Uno de mis hermanos, crítico con el orden económico mundial y sus repercusiones en cuestiones sociales y ambientales, está viajando por todo el planeta filmando un documental que pretende recoger su visión personal sobre el globalizado estado de las cosas y compartirlo con los demás. Entre sus escalas se encuentra Japón, pero le falta concretar dos entrevistas y me ha pedido que localice un par de contactos nipones con ideas comprometidas y praxis activista. Durante estos últimos días he picado el timbre de muchas puertas, pero no he obtenido resultados satisfactorios, para ser más exactos, nada: ni un solo nombre, ni un solo teléfono, ni un solo e-mail. En algunos casos era de esperar, sin referencias es difícil que confíen en ti para facilitar información con un apellido detrás; pero resulta que una de las personas consultadas me conoce y, además, ocupa un cargo relevante en Greenpeace España. Yo pensaba que sería coser y cantar, pero olvidé que detrás de todo cargo hay una persona, y las personas, desafortunadamente, nos movemos por interés. Esta persona, como no le importa el proyecto de mi hermano ni obtiene un beneficio directo, ya sea personal u de otro tipo, simplemente ha pasado de contestarme; sin embargo yo, esta mañana, he salido de casa con el convencimiento que me la iba a cruzar por la calle para preguntarle, oye, que hay de lo mío, y así ha sido, la he visto entrando en un portal y mi profecía se ha cumplido. En realidad también había intuido su respuesta, como no, negativa, pero al menos he dejado de estar pendiente de su llamada de teléfono, en esa espera incierta tan incómoda que dejaría de existir si nuestra especie no fuese tan indecisa y contradictoria.
Si no creyese en las casualidades, diría que ha sido mi deseo de encontrar a esta persona lo que ha provocado el encuentro, aunque no estaría mal que realmente tuviese poderes de mentalista y difundiese por ahí que las cosas en este mundo pueden cambiar para mejor sólo con pretenderlo y pensarlo.
miércoles, 21 de octubre de 2009
viernes, 16 de octubre de 2009
No se automedique, a los primeros síntomas, visite a su médico
Quizás mi personaje de ficción favorito sea John Coffey, es algo en lo que he pensado muchas veces cuando veo a uno de esos grandullones por la calle vestido con pantalón costurado a medida y zapatos de tamaño gigante. John era especial, no fue un superhéroe prototipo, tampoco el antihéroe esperado o un nuevo mesías; fue, más bien, un tipo corriente con cierto retraso mental que nació de la mano de Stephen King en El pasillo de la muerte; eso sí, con el don de curar a los enfermos arrebatándoles su enfermedad y tosiéndola como un rebujo de moscas.
Este tose moscas que tenía un corazón de oro, posiblemente porque su don le conducía instintivamente a ayudar a los insalubres, y se reconcilió con la muerte cruzando la milla verde, no concuerda con el perfil monstruoso de otros personajes creados por su padre literato. Es cierto que no conozco la obra de Stephen King al dedillo, pero sé que destaca por aterrar a sus lectores, entonces, ¿qué tiene de tenebroso John Coffey?, ¿Es, ciertamente, El pasillo de la muerte una novela de terror o pertenece a otro género?
Aunque no se puede decir que John Coffey era un santo, pues tenía también mala mosca para los villanos, pienso que en la capacidad de sanar reside su auténtica perversión. Stephen King era consciente, ¿qué puede dar más pánico que un tío que cure con sus manos? Sin enfermos: ¿subsistirían las grandes empresas farmacéuticas de este planeta y sus negocios?, ¿dónde trabajaría todo el personal sanitario público y privado?, ¿cómo justificarían los gobiernos sus deudas públicas?, y las funerarias, ¿qué pasaría con las funerarias?, qué ruina, señores; no, John Coffey es un mal sueño, John Coffey no puede existir más allá de la ficción, qué desastre, qué miedo, qué angustia no poder tener vacunas preventivas por aquello del ¿y si John no llega a tiempo?
Ahora, en mi empresa, a falta de vacunas para la gripe A nos preguntan si queremos vacunarnos de la gripe B. Suerte que el abecedario tiene un número de letras limitado.
Este tose moscas que tenía un corazón de oro, posiblemente porque su don le conducía instintivamente a ayudar a los insalubres, y se reconcilió con la muerte cruzando la milla verde, no concuerda con el perfil monstruoso de otros personajes creados por su padre literato. Es cierto que no conozco la obra de Stephen King al dedillo, pero sé que destaca por aterrar a sus lectores, entonces, ¿qué tiene de tenebroso John Coffey?, ¿Es, ciertamente, El pasillo de la muerte una novela de terror o pertenece a otro género?
Aunque no se puede decir que John Coffey era un santo, pues tenía también mala mosca para los villanos, pienso que en la capacidad de sanar reside su auténtica perversión. Stephen King era consciente, ¿qué puede dar más pánico que un tío que cure con sus manos? Sin enfermos: ¿subsistirían las grandes empresas farmacéuticas de este planeta y sus negocios?, ¿dónde trabajaría todo el personal sanitario público y privado?, ¿cómo justificarían los gobiernos sus deudas públicas?, y las funerarias, ¿qué pasaría con las funerarias?, qué ruina, señores; no, John Coffey es un mal sueño, John Coffey no puede existir más allá de la ficción, qué desastre, qué miedo, qué angustia no poder tener vacunas preventivas por aquello del ¿y si John no llega a tiempo?
Ahora, en mi empresa, a falta de vacunas para la gripe A nos preguntan si queremos vacunarnos de la gripe B. Suerte que el abecedario tiene un número de letras limitado.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Extenuación
Qué bonito es el cansancio cuando no te pesa, cuando el agotamiento es el resultado de explotar a fondo las experiencias diarias que te satisfacen y no tienes suficiente, escribo de vivencias sin pretensiones ni grandes propósitos, enamorado de la sencillez de las cosas y su accesibilidad. Qué bonito cuando los ojos te arden de no dormir, porque las noches son pasionales y los días se hacen cortos, porque no encuentras el momento de recogerte y volver a casa, porque tu inercia es espontánea y descontrolada. Qué emocional es desentenderte de tus responsabilidades cuando lo único que peligra es tu salud y prefieres correr el riesgo de morir de vida. Qué importante es sentir que respiras, que mueres, que puedes dejar de asentar la cabeza cuando no tienes compromisos y te ríes de tus limitaciones, qué bello es sentir, sí, sin pausa ni prisa, con pasado y futuro, en presente.
viernes, 9 de octubre de 2009
Adictos a la indiferencia
Según un artículo de el Periódico de Catalunya que recoge las conclusiones del informe Problemes de drogues, aquí i ara de la Fundació d’Ajuda contra la Drogoaddicció (FAD), los jóvenes asocian el consumo de droga con el ocio, siendo su principal incentivo y preocupación no sentirse aislados del resto de amigos. Si se tuviese que manifestar la Iglesia Católica sobre esta afirmación lo tendría fácil, sermonearían los clérigos: que no tome nadie, así ningún joven se sentirá aislado, pero esta no es una postura inteligente porque, señores, la droga me la quitan de las manos, me la quitan de las manos.
No, bromas no, por favor, ahora en serio, las conclusiones del informe me han recordado las palabras de una anciana que me sentenció hace unos años: si no fumas, ni bebes ni tomas café, no te casarás en la vida. Realmente, el matrimonio no es un objetivo en mi vida, pero disfrutar de una pareja, sí, así que las dificultades que tengo para emparejarme me hacen pensar que alguna razón tenía esa buena mujer y el informe de la FAD: las drogas son elementos que facilitan la interacción entre personas y posibilitan la integración social.
No puedo decir que no tomo drogas, aunque no sea adicto, bebo alcohol; o que nunca estuve colocado, accidentalmente ingerí marihuana y experimenté sus efectos; ni tampoco que no he incitado al consumo, de adolescente siempre le regalaba a mi padre tabaco negro para su cumpleaños hasta que una angina de pecho casi lo sentencia; pero sí puedo decir que utilizo el yo controlo para ser consecuente con mi voluntad de no consumir este tipo de sustancias (excepto el alcohol, lo sé, pero como humano también he de tener mis contradicciones). Esto me hace analizar por qué no caí nunca en la tentación de drogarme y creo que es porque he sido un desintegrado social, un desestructurado que tuvo suerte de no haber nacido diez años antes en el barrio de la Ribera y quedar enganchado al caballo, un desadaptado con un perfil no muy diferente al de un heroinómano que nunca se preocupó de potenciar sus relaciones sociales porque era introvertido y prefería la soledad.
Con el tiempo, este aislamiento personal lo he podido rectificar sin necesidad de drogarme, también reforzado por cierta actitud de rebeldía: cuando al final todos hacen lo mismo, se vuelve aburrido, y eso, desde que rompí con la moda de los slips en el colegio y fui el primero en lucir calzones largos en los vestuarios, lo tengo claro.
El día que nadie se drogue, tendré un problema muy serio*.
En el fondo, me jode escribir de manera tan frívola sobre este tema porque aunque son muchos los que consumen y controlan, son también otros muchos los que se han quedado sin tabique nasal, respiran ayudados por una bombona de oxígeno, han arruinado su vida y la de sus familiares, han malformado fetos, padecido procesos depresivos o brotes psicóticos, muerto por sobredosis, etcétera, etcétera, etcétera, y lo peor de todo, es que a la clase social que sustenta el sistema, la clase media acomodada y no tan acomodada, no parece importarle que así sea mientras nada de esto represente una amenaza real para su condición social de clase privilegiada. Para mí la mayor tragedia es que los que estamos aburguesados miremos siempre hacia otra parte ante un problema y seamos adictos a la indiferencia.
[*En realidad, el día que todo el mundo lleve calzones largos, tendré un problema de cojones.]
No, bromas no, por favor, ahora en serio, las conclusiones del informe me han recordado las palabras de una anciana que me sentenció hace unos años: si no fumas, ni bebes ni tomas café, no te casarás en la vida. Realmente, el matrimonio no es un objetivo en mi vida, pero disfrutar de una pareja, sí, así que las dificultades que tengo para emparejarme me hacen pensar que alguna razón tenía esa buena mujer y el informe de la FAD: las drogas son elementos que facilitan la interacción entre personas y posibilitan la integración social.
No puedo decir que no tomo drogas, aunque no sea adicto, bebo alcohol; o que nunca estuve colocado, accidentalmente ingerí marihuana y experimenté sus efectos; ni tampoco que no he incitado al consumo, de adolescente siempre le regalaba a mi padre tabaco negro para su cumpleaños hasta que una angina de pecho casi lo sentencia; pero sí puedo decir que utilizo el yo controlo para ser consecuente con mi voluntad de no consumir este tipo de sustancias (excepto el alcohol, lo sé, pero como humano también he de tener mis contradicciones). Esto me hace analizar por qué no caí nunca en la tentación de drogarme y creo que es porque he sido un desintegrado social, un desestructurado que tuvo suerte de no haber nacido diez años antes en el barrio de la Ribera y quedar enganchado al caballo, un desadaptado con un perfil no muy diferente al de un heroinómano que nunca se preocupó de potenciar sus relaciones sociales porque era introvertido y prefería la soledad.
Con el tiempo, este aislamiento personal lo he podido rectificar sin necesidad de drogarme, también reforzado por cierta actitud de rebeldía: cuando al final todos hacen lo mismo, se vuelve aburrido, y eso, desde que rompí con la moda de los slips en el colegio y fui el primero en lucir calzones largos en los vestuarios, lo tengo claro.
El día que nadie se drogue, tendré un problema muy serio*.
En el fondo, me jode escribir de manera tan frívola sobre este tema porque aunque son muchos los que consumen y controlan, son también otros muchos los que se han quedado sin tabique nasal, respiran ayudados por una bombona de oxígeno, han arruinado su vida y la de sus familiares, han malformado fetos, padecido procesos depresivos o brotes psicóticos, muerto por sobredosis, etcétera, etcétera, etcétera, y lo peor de todo, es que a la clase social que sustenta el sistema, la clase media acomodada y no tan acomodada, no parece importarle que así sea mientras nada de esto represente una amenaza real para su condición social de clase privilegiada. Para mí la mayor tragedia es que los que estamos aburguesados miremos siempre hacia otra parte ante un problema y seamos adictos a la indiferencia.
[*En realidad, el día que todo el mundo lleve calzones largos, tendré un problema de cojones.]
jueves, 8 de octubre de 2009
¿Quieres escuchar, Fernando?
¿Conoces la sensación de ir sentado cómodamente en el tren cuando no quedan asientos libres y una pareja de amigos comentan si viste tal película que tú quieres ir a ver y el otro responde, no, y la piensas ir a ver, no, y, entonces, te importa que te la cuente, no, pues venga, explica? Te quedan dos opciones: (a) levantarte, perder tu maravilloso asiento y ultrajarte yendo de pie el resto del trayecto, como no, lejos de ese diálogo tan inoportuno; o (b) decirles, disculpad, yo si tengo intención de ir a verla, aunque esto último no garantiza que te hagan caso y el aguafiestas de turno acabe explicándote con pelos y señales el fin del largometraje mientras te mira de reojo.
Por fortuna, el día que me encontré en tal situación, subió en la siguiente estación un hombre orquesta con su amplificador, encendió su equipo y de un organillo que parecía de juguete comenzó a sonar una base rítmica que reconocí al tercer acorde, Chiquitita, de ABBA. Claro está, para quien lo dudase, que el tipejo cinéfilo que no tenía más tema de conversación seguía con el nudo del film en su boca, que ya podría éste haberle atragantado en su paso por la garganta, pero a mí ya me daba igual; atrapado por el show del músico ambulante, mis oídos se desentendieron de sus palabras. Debo decir que la aparición del feriante no fue tampoco casual, este artista debía tener un Master en Marketing y Publicidad, pues hizo coincidir las primeras notas de su flauta travesera con la salida del convoy de los túneles de Vallvidrera. La eclosión de la luz solar, que entró como un amanecer por las ventanillas del vagón, compenetrada con el tema enternecedor del grupo musical sueco hizo que todas las mujeres de más de cuarenta años buscasen automáticamente algo de dinero en sus monederos para engrosar las arcas del pícaro reproductor de versiones. Yo mismo busqué algunas monedas en mis bolsillos, nostálgico de mi niñez (aún conservo la cinta de cassette grandes éxitos de ABBA cantados en castellano), pero fue tal la recaudación que juntó el hombre que ni se molestó en pasar el platillo por todos los presentes, quedándose en mi mano la generosa aportación que tenía preparada.
Finalizado el pase de actuación, la amenaza de escuchar el desenlace de la película volvió a rezumbar en mis orejas, así que me levanté decidido a entregarle al músico su dinero y renuncié, como un cobarde, a mi asiento. Mientras me dirigía hacia él algo intuitivo se despertó en mí, demasiado reflejo para procesarlo y pensar, en cualquier caso, ya demasiado tarde porque el tren comenzaba a frenar y el artista se disponía a bajar, así que me arriesgué y cuando me dispuse a entregarle las monedas alzando el brazo, dije -no mirándole a los ojos sino al vacío de su izquierda-, señorita, ha interpretado usted estupendamente la letra de esta canción, a lo que el músico respondió, girándose a su derecha mientras iba al encuentro de mi mano con las suyas semicerradas en forma de cuenco: no sea tímida, mi niña, pues, agradézcale a este cieguito su cumplido.
Por fortuna, el día que me encontré en tal situación, subió en la siguiente estación un hombre orquesta con su amplificador, encendió su equipo y de un organillo que parecía de juguete comenzó a sonar una base rítmica que reconocí al tercer acorde, Chiquitita, de ABBA. Claro está, para quien lo dudase, que el tipejo cinéfilo que no tenía más tema de conversación seguía con el nudo del film en su boca, que ya podría éste haberle atragantado en su paso por la garganta, pero a mí ya me daba igual; atrapado por el show del músico ambulante, mis oídos se desentendieron de sus palabras. Debo decir que la aparición del feriante no fue tampoco casual, este artista debía tener un Master en Marketing y Publicidad, pues hizo coincidir las primeras notas de su flauta travesera con la salida del convoy de los túneles de Vallvidrera. La eclosión de la luz solar, que entró como un amanecer por las ventanillas del vagón, compenetrada con el tema enternecedor del grupo musical sueco hizo que todas las mujeres de más de cuarenta años buscasen automáticamente algo de dinero en sus monederos para engrosar las arcas del pícaro reproductor de versiones. Yo mismo busqué algunas monedas en mis bolsillos, nostálgico de mi niñez (aún conservo la cinta de cassette grandes éxitos de ABBA cantados en castellano), pero fue tal la recaudación que juntó el hombre que ni se molestó en pasar el platillo por todos los presentes, quedándose en mi mano la generosa aportación que tenía preparada.
Finalizado el pase de actuación, la amenaza de escuchar el desenlace de la película volvió a rezumbar en mis orejas, así que me levanté decidido a entregarle al músico su dinero y renuncié, como un cobarde, a mi asiento. Mientras me dirigía hacia él algo intuitivo se despertó en mí, demasiado reflejo para procesarlo y pensar, en cualquier caso, ya demasiado tarde porque el tren comenzaba a frenar y el artista se disponía a bajar, así que me arriesgué y cuando me dispuse a entregarle las monedas alzando el brazo, dije -no mirándole a los ojos sino al vacío de su izquierda-, señorita, ha interpretado usted estupendamente la letra de esta canción, a lo que el músico respondió, girándose a su derecha mientras iba al encuentro de mi mano con las suyas semicerradas en forma de cuenco: no sea tímida, mi niña, pues, agradézcale a este cieguito su cumplido.
martes, 6 de octubre de 2009
Eje de coordenadas XY: impacto
No sé cuánto tiempo estuve con Fernando, pero sí que pasé cinco días con Dolores, deambulando con mis hermanos nonatos de veintitrés cromosomas, sorteando paredes rugosas y el acoso de los sicarios blancos, estimulado por el único propósito que ofrecía sentido a mi patrón conductual y precoz vida, un objetivo exclusivo que dependía de mi otra presencia, de mi voluntad de salir del refugio ovárico e ir a mi encuentro, no pretencioso pero predispuesto a la penetración del núcleo y la fusión de alelos.
Reconozco, a pesar de mi persistencia, que no confiaba en alcanzar la mitosis y que acabaría expulsado de aquel cuerpo con derecho a rechazarme, pero entonces sucedió: me encontré, satélite hacia las trompas, con deriva cierta y prometedora, gozoso de saberme sólo femenino, y me lancé impulsado por un instinto reflejo de supervivencia a la selección natural, libre de culpas y remordimientos neuronales, que representaría el genocidio tolerado de mis otros hermanos potenciales.
Prisionero ya de mi mismo, sumé a mis veintitrés virtualidades mis otras veintitrés y pasé a ser una realidad de cuarentaiseis, un proyecto inacabado de mutación constante, predeterminado por mi genética y circunstancias ambientales, que mi progenitora madre quiso anidar y tener a término.
Reconozco, a pesar de mi persistencia, que no confiaba en alcanzar la mitosis y que acabaría expulsado de aquel cuerpo con derecho a rechazarme, pero entonces sucedió: me encontré, satélite hacia las trompas, con deriva cierta y prometedora, gozoso de saberme sólo femenino, y me lancé impulsado por un instinto reflejo de supervivencia a la selección natural, libre de culpas y remordimientos neuronales, que representaría el genocidio tolerado de mis otros hermanos potenciales.
Prisionero ya de mi mismo, sumé a mis veintitrés virtualidades mis otras veintitrés y pasé a ser una realidad de cuarentaiseis, un proyecto inacabado de mutación constante, predeterminado por mi genética y circunstancias ambientales, que mi progenitora madre quiso anidar y tener a término.
sábado, 3 de octubre de 2009
Sosiego, te decían...
Solo estoy tan relajado que pienso que no puedo enamorarme, que sin sufrimiento mi pasión apenas arde, continúo con mis hábitos, mis rutinas y costumbres, me sonrío en los espejos que no suelo vislumbrarme y acaso no pienso en ti, claro que pienso, pienso sin verbalizar interiormente mis sentimientos y emociones, pienso en vacío a cada instante, como concepto difuso y plásticamente insuperable, porque estás ahí y si escucho la música que me grabaste, me fundo en el recuerdo inmediato de la última noche que me despediste, del último segundo que me besaste; y no me aferro a la melancolía porque sé que volveré a verte, volverás a llamarme y te esperaré sentado en los bancos, esta vez inquieto, pero con el deseo de enternecerme y tranquilizarme para estar sosegado delante de tu mirada, de tu mano que reposa en mi pecho, de tus dedos acariciando los rizos que cuelgan de mi cabello, mientras mis brazos invaden tu dorada piel y redescubren tu infinito cuerpo de amante.
jueves, 1 de octubre de 2009
Traslucidas invidencias
[Siento que es un buen momento para reflexionar, para hacer una introspección de estos últimos meses y valorar mi actitud, sin entrar en detalle sobre los acontecimientos y las circunstancias; comienzo a tomar conciencia de ciertos resultados y percibo que puedo ser parcialmente conclusivo.]
Sosiego, te decían desde la salida de emergencia, pero tú, sin hacer caso, palpabas las paredes en la oscuridad buscando otra puerta.
[El proceso de estabilización ha requerido esfuerzo, no es sencillo recuperar el equilibrio interior cuando el ego se quiebra para reestructurar tu simbólica percepción de la vida, de una vida que pasa y pasa y no dejas de pensar, chico, todo llega, todo tiene que llegar, pero así que llegue, es mejor que pienses que debes dejarlo pasar y continuar.
En ese puente de frágiles cimientos que construí para cambiar mi personalidad, no hizo falta dinamitar los arcos para caernos al río mi yo y mi alter-ego, ambos nos lanzamos una y otra vez de manera voluntaria a unas aguas desconocidas, inmunes a la hipotermia y al miedo de no saber nadar a contracorriente.
En el trayecto, la ayuda externa que busqué ha dado sus frutos, quizás porque mi terquedad quería que los resultados fuesen positivos; me satisface comprobar que tiendo a buscar solución a mis problemas, pero desconozco el origen de este espíritu compacto capaz de enfrentarse a las adversidades seducido por el placer de la superación de la melancolía, una pasión emocional que me enamora de mí mismo y me permite seguir hacia delante con la fuerza del optimismo.
Y reconciliado conmigo, logro de nuevo compartir sentimientos desde la equidad, y reconciliado con la vida, creo que puedo volver a confiar en el azar y dejarme llevar.]
Sosiego, te decían, pero el humo no te dejaba respirar y, cuando las llamas te alcanzaron, el fuego ya no te importaba: tu alma se había comenzado a liberar. Incinerado de rodillas encontraron tu cuerpo, apenas a unos metros de la puerta de salida principal. Tú todavía estabas allí y aún te mirabas, esta vez desde las escaleras de socorro, cerrando la salida de incendios y los recuerdos que te ahogaron de aquel local.
Sosiego, te dijeron, ¿comienzas ahora a ver con claridad?
Sosiego, te decían desde la salida de emergencia, pero tú, sin hacer caso, palpabas las paredes en la oscuridad buscando otra puerta.
[El proceso de estabilización ha requerido esfuerzo, no es sencillo recuperar el equilibrio interior cuando el ego se quiebra para reestructurar tu simbólica percepción de la vida, de una vida que pasa y pasa y no dejas de pensar, chico, todo llega, todo tiene que llegar, pero así que llegue, es mejor que pienses que debes dejarlo pasar y continuar.
En ese puente de frágiles cimientos que construí para cambiar mi personalidad, no hizo falta dinamitar los arcos para caernos al río mi yo y mi alter-ego, ambos nos lanzamos una y otra vez de manera voluntaria a unas aguas desconocidas, inmunes a la hipotermia y al miedo de no saber nadar a contracorriente.
En el trayecto, la ayuda externa que busqué ha dado sus frutos, quizás porque mi terquedad quería que los resultados fuesen positivos; me satisface comprobar que tiendo a buscar solución a mis problemas, pero desconozco el origen de este espíritu compacto capaz de enfrentarse a las adversidades seducido por el placer de la superación de la melancolía, una pasión emocional que me enamora de mí mismo y me permite seguir hacia delante con la fuerza del optimismo.
Y reconciliado conmigo, logro de nuevo compartir sentimientos desde la equidad, y reconciliado con la vida, creo que puedo volver a confiar en el azar y dejarme llevar.]
Sosiego, te decían, pero el humo no te dejaba respirar y, cuando las llamas te alcanzaron, el fuego ya no te importaba: tu alma se había comenzado a liberar. Incinerado de rodillas encontraron tu cuerpo, apenas a unos metros de la puerta de salida principal. Tú todavía estabas allí y aún te mirabas, esta vez desde las escaleras de socorro, cerrando la salida de incendios y los recuerdos que te ahogaron de aquel local.
Sosiego, te dijeron, ¿comienzas ahora a ver con claridad?
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