La invasión hormonal es imparable, los neuroconectores se liberan para dejar explosionar las sustancias extrañas dentro de las células vírgenes, es el momento de alunizar en el planeta diente de sierra, el cénit de las miradas fotosensibles, la sonrisa épica de los argonautas de Jasón.
Revelas al ritmo percusor las caricias en los pliegues de la ropa, acaloradas fricciones de desidia controlada, sinuosa y desgarrada; comienza la anunciación, la progresión del subidón, el crescendo que enturbia la mente y derrite las curvas de una fisonomía impulsivamente temblorosa.
Y explotas, desnudo el torso aunque vestido, sudoroso, flotando el cabello en un aura invisible, reflejado en las pupilas dilatadas a cuarto menguante de las almas errantes, evadido hasta la extenuación, hasta el próximo acelerón desenfrenado en barrena, rozando con los dedos la mundana salvación; se acaba el mundo, colega, se acaba.
jueves, 31 de diciembre de 2009
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Duerme, Fénix
[Este no es un buen texto para leer, no lo aconsejo, es personal y deprimente; tampoco es un reflejo despótico de mi estado de ánimo, quizás un brote psicótico más pronunciado de lo habitual, un momento de flaqueza porque me entristece pensar que todo lo bueno que me está pasando se puede acabar.]
Hoy estoy enfadado conmigo mismo; enfadado por no hacer lo que me propongo; enfadado porque las cosas no son como yo quiero; enfadado porque no soy capaz de relajarme y pensar en positivo. Mi mundo interior da vueltas y es irrespetuoso, insultante, en ocasiones, destructivo, me castiga, me irrita, me paraliza; los consejos que ofrezco a los demás, soy incapaz de aplicarlos en mi persona; me agoto y absorbo; la duda me atormenta; mi autoestima se desvanece, se desestabiliza, hoy no soy yo, soy una sombra de lo que fui ayer o, posiblemente, seré mañana; no tengo un buen día, no tengo amor, no tengo nada; y, sin embargo, lo tengo todo.
Mis emociones sentimentales crecen en proporción a mi miedo de volver a quedarme solo, al abandono, al desapego que me destierra de los seres queridos; y me transformo en un monstruo, en un maldito monstruo que no se reconoce, que se calza trabas para vivir y se protege de la vida mientras tropieza, que se aísla para resurgir de sus cenizas y renacer más adulto. Éste es mi peor fantasma, mi lucha constante, el escollo más farragoso que deseo superar, es la puta razón que me mantiene en reserva.
Pienso en presente y me autoculpabilizo de ser como soy en este preciso instante, pero sé que mañana una caricia de mi amada, una sonrisa de un desconocido, una llamada de un amigo, me harán recordar que soy normal, que he de aprender a controlar mi desasosiego, que no pasa nada si tuve un mal día ayer y me supe perdonar; quizás aquí es donde converge mi error, quizás ésta sea mi gran equivocación y hoy, sólo hoy, me encuentre confundido de toda una juventud perdida.
Hoy estoy enfadado conmigo mismo; enfadado por no hacer lo que me propongo; enfadado porque las cosas no son como yo quiero; enfadado porque no soy capaz de relajarme y pensar en positivo. Mi mundo interior da vueltas y es irrespetuoso, insultante, en ocasiones, destructivo, me castiga, me irrita, me paraliza; los consejos que ofrezco a los demás, soy incapaz de aplicarlos en mi persona; me agoto y absorbo; la duda me atormenta; mi autoestima se desvanece, se desestabiliza, hoy no soy yo, soy una sombra de lo que fui ayer o, posiblemente, seré mañana; no tengo un buen día, no tengo amor, no tengo nada; y, sin embargo, lo tengo todo.
Mis emociones sentimentales crecen en proporción a mi miedo de volver a quedarme solo, al abandono, al desapego que me destierra de los seres queridos; y me transformo en un monstruo, en un maldito monstruo que no se reconoce, que se calza trabas para vivir y se protege de la vida mientras tropieza, que se aísla para resurgir de sus cenizas y renacer más adulto. Éste es mi peor fantasma, mi lucha constante, el escollo más farragoso que deseo superar, es la puta razón que me mantiene en reserva.
Pienso en presente y me autoculpabilizo de ser como soy en este preciso instante, pero sé que mañana una caricia de mi amada, una sonrisa de un desconocido, una llamada de un amigo, me harán recordar que soy normal, que he de aprender a controlar mi desasosiego, que no pasa nada si tuve un mal día ayer y me supe perdonar; quizás aquí es donde converge mi error, quizás ésta sea mi gran equivocación y hoy, sólo hoy, me encuentre confundido de toda una juventud perdida.
lunes, 28 de diciembre de 2009
No le conocían como el perro tristón
Hace un año residía en Bonavista y paseaba a Tupac por els jardinets de Gracia, cerca de la Diagonal. Tupac era un perro anciano que padecía incontinencia, orinaba en todos los rincones de la casa, obligándonos a ir detrás de él con una fregona y un cubo hasta que decidimos comprarle en la farmacia una cuña de hospital, que le poníamos entre sus patitas cuando se le empezaba a escapar el pis; Tupac ya no miraba a los ojos, tampoco su lenta respiración se aceleraba cuando cogíamos la correa del perchero de la entrada, era demasiado mayor, su vida se desvanecía y apenas podía descansar porque había perdido el sentido de la orientación, no paraba de dar vueltas como un felino enjaulado en un zoológico. Su dueño había decidido premiarle el resto de sus días alimentándolo con macarrones y pollo, tampoco le dejaba dormir solo. Si un día él faltaba, me pedía que le sustituyese, calentando la comida y durmiendo en su habitación para que Tupac subiese a la cama y se tumbara conmigo en lugar de esperar a oscuras el regreso de su amo en la puerta del recibidor. También tenía que darle, entonces, su medicina, no me importaba en absoluto, aquel perro que había estado alegrando durante tanto tiempo nuestras vidas se lo merecía todo, incluso unos cuantos besos y arrumacos de vez en cuando, aunque ya no los correspondiera con sus saltos a dos patas y vaivén de rabo. Cuantas veces me hizo pensar si mi reacción sería igual de afectuosa con mis padres si estos viviesen, hubiesen llegado a ancianos y necesitasen cuidados, cuantas veces en sus últimos momentos me hizo reflexionar y llorar. Sin embargo, el día que su dueño, antes de nochevieja, tuvo que sacrificarlo, mis lágrimas se contuvieron para consolar a las de mi amigo, destrozado por tener que decidir como un dios menor el momento en el que debía dejar de vivir su compañero más fiel; sentado en el sillón del salón, cogiéndolo en brazos mientras el veterinario le aplicaba la inyección letal, su llanto silencioso brotó para decirle adiós de la mejor manera que pudo y supo; adiós, Tupac, adiós.
Dos meses después, dejé de vivir en Bonavista, pero siempre que paso por els jardinets me acuerdo de mis paseos nocturnos con nuestro amigo Tupac en los que fueron sus últimos días. Su padre, Bruce, el primer basset de la familia, tuvo como epitafio un artículo en la sección de Opinión de El Periódico de Catalunya. Tupac quizás no llegue a tener nunca un recordatorio escrito como el de su padre, pero, sin duda, en nuestro recuerdo, tendrá uno mejor.
Dos meses después, dejé de vivir en Bonavista, pero siempre que paso por els jardinets me acuerdo de mis paseos nocturnos con nuestro amigo Tupac en los que fueron sus últimos días. Su padre, Bruce, el primer basset de la familia, tuvo como epitafio un artículo en la sección de Opinión de El Periódico de Catalunya. Tupac quizás no llegue a tener nunca un recordatorio escrito como el de su padre, pero, sin duda, en nuestro recuerdo, tendrá uno mejor.
jueves, 17 de diciembre de 2009
Absolutas necedades
Definitivamente, Barcelona está de moda en moda; shoppers, decoradores y escaparatistas de diferentes nacionalidades tienen en esta ciudad un punto de referencia. Lo más probable es que no todas las ideas sean genuinas, pero el pequeño y mediano mercader catalán se esfuerza por estar en la vanguardia de la originalidad si los beneficios compensan. Marcando tendencia, sin embargo, no sólo obtienen partido las pymes más atrevidas, aprovechando la lana que cardan otros, también las cadenas de establecimientos de una marca comercial concreta se suman a esta oferta de marketing, por cierto, gratuita para aquellos que no consumen sus productos, y no es difícil comprobar que ya no sólo buscan abrir un negocio determinado, sino que éste aporte un valor añadido por ser innovador en su reclamo comercial, como aquellos Todo a Cien, hipermercados que universalizaron el precio de venta al público de todos sus artículos a cien pesetas y quedaron obsoletos con la llegada del euro, o aquellos Caffè di Roma, que te invitaban a entrar en el local porque habían decidido eliminar las puertas de acceso de la calle aunque, solo o con leche, el café te lo pagabas tú, ideas arriesgadas con cierto gancho que en su momento tuvieron éxito .
Pero, en esta línea, la joya de la corona la descubrí hace poco mientras compraba los regalos de Navidad en una tienda de conveniencia para las fiestas de este año, en el luminoso, Caprichos para Señora, y tan anchos.
Bajo la primera impresión, no me sorprendió el rótulo, desde un punto de vista clásico masculino todos los aparadores con complementos femeninos son como un chalet en el campo, una exposición de artículos de segunda necesidad; sin embargo, cuando supe que se trataba de una franquicia y que ya son cuatro los establecimientos con este nombre abiertos 24 horas en Barcelona, no pude contener mi curiosidad y acabé entrando para comprobar si los productos ofertados diferían sustancialmente de los de siempre. Grata sorpresa la mía, un nuevo modo de hacer shopping ha desestructurado mi genuina simplicidad varonil. Entre otras rarezas, en los estantes de cosmética encontré unos pintalabios de apariencia transparente que sólo remarcan los labios en la oscuridad con colores fluorescentes; en la sección de lencería, una medias lisas de colores extremos que regalaban con la compra de una montura de gafas sin cristales del mismo color; en un apartado con el cartel Placeres Íntimos, un tampón de material indescriptible -no era látex, seguro-, con forma de micro-pene eréctil de la marca Eltamañoimporta; en moda joven, chaquetas-chaleco triversibles para primavera, otoño e inverno, es decir, toda la temporada excepto los calurosos meses de verano, en los que puedes quitarle las mangas a la chaqueta; en perfumería, un perfume que una vez aplicado se puede activar y desactivar rociándolo con un spray de monopartículas inocuo para la salud; y así podría continuar, con muchos otros productos, pero lo que más me fascinó fue la sección de saldos, que habían renombrado con el rótulo Absolutas Necedades, en el que pude encontrar a un ligón de discoteca con un vaso de tubo vacío en la mano, un romántico con un ramo de flores majestuoso, un ejecutivo de media edad trajeado y con el pelo canoso, un intelectual con la trilogía del Larsson bajo el brazo y un monitor deportivo operado con la cara de Cristiano Ronaldo, concluyendo, hombres a la venta de carne y hueso.
Le pregunté al ligón de discoteca si las consumiciones eran gratis, me contestó balbuceando y no le entendí, no pude más que recriminar a la dependienta por tener un producto con tara y no haberlo retirado. Cuando me giré, escuché como la encargada le susurraba un qué le pasa a ese, refiriéndose a mí, al que la joven contestó con un tono moderado ni caso, está fuera de catálogo y, además, ha perdido la etiqueta.
Pero, en esta línea, la joya de la corona la descubrí hace poco mientras compraba los regalos de Navidad en una tienda de conveniencia para las fiestas de este año, en el luminoso, Caprichos para Señora, y tan anchos.
Bajo la primera impresión, no me sorprendió el rótulo, desde un punto de vista clásico masculino todos los aparadores con complementos femeninos son como un chalet en el campo, una exposición de artículos de segunda necesidad; sin embargo, cuando supe que se trataba de una franquicia y que ya son cuatro los establecimientos con este nombre abiertos 24 horas en Barcelona, no pude contener mi curiosidad y acabé entrando para comprobar si los productos ofertados diferían sustancialmente de los de siempre. Grata sorpresa la mía, un nuevo modo de hacer shopping ha desestructurado mi genuina simplicidad varonil. Entre otras rarezas, en los estantes de cosmética encontré unos pintalabios de apariencia transparente que sólo remarcan los labios en la oscuridad con colores fluorescentes; en la sección de lencería, una medias lisas de colores extremos que regalaban con la compra de una montura de gafas sin cristales del mismo color; en un apartado con el cartel Placeres Íntimos, un tampón de material indescriptible -no era látex, seguro-, con forma de micro-pene eréctil de la marca Eltamañoimporta; en moda joven, chaquetas-chaleco triversibles para primavera, otoño e inverno, es decir, toda la temporada excepto los calurosos meses de verano, en los que puedes quitarle las mangas a la chaqueta; en perfumería, un perfume que una vez aplicado se puede activar y desactivar rociándolo con un spray de monopartículas inocuo para la salud; y así podría continuar, con muchos otros productos, pero lo que más me fascinó fue la sección de saldos, que habían renombrado con el rótulo Absolutas Necedades, en el que pude encontrar a un ligón de discoteca con un vaso de tubo vacío en la mano, un romántico con un ramo de flores majestuoso, un ejecutivo de media edad trajeado y con el pelo canoso, un intelectual con la trilogía del Larsson bajo el brazo y un monitor deportivo operado con la cara de Cristiano Ronaldo, concluyendo, hombres a la venta de carne y hueso.
Le pregunté al ligón de discoteca si las consumiciones eran gratis, me contestó balbuceando y no le entendí, no pude más que recriminar a la dependienta por tener un producto con tara y no haberlo retirado. Cuando me giré, escuché como la encargada le susurraba un qué le pasa a ese, refiriéndose a mí, al que la joven contestó con un tono moderado ni caso, está fuera de catálogo y, además, ha perdido la etiqueta.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Las treguas de Ares
Pedro se refugia en su hogar, confunde las tardes de diciembre con la oscuridad cerrada de medianoche y se aferra a unas sábanas de franela que debería haber lavado ya. Se siente solo y deja pasar el tiempo acariciándose con los pliegues de la ropa de cama. Los martes es el único día que se arma de valor, se abriga de pies a cabeza y se expone al intenso frío de su ciudad para ir al bar de bohemios en el que se reúne con sus amigos poetas. Allí recitan poesía, los versos que durante la semana han escrito, pero Pedro hace algunos meses que no se siente inspirado y sólo acude de oyente. Pierre, el excéntrico francés que mezcla absenta con te rojo y se obstina en componer rimas en lengua germánica, le ha comentado que le encuentra apático, que se deje llevar. Pedro le tiene en consideración, le abruman sus discursos y siempre le pide que traduzca sus poemas para poderlos entender, aunque Pierre está más interesado en convencerle que a pesar de su condición de heterosexual, no encuentra nada más placentero que la penetración anal entre dos hombres. Pedro está confundido, en ocasiones piensa que éste tampoco es su lugar, pero cuando se despide y abandona el local, la agradecida sonrisa del propietario, que cree en el talento de todos ellos, y el roce de sus manos con las manos de Maura, la camarera, cuando le devuelve el cambio de la consumición, le recargan de energía suficiente para esperar una semana más y regresar.
Desde el momento que decidió no tomar el mismo camino para volver a casa dos veces seguidas, Pedro parece deambular sin rumbo por las calles del barrio, el único tramo que repite es para comprar castañas asadas a la tendera de la esquina, Julia. En algún pasado reciente, Pedro intercambió más palabras con Julia de las que ahora se esfuerza en pronunciar, congestionado por las bajas temperaturas, apenas articula los labios y, últimamente, sólo pide la docena de siempre. Julia, que le pasa en años una década, percibe que a él en ocasiones le gustaría que ella le acompañase a casa, pero la mirada tímida y el tembloroso tono de voz de Pedro le bajan la líbido; considera que es un buen hombre y compadecerse de él frena su impulso y necesidad de compañía, aunque desea que algún día se lo pida. Mientras tanto, es al único que le envuelve las castañas con las hojas del periódico que compra por la mañana, casi siempre las de internacional, porque así él se lo pidió, aunque por iniciativa propia también le añade la cartelera de cines y teatros. Sabe que después, Pedro, se entretiene leyéndolas.
Las tardes siguen pasando para Pedro, tan somnolientas que después no puede dormir y de madrugada no para de dar vueltas en la cama pensando en blanco. Mañana será sábado, quizás tenga que hacer caso a Pierre y tomarse todos los días como martes, quién sabe, esta apatía le está matando. En la cartelera de cines encontró una película marcada con un círculo rojo. Los atardeceres de invierno en su ciudad son fríos, sí, pero las noches son aún peor: heladas, interminables, vacías, desesperadas. No sabe bien por qué y prende el lápiz, escribe algunas palabras, compone unas frases, rima una estrofa y concluye un poema para Julia.
Desde el momento que decidió no tomar el mismo camino para volver a casa dos veces seguidas, Pedro parece deambular sin rumbo por las calles del barrio, el único tramo que repite es para comprar castañas asadas a la tendera de la esquina, Julia. En algún pasado reciente, Pedro intercambió más palabras con Julia de las que ahora se esfuerza en pronunciar, congestionado por las bajas temperaturas, apenas articula los labios y, últimamente, sólo pide la docena de siempre. Julia, que le pasa en años una década, percibe que a él en ocasiones le gustaría que ella le acompañase a casa, pero la mirada tímida y el tembloroso tono de voz de Pedro le bajan la líbido; considera que es un buen hombre y compadecerse de él frena su impulso y necesidad de compañía, aunque desea que algún día se lo pida. Mientras tanto, es al único que le envuelve las castañas con las hojas del periódico que compra por la mañana, casi siempre las de internacional, porque así él se lo pidió, aunque por iniciativa propia también le añade la cartelera de cines y teatros. Sabe que después, Pedro, se entretiene leyéndolas.
Las tardes siguen pasando para Pedro, tan somnolientas que después no puede dormir y de madrugada no para de dar vueltas en la cama pensando en blanco. Mañana será sábado, quizás tenga que hacer caso a Pierre y tomarse todos los días como martes, quién sabe, esta apatía le está matando. En la cartelera de cines encontró una película marcada con un círculo rojo. Los atardeceres de invierno en su ciudad son fríos, sí, pero las noches son aún peor: heladas, interminables, vacías, desesperadas. No sabe bien por qué y prende el lápiz, escribe algunas palabras, compone unas frases, rima una estrofa y concluye un poema para Julia.
martes, 15 de diciembre de 2009
Cazadores de sonrisas
Desde siempre me he considerado una persona alegre, amable, con una sonrisa predispuesta en los labios. Primero me autodefinía como negativo pero optimista, las cosas no van bien pero pueden cambiar; sin embargo, con el tiempo y gracias a la maduración de mi inteligencia emocional, pasé a catalogarme como positivo optimista, es decir, las cosas no van tan mal y podemos hacer que vayan mejor.
Esta postura, que puede parecer un tanto ingenua ante los problemas y conflictos que padece nuestra especie, y que tienen repercusión en el resto de naturalezas del planeta, a nivel personal y sin negar estas realidades, me ha ayudado a abrirme a los demás, entender sus necesidades, compartir sus miedos y respetar sus inquietudes; en definitiva, a empatizar y entender los mecanismos de la sociabilidad, ser un grano más de arena con voluntad de solucionar las diferencias desde el entendimiento, evitando cualquier tipo de discurso radicalizado que pudiera derivar en posibles enfrentamientos no reparables.
Pero aunque esta propuesta de intenciones pueda parecer utópica (porque la interacción con los demás es una negociación continua en continua renegociación) y criticable (por su carácter moderado de dudosa efectividad), me he percatado que el mayor retractor de su existencia es mi propia objetividad: yo pienso subjetivamente que soy así, pero me engaño. Ahora, ¿cómo tomé conciencia de mi error?
La respuesta la encontré en una cámara fotográfica de última generación con capacidad de encuadrar la cara y hacer disparos automáticos, sin intervención mecánica humana. El descubrimiento arrancó como un juego, fue divertido: mi compañero de viaje y yo proyectados en una pantalla huyendo de un recuadro que nos perseguía insistente con la intención de inmortalizarnos en una fotografía digital. En el chance, el recuadro nos capturó varias veces, aunque no fuimos presas fáciles, disparando la cámara su flash y almacenándonos como bytes en su disco duro.
Mientras mi compañero pasó al siguiente stand de la exposición, yo continué con el juego, esta vez solo. Al principio pensé que el objetivo no acababa de encuadrarme, la cámara no disparaba. Después, ya quieto y con el recuadro enclavado en mi rostro, acabé deduciendo que la cámara no procesaba la foto porque su memoria estaba llena, pero me equivoqué, hice mal en no contrastar esta suposición.
Ya de regreso, explicando la anécdota, alguien me comentó que existían unas cámaras capaces de detectar la sonrisa, entonces fui consciente de mi confusión, en todos los sentidos.
Mi rostro es severo, serio, seguramente en una resolución de conflictos mi expresión es más agresiva de lo que pienso; mi discurso puede pretender ser conciliador, pero mi expresión facial es el reflejo de mis sentimientos profundos, instintivos, un espejo que muestra la magnitud del engaño a mi oponente, colaborador o, simplemente, interlocutor. Me duele descubrir que no soy una persona alegre, de expresión amable.
Ya no tengo claro lo que soy o como redefinirme, lo único que sé es que en una invasión de ultracuerpos pasaría desapercibido.
lunes, 14 de diciembre de 2009
(A-bomb Survivors): Hibakusha
Pensaba que no era más que un vulgar aprendiz de agujeros de bala y mortero en Bosnia-Herzegovina hasta que descubrí mi absoluta edad cero en Hiroshima, Japón.
Los relojes de Hiroshima no se pararon a las 8:15 de aquel 6 de agosto fatal cuando estalló la primera bomba atómica sobre una población civil; el pasto siguió creciendo en contra de lo que vaticinaron algunos militares estadounidenses y, con el tiempo, en un espacio conceptual entre la anécdota y la generalización, las nuevas generaciones japonesas han olvidado el rencor y ahora comen en Mcdonalds, beben Coca-cola y adornan sus chaquetas con parches de barras y estrellas.
Cámara profesional en mano e improvisando un guión no escrito, la buena voluntad nos llevó a coincidir con una videoconferencia entre una escuela yanqui y uno de los supervivientes del desastre, el Sr. Yoshiyuki Mido; en Hiroshima no cierran ninguna puerta si eso ayuda a difundir su mensaje pacifista en favor del absoluto desarme nuclear del planeta. Nos concedieron pases de prensa y permiso para grabar cuanto quisiéramos.
Mido tenía diez años cuando el Enola Gay sembró la semilla de la muerte y de la radioactividad en su ciudad, sobrevivió a la bola de fuego del impacto a unos seiscientos metros del hipocentro de la explosión, a las diarreas provocadas por la lluvia negra, a los traicioneros y sobrecargados isótopos del Little Boy y a los difíciles tiempos de post-guerra sin más ayuda que la de sus manos para trabajar, si era posible, o robar comida, si no había más alternativa.
Mido no pierde la esperanza en el ser humano, quizás sólo la sonrisa cuando le justifican la masacre en Hiroshima y Nagasaki en compensación de los acontecimientos de Pearl Harbor; su tiempo es valioso y mira insistentemente el reloj, volvió a nacer en 1945 y sabe que todavía le queda mucho trabajo y pocos años de vida para concienciar a una Humanidad que vive en la penumbra del miedo y se protege con la amenaza de liberar neutrones. Los adolescentes norteamericanos hacen sus preguntas, los que estamos presentes en la sala guardamos un estricto silencio, excepto el traductor. Mido se despide: ¿Alguna pregunta más?
Todas y ninguna.
Los relojes de Hiroshima no se pararon a las 8:15 de aquel 6 de agosto fatal cuando estalló la primera bomba atómica sobre una población civil; el pasto siguió creciendo en contra de lo que vaticinaron algunos militares estadounidenses y, con el tiempo, en un espacio conceptual entre la anécdota y la generalización, las nuevas generaciones japonesas han olvidado el rencor y ahora comen en Mcdonalds, beben Coca-cola y adornan sus chaquetas con parches de barras y estrellas.
Cámara profesional en mano e improvisando un guión no escrito, la buena voluntad nos llevó a coincidir con una videoconferencia entre una escuela yanqui y uno de los supervivientes del desastre, el Sr. Yoshiyuki Mido; en Hiroshima no cierran ninguna puerta si eso ayuda a difundir su mensaje pacifista en favor del absoluto desarme nuclear del planeta. Nos concedieron pases de prensa y permiso para grabar cuanto quisiéramos.
Mido tenía diez años cuando el Enola Gay sembró la semilla de la muerte y de la radioactividad en su ciudad, sobrevivió a la bola de fuego del impacto a unos seiscientos metros del hipocentro de la explosión, a las diarreas provocadas por la lluvia negra, a los traicioneros y sobrecargados isótopos del Little Boy y a los difíciles tiempos de post-guerra sin más ayuda que la de sus manos para trabajar, si era posible, o robar comida, si no había más alternativa.
Mido no pierde la esperanza en el ser humano, quizás sólo la sonrisa cuando le justifican la masacre en Hiroshima y Nagasaki en compensación de los acontecimientos de Pearl Harbor; su tiempo es valioso y mira insistentemente el reloj, volvió a nacer en 1945 y sabe que todavía le queda mucho trabajo y pocos años de vida para concienciar a una Humanidad que vive en la penumbra del miedo y se protege con la amenaza de liberar neutrones. Los adolescentes norteamericanos hacen sus preguntas, los que estamos presentes en la sala guardamos un estricto silencio, excepto el traductor. Mido se despide: ¿Alguna pregunta más?
Todas y ninguna.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)