lunes, 29 de junio de 2009

Co(efi)cientes y productos II

El tubo de pegamento

En el siguiente curso, esta vez en clase de matemáticas, Khaled volvió a pasar apuros con su maestra.

Ese año le había tocado sentarse en primera fila, justo en frente de la mesa del tutor. Esta circunstancia, que le obligaba a estar alerta y en constante atención al encontrarse cara a cara en todas las materias con sus respectivos maestros, no fue, en cambio, una pega para la asignatura de matemáticas.

Por suerte la maestra pasaba la mayor parte del tiempo apoyada en la pared del fondo, controlando en la distancia a los alumnos que enviaba a la pizarra para resolver problemas.

La colocación de la maestra favorecía a Khaled, que aprovechaba para relajarse y compensar la tensión que le producían las otras clases, no sólo porque era uno de los niños que más lejos quedaba del ángulo de visión de la docente, sino también porque la posición perpendicular que la mujer tomaba con respecto a su fila le aseguraba que no le viese la cara.

En una ocasión Khaled comenzó a juguetear con un tubo de pegamento que tenía en su estuche de lápices. Primero, con los dedos, se entretuvo en desplazar el pegamento de un lado para otro dentro del tubo. Después, pasó a hacer lo mismo pero con la boca. Esta vez eran los dientes los que impulsaban el pegamento, de la tapa a la cola, de la cola a la tapa y vuelta a empezar. En un descuido, Khaled mordió con mayor intensidad, reventó el tubo y se le llenó la boca de pegamento.

En lugar de avisar a la maestra, se mantuvo en su sitio con la boca cerrada. Montserrat, su compañera de pupitre, observando el comportamiento extraño de Khaled con el tubo de pegamento en la mano, se le quedó mirando. Khaled, con los labios prietos, hizo un gesto haciéndole entender que tenía pegamento en la boca. Montserrat no se lo pensó y levantó la mano para llamar la atención de la maestra.

Khaled, que hubiese preferido no decir nada, esperar que acabase la clase y limpiarse en los servicios sin que la maestra se enterase, no aprobó el comportamiento de Montserrat pensando que se llevaría un buen coscorrón. La maestra se acercó a su pupitre, le sujetó la barbilla con dos dedos y le miró la boca. Al momento le envió a los baños para que se limpiara el pegamento de los dientes.
Cuando regresó Khaled al aula, la maestra le pregunto cómo había pasado. El niño, aliviado tras limpiarse, se limitó a contestar que se había colocado el tubo en la boca y por accidente lo había mordido. La maestra no le castigó esta vez. Tampoco le dijo o preguntó nada más. Khaled se sintió tranquilo y agradeció el gesto de su compañera.

viernes, 26 de junio de 2009

Single de siete pulgadas

Hoy me he dormido en el autobús y me he pasado de parada, y al bajar en un lugar desconocido he visto sin ser visto pasar en coche a una mujer que una vez me envió un mensaje escribiéndome que prefería escoger mi ausencia, y retrocediendo sobre mis pasos, me he cruzado con un taxi libre pero yo he preferido seguir caminando, y en el trayecto he visto un polluelo de urraca muerto y un caracol aplastado, y estas vivencias, que podrían parecer una metáfora, son tan ciertas como que mi hermano bicigótico nació con una diferencia de ciento sesenta y ocho horas en el parto y hoy es su cumpleaños, que el bueno de Cutlas no se ha despedido del viernes en el 20 minutos con una ráfaga de disparos, que en plena crisis un excompañero de trabajo ha regresado para firmar de nuevo contrato y que ayer a las dos de la tarde murió en Los Ángeles el séptimo de los Jackson.

jueves, 25 de junio de 2009

Co(efi)cientes y productos I

[Trimatología]

La encuadernación

En la escuela de Khaled la maestra de educación plástica impartía las clases en un enorme salón de la planta baja. Las mesas eran espaciosas y se encontraban separadas entre sí para que los alumnos pudieran trabajar cómodos. En el salón, además, había seis anchos pilares sujetando el techo que acondicionaban aún más la disposición de las mesas. Todo ello, sumado a la necesidad de dedicar atención especial al desarrollo de las actividades de cada grupo, imposibilitaba a la maestra controlar a todos los alumnos.

Con el fin de impedir que los niños se distrajeran o armasen alboroto, la profesora de matemáticas apoyaba a la maestra de plástica realizando labores de vigilancia. Sin duda era la mejor para esta función en toda la escuela. Durante años se había forjado una reputación de mano de hierro, de maestra estricta proclive a los castigos, que Khaled conocía bien por las historias que le contaba su hermana mayor.
Vestía bata blanca y usaba frecuentemente gafas de sol durante las clases. En las de plástica, se limitaba a pasear en silencio por el salón con los brazos en cruz.

En una de sus clases, la maestra de plástica decidió enseñar cómo forrar un libro con papel de periódico para proteger sus tapas. Para ello pidió que se pusiera sobre la mesa un libro de texto y entregó a cada grupo varias hojas de diario. Preparado el material, indicó a los alumnos los pasos de la encuadernación. Mientras explicaba, ella misma iba forrando las tapas de un libro a modo de ejemplo para que los niños la viesen.

Cuando les tocó a los alumnos encuadernar el suyo, Khaled, como el resto de compañeros, cogió su correspondiente hoja de periódico y comenzó la tarea. En uno de los pasos, que no recordaba bien, se puso a pensar y su labor quedó encallada. Comenzó a probar varias dobleces en el papel para solucionar el problema y poder continuar.
En ese preciso instante, la mano de la maestra de matemáticas, como caída del cielo, abofeteó la cara de Khaled sin que éste se lo esperara.

Khaled quedó paralizado, expectante. La maestra lo miró unos segundos, pero no dijo nada. Se limitó a girarse y seguir su paseo entre las mesas. Khaled continuó la tarea sin entender lo sucedido.

Durante el recreo, Khaled le explicó a un compañero de otro grupo los hechos. Seguía sin entender qué quería la profesora de él. El otro niño reconoció haber oído el ruido del guantazo, aunque creía que alguien había roto una regla de medir de plástico. Khaled, entonces, tomó más conciencia de la enorme bofetada que había recibido.

Ese fue el primer año que le tocó ser alumno de la famosa maestra de mates. Todavía le quedarían dos más.

martes, 23 de junio de 2009

El avispero

Desde siempre mi vida se ha cruzado con magistrados y juristas, tanto que de crío fui vecino de los juzgados de Barcelona, cerca de la Ciutadella; y hoy en día, adulto y residente en otro distrito, cada mañana al pisar el andén de los ferrocarriles catalanes dirección Plaza Espanya leo en sus paredes Ildefons Cerdà, Ciudad de la Justicia.

Parece irónico que el nombre del urbanista pase a un segundo plano y la estación se renombre por uno de los motivos que indujo en su día a premiar el orden de sus recuadros octogonales: la justicia, porque sin orden no hay justicia. Pero las casualidades son caprichosas y Cerdà, si estuviese en vida, no tendría más opción que resignarse y decir cabizbajo no es justo, no me lo merezco.

Aunque Cerdà no sea totalmente responsable de este nido de avispas, ni de la reubicación de los juzgados cerca de la plaza y estación que lleva su nombre, quizás sí se merezca esta destitución virtual porque nos hizo cuadriculados a partir de aquel concurso municipal que ensanchó Barcelona y llenó la ciudad de ministros con juicio que de todo saben y opinan, yo incluido.

En una ocasión, sentaron a dos jóvenes en el banquillo de los acusados, él aún era un mozalbete y ella no aparentaba más de diecisiete años. Paseaban a su sobrina recién nacida en cochecito de bebé por las calles de su barrio y una mujer mayor, acompañada por un caniche, se les quedó mirando. Metros más atrás, la mujer se paró con un señor y acusó que en estos tiempos se estaban perdiendo las vergüenzas y que no era moral dejar que dos jovencitos tuvieran críos a tan temprana edad. El señor se dispuso amable a comentar las injusticias de este mundo con la mujer y su caniche, defendió: Los dos jóvenes son hermanos y la niña del cochecito, la sobrina. Y usted cómo lo sabe, replicó la acusación. Porque yo soy el padre de los hermanos y el abuelo de la sobrina.

En el prejuicio, la presunción de inocencia es frágil y sólo un abogado con credibilidad puede librarte de una mala sentencia.

viernes, 19 de junio de 2009

Atracción gravitatoria

[Atmósfera]: Aire

Cada noche, antes de acostarme, escribo mi nombre en el espejo del baño con una barra de carmín, porque mi memoria se desvanece durante el día con el paso de las horas y acaba fundiéndose en negro en la profundidad del sueño. Al despertar, no me reconozco hasta que leo mi nombre y comienzo a reencontrarme.

[Hidrosfera]: Sangre

El cardiólogo me comenta que padezco una enfermedad generativa. Las células de mis aurículas se multiplican engrandando las fibras musculares de mi corazón. Éste cada día es más fuerte, incluso bromeo diciendo que a medida que crece me siento mejor persona, pero los pulmones comienzan a arrinconarse y pronto tocarán la caja torácica.

[Litosfera]: Tierra

Desde hace un tiempo también sufro un tipo de calcificación anómala que reduce progresivamente la movilidad de mis rótulas. El traumatólogo me asegura que no afecta a mi condición bípeda, pero pronostica que me quedan pocos años de autonomía.

[Núcleo]: Fuego

Las píldoras para la memoria y las inyecciones intravenosas para las rodillas me provocan impotencia, aunque mi urólogo afirma que sigo siendo fértil y que puedo tener hijos por inseminación artificial. La medicina que existe para solucionar mi problema de erección, comenta, aceleraría la deformación de mi corazón.

He solicitado una segunda opinión a un naturista que dice observar una alineación en los elementos, que mi metabolismo está cambiando, que pronto me transformaré en un árbol. Me habló de reencarnaciones y el espíritu de la madre Tierra. La madre Tierra.

miércoles, 17 de junio de 2009

Y, entonces, el hombre descubrió la rueda

Lo tíos de Lavinia vivían en una urbanización en las afueras de Vallirana. La casa se encontraba en la parte alta de una cuesta pronunciada, en la falda de una pequeña atalaya. A Lavinia le encantaban los domingos que su familia era invitada a comer en casa de sus tíos. La casa disponía de un amplio patio en el que la niña jugaba durante horas y horas. A pesar de tener dos hermanas y tres primas, la diferencia de edad entre ellas hacía que Lavinia tuviese que conformarse con jugar sola mientras el resto de la familia preparaba la comida y conversaba alrededor de los fogones de la cocina.

Un día, mientras recogía las almendras caídas de un almendro, observó que había una sandía en uno de los rincones del patio. La sandía era hermosa, de cáscara brillante, grande como un balón de fútbol. Lavinia cogió la sandía y se fue a la cuesta de la calle. La puso en el suelo y corrió unos metros más abajo para cogerla, quizás por jugar, quizás por ponerse a prueba y sentirse bien superando el reto. Lo cierto es que cuando se giró y sus pequeñas manos intentaron parar el rodamiento de la sandía, está superó la fuerza de la niña y pasó escurridiza entre sus piernas.
Lavinia se giró deprisa, pero la sandía bajaba tan rápida por la cuesta que no pudo reaccionar, no había posibilidad de atraparla, parecía maldita, empezando a dar pequeños saltos que se fueron engrandando a medida que se acercaba el final de la calle.

La niña, que tenía la sensación de estar visualizando la escena como una película a cámara lenta, viendo que tomaban los saltos cada vez mayor altura sintió como crecía en paralelo una angustia en su interior. Si por aquel casual algún vecino salía de su vivienda en ese preciso instante se hubiera expuesto al mamporrazo de sandía de su vida. Por suerte, ésta tomó en uno de los rebotes más altura de lo habitual y terminó su recorrido explosionando contra el suelo.

Lavinia observó de lejos primero. Ningún vecino apareció en la escena del crimen. Bajó la cuesta y comprobó que la sandía se había hecho añicos, esparciéndose por portales y vehículos varios. No quedó trozo que pudiese recuperar. Fue entonces cuando decidió regresar a casa de sus tíos y explicar lo sucedido.

Sus tíos no daban crédito a lo que Lavinia explicaba. Le decían: ¿Por qué has hecho eso? ¡No lo entiendo! ¿Cómo dices que lo hiciste?

Las palabras de los familiares no se referían directamente a la actitud de Lavinia. Sin embargo, sus alusiones a no entender las razones de la niña le daban a entender que no aprobaban su comportamiento. De hecho, Lavinia se limitó a explicar los hechos, sin dar motivos o justificarse. No tenía respuesta para las preguntas.

Realmente a los tíos de Lavinia, pese al disgusto de sus padres, el incidente les pareció divertido. La niña, que esperaba una reprobación más fuerte, sintió que su mayor preocupación fue no poder reponer una nueva sandía para el postre.

martes, 16 de junio de 2009

Línea Washington - Bucarest

Hace años que Barcelona practica la multiculturalidad indiscriminada discriminatoria, fundada en unos precios permisibles para el turista altruista, pero inaccesibles para el autóctono de a pie o el inmigrante de país subdesarrollado. Mientras un ciudadano alemán de vacaciones duerme en un lujoso hotel, un sin papeles ha de compartir habitación con cinco espaldas mojadas más para poder pagar un techo y agua corriente. Sin embargo, existe un entorno en el que coinciden todos ellos: el transporte público.

Con transporte público un japonés con cámara fotográfica se desplaza hasta la Sagrada Familia, un senegalés acompaña a su esposa al centro comercial y, de lunes a viernes, un servidor se encuentra in itinere los días no festivos.

Regresando una tarde del trabajo, coincidí en el metro con un grupo de rumanos que conversaban de manera animada. Cuatro de ellos ocupaban un recuadro de asientos completo, el quinto se reclinaba en una de las barras de sujeción de los asientos.
Aquellos rumanos eran grandes como osos. Cada uno de ellos hacía dos veces mi volumen, ya fuera por alto, ya fuera por ancho; o, ya puestos, ya fuera por alto y por ancho a la vez. Daban miedo. Si no fuera porque sus ropas estaban manchadas de pintura y cemento seco, en lugar de paletas hubiese jurado que se dedicaban al tráfico de armas.

Uno de los que estaban sentados le explicaba algo entretenido al que permanecía de pie. Este último escuchaba con atención y media sonrisa permanente en los labios. La voz del orador era grave y retumbaba en todo el vagón. Todos reían menos uno, el mayor, que apenas parecía seguir la conversación. Su mirada era más profunda que la de sus compatriotas. Si realmente hubiesen sido mafiosos, sin duda éste se hubiera llevado todas las papeletas para ser el capo. Los cinco eran el centro de atención.

El metro se iba llenando y los rumanos seguían con sus temas. En una de las paradas subió un joven con mono de trabajo que llevaba una barra blanca que llegaba prácticamente hasta el techo. Éste también quedó cautivado por las risas de los rumanos. A la siguiente parada, entre otra gente, entraron dos turistas anglosajones de corte clásico del otro lado del charco: botas de montaña con calcetines blancos, pantalones cortos de color marrón claro con dobladillo, camisa de explorador con mangas arremangadas y pañuelo de campamentos anudado al cuello al estilo boy scouts. Sólo les faltaba el típico sombrerito de safari para rematar vestuario. Uno de ellos se cogió a la barra del joven que había subido en la parada anterior. Éste no dijo nada. Con el arranque del metro, el joven no pudo mantener la firmaza del pulso y el turista se percató que aquella barra no era una barra fija. Se soltó y pidió disculpas.

El gesto no paso desapercibido por el rumano poco hablador de mirada profunda. Un gesto leve de su mano bastó para que el resto callase súbitamente y le prestara atención. Comenzó a hablar de manera pausada, su voz era tan inquietante como su mirada. Por los gestos entendí que les estaba explicando la anécdota de la barra. Me percaté que el joven de la barra también estaba atento a sus indicaciones. Como el estruendo de un trueno, de golpe comenzaron a reír todos los rumanos y a retorcerse en sus asientos. Sus carcajadas eran agónicas, no podían parar. Aquella risa contagió al joven de la barra. Aunque hizo todo lo posible por sofocar sus impulsos, puesto que se encontraba cara a cara con el turista explorador, no pudo contenerse y acabó explotando y riendo más fuerte si cabe que los propios rumanos.

Aquel pobre turista bajó disparado en la siguiente estación, tan rápido que casi se queda su acompañante dentro del vagón.

Las carcajadas aún durarían unas cuantas paradas más. El rumano charlatán se encargó de reanimar las risas y los balbuceos cuando estos comenzaban a declinar.

lunes, 15 de junio de 2009

Ausencia


[Esta entrada contiene un elevado número de referencias íntimas. Es una pena porque en forma de relato o cuento, al estilo de otras, se le hubiese podido sacar partido. Aviso porque rompe con la dinámica del blog, pero ni es la primera ni será la última. Eso sí, al menos los que no quieran perder el tiempo leyéndola, agradecerán esta nota aclaratoria.]

NIÑO, ¿CUÁNTAS LUNAS HAY EN EL CIELO?
MADRE, NO HAY MÁS QUE UNA

Cuando la vendedora de petardos de tu barrio se llama Prudencia, la doctora del centro de asistencia sanitaria, Remedios, y la vigilante nocturna del Museo de cera, Soledad, no es un buen augurio que tu madre se llame Dolores.

Hace unos días un compañero de trabajo quiso enrabietar a mi hermana diciéndole que iría al infierno por unos comentarios que había hecho. La respuesta de ella fue: no, porque mi padre me está esperando en el cielo. Al regresar del almuerzo y volverse a encontrar, el compañero le preguntó por qué nunca hacía referencias de su madre. Le inquietaba saber si el paso del tiempo le había borrado los recuerdos.
Ella me lo explicó como una anécdota, pero reconoció que nunca hablaba de la mama, de nuestra madre.

Dolores es la gran ausente. Simplemente se fue. Por negligencia médica, sí, pero hacía mucho tiempo que sufría y se cansó, nos dejó solos. Escribir de ella no me entristece, quizás simplemente me anuda la garganta y los ojos se me humedecen, pero aunque estemos enfadados con ella, no la olvidamos porque la queremos.

Todos los hermanos, por fortuna, hemos heredado su caída de ojos.

La intención de esta entrada no es hacer un homenaje a mi madre, eso lo hice en una entrada anterior de este mismo blog. Tampoco pretendo el sentimentalismo, aunque visto el tercer párrafo no lo parece. Lo cierto es que ayer me enviaron un mensaje escrito de móvil que me emocionó y lo único que tengo claro es que en este mundo soy la herencia de mis padres.

De mi progenitor escribiré otro día. ¿Mejor, verdad?

Quiero reproducir el mensaje porque yo también me leo a mi mismo y seguro que con el tiempo volveré a emocionarme leyendo estas líneas. No digo que esté de acuerdo con el contenido, pero es una maravilla.

Gracias a la providencia que te puso en nuestro camino cuando más lo necesitamos y gracias por esperarnos al final. Aunque no lo creas en su día fuiste una pieza clave en el puzzle de nuestras vidas.

viernes, 12 de junio de 2009

Lesbiano López

Hacía tiempo que venía a las sesiones de melancólicos anónimos, pero todavía no se había decidido a participar. Ayer tarde pidió la palabra al terapeuta, se levantó y dijo su nombre con un finísimo hilo de voz, apenas se le entendió. No comprendo por qué a estas sesiones las llaman anónimas si lo primero que haces es presentarte. En este caso dio igual, nadie afinó tanto el oído. Entre susurros comenzó un breve debate entre los presentes para esclarecer si el sujeto se decía llamar Mariano, Fabiano o qué sé yo.
A medida que hablaba, el hombre fue cogiendo confianza y comenzó a exponer su caso. Se declaró heterosexual y lamentaba no haber tenido nunca suerte en sus relaciones sentimentales. Descendiente directo de las amazonas, su madre le dio a luz para que fuese el último de nueve hermanas. En su rama genealógica sólo aparecen los hombres como cónyuges.

Realmente, escuchando su discurso, me percaté que me encontraba ante uno de esos filósofos de la calle auténticos. Expuso que la sexualidad se componía de tres tendencias aceptadas, homosexual, heterosexual y bisexual, que permitían veintiún tipos de relación sexual monoparental:

Hombre homosexual – Mujer homosexual
Hombre homosexual – Mujer heterosexual
Hombre heterosexual – Mujer homosexual
Hombre heterosexual – Mujer heterosexual
Hombre homosexual – Hombre homosexual
Hombre heterosexual – Hombre heterosexual
Hombre heterosexual – Hombre homosexual
Mujer homosexual – Mujer homosexual
Mujer heterosexual – Mujer homosexual
Mujer heterosexual – Mujer heterosexual
Mujer homosexual – Hombre bisexual
Mujer heterosexual – Hombre bisexual
Mujer homosexual – Mujer bisexual
Mujer heterosexual – Mujer bisexual
Mujer bisexual – Mujer bisexual
Hombre homosexual – Hombre bisexual
Hombre heterosexual – Hombre bisexual
Hombre homosexual – Mujer bisexual
Hombre heterosexual – Mujer bisexual
Hombre bisexual – Hombre bisexual
Mujer bisexual – Hombre bisexual

Sin embargo, ninguna de estas relaciones era suficiente para establecer vínculos afectivos y estabilizar una vida de pareja. Para él lo que realmente importaba eran los roles y le resultaba difícil renunciar al suyo. Como hombre asociaba la masculinidad con llegar a casa apestando a licor y un sobre de dinero a final de mes. Pero esto no lo quería para sí. Como mujer aprendió con su madre y ocho hermanas a reír, a llorar, a pensar, a sentir, a amar...pero tampoco había encontrado todavía a la mujer que le amase por ello.

Entre los presentes se encontraba una anciana que le escuchaba con atención. En un momento dado, le preguntó si el resto de sus hermanas se habían casado, a lo que él respondió que sí. Entonces, dijo, el problema no es que nadie le acepte cómo es y le ame por ello, sino que debe ser usted la hermana fea de la familia. La terapeuta intentó moderar la situación comentando que no encontraba feo al hombre, a lo que la anciana añadió: quizás feo no, pero plasta, un rato.

jueves, 11 de junio de 2009

Estatuas de sal

Es complaciente tomar conciencia del dominio de una técnica, percibir que los movimientos asociados a la misma se automatizan y pasan a formar parte de nuestros hábitos de conducta. Algunos aprendizajes de control se producen en edades tan tempranas que se naturalizan y no apreciamos su verdadero valor. Hablo de aptitudes más cercanas al instinto que a la socialización, destrezas que hemos olvidado cómo y cuándo las aprendimos, habilidades que mantenemos latentes pero con capacidad de respuesta cuando un estímulo lo requiere.

Uno de los antídotos para la angustia es el movimiento. Cuando nos movemos el dolor aminora, la ansiedad se rebaja, el miedo se reduce y los nervios se comprimen. Pero este remedio primitivo, por sí solo, ni es definitivo ni soluciona el origen de los problemas. Es el paso del tiempo el que permite al movimiento adquirir una propiedad exponencial en la cura de nuestras inquietudes y preocupaciones, evitando recorridos circulares. En ningún momento asocio movimiento con huir; esto último, en todo caso, es una de las opciones de comportamiento que posibilita la técnica del movimiento.

Esta capacitación para autorregularse (el movimiento) forma parte de las habilidades naturalizadas y apenas nos planteamos su uso en la práctica; sin embargo, si por alguna razón tomamos conciencia de la misma, la aplicamos y recuperamos la satisfacción de su control y dominio, alcanzaremos a comprender que el que camina es feliz o que a la felicidad se llega caminando.

[Puedes probarlo. Aunque no estés de acuerdo, la teoría no es falsa. Otra cosa es que padezcas el síndrome Looping, síndrome que elimina la propiedad exponencial del tiempo sobre el movimiento; o el síndrome Eleuterio Sánchez, más conocido como el síndrome Lute, camina o revienta.]