viernes, 29 de enero de 2010

Deconstructores de conciencia

Cuando eres directivo y estás inmerso en la filosofía de la mejora continua y el crecimiento sostenible en un periodo de abundancia, tu salario se justifica por tu capacidad de construir negocio y obtener beneficios para la empresa que te mantiene. Sin embargo, en un periodo de recesión, tu función, que no es otra que la de obtener márgenes positivos en la balanza financiera de la compañía, se invierte y pasas a ser un asalariado de la deconstrucción y privación de puestos de trabajo.

Hoy tengo un sentimiento ambivalente, de alegría y tristeza pareja, me toca jugar con los ciclos vitales del personal a mi cargo, con sus cables de marioneta inmediatos que se entrelazan con los míos y procuro no enredar en demasía a golpe de lista de Schindler, pero no resuelvo, la caída del dominó ya ha arrancado y avanza rápido, llegará hasta mi puesto, hasta la blanca doble y luego, la nada, el dorso de la ficha tumbada, porque no hay más ciego que el que no quiere ver.

Por el camino, la inquietud y angustia del personal se resolverá con las medias verdades, con el despotismo que garantiza el cumplimiento de las labores, sacándole punta a su indefensión y conformismo, amortiguando cualquier conato de rebeldía para garantizar la estabilidad y equilibrio del derrumbamiento teledirigido a manos de aburguesados, en ocasiones, con contratos blindados; no es mi caso.

Recuerdo la primera vez que me despidieron, si realmente te dejas la salud en el trabajo, no puedes contener las lágrimas; qué engañado estaba, desde entonces sé que sólo me ata a la empresa un contrato comercial, que no emocional.

Cuando el día de mañana esté con mis compañeros en el puerto del desempleo dándole de comer a las gaviotas, la plusvalía no se acordará de nosotros. Esas mismas gaviotas, cuando no haya pan con que alimentarlas, a la que nos descuidemos, nos arrancarán los ojos a picotazos; lo tengo claro.

viernes, 8 de enero de 2010

No estaba muerto, que estaba de parranda

Cómo reía aquel tipejo en el Registro Civil cuando le comentó al del mostrador que venía a recoger su propio certificado de defunción, se imagina, desapareces un tiempo, los familiares te dan por muerto y pierdes todas tus pertenencias. Su voz era grave pero distendida, castigada y desinhibida por la cazalla, sin embargo, al funcionario de turno la broma no le hizo mucha gracia, las circunstancias le superaban: no sé bien qué debe hacer usted para reinsertarse en la sociedad, le dijo refugiando la cabeza en unos hombros alzados que acabaron rozando las patillas de sus gruesas gafas color verde turquesa. No se preocupe, le contestó el presunto fallecido, no pretendo cambiar mi estado civil, lo que quiero es enmarcar el certificado y colgarlo en la pared de la salita de estar, como yo no tuve nunca orla ni cosas de esas, sabe usted.

Quizás, amparado por la legislación, aquel asalariado gubernamental hubiese podido bloquear el trámite de entrega del documento en cuestión, pero convencido que no podía negarle la última voluntad a un difunto, accedió al asunto y sacó un impreso de solicitud; a la postre, le ayudó: no se moleste, déjeme a mí rellenarlo, tengo sus datos en el ordenador. Cuando tocó confirmar la fecha de nacimiento, el incrédulo funcionario cuestionó la edad del hombre, para haber nacido en el año mil novecientos treinta y dos, aparenta usted ser más joven de 50; a lo que el interesado contestó poniéndose por primera vez serio en toda la conversación, no le quito razón, joven, se equivoca; fíjese bien en los datos del informe, no es el año mil novecientos sino mil ochocientos treinta y dos.

martes, 5 de enero de 2010

Aunque el gusano de seda se vista de seda

Me entretiene saber que las pulsaciones no son lineales y mi corazón late en desarmonía, acabose aquí el aburrimiento de un cardiópata; ahora, ¿qué mejor taquicardia que perderse en el riego sanguíneo de una hemorragia?

La metáfora es la figura literaria por excelencia, el recurso esencial de todo literato, más si su relato es corto. Sin este tipo de adorno, la mayoría de escritos quedarían huérfanos de arte. Sin embargo, en su excelencia también reside su fracaso, pues un adorno demasiado opaco acaba siendo entendido sólo por el que lo expuso y los demás se resignan al rechazo de una lectura ininteligible, aunque las palabras suenen a dulce de miel y guste el ritmo de la gramática.

Adoro la metáfora, me descubro ante el disfraz nominal de lo rutinario, aunque no se me entienda, no es mi objetivo profesionalizar mis palabras, sino cubrirlas de un molde artificial para que las perfile después quien las esculpa bajo un principio de lectura abierta.

Sin embargo, he de reconocer que yo tampoco leo con Google para descifrar los entramados que escribe la gente y es difícil entender textos enmarañados de alusiones que apetecen interesantes y acaban pedantes. Consciente, me pierdo en una pretensión de escribir mejor, plano y que se comprenda, pese a que mis metáforas tampoco son rebuscadas, pero la sencillez se debe perder en las arrugas de una materia gris cohibida, porque no consigo expresarme como quisiera y acabo escribiendo como siempre, confuso.