Desde hace tiempo me vengo planteando escribir sobre las cadenas genéticas idénticas, no con rigor científico, obviamente, pero sí como fenómeno casual y anecdótico que puede estar produciéndose en nuestra especie.
Así como existe la teoría de los que piensan que nuestra mente funciona como un ordenador, corriente epistemológica que nos eleva a la categoría de procesadores de carne y hueso, existe también el convencimiento que nuestro hardware se construye a parir de un diseño particular de genes y, puesto que las piezas son de lectura universal, éste se puede repetir, argumento que nos capacita para alcanzar un paso evolutivo más y acabar de aceptar nuestra condición de androides en lugar de vulgares homo sapiens.
Decía Heráclito en el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos, y la ciencia con el paso de los siglos le ha dado la razón, aunque el envejecimiento es el causante de ese no somos, nuestra verdad genética, la cadena que estructura nuestro diseño, es la responsable de un somos cada vez más evidente.
Es cierto que nunca he avistado dos individuos de cadena genética idéntica que no sean gemelos, pero sí a varios sujetos sin parentesco alguno con un alto porcentaje de coincidencia en rasgos físicos. La primera vez fue viendo un partido de baloncesto femenino, un compañero me dijo: oye, ¿no es esa tu novia?, y, ciertamente, lo hubiera sido de no ser porque su pelo sin tintar era pelirrojo y no moreno. En otra ocasión el que llamó mi atención fue el clon de un amigo casado y con dos hijas que sorprendí flirteando con una rubia cerca del portal de su casa, la del amigo, no la del clon, es decir, sembrando la duda en el vecindario; suerte que este adonis hablaba en alemán, cosa que su calcomanía catalana ni por asomo, despejando mis dudas sobre la posible fidelidad quebradiza de mi amigo.
Pero estas anécdotas no tendrían importancia si no hubiese experimentado esta coincidencia conmigo mismo. Es posible que nos cueste apreciar diferencias entre otras personas con ciertos parecidos razonables, pero yo con mi propio yo qué duda cabe. Pues así fue, en un concierto, acercándome al escenario y observando como la gente se giraba para mirarme. Lo primero que piensas es que llevas la cara manchada de grasa o que al salir del servicio te has enganchado el papel higiénico al subirte los pantalones y lo llevas colgando, pero no; luego descubrí que entre los músicos, como una aparición, mi torso desnudo, mi melena suelta, mi arqueada lumbalgia por la lordosis y, como no, mi cara de siempre, allí estaban, como un calco, una segunda gota de agua, y pienso, ese, ese del bajo podría haber sido yo.
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