inmigrantes; dices que todo está desordenado en estas cuatro paredes, que no colaboro en las tareas del hogar y descuido la educación de nuestros hijos; dices que no me preocupo de tus cosas, que he cambiado, que sientes en tu interior un enorme vacío y que ya no me quieres. Dices tantas cosas que no te escucho, amor, que no puedo, aunque lo intente, seguir escuchándote.
miércoles, 9 de septiembre de 2009
(La novena plaga): Sobredosis
Qué disgusto el padre de Ismael cuando escuchando el crescendo de su canción favorita de Supertramp, su hijo de doce años le dijo que quería ser narco, ¿querrás decir artista, insensato?; no, papá: narco, quiero ser narcotraficante.
Debo pasar más tiempo con mi familia, pensó, este niño consume demasiada televisión, quizás sacó la idea de algún personaje de cómic o de aquel juego de consola que su hermano le regaló para su cumpleaños, y en un arranque de responsabilidad decidió no hacer más horas extras en el trabajo, no tomar una copichuela en el bar antes de llegar a casa por las noches y comprar una 9 mm Parabellum en el mercado negro para hacer prácticas de tiro con su hijo en el campo.
Ves demasiadas películas policiacas bajadas de Internet, recriminó la esposa del padre de Ismael a su marido, las pistolas son cosa de dinosaurios, cómprale al niño una metralleta de repetición, no sea que luego tenga carencias en su formación y no encuentre trabajo.
Recapacitar un poco, les advirtió el hijo mayor de los padres del hermano de Ismael fumando un cigarrillo liado, queréis construir la casa por el tejado, antes de comprarle un arma debería saber qué son los narcóticos, así que llamó a su marchante y le pidió un muestrario de primera calidad.
Surtido de estupefacientes en mano, el hermano de doce años del hijo mayor de los padres del hermano de Ismael fue tomando una tras otra las muestras del estuche del marchante a la par que leía en la pestaña de los compartimentos el nombre de las sustancias. No seas ansioso, le recriminó su hermano, disfruta de tu rito iniciático, aún te quedan muchas materias para graduarte, pero por alguna razón él ya no escuchaba; sufría una rigidez intensa en la boca que le obligaba a abrirla, notando como las comisuras de los labios se le desgarraban mientras su mandíbula inferior, desencajada, tiraba hacia abajo con fuerza, igual que si se la arrancasen. La inercia del dolor le obligó a inclinar la cabeza hacia atrás y mirar el cielo. Ante el asombro de sus familiares, su lengua desapareció en la profundidad de una laringe dilatada y su boca siguió partiéndose, amoldándose elástica la fina mucosa de los belfos a un crecimiento que devoraba su piel y huesos, abriendo camino en paralelo hacia la nuez y frente, engullidos ya mentón, nariz y ojos, avanzando sin escrúpulos y perfilando un agujero cada vez mayor, cada vez más grande y descomunal, cada vez más cerca del suelo, modelando reversible un cuerpo que menguaba y acabó desapareciendo. Los familiares de la boca de Ismael, viendo que ésta no paraba de crecer, se arrodillaron con precaución cerca del abismo para despedirse, lo último que le oyeron decir con un soplo de voz tenue fue: soy el ombligo del mundo; después, huyeron despavoridos sin saber qué dirección tomar, aquella fosa se extendía como las ondas de una pedrada en un lago, circular, insaciable, devastando la tierra a su paso, igual que antes hizo con su propia carne y entrañas, con la carne y entrañas del cuerpo de Ismael.
Debo pasar más tiempo con mi familia, pensó, este niño consume demasiada televisión, quizás sacó la idea de algún personaje de cómic o de aquel juego de consola que su hermano le regaló para su cumpleaños, y en un arranque de responsabilidad decidió no hacer más horas extras en el trabajo, no tomar una copichuela en el bar antes de llegar a casa por las noches y comprar una 9 mm Parabellum en el mercado negro para hacer prácticas de tiro con su hijo en el campo.
Ves demasiadas películas policiacas bajadas de Internet, recriminó la esposa del padre de Ismael a su marido, las pistolas son cosa de dinosaurios, cómprale al niño una metralleta de repetición, no sea que luego tenga carencias en su formación y no encuentre trabajo.
Recapacitar un poco, les advirtió el hijo mayor de los padres del hermano de Ismael fumando un cigarrillo liado, queréis construir la casa por el tejado, antes de comprarle un arma debería saber qué son los narcóticos, así que llamó a su marchante y le pidió un muestrario de primera calidad.
Surtido de estupefacientes en mano, el hermano de doce años del hijo mayor de los padres del hermano de Ismael fue tomando una tras otra las muestras del estuche del marchante a la par que leía en la pestaña de los compartimentos el nombre de las sustancias. No seas ansioso, le recriminó su hermano, disfruta de tu rito iniciático, aún te quedan muchas materias para graduarte, pero por alguna razón él ya no escuchaba; sufría una rigidez intensa en la boca que le obligaba a abrirla, notando como las comisuras de los labios se le desgarraban mientras su mandíbula inferior, desencajada, tiraba hacia abajo con fuerza, igual que si se la arrancasen. La inercia del dolor le obligó a inclinar la cabeza hacia atrás y mirar el cielo. Ante el asombro de sus familiares, su lengua desapareció en la profundidad de una laringe dilatada y su boca siguió partiéndose, amoldándose elástica la fina mucosa de los belfos a un crecimiento que devoraba su piel y huesos, abriendo camino en paralelo hacia la nuez y frente, engullidos ya mentón, nariz y ojos, avanzando sin escrúpulos y perfilando un agujero cada vez mayor, cada vez más grande y descomunal, cada vez más cerca del suelo, modelando reversible un cuerpo que menguaba y acabó desapareciendo. Los familiares de la boca de Ismael, viendo que ésta no paraba de crecer, se arrodillaron con precaución cerca del abismo para despedirse, lo último que le oyeron decir con un soplo de voz tenue fue: soy el ombligo del mundo; después, huyeron despavoridos sin saber qué dirección tomar, aquella fosa se extendía como las ondas de una pedrada en un lago, circular, insaciable, devastando la tierra a su paso, igual que antes hizo con su propia carne y entrañas, con la carne y entrañas del cuerpo de Ismael.
lunes, 7 de septiembre de 2009
La manipulación de la Historia
Entre amigos, un sábado de recreo con asado argentino en las barbacoas, uno de nosotros con problemas de sociabilidad preguntaba: ¿qué sois vosotros?, ¿cazadores o sedentarios? Los cazadores, argumentaba mientras miraba a un grupo de familias con cámaras digitales de última tecnología, no han sobrevivido porque arrasan con lo que encuentran en su camino, se lo comen todo, en cambio los sedentarios ahí están, se mantienen.
Era obvio que los cazadores eran los cazados por sus ojos neuróticos que no comparten ciertos modus vivendi consumistas, pero como el paralelismo no fue acertado y no tenía ganas de criticar, evité el envite con un tangente no entro en conversaciones que falsifican la Historia.
Yo estoy convencido que en el fondo él quiere ser un cazador, salir de su ostracismo y sentirse uno más, alguien que le digan tú eres normal, corriente y vulgar, estás con nosotros, amigo, no te dejaremos solo mientras tus piernas puedan correr y tus brazos tensar un arco, pero como cruza los conceptos y no se da cuenta que esta figura corresponde al sedentario, su conciencia no asume que ya es un falso cazador más en el asentamiento, aunque inadaptado.
Dejemos a los cazadores-recolectores en su contexto, las cosas les iban mucho mejor antes de asentarse y cultivar sus desgracias.
Era obvio que los cazadores eran los cazados por sus ojos neuróticos que no comparten ciertos modus vivendi consumistas, pero como el paralelismo no fue acertado y no tenía ganas de criticar, evité el envite con un tangente no entro en conversaciones que falsifican la Historia.
Yo estoy convencido que en el fondo él quiere ser un cazador, salir de su ostracismo y sentirse uno más, alguien que le digan tú eres normal, corriente y vulgar, estás con nosotros, amigo, no te dejaremos solo mientras tus piernas puedan correr y tus brazos tensar un arco, pero como cruza los conceptos y no se da cuenta que esta figura corresponde al sedentario, su conciencia no asume que ya es un falso cazador más en el asentamiento, aunque inadaptado.
Dejemos a los cazadores-recolectores en su contexto, las cosas les iban mucho mejor antes de asentarse y cultivar sus desgracias.
jueves, 3 de septiembre de 2009
Pretendiente descatalogado
[El siguiente relato está basado en hechos reales, por petición explícita de los protagonistas, los nombres y personajes que aparecen son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.]
Me tendió su mano y lo primero que pensé fue se las habrá lavado tras su última visita, espero, porque su sonrisa, pegada a esa cabeza sin cuello, no me acabó de gustar. Los muebles de la habitación eran viejos, de colores fríos que absorbían la poca luz procedente de una ventana con la persiana medio bajada. La escasa iluminación entenebrecía el ambiente de la consulta, perfilando el rechoncho cuerpo de un urólogo de ojos saltones, embutido en una bata blanca bien planchada, que parecía proyectarse hacia mí como un fotograma tridimensional.
Usted dirá, y qué le digo, que tengo una disfunción sexual, por ejemplo, eyaculación precoz, no, doctor, impotencia, no, doctor, pienso que es más complejo, pues verá, interesante, y le digo, interesante, aunque luego, interesante, interesante, interesante, ¿patologías previas?, no, doctor, algún tipo de trauma, ¿está de guasa?, le voy a recetar estas pastillas, son un sucedáneo de la viagra, pero doctor, creo que no me he explicado bien; entonces me miró de perfil, con sus ojos de rana, el hombro del codo apoyado en la mesa ligeramente levantado y sentenció, no se preocupe, tómese esta pastilla una hora antes del acto y tendrá usted una buena erección, le digo doctor que, claro, claro, reclinándose un poquito más sobre la mesa y el formulario de recetas, una erección potente, duradera, ya sabe, muy potente, volvió a insistir, sólo le faltó guiñarme el ojo y chasquear su lengua contra el paladar, seguro que de hacerlo, hubiese podido ver un destello reluciente en uno de sus dientes.
Un fracaso, me dije a mí mismo al salir de la farmacia con el sucedáneo de viagra en el bolsillo, tienes que tomar otra iniciativa y olvidarte de estas pastillas, prueba en una agencia matrimonial, seguro que te encuentran una pareja a la medida, tomas confianza y recuperas la normalidad.
Después de algunos test, videos y selección de candidatas, llamaron de la agencia para concertar varias entrevistas. El día señalado fui puntual. Me atendió una mujer entrada en edad, pero bien conservada, lucía con coquetería particular su pelo teñido de azul con reflejos lilas y un escote ombliguero, enseguida vendrá la otra parte interesada, siéntese, me instó, acomodándome en una sala con dos sillones de pluma, una mesita con todo tipo de bebidas refrescantes, alguna graduada, cuadros de campiñas inglesas y mareas embravecidas, un perchero de cuatro colgantes y una cajonera con revistas de moda en su interior. Entonces la puerta volvió a abrirse y entró, pretendida y pretendiente, embriagada de belleza, más hermosa que en el catálogo, de labios carnosos y pestañas de gata, ladrona de suspiros y amén; en lugar de un hola se me escapó un hoala extraño, delator, ella se dio cuenta, especulé: si es tan guapa no puede ser inteligente, pero me equivoqué. Después de la presentación física oficial y un qué hace una chica como tú en un lugar como éste, nos enzarzamos en una conversación interesante, reveladora, rendido a sus pies no hacía más que pensar, dínoslo ya, dínoslo, tú sabes quién mató a Kennedy, tú serás mi nueva garganta profunda. Qué derrota tan dulce, qué sumisión tan placentera, tengo que sorprenderla, enamorarla, le diré que tengo que ausentarme un momentito al servicio y tomaré la pastilla, eso, sí, tomaré la pastilla y entraré de nuevo decidido, trabuco, ruin me lanzaré a su cuello y haremos el amor descosidamente hasta el éxtasis, hasta quedar exhaustos, empapados de sudor y plumas de sofá, adulterados por el perfume de nuestros fluidos y vicios carnales, discúlpame, en seguida regreso, no tardaré.
Al entrar en la sala mi musa no estaba, se habrá ausentado al servicio, deduje, qué mejor momento, aprovechando mi interrupción. Pasaron algunos minutos, pero no me inquieté, mejor, así tendrá la medicación margen para hacer efecto. Pasaron algunos minutos más y comencé a ponerme nervioso, notando un pequeño rictus en mi mandíbula inferior, vaya, las contraindicaciones del prospecto cuando advertían de posible rigidez muscular no se referirían a esto, me pregunté, malditas pastillas, no te alteres, ya baja el pomo de la puerta, ya regresa, ya no entiendo, ya qué pasa aquí, quién es esta mujer de minifalda con piernas musculosas y cadera recta que me saluda con un hola de pronunciada [ò] gutural y tapa su cuello con un pañuelo estampado, hola, insiste, ¿se te ha comido la lengua el gato?, pero no puedo responder, mi boca está tiesa, gripada, no te conozco, la chica de antes dice que da por concluida la entrevista, que tiene suficiente, que no le interesas, yo soy Manoli, encantada, pero qué Manoli, de dónde sales, Manoli, sí, la experta en photoshop, ¿¡Manuela!?, y se sienta y se enrolla y no para de mascullar, pienso: pero si es un hombre, diría que es un hombre, y le hago un gesto señalando mis dientes e intentando verbalizar como un ventrílocuo, pero si esta cosita habla, dice mientras se levanta y se vuelve a sentar más cerca, esta vez en el mismo sofá, dime, dime, como si le hubieran dado sopa de letras para comer, no para y sigue dándome palique y yo comienzo a notar los efectos del fármaco y aquello que sube y Manuela cada vez más cerca, pegando su oreja a mis labios, acomodando su mano en mi rodilla y desplazándola sutilmente hacia la ingle, estrechando sus gemelos afeitados en un cruzar de piernas víctima de la excitación, y yo cada vez más pepino, más erecto y menos sapiens, más autómata y fuera de control, pensando desesperado: es un hombre, esta pava es un tío; y farfullo mmm, mmm, y me responde, ya me doy cuenta, ya, guap[o] mío, que te alegras de verme.
Me tendió su mano y lo primero que pensé fue se las habrá lavado tras su última visita, espero, porque su sonrisa, pegada a esa cabeza sin cuello, no me acabó de gustar. Los muebles de la habitación eran viejos, de colores fríos que absorbían la poca luz procedente de una ventana con la persiana medio bajada. La escasa iluminación entenebrecía el ambiente de la consulta, perfilando el rechoncho cuerpo de un urólogo de ojos saltones, embutido en una bata blanca bien planchada, que parecía proyectarse hacia mí como un fotograma tridimensional.
Usted dirá, y qué le digo, que tengo una disfunción sexual, por ejemplo, eyaculación precoz, no, doctor, impotencia, no, doctor, pienso que es más complejo, pues verá, interesante, y le digo, interesante, aunque luego, interesante, interesante, interesante, ¿patologías previas?, no, doctor, algún tipo de trauma, ¿está de guasa?, le voy a recetar estas pastillas, son un sucedáneo de la viagra, pero doctor, creo que no me he explicado bien; entonces me miró de perfil, con sus ojos de rana, el hombro del codo apoyado en la mesa ligeramente levantado y sentenció, no se preocupe, tómese esta pastilla una hora antes del acto y tendrá usted una buena erección, le digo doctor que, claro, claro, reclinándose un poquito más sobre la mesa y el formulario de recetas, una erección potente, duradera, ya sabe, muy potente, volvió a insistir, sólo le faltó guiñarme el ojo y chasquear su lengua contra el paladar, seguro que de hacerlo, hubiese podido ver un destello reluciente en uno de sus dientes.
Un fracaso, me dije a mí mismo al salir de la farmacia con el sucedáneo de viagra en el bolsillo, tienes que tomar otra iniciativa y olvidarte de estas pastillas, prueba en una agencia matrimonial, seguro que te encuentran una pareja a la medida, tomas confianza y recuperas la normalidad.
Después de algunos test, videos y selección de candidatas, llamaron de la agencia para concertar varias entrevistas. El día señalado fui puntual. Me atendió una mujer entrada en edad, pero bien conservada, lucía con coquetería particular su pelo teñido de azul con reflejos lilas y un escote ombliguero, enseguida vendrá la otra parte interesada, siéntese, me instó, acomodándome en una sala con dos sillones de pluma, una mesita con todo tipo de bebidas refrescantes, alguna graduada, cuadros de campiñas inglesas y mareas embravecidas, un perchero de cuatro colgantes y una cajonera con revistas de moda en su interior. Entonces la puerta volvió a abrirse y entró, pretendida y pretendiente, embriagada de belleza, más hermosa que en el catálogo, de labios carnosos y pestañas de gata, ladrona de suspiros y amén; en lugar de un hola se me escapó un hoala extraño, delator, ella se dio cuenta, especulé: si es tan guapa no puede ser inteligente, pero me equivoqué. Después de la presentación física oficial y un qué hace una chica como tú en un lugar como éste, nos enzarzamos en una conversación interesante, reveladora, rendido a sus pies no hacía más que pensar, dínoslo ya, dínoslo, tú sabes quién mató a Kennedy, tú serás mi nueva garganta profunda. Qué derrota tan dulce, qué sumisión tan placentera, tengo que sorprenderla, enamorarla, le diré que tengo que ausentarme un momentito al servicio y tomaré la pastilla, eso, sí, tomaré la pastilla y entraré de nuevo decidido, trabuco, ruin me lanzaré a su cuello y haremos el amor descosidamente hasta el éxtasis, hasta quedar exhaustos, empapados de sudor y plumas de sofá, adulterados por el perfume de nuestros fluidos y vicios carnales, discúlpame, en seguida regreso, no tardaré.
Al entrar en la sala mi musa no estaba, se habrá ausentado al servicio, deduje, qué mejor momento, aprovechando mi interrupción. Pasaron algunos minutos, pero no me inquieté, mejor, así tendrá la medicación margen para hacer efecto. Pasaron algunos minutos más y comencé a ponerme nervioso, notando un pequeño rictus en mi mandíbula inferior, vaya, las contraindicaciones del prospecto cuando advertían de posible rigidez muscular no se referirían a esto, me pregunté, malditas pastillas, no te alteres, ya baja el pomo de la puerta, ya regresa, ya no entiendo, ya qué pasa aquí, quién es esta mujer de minifalda con piernas musculosas y cadera recta que me saluda con un hola de pronunciada [ò] gutural y tapa su cuello con un pañuelo estampado, hola, insiste, ¿se te ha comido la lengua el gato?, pero no puedo responder, mi boca está tiesa, gripada, no te conozco, la chica de antes dice que da por concluida la entrevista, que tiene suficiente, que no le interesas, yo soy Manoli, encantada, pero qué Manoli, de dónde sales, Manoli, sí, la experta en photoshop, ¿¡Manuela!?, y se sienta y se enrolla y no para de mascullar, pienso: pero si es un hombre, diría que es un hombre, y le hago un gesto señalando mis dientes e intentando verbalizar como un ventrílocuo, pero si esta cosita habla, dice mientras se levanta y se vuelve a sentar más cerca, esta vez en el mismo sofá, dime, dime, como si le hubieran dado sopa de letras para comer, no para y sigue dándome palique y yo comienzo a notar los efectos del fármaco y aquello que sube y Manuela cada vez más cerca, pegando su oreja a mis labios, acomodando su mano en mi rodilla y desplazándola sutilmente hacia la ingle, estrechando sus gemelos afeitados en un cruzar de piernas víctima de la excitación, y yo cada vez más pepino, más erecto y menos sapiens, más autómata y fuera de control, pensando desesperado: es un hombre, esta pava es un tío; y farfullo mmm, mmm, y me responde, ya me doy cuenta, ya, guap[o] mío, que te alegras de verme.
lunes, 31 de agosto de 2009
Regresiones
Dicen los que se actualizan como el sistema operativo Windows que existe una parte de la sociedad que es profunda y oscura, mal adjetivada tradicional, usurpadora de cualquier tiempo pasado fue mejor, con el consentimiento de Jorge Manrique, pregonera del no somos nadie y las desgracias nunca vienen solas, inmovilista, que se resiste a evolucionar. También existe otro tipo de persona, esta vez adaptada a los tiempos modernos pero con problemas crónicos o transitorios de desarrollo personal, que no asimila bien los cambios o con expectativas inalcanzables que le hacen continuamente fracasar, personas que se detienen porque no saben afrontar sus miedos, se paralizan, devaluando la escala de grises y observando la botella medio vacía. Ambos casos, presenten o no sintomatología clínica depresiva, serían catalogados por la Organización Mundial de la Salud como insalubres porque no tienen cubiertas sus necesidades psíquicas.
En mi entorno he conocido a muchas personas depresivas, tanto que en alguna ocasión me he planteado que podía ser un vampiro energético, pero dejando aparte el humor negro, lo cierto es que sólo el que ha sufrido una depresión sabe lo que es (y no es, precisamente, cosa de risa). Esta enfermedad de difícil catalogación y fácil diagnóstico, más virtual que palpable pero innegable, se encuentra estrechamente ligada a la ansiedad, síntoma que sólo es medible de manera subjetiva por el paciente aunque la escala de medición le sea impuesta, es decir, si tengo que decir al psiquiatra del uno al diez cuánta ansiedad tengo, diré lo que pienso que tengo. Esto no falsea el estado del enfermo, pues aunque alguien más aprensivo pueda sufrir menos ansiedad que otra persona y valore su ansiedad con más puntuación, su percepción será inversamente proporcional a la capacidad que tenga de afrontar sus problemas y, en tales circunstancias, la decisión que tome el especialista para el tratamiento de su patología no estará mal encaminada.
Es precisamente esta incapacidad de resolver los conflictos por parte del enfermo depresivo, que deriva en una solicitud constante de atención como si fuese un niño pequeño, el aspecto más destructivo de la enfermedad, tanto que supera la propia burbuja del afectado e incide en la salud de las personas que conviven en su realidad más inmediata. El depresivo pide consejos, pero no los atiende, por eso todo el mundo coincide en decir que sólo cuando alguien está dispuesto a salir de la depresión es cuando comienza a vislumbrarse su verdadera cura y, entretanto, el desgaste y agotamiento hacen mella en todo aquel que intenta ayudarle con asiduidad.
Yo no sé qué se siente en una depresión, mido la ansiedad en mi escala subjetiva con un cero. Pienso que la toma de decisiones con actitud resolutiva es el principal remedio para superar las adversidades, sea cual sea el resultado final, porque existe un factor de inconformismo en mi conducta que me hace ser optimista y seguir luchando. Sin embargo, es fácil decir esto cuando uno no conoce el pozo o sólo lo ha visto desde fuera. Nadie dice que sea sencillo, pero yo sé que entráis en la oscuridad con linternas, por favor, encenderlas, encenderlas y caminar hacia delante, yo también tengo problemas y me cuesta resolverlos.
En mi entorno he conocido a muchas personas depresivas, tanto que en alguna ocasión me he planteado que podía ser un vampiro energético, pero dejando aparte el humor negro, lo cierto es que sólo el que ha sufrido una depresión sabe lo que es (y no es, precisamente, cosa de risa). Esta enfermedad de difícil catalogación y fácil diagnóstico, más virtual que palpable pero innegable, se encuentra estrechamente ligada a la ansiedad, síntoma que sólo es medible de manera subjetiva por el paciente aunque la escala de medición le sea impuesta, es decir, si tengo que decir al psiquiatra del uno al diez cuánta ansiedad tengo, diré lo que pienso que tengo. Esto no falsea el estado del enfermo, pues aunque alguien más aprensivo pueda sufrir menos ansiedad que otra persona y valore su ansiedad con más puntuación, su percepción será inversamente proporcional a la capacidad que tenga de afrontar sus problemas y, en tales circunstancias, la decisión que tome el especialista para el tratamiento de su patología no estará mal encaminada.
Es precisamente esta incapacidad de resolver los conflictos por parte del enfermo depresivo, que deriva en una solicitud constante de atención como si fuese un niño pequeño, el aspecto más destructivo de la enfermedad, tanto que supera la propia burbuja del afectado e incide en la salud de las personas que conviven en su realidad más inmediata. El depresivo pide consejos, pero no los atiende, por eso todo el mundo coincide en decir que sólo cuando alguien está dispuesto a salir de la depresión es cuando comienza a vislumbrarse su verdadera cura y, entretanto, el desgaste y agotamiento hacen mella en todo aquel que intenta ayudarle con asiduidad.
Yo no sé qué se siente en una depresión, mido la ansiedad en mi escala subjetiva con un cero. Pienso que la toma de decisiones con actitud resolutiva es el principal remedio para superar las adversidades, sea cual sea el resultado final, porque existe un factor de inconformismo en mi conducta que me hace ser optimista y seguir luchando. Sin embargo, es fácil decir esto cuando uno no conoce el pozo o sólo lo ha visto desde fuera. Nadie dice que sea sencillo, pero yo sé que entráis en la oscuridad con linternas, por favor, encenderlas, encenderlas y caminar hacia delante, yo también tengo problemas y me cuesta resolverlos.
viernes, 28 de agosto de 2009
El antropólogo nace, crece, se reproduce y muere
En la relatividad del tiempo, los ciclos de ventilación pulmonar o las pulsaciones cardíacas nos conducen a un presente que converge hacia cierta cotidianidad y rutinas necesarias para la subsistencia, procesos básicos que encontramos aburridos y que desmerecemos si no los asociamos a connotaciones especiales. Día a día, este presente desdibujado va configurando el complemento de una existencia, una vida.
Las emociones intensas provocadas por circunstancias atípicas rompen esta linealidad y permiten elaborar una memoria particular, concreta, a modo de huella digital, pero su espacio temporal pertenece al recuerdo, es historia.
Cuando rememoramos la vida de alguien, apuntando y destacando las singularidades, la concentración de detalles, por sí misma, es más interesante que la amplitud de su monotonía diaria, pero si además las particularidades son extremas, nada usuales, el atractivo que toma la historia es excepcional, quizás no nos importe como resuelve esa persona el presente, pero nos cautiva su pasado y lo exponemos como una novela. Este tipo de ejercicio en etnografía se denomina breve historia de vida y es considerado científico, pese al riesgo de adulteración voluntaria o involuntaria a la que se encuentra expuesta una composición de recuerdos. Sin otra evidencia que una declaración oral, discernir entre la realidad y la ficción es bastante complejo, incluso para un experto en tests psicológicos, lenguaje corporal y polígrafos. Con estos mismos argumentos denuncié hace unos días el rigor de esta técnica de recogida de información ante el conserje del Colegio Nacional de Doctores y Licenciados en Ciencias Políticas y Sociología, presentando este blog como evidencia simbiótica entre hechos e imaginación en un proceso de reconstrucción personal, su respuesta: chaval, no me expliques tu vida, tampoco Indiana Jones era arqueólogo y aquí cerramos a las ocho.
Las emociones intensas provocadas por circunstancias atípicas rompen esta linealidad y permiten elaborar una memoria particular, concreta, a modo de huella digital, pero su espacio temporal pertenece al recuerdo, es historia.
Cuando rememoramos la vida de alguien, apuntando y destacando las singularidades, la concentración de detalles, por sí misma, es más interesante que la amplitud de su monotonía diaria, pero si además las particularidades son extremas, nada usuales, el atractivo que toma la historia es excepcional, quizás no nos importe como resuelve esa persona el presente, pero nos cautiva su pasado y lo exponemos como una novela. Este tipo de ejercicio en etnografía se denomina breve historia de vida y es considerado científico, pese al riesgo de adulteración voluntaria o involuntaria a la que se encuentra expuesta una composición de recuerdos. Sin otra evidencia que una declaración oral, discernir entre la realidad y la ficción es bastante complejo, incluso para un experto en tests psicológicos, lenguaje corporal y polígrafos. Con estos mismos argumentos denuncié hace unos días el rigor de esta técnica de recogida de información ante el conserje del Colegio Nacional de Doctores y Licenciados en Ciencias Políticas y Sociología, presentando este blog como evidencia simbiótica entre hechos e imaginación en un proceso de reconstrucción personal, su respuesta: chaval, no me expliques tu vida, tampoco Indiana Jones era arqueólogo y aquí cerramos a las ocho.
lunes, 24 de agosto de 2009
Me reconozco
Reconozco que nunca supe agradecerte todo aquello que has hecho por mí, que abuso de tu saber estar en segundo plano, a la espera, expectante, para recogerme cuando caigo y dejarme escapar cuando despego. Reconozco que fue tu mirada la primera que me consoló el día que mis piernas flaquearon y tuve que sentarme recostado en un muro de lamentaciones, que fueron tus palabras las que me respaldaron cuando las posibilidades se estrecharon y las circunstancias no parecían las adecuadas, que fuiste el abrazo que supo en todo momento romper el aislamiento de mi distancia íntima. Reconozco que no me molesté en conocerte, pero te conozco lo suficiente para saber que no me abandonarás. Reconozco que soy maduro gracias a tus reflexiones, feliz gracias a tus labios sonrientes, optimista gracias a tus guiños de ojo, confieso mi dependencia, mi amor incondicional e interesado hacia ti.
Nadie más que tú me hizo sentir que mientras vivieses yo nunca estaría solo, que podía tener tres pisos en propiedad pero no un hogar sin tu convivencia, que nadie más que yo tenía derecho a equivocarse si mis decisiones no fueron las correctas tras tus consejos.
No sé cómo lo haces, pero me giro y estás ahí, me pierdo y me encuentras, te llamo y acudes, siempre desde la luz, nada narciso, absoluto cándido, proyectándote humilde como las sombras.
Reconozco que me amas y te lo agradezco, sin ti no sería nadie, no soy nadie.
Nadie más que tú me hizo sentir que mientras vivieses yo nunca estaría solo, que podía tener tres pisos en propiedad pero no un hogar sin tu convivencia, que nadie más que yo tenía derecho a equivocarse si mis decisiones no fueron las correctas tras tus consejos.
No sé cómo lo haces, pero me giro y estás ahí, me pierdo y me encuentras, te llamo y acudes, siempre desde la luz, nada narciso, absoluto cándido, proyectándote humilde como las sombras.
Reconozco que me amas y te lo agradezco, sin ti no sería nadie, no soy nadie.
viernes, 21 de agosto de 2009
Me he quedao con tu cara
Los quinquis vuelven a la carga, cuando nadie reparaba en ellos tras aquellas películas de los 80, una exposición les hace reaparecer colgados en los carteles de las farolas de la Meridiana y otras grandes vías de la capital.
El fenómeno quinqui, para el que vivió en un barrio obrero y estudió en escuela pública, supera la mitología de los motes más conocidos; por fortuna, el quinqui anónimo existió y nos hizo entender que había que aprender a convivir con la inseguridad ciudadana sin miedo.
Gracias a ellos yo sé decir que no uso reloj cuando visto con manga larga, que no llevo dinero cuando sé que mis monedas no sonarán en los bolsillos del pantalón, que mi ropa no es de marca sino de imitación comprada en la parada de Maruja del mercado de Santa Caterina, aunque el filo de la navaja brille tembloroso a unos centímetros de mi nuez.
Alfonso tenía un primo que intentó robarme en la consulta del doctor Cardona, en Sant Pere Mitjà, llevaba yo 800 pesetas y la consulta costaba 500, le dije, te doy 300 pero el resto es para el doctor; no tuvo narices de sustraerme el billete azul y se conformó con las doce plateadas de veinticinco.
El propio Alfonso, colocado de esnifar olor de pegamento en una bolsa de plástico, lo intentó más tarde después de decirle a Teresa en su portal aquello de: esto no va contigo, que eres del barrio... y acabó, tras un tira y afloja, preguntándome si le ayudaba a pegar tirones de bolso en Princesa, joder, Sito (abreviatura de Alfonsito), no ves que estoy con la churri.
Poco a poco yo también me fui convirtiendo en un quinqui, sin banda, sin navaja, sin jeringuilla o bolsa de pegamento cola, reformado, buena persona y con vocabulario educado, de familia trabajadora, sí, pero quinqui, quinqui, echando de menos a mis compañeros desestructurados de calle. Una mirada acompañada de silencio, un gesto pausado de pecho retrocediendo para tomar posición de defensa, un reclinar estudiado de cabeza, eran suficientes argumentos para que te reconocieran, perdona colega, te había confundido, decían tan asustados como tú, camarillas con los de su calaña, sin escrúpulos con el resto, explotándoles adrenalina en sus pupilas, frágiles.
En el bar comentan, la delincuencia ha cambiado, el respeto por la vida se ha perdido, antes te podía rajar por menos, pero con sentimiento, tío; ahora qué, ya no tienen maneras, se ha perdido la nobleza, putas mafias extranjeras. Tú debiste ser un quinqui reformado como yo, pavo, los buenos quinquis hace tiempo que murieron. Eso no me lo dices en la calle, te parto la boca. Quinquis de segunda, eso es lo que somos.
El fenómeno quinqui, para el que vivió en un barrio obrero y estudió en escuela pública, supera la mitología de los motes más conocidos; por fortuna, el quinqui anónimo existió y nos hizo entender que había que aprender a convivir con la inseguridad ciudadana sin miedo.
Gracias a ellos yo sé decir que no uso reloj cuando visto con manga larga, que no llevo dinero cuando sé que mis monedas no sonarán en los bolsillos del pantalón, que mi ropa no es de marca sino de imitación comprada en la parada de Maruja del mercado de Santa Caterina, aunque el filo de la navaja brille tembloroso a unos centímetros de mi nuez.
Alfonso tenía un primo que intentó robarme en la consulta del doctor Cardona, en Sant Pere Mitjà, llevaba yo 800 pesetas y la consulta costaba 500, le dije, te doy 300 pero el resto es para el doctor; no tuvo narices de sustraerme el billete azul y se conformó con las doce plateadas de veinticinco.
El propio Alfonso, colocado de esnifar olor de pegamento en una bolsa de plástico, lo intentó más tarde después de decirle a Teresa en su portal aquello de: esto no va contigo, que eres del barrio... y acabó, tras un tira y afloja, preguntándome si le ayudaba a pegar tirones de bolso en Princesa, joder, Sito (abreviatura de Alfonsito), no ves que estoy con la churri.
Poco a poco yo también me fui convirtiendo en un quinqui, sin banda, sin navaja, sin jeringuilla o bolsa de pegamento cola, reformado, buena persona y con vocabulario educado, de familia trabajadora, sí, pero quinqui, quinqui, echando de menos a mis compañeros desestructurados de calle. Una mirada acompañada de silencio, un gesto pausado de pecho retrocediendo para tomar posición de defensa, un reclinar estudiado de cabeza, eran suficientes argumentos para que te reconocieran, perdona colega, te había confundido, decían tan asustados como tú, camarillas con los de su calaña, sin escrúpulos con el resto, explotándoles adrenalina en sus pupilas, frágiles.
En el bar comentan, la delincuencia ha cambiado, el respeto por la vida se ha perdido, antes te podía rajar por menos, pero con sentimiento, tío; ahora qué, ya no tienen maneras, se ha perdido la nobleza, putas mafias extranjeras. Tú debiste ser un quinqui reformado como yo, pavo, los buenos quinquis hace tiempo que murieron. Eso no me lo dices en la calle, te parto la boca. Quinquis de segunda, eso es lo que somos.
jueves, 20 de agosto de 2009
Amor profesional (absolute beginners)
Las escaleras en la penumbra invitaban a la discreción, mezclarse entre cuellos altos de chaqueta y gafas de sol resultó fácil, en la cúspide del entablamento dos luces de neón fundidas coronaban la doble puerta de entrada; ya en el interior, cortinas y una barra iluminada con bombillas azul etéreo, miradas desinteresadas, ropas ligeras y zapatos de mujer con plataforma, mi amigo sólo quería una copa.
¿Me invitas a un gin tonic?, ¿cómo te llamas? Pide lo que quieras, qué más da cómo me llame si las noches no tienen nombre, si aún no es primavera y las aves migratorias no han regresado de su diáspora, no me interesa, no me importa que tu cabellera sea rubia, que estés en la flor de la vida, que tus ojos sean transparentes y que hubieses podido ser portada en todas las revistas de moda neoyorquinas, ¿fumas?
Puedes confiar en mí, yo no te mentiré, no tengo por qué hacerlo, me están matando estos zapatos, ¿cuándo fue la última vez que estuviste con una mujer? Cuando fue, cuando es, cuando será la respuesta, cuando tus medias estén a media pierna, cuando me dé cuenta que no llevas sujetador bajo la blusa, cuando finjas el orgasmo y te recrimine que mentiste, que dijiste que nunca me mentirías.
Agradece la copa, se sienta, vendrán otras chicas, pero no hace falta que te vayas, tu conversación era interesante, tu rostro embrujaba, no te has pedido el licor más caro pudiéndolo hacer, la mirada de censura del camarero denota la tensión del negocio, podrías haberme invitado a subir a la habitación, pagaría sólo por hablar contigo y hacerte un masaje en los pies, no, chico, no, dice, si pagas, follas.
La música suena baja, adecuada para que no se entrelacen las conversaciones, para que no pierda el ritmo la bailarina de la barra y se mantenga hipnotizado el reptil que reposa en sus pronunciadas clavículas, es tarde, ¿te espera alguien?, tu amigo ya regresa de las sombras, con la cartera vacía, dándote un golpecito en la espalda y preguntando si conduces tú, ¿Puedo hacer algo por ti, mujer?, no regreses nunca a este local.
¿Me invitas a un gin tonic?, ¿cómo te llamas? Pide lo que quieras, qué más da cómo me llame si las noches no tienen nombre, si aún no es primavera y las aves migratorias no han regresado de su diáspora, no me interesa, no me importa que tu cabellera sea rubia, que estés en la flor de la vida, que tus ojos sean transparentes y que hubieses podido ser portada en todas las revistas de moda neoyorquinas, ¿fumas?
Puedes confiar en mí, yo no te mentiré, no tengo por qué hacerlo, me están matando estos zapatos, ¿cuándo fue la última vez que estuviste con una mujer? Cuando fue, cuando es, cuando será la respuesta, cuando tus medias estén a media pierna, cuando me dé cuenta que no llevas sujetador bajo la blusa, cuando finjas el orgasmo y te recrimine que mentiste, que dijiste que nunca me mentirías.
Agradece la copa, se sienta, vendrán otras chicas, pero no hace falta que te vayas, tu conversación era interesante, tu rostro embrujaba, no te has pedido el licor más caro pudiéndolo hacer, la mirada de censura del camarero denota la tensión del negocio, podrías haberme invitado a subir a la habitación, pagaría sólo por hablar contigo y hacerte un masaje en los pies, no, chico, no, dice, si pagas, follas.
La música suena baja, adecuada para que no se entrelacen las conversaciones, para que no pierda el ritmo la bailarina de la barra y se mantenga hipnotizado el reptil que reposa en sus pronunciadas clavículas, es tarde, ¿te espera alguien?, tu amigo ya regresa de las sombras, con la cartera vacía, dándote un golpecito en la espalda y preguntando si conduces tú, ¿Puedo hacer algo por ti, mujer?, no regreses nunca a este local.
martes, 18 de agosto de 2009
Las piezas del rompecabezas
Pensaba que este tipo de convención era más agradable, que pasaría un fin de semana de vacaciones disfrutando del paradisíaco casco antiguo de Dubrovnik, recorriendo por las tardes, caído el sol, sus calles iluminadas con faroles de luz ocre con remates bronce.
Tengo hambre, el avión sale con retraso y el taxista acabó con mis últimas kunas, la próxima vez que me lo pida Juan le diré que no, que no es mi trabajo sustituir al comercial enfermo de turno, que no ha sido por desidia que no he cerrado ni una sola venta en esas interminables reuniones de engominados con sonrisa permanente que llevan una tarjeta de presentación pegada entre los dedos a modo de cigarrillo, como si fuesen fumadores empedernidos que quisieran dejar el vicio a costa de esos cartoncitos con logos, cargos y direcciones de e-mail. No, no los trago, Juan, pero hice lo que pude, le diré. ¿Qué cómo perdí el portátil? No lo perdí, Juan, me lo robaron, aprovecharon la ocasión cuando intentaba venderle dos modelos de 8.000 piezas con las mejores instantáneas que tenemos de la ciudad vista desde el Fuerte Imperial a una rubia con escote panameño y piernas cruzadas como enredaderas, no, eso no, a un corvado bajito con nariz aguileña que representaba a una empresa con el 35% de la producción de souvenirs locales, no creas que fue un despiste, estaba entregado porque podía oler la tinta húmeda sobre el contrato de acuerdo, entonces me volví y el Toshiba ya no estaba, me giré de nuevo y la rubia tampoco, digo el bajito corvado, debían trabajar juntos, Juan, me engañaron. ¿Los gastos del minibar?, ¿muy elevados?, pero si fueron unas copitas para sofocar el disgusto, yo solo, sí, no ves que no te traigo ningún otro ticket de gastos, concentrado en el trabajo no reparé ni en salir del hotel.
A Barcelona, señorita, hvala, hvala. 23-F, bravo por la ventanilla, pero que asiento más cafre, como la fecha del golpe al Congreso, con lo maniático que soy para estas cosas. No, Juan, no, la próxima vez irá tu padre, le diré zarandeándolo a lo Gutiérrez Mellado. Sólo me falta que ese tal Gafo que se paseaba por la convención con su nombre serigrafiado en una carpetita con trípticos de 100, 500 y 1.000 piezas, y no me quitaba ojo, ocupara el asiento contiguo. ¿Qué si hizo muchas ventas?, todas, qué sé yo, Juan, saturó el mercado, no, no, eso no, mejor no pude fijarme, estaba muy ocupado intentando cerrar las mías, tengo que embarcar, me da igual que me degrades y me destines de nuevo a calidad, al menos allí estaré con el loco de Pepe y reiremos un rato, ¿qué no sabes que se queda con una pieza de todas las unidades de 5.000 del Halcón Milenario que revisa y dice, qué se jodan los friquis?, el tío es un máquina, siempre una diferente, el resto pensamos que se está montando el puzzle de gratis en casa. El cinturón me queda suelto, lo ajustaré un poco, que no se me olvide apagar el móvil.
Ahí está, viene hacia aquí con su carpetita de trípticos, no, Juan, no, dime que no me tocará este tipejo al lado, ni que me hagas jefe de ventas vuelvo a pisar el departamento comercial, joder, Juan, lo sabía, me ha saludado y sonríe. Me estoy empezando a poner nervioso, quiero bajar de este avión, se sienten coño, parece decirme esa azafata con planta de institutriz que se le nota el mostacho recortado al estilo Tejero, no moleste al señor Gafo, pero Gafo no se percata de mi ansiedad, se sienta en el 23-E, se abrocha el cinturón, saca un libro de bolsillo de su carpetita, Si te dicen que caí, de Juan Marsé, y lo abre por el capítulo trece.
Tengo hambre, el avión sale con retraso y el taxista acabó con mis últimas kunas, la próxima vez que me lo pida Juan le diré que no, que no es mi trabajo sustituir al comercial enfermo de turno, que no ha sido por desidia que no he cerrado ni una sola venta en esas interminables reuniones de engominados con sonrisa permanente que llevan una tarjeta de presentación pegada entre los dedos a modo de cigarrillo, como si fuesen fumadores empedernidos que quisieran dejar el vicio a costa de esos cartoncitos con logos, cargos y direcciones de e-mail. No, no los trago, Juan, pero hice lo que pude, le diré. ¿Qué cómo perdí el portátil? No lo perdí, Juan, me lo robaron, aprovecharon la ocasión cuando intentaba venderle dos modelos de 8.000 piezas con las mejores instantáneas que tenemos de la ciudad vista desde el Fuerte Imperial a una rubia con escote panameño y piernas cruzadas como enredaderas, no, eso no, a un corvado bajito con nariz aguileña que representaba a una empresa con el 35% de la producción de souvenirs locales, no creas que fue un despiste, estaba entregado porque podía oler la tinta húmeda sobre el contrato de acuerdo, entonces me volví y el Toshiba ya no estaba, me giré de nuevo y la rubia tampoco, digo el bajito corvado, debían trabajar juntos, Juan, me engañaron. ¿Los gastos del minibar?, ¿muy elevados?, pero si fueron unas copitas para sofocar el disgusto, yo solo, sí, no ves que no te traigo ningún otro ticket de gastos, concentrado en el trabajo no reparé ni en salir del hotel.
A Barcelona, señorita, hvala, hvala. 23-F, bravo por la ventanilla, pero que asiento más cafre, como la fecha del golpe al Congreso, con lo maniático que soy para estas cosas. No, Juan, no, la próxima vez irá tu padre, le diré zarandeándolo a lo Gutiérrez Mellado. Sólo me falta que ese tal Gafo que se paseaba por la convención con su nombre serigrafiado en una carpetita con trípticos de 100, 500 y 1.000 piezas, y no me quitaba ojo, ocupara el asiento contiguo. ¿Qué si hizo muchas ventas?, todas, qué sé yo, Juan, saturó el mercado, no, no, eso no, mejor no pude fijarme, estaba muy ocupado intentando cerrar las mías, tengo que embarcar, me da igual que me degrades y me destines de nuevo a calidad, al menos allí estaré con el loco de Pepe y reiremos un rato, ¿qué no sabes que se queda con una pieza de todas las unidades de 5.000 del Halcón Milenario que revisa y dice, qué se jodan los friquis?, el tío es un máquina, siempre una diferente, el resto pensamos que se está montando el puzzle de gratis en casa. El cinturón me queda suelto, lo ajustaré un poco, que no se me olvide apagar el móvil.
Ahí está, viene hacia aquí con su carpetita de trípticos, no, Juan, no, dime que no me tocará este tipejo al lado, ni que me hagas jefe de ventas vuelvo a pisar el departamento comercial, joder, Juan, lo sabía, me ha saludado y sonríe. Me estoy empezando a poner nervioso, quiero bajar de este avión, se sienten coño, parece decirme esa azafata con planta de institutriz que se le nota el mostacho recortado al estilo Tejero, no moleste al señor Gafo, pero Gafo no se percata de mi ansiedad, se sienta en el 23-E, se abrocha el cinturón, saca un libro de bolsillo de su carpetita, Si te dicen que caí, de Juan Marsé, y lo abre por el capítulo trece.
lunes, 10 de agosto de 2009
La despedida de casado
La noche del sábado tuvo regusto a cachaza dulce y Martini rosso, los solitarios reemplazamos las penas con extroversión. Si no tienes qué perder, tu simpatía desborda sin complejos, dices, eh, soy un conversador de calle, aprovecha los servicios sociales que te ofrece tu ciudad, estamos de prueba. Alguien contestará, me hablaron de vosotros, ¿dónde puedo enviar una instancia para colaborar?, y la diversión estará servida.
Mis amigos me llevaron al mítico Papillón para mitigar el duelo de mi ruptura matrimonial, acompañado por una joven colombiana que seguía los pasos del pájaro espino por Europa y me tiraba de la coleta. Al principio le costó entrar en aquel infierno de ambiente underground, pero confiaba en mí y cruzó el umbral. Para su fortuna, en el local reinaba una alineación de planetas que le hizo conocer a dos colombianos más, un jovencito emprendedor y una franco-colombiana tatuada con un carpe diem de letras góticas en el antebrazo interior. Esto la tranquilizó. Con la distensión llegó la necesidad de afecto, el alcohol le hizo perder el resto de la vergüenza. En ocasiones, me comentaba, es bonito que te suban el ego. Aunque no me incomodaba, yo estaba lejos de euforias varoniles. Ella intentó que guardara su número de teléfono en el móvil a pesar de encontrar la fotografía de mi ex en el fondo de pantalla. No llegué a hacerlo, pero no se dio por vencida, siguió pidiéndome cariño, sin embargo mis hormonas no se encendían, mi lívido estaba latente pero inactivo. Tómate tu tiempo, me sugirió un desconocido con las pupilas dilatadas, quizás tenga razón, estoy en tierra de nadie.
Mis amigos me llevaron al mítico Papillón para mitigar el duelo de mi ruptura matrimonial, acompañado por una joven colombiana que seguía los pasos del pájaro espino por Europa y me tiraba de la coleta. Al principio le costó entrar en aquel infierno de ambiente underground, pero confiaba en mí y cruzó el umbral. Para su fortuna, en el local reinaba una alineación de planetas que le hizo conocer a dos colombianos más, un jovencito emprendedor y una franco-colombiana tatuada con un carpe diem de letras góticas en el antebrazo interior. Esto la tranquilizó. Con la distensión llegó la necesidad de afecto, el alcohol le hizo perder el resto de la vergüenza. En ocasiones, me comentaba, es bonito que te suban el ego. Aunque no me incomodaba, yo estaba lejos de euforias varoniles. Ella intentó que guardara su número de teléfono en el móvil a pesar de encontrar la fotografía de mi ex en el fondo de pantalla. No llegué a hacerlo, pero no se dio por vencida, siguió pidiéndome cariño, sin embargo mis hormonas no se encendían, mi lívido estaba latente pero inactivo. Tómate tu tiempo, me sugirió un desconocido con las pupilas dilatadas, quizás tenga razón, estoy en tierra de nadie.
jueves, 6 de agosto de 2009
¿Qué hay de nuevo, viejo?
Saliendo por el portal de casa he escuchado una voz femenina que me llamaba, Ferran, decía. Mientras buscaba entre los balcones la voz insistía, Ferran, ¿por qué no juegas? Antes de encontrar a nadie, un niño sentado contestaba desde uno de los bancos de madera de la plaza: porque no me apetece.
Luego me entero que la UNESCO declara la jornada como el día mundial del niño aburrido.
Lejos de los balcones y el banco del niño, comencé a tropezarme con centenares de conejos y tortugas que transitaban por la calle. Los conejos retaban a las tortugas a caminar más deprisa, aceptando alguna de éstas el desafío, pero otras, mirando de reojo con desaprobación, seguían su camino maldiciendo el infantilismo de tanto lepórido descerebrado. Entonces, reflejado en una vidriera, me he visto como una tortuga anciana con ojeras y un gran caparazón.
Junto a mí se ha parado un conejo con una extremidad amputada y me ha increpado: Sé cómo te sientes, pero haces mal en compadecerte. Yo me jugué mi pata de la suerte con una tortuga centenaria, más gorda y pesada que tú; tenía la certeza que ninguna de vosotras, por rápida que fuese, podía ganarme en velocidad, pero aquella tortuga sabía que para ganar la carrera teníamos que cruzar un riachuelo más hondo que diez de mis cabezas y me ganó en destreza.
¿Te jugarías conmigo tu otra pata de la suerte en la misma carrera?, le pregunté motivado por la curiosidad. Por supuesto, me contestó airado. Tú eres tonto, conejo. Y tú una tortuga anciana con ojeras y un gran caparazón que no sabe que un conejo cojo puede haber aprendido a nadar.
Moraleja, la suerte no se tiene, se aprehende.
[En realidad este conejo quería decir que había mejorado su estilo braza de natación, porque los conejos, para aquel que no lo sepa, sí saben nadar. Podría también haber titulado este escrito La prisa mata; en el fondo, no sé qué personaje es más tonto.]
Luego me entero que la UNESCO declara la jornada como el día mundial del niño aburrido.
Lejos de los balcones y el banco del niño, comencé a tropezarme con centenares de conejos y tortugas que transitaban por la calle. Los conejos retaban a las tortugas a caminar más deprisa, aceptando alguna de éstas el desafío, pero otras, mirando de reojo con desaprobación, seguían su camino maldiciendo el infantilismo de tanto lepórido descerebrado. Entonces, reflejado en una vidriera, me he visto como una tortuga anciana con ojeras y un gran caparazón.
Junto a mí se ha parado un conejo con una extremidad amputada y me ha increpado: Sé cómo te sientes, pero haces mal en compadecerte. Yo me jugué mi pata de la suerte con una tortuga centenaria, más gorda y pesada que tú; tenía la certeza que ninguna de vosotras, por rápida que fuese, podía ganarme en velocidad, pero aquella tortuga sabía que para ganar la carrera teníamos que cruzar un riachuelo más hondo que diez de mis cabezas y me ganó en destreza.
¿Te jugarías conmigo tu otra pata de la suerte en la misma carrera?, le pregunté motivado por la curiosidad. Por supuesto, me contestó airado. Tú eres tonto, conejo. Y tú una tortuga anciana con ojeras y un gran caparazón que no sabe que un conejo cojo puede haber aprendido a nadar.
Moraleja, la suerte no se tiene, se aprehende.
[En realidad este conejo quería decir que había mejorado su estilo braza de natación, porque los conejos, para aquel que no lo sepa, sí saben nadar. Podría también haber titulado este escrito La prisa mata; en el fondo, no sé qué personaje es más tonto.]
Segundas reglas
Ramblas, ocho de la tarde, bajo la mirada de los transeúntes un hombre camina sobre sus pasos dibujando en el suelo dos círculos entrelazados.
Hace unos años un joven que siempre vestía camisa blanca y pantalones negros intentó captarme para una orden religiosa, predicaba que todos los hombres habían nacido para ser ángeles, se equivocaba, pero no iba mal encaminado. Por fortuna, yo no fui uno de esos entes celestiales que buscaba para redimir los pecados humanos.
En las sociedades humanas cada sujeto cumple dos funciones: su oficio social, ya sea remunerado o no, y su cometido homínido, conducta habitualmente anulada de manera parcial o completa por los procesos de socialización.
La primera de estas funciones, en la mayoría de casos, es opcional, se puede elegir. La segunda, ligada a la genética de cada uno, es inherente, innata, pero no se ejecuta de forma voluntaria, sino que es de proceder reflejo.
En mi grupo extenso, me refiero a todas aquellas personas que interactúan conmigo en un entorno inmediato medio, es decir, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y terceros con los que mantengo un cierto contacto y puedo desarrollar un perfil descriptivo mínimo, he podido detectar varias de estas funciones conductuales naturales, entre las que se encuentran los sujetos zángano, los sujetos operador, los sujeto soldado, los sujetos facilitador, los sujetos instructor, los sujetos protector-cuidador, los sujetos dirigente y los sujetos reproductor, por citar algunos de los más importantes.
Un individuo puede estar capacitado para ejecutar más de una función, pero destacará en una determinada debido a sus cualidades físicas y psíquicas concretas.
En mi caso observo que dispongo de un campo de visión periférico excelente, una capacidad aguda para detectar movimiento en distancias lejanas, tanto en zonas urbanas como boscosas, un olfato fino, reflejos rápidos que puedo alternar con periodos de inmovilidad extensos, una capacidad de alerta constante, prudencia, empatía y paciencia. Tengo mis dudas, podría ser un sujeto guardián, no lo sé, pero sí tengo claro que estas cualidades en la actualidad no son prácticas para tener éxito en según qué aspectos de mis relaciones personales. Podría salvar estas últimas potenciando mis virtudes sociales, pero me fastidia tener que ser un producto de mercado.
Hace unos años un joven que siempre vestía camisa blanca y pantalones negros intentó captarme para una orden religiosa, predicaba que todos los hombres habían nacido para ser ángeles, se equivocaba, pero no iba mal encaminado. Por fortuna, yo no fui uno de esos entes celestiales que buscaba para redimir los pecados humanos.
En las sociedades humanas cada sujeto cumple dos funciones: su oficio social, ya sea remunerado o no, y su cometido homínido, conducta habitualmente anulada de manera parcial o completa por los procesos de socialización.
La primera de estas funciones, en la mayoría de casos, es opcional, se puede elegir. La segunda, ligada a la genética de cada uno, es inherente, innata, pero no se ejecuta de forma voluntaria, sino que es de proceder reflejo.
En mi grupo extenso, me refiero a todas aquellas personas que interactúan conmigo en un entorno inmediato medio, es decir, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y terceros con los que mantengo un cierto contacto y puedo desarrollar un perfil descriptivo mínimo, he podido detectar varias de estas funciones conductuales naturales, entre las que se encuentran los sujetos zángano, los sujetos operador, los sujeto soldado, los sujetos facilitador, los sujetos instructor, los sujetos protector-cuidador, los sujetos dirigente y los sujetos reproductor, por citar algunos de los más importantes.
Un individuo puede estar capacitado para ejecutar más de una función, pero destacará en una determinada debido a sus cualidades físicas y psíquicas concretas.
En mi caso observo que dispongo de un campo de visión periférico excelente, una capacidad aguda para detectar movimiento en distancias lejanas, tanto en zonas urbanas como boscosas, un olfato fino, reflejos rápidos que puedo alternar con periodos de inmovilidad extensos, una capacidad de alerta constante, prudencia, empatía y paciencia. Tengo mis dudas, podría ser un sujeto guardián, no lo sé, pero sí tengo claro que estas cualidades en la actualidad no son prácticas para tener éxito en según qué aspectos de mis relaciones personales. Podría salvar estas últimas potenciando mis virtudes sociales, pero me fastidia tener que ser un producto de mercado.
miércoles, 5 de agosto de 2009
Diálogo interruptus
A veces me doy cuenta que escribo auténticos somníferos, textos que no tienen ningún tipo de gracia y que me esfuerzo en retocar hasta encontrarles algún punto de interés, pero no, no lo tienen. Otras veces mi mano es más rápida que el pensamiento y relato sandeces de campeonato, textos que parecen no tener sentido y se refugian en paralelismos, metáforas y comparaciones delirantes. Estos últimos, sin embargo, tienen su qué, para mí son como las figuras caóticas de un cuadro surrealista, claro está, de pintor amateur de brocha gorda.
Como lectores, a diferencia de la pintura, nos gusta entender lo que leemos y preferimos los escritos inteligibles, aunque esto dependerá del bagaje cultural de cada persona y la extensión de su vocabulario: para nada se me ocurriría leer derecho romano. Pero existe otro factor que nos atrae aún más, pienso, y es la proximidad del contenido y la construcción del texto. En la escuela me seleccionaron para un concurso literario por escribir un diálogo entre don Juan Tenorio y doña Inés en una redacción que llevaba por título La Literatura en el Romanticismo español. Es evidente que poca idea tenía del tema, pero nadie tenía por qué saberlo y ahí estaba yo, defendiendo la simplicidad de las palabras y emulando cualquier conversación que un pretendiente de once años hubiese tenido con su amada. El producto gustó y fue premiado, posiblemente porque el jurado acabó hasta las narices de leer centenares de ensayos monotemáticos sobre Zorrilla y compañía. Yo tengo la teoría que todos escribimos para que nos lean, quizás no cualquier persona, quizás alguien especial que esperamos que nos descubra, quizás un amigo que nos comprenda o, quién sabe, un alter ego que llevamos dentro y que necesitamos retroalimentar con nuestros sentimientos e inquietudes por escrito. Pero lo importante en esta interacción unidireccional no es la escritura, sino la lectura. El que escribe tiene poco que decir, las palabras entintadas, como las habladas, también son fugaces y acaban perdiéndose en el olvido. Son las ideas, los mensajes, los sentimientos que el propio lector compone de la lectura las únicas realidades que tienen sentido en este proceso comunicativo. No existen lectores inadecuados, sino textos mal escogidos.
Y para que este texto no sea otro leñazo soporífero, ni mi imaginación lo acabe desfigurando, acabaré diciendo que todo esto viene porque si escribo algo que no se entiende o es aburrido, será porque por accidente alguien lo habrá leído.
Como lectores, a diferencia de la pintura, nos gusta entender lo que leemos y preferimos los escritos inteligibles, aunque esto dependerá del bagaje cultural de cada persona y la extensión de su vocabulario: para nada se me ocurriría leer derecho romano. Pero existe otro factor que nos atrae aún más, pienso, y es la proximidad del contenido y la construcción del texto. En la escuela me seleccionaron para un concurso literario por escribir un diálogo entre don Juan Tenorio y doña Inés en una redacción que llevaba por título La Literatura en el Romanticismo español. Es evidente que poca idea tenía del tema, pero nadie tenía por qué saberlo y ahí estaba yo, defendiendo la simplicidad de las palabras y emulando cualquier conversación que un pretendiente de once años hubiese tenido con su amada. El producto gustó y fue premiado, posiblemente porque el jurado acabó hasta las narices de leer centenares de ensayos monotemáticos sobre Zorrilla y compañía. Yo tengo la teoría que todos escribimos para que nos lean, quizás no cualquier persona, quizás alguien especial que esperamos que nos descubra, quizás un amigo que nos comprenda o, quién sabe, un alter ego que llevamos dentro y que necesitamos retroalimentar con nuestros sentimientos e inquietudes por escrito. Pero lo importante en esta interacción unidireccional no es la escritura, sino la lectura. El que escribe tiene poco que decir, las palabras entintadas, como las habladas, también son fugaces y acaban perdiéndose en el olvido. Son las ideas, los mensajes, los sentimientos que el propio lector compone de la lectura las únicas realidades que tienen sentido en este proceso comunicativo. No existen lectores inadecuados, sino textos mal escogidos.
Y para que este texto no sea otro leñazo soporífero, ni mi imaginación lo acabe desfigurando, acabaré diciendo que todo esto viene porque si escribo algo que no se entiende o es aburrido, será porque por accidente alguien lo habrá leído.
martes, 4 de agosto de 2009
Demago-go's de salón
Los humanos somos seres complejos en el desasosiego, tenemos temores que forman parte de nuestra naturaleza social y temores instintivos. Abandonado nuestro aprendizaje animal en los primeros meses de vida, no tardamos en modelarnos según la oferta cultural que nos rodea, acondiciona y atrae, pero siempre con ese punto de prudencia que el temor artificial potencia. La supervivencia en la era del capital nos hace luchar por aburguesarnos, una lucha de clases de tenorios con miedo que nos hace olvidar nuestra realidad gregaria. Vivimos en comunidad, pero a pesar de ser dependientes de vecinos y caseros, sufrimos en soledad y dejamos de ser solidarios.
La humanidad es generosa pero contradictoria, nos hizo diferentes para ser iguales e iguales para ser diferentes.
Mi manera de entender nuestra especie es la siguiente, si alguien me saluda, le saludo, si alguien me pregunta, le contesto, es mi pequeño tributo a la convivencia. Si una sonrisa sincera adulta se cruza en mi camino pienso en su ingenuidad, pero me engaño, nadie con capacidad de razonar que sonría es ingenuo, nadie. Este último argumento debería ser un buen motivo para reflexionar antes de refunfuñar y contestar, eh, todo está bien, sí, riámonos de los serios y preocupados.
Sin embargo, no todo en este planeta se puede tomar a risa bajo las actuales reglas de juego. Cuando dos bocas no pueden comer de una misma mano y una de ellas muerde al cuidador para combatir la hambruna, pasamos de la igualdad de oportunidades, el sueño americano y las loterías nacionales, que en tiempos de abundancia garantizan la estabilidad del sistema, al terrorismo de estado, la alarma social y las guerras preventivas.
Yo renunciaría e este portátil desde el que escribo por sentarme tranquilo en el portal de casa junto a un vecino en las horas bajas de sol, a las latas en conserva por compartir con mi hijo un tomate que huela a tomate recogido en un campo sin minas anti-personas, a la televisión por el abrazo sin recelo de la novia de mi mejor amigo, a mi nómina por pasar el resto de mis días sin que ningún psiquiatra se plantee recetarme ansiolíticos.
Sé que este tipo de discurso es fácil de elaborar, que roza la demagogia, ya nadie cree en los utópicos, sin embargo, dejar de ser tan simple es como aceptar que realmente soy complejo y el miedo paraliza mi disposición al cambio. En el fondo no hace falta renunciar a tanto, sólo se trata de buscar las compatibilidades y no caer, en un sentido u otro, en el tremendismo.
La humanidad es generosa pero contradictoria, sí, por eso me hizo etnocéntrico de pensamiento y dispersó mi economía de subsistencia por todas las entidades bursátiles del planeta.
La humanidad es generosa pero contradictoria, nos hizo diferentes para ser iguales e iguales para ser diferentes.
Mi manera de entender nuestra especie es la siguiente, si alguien me saluda, le saludo, si alguien me pregunta, le contesto, es mi pequeño tributo a la convivencia. Si una sonrisa sincera adulta se cruza en mi camino pienso en su ingenuidad, pero me engaño, nadie con capacidad de razonar que sonría es ingenuo, nadie. Este último argumento debería ser un buen motivo para reflexionar antes de refunfuñar y contestar, eh, todo está bien, sí, riámonos de los serios y preocupados.
Sin embargo, no todo en este planeta se puede tomar a risa bajo las actuales reglas de juego. Cuando dos bocas no pueden comer de una misma mano y una de ellas muerde al cuidador para combatir la hambruna, pasamos de la igualdad de oportunidades, el sueño americano y las loterías nacionales, que en tiempos de abundancia garantizan la estabilidad del sistema, al terrorismo de estado, la alarma social y las guerras preventivas.
Yo renunciaría e este portátil desde el que escribo por sentarme tranquilo en el portal de casa junto a un vecino en las horas bajas de sol, a las latas en conserva por compartir con mi hijo un tomate que huela a tomate recogido en un campo sin minas anti-personas, a la televisión por el abrazo sin recelo de la novia de mi mejor amigo, a mi nómina por pasar el resto de mis días sin que ningún psiquiatra se plantee recetarme ansiolíticos.
Sé que este tipo de discurso es fácil de elaborar, que roza la demagogia, ya nadie cree en los utópicos, sin embargo, dejar de ser tan simple es como aceptar que realmente soy complejo y el miedo paraliza mi disposición al cambio. En el fondo no hace falta renunciar a tanto, sólo se trata de buscar las compatibilidades y no caer, en un sentido u otro, en el tremendismo.
La humanidad es generosa pero contradictoria, sí, por eso me hizo etnocéntrico de pensamiento y dispersó mi economía de subsistencia por todas las entidades bursátiles del planeta.
lunes, 3 de agosto de 2009
Vade retro
La pared estaba manchada de sangre y había signos extraños pintados en el suelo. La oscuridad retozaba en la casa a ritmo de sortilegios brasileños, Exu dejó la puerta abierta para que entrara y entendiera que me esperaba su agria venganza. El cuerpo se mantenía cálido, en el centro de un círculo, con restos de viruta y precinto, las uñas rotas y el cabello sucio.
No hubo canto del gallo al alba, por un día quise dejar de ser yo mismo.
No hubo canto del gallo al alba, por un día quise dejar de ser yo mismo.
viernes, 31 de julio de 2009
A contrarreloj
Desde que Alberto Contador viste de amarillo en el Tour de Francia, cuando pago con tarjeta de crédito en algún establecimiento ya no me preguntan qué significa el apellido contador, sino si soy pariente de este reconocido ciclista. Antes, dispuesto a resolver una inquietud instructiva contestaba, sí, es como el contador del agua, y ahora, molesto por esta intromisión en mi vida privada respondo, claro, primo tercero, pero no le conozco.
El origen del apellido, sin embargo, no se debe a ninguna maquinita que controle nuestro consumo casero de limonadas, sopas, lavadoras y duchas, entre otras necesidades básicas, sino que se remonta a la época de los visigodos, antes de su expansión por territorio europeo y la conquista de las provincias romanas occidentales.
Los clanes visigodos, bravos y nómadas por naturaleza, en épocas de escasez no mantenían buenas relaciones entre sí, enzarzándose en continuas batallas locales que terminaban frecuentemente con el exterminio de los asentamientos fronterizos. Asediados por los fríos inviernos germánicos y la escasez de comida, las armas fueron su bastión de supervivencia. En estas dinámicas bélicas apareció la figura del contador, niños menores de cinco años que sobrevivían a los sangrientos enfrentamientos, indultados y formados para rendir vasallaje al jefe del clan enemigo el resto de sus días. Estos niños, alimentados de manera insuficiente, con un estado de ansiedad constante y carentes de afectividad, padecían un crecimiento precario causado por la falta de oxígeno y nutrientes en el conjunto de su organismo. Tales deficiencias, en su desarrollo natural, les producían deformaciones físicas poco agradables de contemplar, sus caras eran arrugadas y abultadas, sus extremidades se retorcían y sus cuerpos se encorvaban impidiéndoles caminar con normalidad. Todo ello hacía que fueran repudiados por el resto del poblado, se les asignaran tareas que nadie quería hacer y vivieran apartados en compañía de varios perros con el cometido de alertar a los guerreros cuando un clan enemigo se aproximaba.
Pero centrémonos en el origen del nombre en sí, ¿por qué se les conocía como contador? Entre sus ocupaciones, estos sujetos se encargaban de rastrear y limpiar la zona de combate en las batallas que duraban más de un día durante los tiempos intermedios, entre escaramuza y escaramuza. Los contadores tenían la función de retirar los cadáveres de su clan y procurar contar el número de enemigos abatidos mientras su contador homólogo hacía lo propio para el clan contrario. El conteo de víctimas resultaba ser crucial para definir las estrategias de ataque o motivar a los exhaustos guerreros en momentos decisivos.
Por fortuna para los contadores, las supersticiones y creencias esotéricas de los visigodos impidieron que fueran objetivo de sus encarnizadas armas. Matar a un contador proveía de mala fortuna y auguraba la desaparición del clan. Los clanes vencedores, si no perdonaban la vida de sus enemigos rindiéndolos en vasallaje, abandonaban a los contadores en el poblado devastado para que diesen sepultura a los muertos y vigilasen sus tumbas.
Con la llegada de los visigodos a la península ibérica esta figura se extendió por todo el territorio y se implantó como un oficio, pero éste dejó de ser reconocido cuando la inquisición, en la baja edad media, lo asoció a prácticas de culto demoniaco y prohibió su ejercicio. Algunos cambiaron de apellido y de gremio, otros, lo mantuvieron y se dedicaron al ciclismo.
El origen del apellido, sin embargo, no se debe a ninguna maquinita que controle nuestro consumo casero de limonadas, sopas, lavadoras y duchas, entre otras necesidades básicas, sino que se remonta a la época de los visigodos, antes de su expansión por territorio europeo y la conquista de las provincias romanas occidentales.
Los clanes visigodos, bravos y nómadas por naturaleza, en épocas de escasez no mantenían buenas relaciones entre sí, enzarzándose en continuas batallas locales que terminaban frecuentemente con el exterminio de los asentamientos fronterizos. Asediados por los fríos inviernos germánicos y la escasez de comida, las armas fueron su bastión de supervivencia. En estas dinámicas bélicas apareció la figura del contador, niños menores de cinco años que sobrevivían a los sangrientos enfrentamientos, indultados y formados para rendir vasallaje al jefe del clan enemigo el resto de sus días. Estos niños, alimentados de manera insuficiente, con un estado de ansiedad constante y carentes de afectividad, padecían un crecimiento precario causado por la falta de oxígeno y nutrientes en el conjunto de su organismo. Tales deficiencias, en su desarrollo natural, les producían deformaciones físicas poco agradables de contemplar, sus caras eran arrugadas y abultadas, sus extremidades se retorcían y sus cuerpos se encorvaban impidiéndoles caminar con normalidad. Todo ello hacía que fueran repudiados por el resto del poblado, se les asignaran tareas que nadie quería hacer y vivieran apartados en compañía de varios perros con el cometido de alertar a los guerreros cuando un clan enemigo se aproximaba.
Pero centrémonos en el origen del nombre en sí, ¿por qué se les conocía como contador? Entre sus ocupaciones, estos sujetos se encargaban de rastrear y limpiar la zona de combate en las batallas que duraban más de un día durante los tiempos intermedios, entre escaramuza y escaramuza. Los contadores tenían la función de retirar los cadáveres de su clan y procurar contar el número de enemigos abatidos mientras su contador homólogo hacía lo propio para el clan contrario. El conteo de víctimas resultaba ser crucial para definir las estrategias de ataque o motivar a los exhaustos guerreros en momentos decisivos.
Por fortuna para los contadores, las supersticiones y creencias esotéricas de los visigodos impidieron que fueran objetivo de sus encarnizadas armas. Matar a un contador proveía de mala fortuna y auguraba la desaparición del clan. Los clanes vencedores, si no perdonaban la vida de sus enemigos rindiéndolos en vasallaje, abandonaban a los contadores en el poblado devastado para que diesen sepultura a los muertos y vigilasen sus tumbas.
Con la llegada de los visigodos a la península ibérica esta figura se extendió por todo el territorio y se implantó como un oficio, pero éste dejó de ser reconocido cuando la inquisición, en la baja edad media, lo asoció a prácticas de culto demoniaco y prohibió su ejercicio. Algunos cambiaron de apellido y de gremio, otros, lo mantuvieron y se dedicaron al ciclismo.
jueves, 30 de julio de 2009
La conciencia residual
Esta mañana me he cruzado con una gitana rumana que removía bolsas en un contenedor de basura con una mano mientras portaba a un niño de dos años en su otro brazo y abría la tapa del contenedor pulsando el pedal de palanca con el pie. Me he acercado y le he preguntado si quería que le sujetase al niño. Ella, asintiendo con la cabeza, me lo ha entregado, me ha señalado el pedal del contenedor para que yo lo pisara y ha continuado buscando entre los restos de basura.
El crío se me ha quedado mirando, su piel morena disimulaba la suciedad de su carita llena de mocos. Sus pequeñas manos han comenzado a tocar mis mejillas con suaves golpecitos, descubriéndome como me descubriría un ciego, repentinamente ha pronunciado un papá extraño y me ha robado una sonrisa.
Cuando la mujer terminó de repasar el contenedor, cogió al niño por las axilas y, girándolo, volvió a recostarlo contra su pecho. Por un momento pensé que me pediría dinero, fiel a mi mentalidad egocéntrica de clase media acomodada, pero no, la joven gitana continuó su marcha con un paso tranquilo que parecía no tener destino. En ese instante, volví a ser consciente del ruido de la calle, sordo porque la escena había captado toda mi atención, y me percaté que mi pie seguía presionando el pedal del contenedor y que mantenía su tapa abierta.
En el trabajo le he explicado la anécdota a un compañero. Éste me ha preguntado de manera retórica ¿qué buena gente eres, no?, sin embargo, no hice nada que mejorase la situación de aquella familia rumana, tan sólo les facilité su tarea de buscar entre las basuras, manteniendo cada uno de nuestros estatus con una implicación tan superficial, con ese distanciamiento en segundo plano que forma ya parte de nuestra cultura contemporánea.
El crío se me ha quedado mirando, su piel morena disimulaba la suciedad de su carita llena de mocos. Sus pequeñas manos han comenzado a tocar mis mejillas con suaves golpecitos, descubriéndome como me descubriría un ciego, repentinamente ha pronunciado un papá extraño y me ha robado una sonrisa.
Cuando la mujer terminó de repasar el contenedor, cogió al niño por las axilas y, girándolo, volvió a recostarlo contra su pecho. Por un momento pensé que me pediría dinero, fiel a mi mentalidad egocéntrica de clase media acomodada, pero no, la joven gitana continuó su marcha con un paso tranquilo que parecía no tener destino. En ese instante, volví a ser consciente del ruido de la calle, sordo porque la escena había captado toda mi atención, y me percaté que mi pie seguía presionando el pedal del contenedor y que mantenía su tapa abierta.
En el trabajo le he explicado la anécdota a un compañero. Éste me ha preguntado de manera retórica ¿qué buena gente eres, no?, sin embargo, no hice nada que mejorase la situación de aquella familia rumana, tan sólo les facilité su tarea de buscar entre las basuras, manteniendo cada uno de nuestros estatus con una implicación tan superficial, con ese distanciamiento en segundo plano que forma ya parte de nuestra cultura contemporánea.
lunes, 27 de julio de 2009
La segunda carta
[Los que ya me conocen y siguen este blog saben que significa este corchete, cierto, una nueva entrada de contenido personal. Debo excusarme ante aquellas personas a las que todavía no he dedicado ninguna línea y ocupan un lugar importante en mi vida. Decir sus nombres sería arriesgado, porque siempre puede quedarse alguno en el olvido, pero eso no exime de recordarles el amor que siento por ellos. En esta ocasión, sin embargo, de nuevo repito patrones de conducta y dedico la siguiente entrada a la mujer que desde hace unas semanas precipitó un cambio importante en mi pequeño universo, ella es Anna, sí, Anna con nombre propio.]
Millennium: El hombre que no supo amar a las mujeres
Hace una eternidad Anna despertó mis primeros sentimientos puros hacia una mujer y me hizo saber lo que no quería, ahora, veinte años después, aparece de nuevo para rescatarme por segunda vez y hacerme entender qué es lo que realmente quiero.
Las casualidades existen, pero son caprichosas. En estos últimos meses me hizo sentir en este blog como un cisne en Genéricos especiales, me despertó de mi letargo en Pandora y me hizo escribir el poema en prosa más bello que tengo en Ardvi Sura (Incontaminable), espero que este último de alguna manera lo conserve como un grato recuerdo, aunque sea difícil de entender, como difícil de entender es la complejidad de mi comportamiento.
En mi breve experiencia con el sexo opuesto nunca tuve la iniciativa, más bien mantuve pautas poco masculinas. Existen algunas razones, que ahora trato en terapia gracias a mi reencuentro con ella, que por algún motivo me hacen huir de las mujeres que me producen sentimientos románticos. Este peculiar y corto bagaje amoroso supone que no estoy acostumbrado a actuar y que no sé enfrentarme al rechazo. Por primera vez estoy contento de haberlo hecho, de dar el paso con la persona adecuada, de avanzar en un retraso emocional que mantengo inmaduro y de enfrentarme a mis bloqueos sexuales.
Es cierto que en mi pequeña andadura con Anna no me liberé de todas mis cadenas, no es sencillo modificar estructuras que me han servido para sobrevivir durante tanto tiempo en condiciones psíquicas adversas, pero esta vez tengo la tranquilidad de haberlo intentado, de luchar por ello, de arriesgarme para encontrar un sí o un no, que resultó ser un no, y aprender del resultado. En este sentido, ella es como mi media naranja mecánica.
Anna se despide y se aleja, es lo correcto, en cierta manera yo habría hecho lo mismo en su lugar, pero no por ello dejará de ser especial, esta vez sin idealizaciones. Pero no puedo ser embustero y cargarle toda la responsabilidad o mérito de mi resurrección en este último pasaje novelesco. Existen también otras razones que hace unos pocos años comenzaron a desestabilizar el control de mi cuadriculada realidad y arrancaron esta voluntad de cambio que quedó en desahucio tras mi última ruptura de pareja. Éstas, si la ocasión lo requiere, ya las comentaré en otro momento.
Es posible que ella lea estas líneas, me preguntó si yo estaría bien tras su negativa, una inquietud que le honra más, si cabe. Todavía no soy tan frágil como parezco, aunque esté aprendiendo a no tener miedo a romperme y comience a conducir sin cinturón de seguridad. Sí, estoy y estaré bien, lo digo con cariño, todo esto que ha pasado resulta positivo para mí y me refuerza para no paralizarme. Aunque esté algo centrado en mis carencias afectivas, sé que no son un problema real y que algún día compartiré la alegría y sencillez de mis emociones latentes.
Millennium: El hombre que no supo amar a las mujeres
Hace una eternidad Anna despertó mis primeros sentimientos puros hacia una mujer y me hizo saber lo que no quería, ahora, veinte años después, aparece de nuevo para rescatarme por segunda vez y hacerme entender qué es lo que realmente quiero.
Las casualidades existen, pero son caprichosas. En estos últimos meses me hizo sentir en este blog como un cisne en Genéricos especiales, me despertó de mi letargo en Pandora y me hizo escribir el poema en prosa más bello que tengo en Ardvi Sura (Incontaminable), espero que este último de alguna manera lo conserve como un grato recuerdo, aunque sea difícil de entender, como difícil de entender es la complejidad de mi comportamiento.
En mi breve experiencia con el sexo opuesto nunca tuve la iniciativa, más bien mantuve pautas poco masculinas. Existen algunas razones, que ahora trato en terapia gracias a mi reencuentro con ella, que por algún motivo me hacen huir de las mujeres que me producen sentimientos románticos. Este peculiar y corto bagaje amoroso supone que no estoy acostumbrado a actuar y que no sé enfrentarme al rechazo. Por primera vez estoy contento de haberlo hecho, de dar el paso con la persona adecuada, de avanzar en un retraso emocional que mantengo inmaduro y de enfrentarme a mis bloqueos sexuales.
Es cierto que en mi pequeña andadura con Anna no me liberé de todas mis cadenas, no es sencillo modificar estructuras que me han servido para sobrevivir durante tanto tiempo en condiciones psíquicas adversas, pero esta vez tengo la tranquilidad de haberlo intentado, de luchar por ello, de arriesgarme para encontrar un sí o un no, que resultó ser un no, y aprender del resultado. En este sentido, ella es como mi media naranja mecánica.
Anna se despide y se aleja, es lo correcto, en cierta manera yo habría hecho lo mismo en su lugar, pero no por ello dejará de ser especial, esta vez sin idealizaciones. Pero no puedo ser embustero y cargarle toda la responsabilidad o mérito de mi resurrección en este último pasaje novelesco. Existen también otras razones que hace unos pocos años comenzaron a desestabilizar el control de mi cuadriculada realidad y arrancaron esta voluntad de cambio que quedó en desahucio tras mi última ruptura de pareja. Éstas, si la ocasión lo requiere, ya las comentaré en otro momento.
Es posible que ella lea estas líneas, me preguntó si yo estaría bien tras su negativa, una inquietud que le honra más, si cabe. Todavía no soy tan frágil como parezco, aunque esté aprendiendo a no tener miedo a romperme y comience a conducir sin cinturón de seguridad. Sí, estoy y estaré bien, lo digo con cariño, todo esto que ha pasado resulta positivo para mí y me refuerza para no paralizarme. Aunque esté algo centrado en mis carencias afectivas, sé que no son un problema real y que algún día compartiré la alegría y sencillez de mis emociones latentes.
miércoles, 22 de julio de 2009
Ardvi Sura (incontaminable)
En este andar pausado y rezagado no apagué los pozos incendiados de Basora, no busqué tu mirada en los escombros de Düzce ni sentí tu complicidad en la media luna roja de Ramallah. En mis vigilias perdí la plegaria en pleno peregrinaje, me enrolé en las guerras médicas para asediarte y comprendí que en las almenas de Troya no había arquero sin el punto de mira en mi estandarte. No contento, solicito a las cariátides que se alcen para romper sus ornamentados arquitrabes, me reembarco a Venus y me injerto escamas de escualo en los mares de Gattaca para acompañarte.
La providencia de Delfos nos augura cielo despejado y orientación norte, lamasus de enormes proporciones aguardarán nuestra llegada y el emperador, arrodillado, nos preguntará nuestros nombres. El mío por un momento se me había olvidado, suerte que sin pedírtelo tú lo pronunciaste.
La providencia de Delfos nos augura cielo despejado y orientación norte, lamasus de enormes proporciones aguardarán nuestra llegada y el emperador, arrodillado, nos preguntará nuestros nombres. El mío por un momento se me había olvidado, suerte que sin pedírtelo tú lo pronunciaste.
lunes, 20 de julio de 2009
La ciudad imantada
Con el paso de los años me he percatado que a medida que amplio mi círculo social más fácil es coincidir con un conocido por la calle. Rara es la ocasión que vagando por Barcelona no me cruzo con una cara amiga y articulo palabra. En una de éstas, como curiosidad, me propuse extender el punto de encuentro con las personas que me encontraba y las acompañé parcialmente en su itinerario con la intención de mantener una conversación sin prisas. Ese día, desde las seis de la tarde hasta pasada la medianoche, estuve deambulando de diálogo en diálogo y por un momento pensé, a cien metros de mi casa después del quinto intento, espero no cruzarme con nadie más hoy.
Sin embargo, esta realidad no es una regla de tres. Unos segundos o unos pocos metros de distancia pueden separarte de ese encuentro y te enteras después por las redes sociales telemáticas que menganito y fulanito hicieron acto de presencia en el mismo evento que tú. Entonces les dices, eh, yo también estaba ahí, pero las sensaciones son diferentes. El encuentro virtual es más frío. Esto también ocurre con tus vecinos. Es posible que no les veas en años si tus horarios difieren, pero si les dejas una nota en la puerta como por las noches tienes el volumen del televisor muy alto, algunos ni te responden, pero los que lo hacen tampoco es con la misma cordialidad que si coincides con ellos en el ascensor, aflorando esa misma frialdad que caracteriza los contactos por Internet.
Uno de mis profesores de dibujo nos aconsejaba que caminásemos por la vida con los ojos bien abiertos. La realidad, decía, es mucho más rica que la ficción, de hecho, es la fuente de inspiración de toda composición artística, aunque la adornes con retoques de ciencia-ficción. Él no era partidario de leer en los transportes públicos o llevar reproductores de mp3 a cualquier hora. Aunque no comparto íntegramente esta idea, la respeto, porque no todos tenemos que ser observadores, también deben existir los observados, y cambiarnos los papeles de vez en cuando.
Considero que este universo no es más que un infinito de interacciones.
Luego está que en una de éstas llega alguien y te dice me suenas, pero no sabe de qué y tú, asustado, no abres boca. Te planteas, será un antiguo compañero del colegio al que le sacudí en la cara, tendré doble personalidad y habré estado en la cárcel, dios mío, qué hice esa noche en la que bebí tanto, pero no, no es nada de eso y él te pregunta: ¿Tú no hacías de extra en Barrio Sésamo, payaso? Pues resulta que tampoco, pero visto que han pasado los añitos y me saca dos cuerpos, no es de extrañar que nos conozcamos de algo y seamos amigos.
Sin embargo, esta realidad no es una regla de tres. Unos segundos o unos pocos metros de distancia pueden separarte de ese encuentro y te enteras después por las redes sociales telemáticas que menganito y fulanito hicieron acto de presencia en el mismo evento que tú. Entonces les dices, eh, yo también estaba ahí, pero las sensaciones son diferentes. El encuentro virtual es más frío. Esto también ocurre con tus vecinos. Es posible que no les veas en años si tus horarios difieren, pero si les dejas una nota en la puerta como por las noches tienes el volumen del televisor muy alto, algunos ni te responden, pero los que lo hacen tampoco es con la misma cordialidad que si coincides con ellos en el ascensor, aflorando esa misma frialdad que caracteriza los contactos por Internet.
Uno de mis profesores de dibujo nos aconsejaba que caminásemos por la vida con los ojos bien abiertos. La realidad, decía, es mucho más rica que la ficción, de hecho, es la fuente de inspiración de toda composición artística, aunque la adornes con retoques de ciencia-ficción. Él no era partidario de leer en los transportes públicos o llevar reproductores de mp3 a cualquier hora. Aunque no comparto íntegramente esta idea, la respeto, porque no todos tenemos que ser observadores, también deben existir los observados, y cambiarnos los papeles de vez en cuando.
Considero que este universo no es más que un infinito de interacciones.
Luego está que en una de éstas llega alguien y te dice me suenas, pero no sabe de qué y tú, asustado, no abres boca. Te planteas, será un antiguo compañero del colegio al que le sacudí en la cara, tendré doble personalidad y habré estado en la cárcel, dios mío, qué hice esa noche en la que bebí tanto, pero no, no es nada de eso y él te pregunta: ¿Tú no hacías de extra en Barrio Sésamo, payaso? Pues resulta que tampoco, pero visto que han pasado los añitos y me saca dos cuerpos, no es de extrañar que nos conozcamos de algo y seamos amigos.
domingo, 19 de julio de 2009
Bonus track
Esperando el metro en el andén tatareaba la versión que el grupo Manel ha compuesto del tema Common people de Pulp. Al llegar el convoy y subir arrastrado por la inercia de las migraciones subterráneas, mi cara ha quedado pegada a la de una anciana que hablaba por teléfono móvil. Le comentaba a un tal Manel que las preguntas de una encuesta realizadas por otro tal Manel no eran válidas. Y entre Manel y Manel, la gente se la miraba y ella no se percataba, con sus ojos mal pintados y sus labios arrugados, que yo le susurraba al oído vull dormir amb gent normal con tu, vull dormir amb gent normal com tu.
viernes, 17 de julio de 2009
Pienso luego no existo
El cerebro humano es como una lavadora, en ocasiones se pierde en un prelavado para después hacer un ciclo largo, pero en otras no se complica y realiza un lavado corto. Sin embargo, ya sea en frío o caliente, no hay programa que se precie que no centrifugue.
La conciencia, entre otras cosas, es esa voz que controlamos en nuestro interior y se aleja de la esquizofrenia, la capacidad de racionalizar los problemas y buscarle soluciones, la inquietud que nos hace preguntar por las razones, la singularidad que nos diferencia de los animales y del resto de pensamientos humanos.
Pero esta capacidad, oscilante entre la aptitud y la actitud, posee un defecto de serie. Podemos pensar que entendemos algo a la perfección pero después no saber transmitirlo en un discurso hablado o escrito. Si esto sucede es porque no tenemos el conocimiento tan bien estructurado como pensamos, necesita más reflexión y eureka.
En nuestra cultura popular se diferencian tres maneras de pensar: con la cabeza, con el corazón y con el aparato reproductor. Algunos incluyen una cuarta y quinta opción, bastante parejas pero no homólogas, tan sólo diré que ambas se encuentran en las extremidades de las piernas, valga la redundancia. El orden de enunciación tampoco es casual y coincide con el grado de comprensión que alcanzamos de nuestros propios raciocinios.
En mi opinión, ninguna de las opciones es mala y cualquiera de ellas te puede inducir al ensayo y error, a la posibilidad de aprender y ser persona. No todo pensamiento tiene que acabar en cultura, pero sí debería aportar un saber válido y potencialmente aprovechable, claro está, si no atenta contra la libertad de terceros, ya sean animados o inanimados.
Por otro lado, en mi (uni)personal experiencia puedo decir que la cabeza ha dominado prácticamente la totalidad de mis decisiones, aunque visto algunos resultados debería ser objetivo y decir que en más de una ocasión fueron las neuronas de la extremidad superior (posterior) de mis piernas las que trabajaron los impulsos nerviosos que me indujeron a decidir. En fin, no se puede ser tan racional y soy consciente, no porque me lo haya dicho la voz del pensamiento, sino porque hace tiempo que me lo dice el corazón.
Quebrantar las estructuras internas, los hábitos, los miedos, las seguridades e inseguridades, no es fácil. Sentirse frágil no es agradable. Pero este romperse día a día es más reconfortable de lo que pensaba y si mi instinto lo reclama, será porque sabe que es lo mejor para mí y para la gente que me rodea.
La conciencia, entre otras cosas, es esa voz que controlamos en nuestro interior y se aleja de la esquizofrenia, la capacidad de racionalizar los problemas y buscarle soluciones, la inquietud que nos hace preguntar por las razones, la singularidad que nos diferencia de los animales y del resto de pensamientos humanos.
Pero esta capacidad, oscilante entre la aptitud y la actitud, posee un defecto de serie. Podemos pensar que entendemos algo a la perfección pero después no saber transmitirlo en un discurso hablado o escrito. Si esto sucede es porque no tenemos el conocimiento tan bien estructurado como pensamos, necesita más reflexión y eureka.
En nuestra cultura popular se diferencian tres maneras de pensar: con la cabeza, con el corazón y con el aparato reproductor. Algunos incluyen una cuarta y quinta opción, bastante parejas pero no homólogas, tan sólo diré que ambas se encuentran en las extremidades de las piernas, valga la redundancia. El orden de enunciación tampoco es casual y coincide con el grado de comprensión que alcanzamos de nuestros propios raciocinios.
En mi opinión, ninguna de las opciones es mala y cualquiera de ellas te puede inducir al ensayo y error, a la posibilidad de aprender y ser persona. No todo pensamiento tiene que acabar en cultura, pero sí debería aportar un saber válido y potencialmente aprovechable, claro está, si no atenta contra la libertad de terceros, ya sean animados o inanimados.
Por otro lado, en mi (uni)personal experiencia puedo decir que la cabeza ha dominado prácticamente la totalidad de mis decisiones, aunque visto algunos resultados debería ser objetivo y decir que en más de una ocasión fueron las neuronas de la extremidad superior (posterior) de mis piernas las que trabajaron los impulsos nerviosos que me indujeron a decidir. En fin, no se puede ser tan racional y soy consciente, no porque me lo haya dicho la voz del pensamiento, sino porque hace tiempo que me lo dice el corazón.
Quebrantar las estructuras internas, los hábitos, los miedos, las seguridades e inseguridades, no es fácil. Sentirse frágil no es agradable. Pero este romperse día a día es más reconfortable de lo que pensaba y si mi instinto lo reclama, será porque sabe que es lo mejor para mí y para la gente que me rodea.
miércoles, 15 de julio de 2009
El efecto mariposa
Esta mañana me he levantado con el pie derecho y me apetece escribir algo alegre porque hace un sol maravilloso, porque el vecino del cuarto me ha dado los buenos días, porque no he perdido el autobús, porque he desayunado un bocadillo de jamón y queso, porque en el trabajo todos sonreían, porque tenía más ganas de escuchar que de ser escuchado, porque se han acabado los encierros y ya no habrán más víctimas, porque sopla una ligera brisa que apacigua el calor del verano, porque me quedan pocas horas para salir de la oficina, porque he cerrado los ojos y he pensado en momentos felices, y me he dado cuenta que no me queda suficiente día para recordar todos esos momentos.
¿Alguna vez has corrido por un campo en el que la maleza te llegara hasta la cintura? Es imposible ver el suelo pero no piensas si puedes caer en un pozo, si alguno de esos miles de insectos que huyen despavoridos puede picarte, si te vas a incrustar una zanja de espino oculta entre los matorrales. Es más bonito aún si lo haces en compañía y eres el más rezagado. Observas los saltos de tus compañeros y su júbilo te devuelve por un instante a la inocencia de la infancia.
Algunos de estos recuerdos son vivencias asequibles, sencillas, pero aún así existen personas que no los han experimentado nunca o de manera similar. Por ello, vale la pena que el único que los puede evocar no los olvide y los tenga presente de vez en cuando. Por ello, vale la pena conmemorarlos con una sonrisa.
Si hoy estás triste, ya los compartiremos otro día.
¿Alguna vez has corrido por un campo en el que la maleza te llegara hasta la cintura? Es imposible ver el suelo pero no piensas si puedes caer en un pozo, si alguno de esos miles de insectos que huyen despavoridos puede picarte, si te vas a incrustar una zanja de espino oculta entre los matorrales. Es más bonito aún si lo haces en compañía y eres el más rezagado. Observas los saltos de tus compañeros y su júbilo te devuelve por un instante a la inocencia de la infancia.
Algunos de estos recuerdos son vivencias asequibles, sencillas, pero aún así existen personas que no los han experimentado nunca o de manera similar. Por ello, vale la pena que el único que los puede evocar no los olvide y los tenga presente de vez en cuando. Por ello, vale la pena conmemorarlos con una sonrisa.
Si hoy estás triste, ya los compartiremos otro día.
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