lunes, 31 de agosto de 2009

Regresiones

Dicen los que se actualizan como el sistema operativo Windows que existe una parte de la sociedad que es profunda y oscura, mal adjetivada tradicional, usurpadora de cualquier tiempo pasado fue mejor, con el consentimiento de Jorge Manrique, pregonera del no somos nadie y las desgracias nunca vienen solas, inmovilista, que se resiste a evolucionar. También existe otro tipo de persona, esta vez adaptada a los tiempos modernos pero con problemas crónicos o transitorios de desarrollo personal, que no asimila bien los cambios o con expectativas inalcanzables que le hacen continuamente fracasar, personas que se detienen porque no saben afrontar sus miedos, se paralizan, devaluando la escala de grises y observando la botella medio vacía. Ambos casos, presenten o no sintomatología clínica depresiva, serían catalogados por la Organización Mundial de la Salud como insalubres porque no tienen cubiertas sus necesidades psíquicas.

En mi entorno he conocido a muchas personas depresivas, tanto que en alguna ocasión me he planteado que podía ser un vampiro energético, pero dejando aparte el humor negro, lo cierto es que sólo el que ha sufrido una depresión sabe lo que es (y no es, precisamente, cosa de risa). Esta enfermedad de difícil catalogación y fácil diagnóstico, más virtual que palpable pero innegable, se encuentra estrechamente ligada a la ansiedad, síntoma que sólo es medible de manera subjetiva por el paciente aunque la escala de medición le sea impuesta, es decir, si tengo que decir al psiquiatra del uno al diez cuánta ansiedad tengo, diré lo que pienso que tengo. Esto no falsea el estado del enfermo, pues aunque alguien más aprensivo pueda sufrir menos ansiedad que otra persona y valore su ansiedad con más puntuación, su percepción será inversamente proporcional a la capacidad que tenga de afrontar sus problemas y, en tales circunstancias, la decisión que tome el especialista para el tratamiento de su patología no estará mal encaminada.

Es precisamente esta incapacidad de resolver los conflictos por parte del enfermo depresivo, que deriva en una solicitud constante de atención como si fuese un niño pequeño, el aspecto más destructivo de la enfermedad, tanto que supera la propia burbuja del afectado e incide en la salud de las personas que conviven en su realidad más inmediata. El depresivo pide consejos, pero no los atiende, por eso todo el mundo coincide en decir que sólo cuando alguien está dispuesto a salir de la depresión es cuando comienza a vislumbrarse su verdadera cura y, entretanto, el desgaste y agotamiento hacen mella en todo aquel que intenta ayudarle con asiduidad.

Yo no sé qué se siente en una depresión, mido la ansiedad en mi escala subjetiva con un cero. Pienso que la toma de decisiones con actitud resolutiva es el principal remedio para superar las adversidades, sea cual sea el resultado final, porque existe un factor de inconformismo en mi conducta que me hace ser optimista y seguir luchando. Sin embargo, es fácil decir esto cuando uno no conoce el pozo o sólo lo ha visto desde fuera. Nadie dice que sea sencillo, pero yo sé que entráis en la oscuridad con linternas, por favor, encenderlas, encenderlas y caminar hacia delante, yo también tengo problemas y me cuesta resolverlos.

viernes, 28 de agosto de 2009

El antropólogo nace, crece, se reproduce y muere

En la relatividad del tiempo, los ciclos de ventilación pulmonar o las pulsaciones cardíacas nos conducen a un presente que converge hacia cierta cotidianidad y rutinas necesarias para la subsistencia, procesos básicos que encontramos aburridos y que desmerecemos si no los asociamos a connotaciones especiales. Día a día, este presente desdibujado va configurando el complemento de una existencia, una vida.
Las emociones intensas provocadas por circunstancias atípicas rompen esta linealidad y permiten elaborar una memoria particular, concreta, a modo de huella digital, pero su espacio temporal pertenece al recuerdo, es historia.
Cuando rememoramos la vida de alguien, apuntando y destacando las singularidades, la concentración de detalles, por sí misma, es más interesante que la amplitud de su monotonía diaria, pero si además las particularidades son extremas, nada usuales, el atractivo que toma la historia es excepcional, quizás no nos importe como resuelve esa persona el presente, pero nos cautiva su pasado y lo exponemos como una novela. Este tipo de ejercicio en etnografía se denomina breve historia de vida y es considerado científico, pese al riesgo de adulteración voluntaria o involuntaria a la que se encuentra expuesta una composición de recuerdos. Sin otra evidencia que una declaración oral, discernir entre la realidad y la ficción es bastante complejo, incluso para un experto en tests psicológicos, lenguaje corporal y polígrafos. Con estos mismos argumentos denuncié hace unos días el rigor de esta técnica de recogida de información ante el conserje del Colegio Nacional de Doctores y Licenciados en Ciencias Políticas y Sociología, presentando este blog como evidencia simbiótica entre hechos e imaginación en un proceso de reconstrucción personal, su respuesta: chaval, no me expliques tu vida, tampoco Indiana Jones era arqueólogo y aquí cerramos a las ocho.

lunes, 24 de agosto de 2009

Me reconozco

Reconozco que nunca supe agradecerte todo aquello que has hecho por mí, que abuso de tu saber estar en segundo plano, a la espera, expectante, para recogerme cuando caigo y dejarme escapar cuando despego. Reconozco que fue tu mirada la primera que me consoló el día que mis piernas flaquearon y tuve que sentarme recostado en un muro de lamentaciones, que fueron tus palabras las que me respaldaron cuando las posibilidades se estrecharon y las circunstancias no parecían las adecuadas, que fuiste el abrazo que supo en todo momento romper el aislamiento de mi distancia íntima. Reconozco que no me molesté en conocerte, pero te conozco lo suficiente para saber que no me abandonarás. Reconozco que soy maduro gracias a tus reflexiones, feliz gracias a tus labios sonrientes, optimista gracias a tus guiños de ojo, confieso mi dependencia, mi amor incondicional e interesado hacia ti.
Nadie más que tú me hizo sentir que mientras vivieses yo nunca estaría solo, que podía tener tres pisos en propiedad pero no un hogar sin tu convivencia, que nadie más que yo tenía derecho a equivocarse si mis decisiones no fueron las correctas tras tus consejos.
No sé cómo lo haces, pero me giro y estás ahí, me pierdo y me encuentras, te llamo y acudes, siempre desde la luz, nada narciso, absoluto cándido, proyectándote humilde como las sombras.
Reconozco que me amas y te lo agradezco, sin ti no sería nadie, no soy nadie.

viernes, 21 de agosto de 2009

Me he quedao con tu cara

Los quinquis vuelven a la carga, cuando nadie reparaba en ellos tras aquellas películas de los 80, una exposición les hace reaparecer colgados en los carteles de las farolas de la Meridiana y otras grandes vías de la capital.

El fenómeno quinqui, para el que vivió en un barrio obrero y estudió en escuela pública, supera la mitología de los motes más conocidos; por fortuna, el quinqui anónimo existió y nos hizo entender que había que aprender a convivir con la inseguridad ciudadana sin miedo.
Gracias a ellos yo sé decir que no uso reloj cuando visto con manga larga, que no llevo dinero cuando sé que mis monedas no sonarán en los bolsillos del pantalón, que mi ropa no es de marca sino de imitación comprada en la parada de Maruja del mercado de Santa Caterina, aunque el filo de la navaja brille tembloroso a unos centímetros de mi nuez.

Alfonso tenía un primo que intentó robarme en la consulta del doctor Cardona, en Sant Pere Mitjà, llevaba yo 800 pesetas y la consulta costaba 500, le dije, te doy 300 pero el resto es para el doctor; no tuvo narices de sustraerme el billete azul y se conformó con las doce plateadas de veinticinco.
El propio Alfonso, colocado de esnifar olor de pegamento en una bolsa de plástico, lo intentó más tarde después de decirle a Teresa en su portal aquello de: esto no va contigo, que eres del barrio... y acabó, tras un tira y afloja, preguntándome si le ayudaba a pegar tirones de bolso en Princesa, joder, Sito (abreviatura de Alfonsito), no ves que estoy con la churri.
Poco a poco yo también me fui convirtiendo en un quinqui, sin banda, sin navaja, sin jeringuilla o bolsa de pegamento cola, reformado, buena persona y con vocabulario educado, de familia trabajadora, sí, pero quinqui, quinqui, echando de menos a mis compañeros desestructurados de calle. Una mirada acompañada de silencio, un gesto pausado de pecho retrocediendo para tomar posición de defensa, un reclinar estudiado de cabeza, eran suficientes argumentos para que te reconocieran, perdona colega, te había confundido, decían tan asustados como tú, camarillas con los de su calaña, sin escrúpulos con el resto, explotándoles adrenalina en sus pupilas, frágiles.

En el bar comentan, la delincuencia ha cambiado, el respeto por la vida se ha perdido, antes te podía rajar por menos, pero con sentimiento, tío; ahora qué, ya no tienen maneras, se ha perdido la nobleza, putas mafias extranjeras. Tú debiste ser un quinqui reformado como yo, pavo, los buenos quinquis hace tiempo que murieron. Eso no me lo dices en la calle, te parto la boca. Quinquis de segunda, eso es lo que somos.

jueves, 20 de agosto de 2009

Amor profesional (absolute beginners)

Las escaleras en la penumbra invitaban a la discreción, mezclarse entre cuellos altos de chaqueta y gafas de sol resultó fácil, en la cúspide del entablamento dos luces de neón fundidas coronaban la doble puerta de entrada; ya en el interior, cortinas y una barra iluminada con bombillas azul etéreo, miradas desinteresadas, ropas ligeras y zapatos de mujer con plataforma, mi amigo sólo quería una copa.

¿Me invitas a un gin tonic?, ¿cómo te llamas? Pide lo que quieras, qué más da cómo me llame si las noches no tienen nombre, si aún no es primavera y las aves migratorias no han regresado de su diáspora, no me interesa, no me importa que tu cabellera sea rubia, que estés en la flor de la vida, que tus ojos sean transparentes y que hubieses podido ser portada en todas las revistas de moda neoyorquinas, ¿fumas?

Puedes confiar en mí, yo no te mentiré, no tengo por qué hacerlo, me están matando estos zapatos, ¿cuándo fue la última vez que estuviste con una mujer? Cuando fue, cuando es, cuando será la respuesta, cuando tus medias estén a media pierna, cuando me dé cuenta que no llevas sujetador bajo la blusa, cuando finjas el orgasmo y te recrimine que mentiste, que dijiste que nunca me mentirías.

Agradece la copa, se sienta, vendrán otras chicas, pero no hace falta que te vayas, tu conversación era interesante, tu rostro embrujaba, no te has pedido el licor más caro pudiéndolo hacer, la mirada de censura del camarero denota la tensión del negocio, podrías haberme invitado a subir a la habitación, pagaría sólo por hablar contigo y hacerte un masaje en los pies, no, chico, no, dice, si pagas, follas.

La música suena baja, adecuada para que no se entrelacen las conversaciones, para que no pierda el ritmo la bailarina de la barra y se mantenga hipnotizado el reptil que reposa en sus pronunciadas clavículas, es tarde, ¿te espera alguien?, tu amigo ya regresa de las sombras, con la cartera vacía, dándote un golpecito en la espalda y preguntando si conduces tú, ¿Puedo hacer algo por ti, mujer?, no regreses nunca a este local.

martes, 18 de agosto de 2009

Las piezas del rompecabezas

Pensaba que este tipo de convención era más agradable, que pasaría un fin de semana de vacaciones disfrutando del paradisíaco casco antiguo de Dubrovnik, recorriendo por las tardes, caído el sol, sus calles iluminadas con faroles de luz ocre con remates bronce.
Tengo hambre, el avión sale con retraso y el taxista acabó con mis últimas kunas, la próxima vez que me lo pida Juan le diré que no, que no es mi trabajo sustituir al comercial enfermo de turno, que no ha sido por desidia que no he cerrado ni una sola venta en esas interminables reuniones de engominados con sonrisa permanente que llevan una tarjeta de presentación pegada entre los dedos a modo de cigarrillo, como si fuesen fumadores empedernidos que quisieran dejar el vicio a costa de esos cartoncitos con logos, cargos y direcciones de e-mail. No, no los trago, Juan, pero hice lo que pude, le diré. ¿Qué cómo perdí el portátil? No lo perdí, Juan, me lo robaron, aprovecharon la ocasión cuando intentaba venderle dos modelos de 8.000 piezas con las mejores instantáneas que tenemos de la ciudad vista desde el Fuerte Imperial a una rubia con escote panameño y piernas cruzadas como enredaderas, no, eso no, a un corvado bajito con nariz aguileña que representaba a una empresa con el 35% de la producción de souvenirs locales, no creas que fue un despiste, estaba entregado porque podía oler la tinta húmeda sobre el contrato de acuerdo, entonces me volví y el Toshiba ya no estaba, me giré de nuevo y la rubia tampoco, digo el bajito corvado, debían trabajar juntos, Juan, me engañaron. ¿Los gastos del minibar?, ¿muy elevados?, pero si fueron unas copitas para sofocar el disgusto, yo solo, sí, no ves que no te traigo ningún otro ticket de gastos, concentrado en el trabajo no reparé ni en salir del hotel.

A Barcelona, señorita, hvala, hvala. 23-F, bravo por la ventanilla, pero que asiento más cafre, como la fecha del golpe al Congreso, con lo maniático que soy para estas cosas. No, Juan, no, la próxima vez irá tu padre, le diré zarandeándolo a lo Gutiérrez Mellado. Sólo me falta que ese tal Gafo que se paseaba por la convención con su nombre serigrafiado en una carpetita con trípticos de 100, 500 y 1.000 piezas, y no me quitaba ojo, ocupara el asiento contiguo. ¿Qué si hizo muchas ventas?, todas, qué sé yo, Juan, saturó el mercado, no, no, eso no, mejor no pude fijarme, estaba muy ocupado intentando cerrar las mías, tengo que embarcar, me da igual que me degrades y me destines de nuevo a calidad, al menos allí estaré con el loco de Pepe y reiremos un rato, ¿qué no sabes que se queda con una pieza de todas las unidades de 5.000 del Halcón Milenario que revisa y dice, qué se jodan los friquis?, el tío es un máquina, siempre una diferente, el resto pensamos que se está montando el puzzle de gratis en casa. El cinturón me queda suelto, lo ajustaré un poco, que no se me olvide apagar el móvil.

Ahí está, viene hacia aquí con su carpetita de trípticos, no, Juan, no, dime que no me tocará este tipejo al lado, ni que me hagas jefe de ventas vuelvo a pisar el departamento comercial, joder, Juan, lo sabía, me ha saludado y sonríe. Me estoy empezando a poner nervioso, quiero bajar de este avión, se sienten coño, parece decirme esa azafata con planta de institutriz que se le nota el mostacho recortado al estilo Tejero, no moleste al señor Gafo, pero Gafo no se percata de mi ansiedad, se sienta en el 23-E, se abrocha el cinturón, saca un libro de bolsillo de su carpetita, Si te dicen que caí, de Juan Marsé, y lo abre por el capítulo trece.

lunes, 10 de agosto de 2009

La despedida de casado

La noche del sábado tuvo regusto a cachaza dulce y Martini rosso, los solitarios reemplazamos las penas con extroversión. Si no tienes qué perder, tu simpatía desborda sin complejos, dices, eh, soy un conversador de calle, aprovecha los servicios sociales que te ofrece tu ciudad, estamos de prueba. Alguien contestará, me hablaron de vosotros, ¿dónde puedo enviar una instancia para colaborar?, y la diversión estará servida.

Mis amigos me llevaron al mítico Papillón para mitigar el duelo de mi ruptura matrimonial, acompañado por una joven colombiana que seguía los pasos del pájaro espino por Europa y me tiraba de la coleta. Al principio le costó entrar en aquel infierno de ambiente underground, pero confiaba en mí y cruzó el umbral. Para su fortuna, en el local reinaba una alineación de planetas que le hizo conocer a dos colombianos más, un jovencito emprendedor y una franco-colombiana tatuada con un carpe diem de letras góticas en el antebrazo interior. Esto la tranquilizó. Con la distensión llegó la necesidad de afecto, el alcohol le hizo perder el resto de la vergüenza. En ocasiones, me comentaba, es bonito que te suban el ego. Aunque no me incomodaba, yo estaba lejos de euforias varoniles. Ella intentó que guardara su número de teléfono en el móvil a pesar de encontrar la fotografía de mi ex en el fondo de pantalla. No llegué a hacerlo, pero no se dio por vencida, siguió pidiéndome cariño, sin embargo mis hormonas no se encendían, mi lívido estaba latente pero inactivo. Tómate tu tiempo, me sugirió un desconocido con las pupilas dilatadas, quizás tenga razón, estoy en tierra de nadie.

jueves, 6 de agosto de 2009

¿Qué hay de nuevo, viejo?

Saliendo por el portal de casa he escuchado una voz femenina que me llamaba, Ferran, decía. Mientras buscaba entre los balcones la voz insistía, Ferran, ¿por qué no juegas? Antes de encontrar a nadie, un niño sentado contestaba desde uno de los bancos de madera de la plaza: porque no me apetece.

Luego me entero que la UNESCO declara la jornada como el día mundial del niño aburrido.

Lejos de los balcones y el banco del niño, comencé a tropezarme con centenares de conejos y tortugas que transitaban por la calle. Los conejos retaban a las tortugas a caminar más deprisa, aceptando alguna de éstas el desafío, pero otras, mirando de reojo con desaprobación, seguían su camino maldiciendo el infantilismo de tanto lepórido descerebrado. Entonces, reflejado en una vidriera, me he visto como una tortuga anciana con ojeras y un gran caparazón.

Junto a mí se ha parado un conejo con una extremidad amputada y me ha increpado: Sé cómo te sientes, pero haces mal en compadecerte. Yo me jugué mi pata de la suerte con una tortuga centenaria, más gorda y pesada que tú; tenía la certeza que ninguna de vosotras, por rápida que fuese, podía ganarme en velocidad, pero aquella tortuga sabía que para ganar la carrera teníamos que cruzar un riachuelo más hondo que diez de mis cabezas y me ganó en destreza.

¿Te jugarías conmigo tu otra pata de la suerte en la misma carrera?, le pregunté motivado por la curiosidad. Por supuesto, me contestó airado. Tú eres tonto, conejo. Y tú una tortuga anciana con ojeras y un gran caparazón que no sabe que un conejo cojo puede haber aprendido a nadar.

Moraleja, la suerte no se tiene, se aprehende.

[En realidad este conejo quería decir que había mejorado su estilo braza de natación, porque los conejos, para aquel que no lo sepa, sí saben nadar. Podría también haber titulado este escrito La prisa mata; en el fondo, no sé qué personaje es más tonto.]

Segundas reglas

Ramblas, ocho de la tarde, bajo la mirada de los transeúntes un hombre camina sobre sus pasos dibujando en el suelo dos círculos entrelazados.

Hace unos años un joven que siempre vestía camisa blanca y pantalones negros intentó captarme para una orden religiosa, predicaba que todos los hombres habían nacido para ser ángeles, se equivocaba, pero no iba mal encaminado. Por fortuna, yo no fui uno de esos entes celestiales que buscaba para redimir los pecados humanos.

En las sociedades humanas cada sujeto cumple dos funciones: su oficio social, ya sea remunerado o no, y su cometido homínido, conducta habitualmente anulada de manera parcial o completa por los procesos de socialización.
La primera de estas funciones, en la mayoría de casos, es opcional, se puede elegir. La segunda, ligada a la genética de cada uno, es inherente, innata, pero no se ejecuta de forma voluntaria, sino que es de proceder reflejo.

En mi grupo extenso, me refiero a todas aquellas personas que interactúan conmigo en un entorno inmediato medio, es decir, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y terceros con los que mantengo un cierto contacto y puedo desarrollar un perfil descriptivo mínimo, he podido detectar varias de estas funciones conductuales naturales, entre las que se encuentran los sujetos zángano, los sujetos operador, los sujeto soldado, los sujetos facilitador, los sujetos instructor, los sujetos protector-cuidador, los sujetos dirigente y los sujetos reproductor, por citar algunos de los más importantes.

Un individuo puede estar capacitado para ejecutar más de una función, pero destacará en una determinada debido a sus cualidades físicas y psíquicas concretas.

En mi caso observo que dispongo de un campo de visión periférico excelente, una capacidad aguda para detectar movimiento en distancias lejanas, tanto en zonas urbanas como boscosas, un olfato fino, reflejos rápidos que puedo alternar con periodos de inmovilidad extensos, una capacidad de alerta constante, prudencia, empatía y paciencia. Tengo mis dudas, podría ser un sujeto guardián, no lo sé, pero sí tengo claro que estas cualidades en la actualidad no son prácticas para tener éxito en según qué aspectos de mis relaciones personales. Podría salvar estas últimas potenciando mis virtudes sociales, pero me fastidia tener que ser un producto de mercado.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Diálogo interruptus

A veces me doy cuenta que escribo auténticos somníferos, textos que no tienen ningún tipo de gracia y que me esfuerzo en retocar hasta encontrarles algún punto de interés, pero no, no lo tienen. Otras veces mi mano es más rápida que el pensamiento y relato sandeces de campeonato, textos que parecen no tener sentido y se refugian en paralelismos, metáforas y comparaciones delirantes. Estos últimos, sin embargo, tienen su qué, para mí son como las figuras caóticas de un cuadro surrealista, claro está, de pintor amateur de brocha gorda.

Como lectores, a diferencia de la pintura, nos gusta entender lo que leemos y preferimos los escritos inteligibles, aunque esto dependerá del bagaje cultural de cada persona y la extensión de su vocabulario: para nada se me ocurriría leer derecho romano. Pero existe otro factor que nos atrae aún más, pienso, y es la proximidad del contenido y la construcción del texto. En la escuela me seleccionaron para un concurso literario por escribir un diálogo entre don Juan Tenorio y doña Inés en una redacción que llevaba por título La Literatura en el Romanticismo español. Es evidente que poca idea tenía del tema, pero nadie tenía por qué saberlo y ahí estaba yo, defendiendo la simplicidad de las palabras y emulando cualquier conversación que un pretendiente de once años hubiese tenido con su amada. El producto gustó y fue premiado, posiblemente porque el jurado acabó hasta las narices de leer centenares de ensayos monotemáticos sobre Zorrilla y compañía. Yo tengo la teoría que todos escribimos para que nos lean, quizás no cualquier persona, quizás alguien especial que esperamos que nos descubra, quizás un amigo que nos comprenda o, quién sabe, un alter ego que llevamos dentro y que necesitamos retroalimentar con nuestros sentimientos e inquietudes por escrito. Pero lo importante en esta interacción unidireccional no es la escritura, sino la lectura. El que escribe tiene poco que decir, las palabras entintadas, como las habladas, también son fugaces y acaban perdiéndose en el olvido. Son las ideas, los mensajes, los sentimientos que el propio lector compone de la lectura las únicas realidades que tienen sentido en este proceso comunicativo. No existen lectores inadecuados, sino textos mal escogidos.

Y para que este texto no sea otro leñazo soporífero, ni mi imaginación lo acabe desfigurando, acabaré diciendo que todo esto viene porque si escribo algo que no se entiende o es aburrido, será porque por accidente alguien lo habrá leído.

martes, 4 de agosto de 2009

Demago-go's de salón

Los humanos somos seres complejos en el desasosiego, tenemos temores que forman parte de nuestra naturaleza social y temores instintivos. Abandonado nuestro aprendizaje animal en los primeros meses de vida, no tardamos en modelarnos según la oferta cultural que nos rodea, acondiciona y atrae, pero siempre con ese punto de prudencia que el temor artificial potencia. La supervivencia en la era del capital nos hace luchar por aburguesarnos, una lucha de clases de tenorios con miedo que nos hace olvidar nuestra realidad gregaria. Vivimos en comunidad, pero a pesar de ser dependientes de vecinos y caseros, sufrimos en soledad y dejamos de ser solidarios.

La humanidad es generosa pero contradictoria, nos hizo diferentes para ser iguales e iguales para ser diferentes.

Mi manera de entender nuestra especie es la siguiente, si alguien me saluda, le saludo, si alguien me pregunta, le contesto, es mi pequeño tributo a la convivencia. Si una sonrisa sincera adulta se cruza en mi camino pienso en su ingenuidad, pero me engaño, nadie con capacidad de razonar que sonría es ingenuo, nadie. Este último argumento debería ser un buen motivo para reflexionar antes de refunfuñar y contestar, eh, todo está bien, sí, riámonos de los serios y preocupados.

Sin embargo, no todo en este planeta se puede tomar a risa bajo las actuales reglas de juego. Cuando dos bocas no pueden comer de una misma mano y una de ellas muerde al cuidador para combatir la hambruna, pasamos de la igualdad de oportunidades, el sueño americano y las loterías nacionales, que en tiempos de abundancia garantizan la estabilidad del sistema, al terrorismo de estado, la alarma social y las guerras preventivas.

Yo renunciaría e este portátil desde el que escribo por sentarme tranquilo en el portal de casa junto a un vecino en las horas bajas de sol, a las latas en conserva por compartir con mi hijo un tomate que huela a tomate recogido en un campo sin minas anti-personas, a la televisión por el abrazo sin recelo de la novia de mi mejor amigo, a mi nómina por pasar el resto de mis días sin que ningún psiquiatra se plantee recetarme ansiolíticos.

Sé que este tipo de discurso es fácil de elaborar, que roza la demagogia, ya nadie cree en los utópicos, sin embargo, dejar de ser tan simple es como aceptar que realmente soy complejo y el miedo paraliza mi disposición al cambio. En el fondo no hace falta renunciar a tanto, sólo se trata de buscar las compatibilidades y no caer, en un sentido u otro, en el tremendismo.

La humanidad es generosa pero contradictoria, sí, por eso me hizo etnocéntrico de pensamiento y dispersó mi economía de subsistencia por todas las entidades bursátiles del planeta.

lunes, 3 de agosto de 2009

Vade retro

La pared estaba manchada de sangre y había signos extraños pintados en el suelo. La oscuridad retozaba en la casa a ritmo de sortilegios brasileños, Exu dejó la puerta abierta para que entrara y entendiera que me esperaba su agria venganza. El cuerpo se mantenía cálido, en el centro de un círculo, con restos de viruta y precinto, las uñas rotas y el cabello sucio.
No hubo canto del gallo al alba, por un día quise dejar de ser yo mismo.