domingo, 29 de agosto de 2010

TABAC original y AMOR AMOR de cacharel

De los cinco sentidos que tienen el ser humano quizás uno de los menos valorados sea el olfato. Puestos a perder uno, en una encuesta sería de los más votados. Perder el sentido de la vista es una catástrofe; el del oído, una tragedia; el del tacto, una calamidad; el del gusto, un riesgo de grado menor para la salud si comemos alimentos en mal estado; y el del olfato, una circunstancia.

Sin embargo, la nostalgia de mis recuerdos se nutre de olores, prudentes, casi desapercibidos, pero que están latentes para en el momento oportuno devolverme a un pasado más real, más presente. Cuando intento recordar a alguien y cierro los ojos, la mayoría de imágenes que me vienen a la cabeza son antiguas fotografías, pocas veces mi caja negra desvela una mirada que tuve en tiempo real, sino es reciente, por esta razón adoro los olores, hacen que el recuerdo sea presente y no pasado. Este tributo al olfato lo descubrí en uno de esos arranques que te despierta la voluntad de renovarte, de deshacerte de antiguos recuerdos que guardas como objetos de coleccionista, de cambio porque tu espíritu lo necesita, tu psíque lo reclama a voces y el pasado, te enquista; y entonces, pones patas arriba tu habitación, te cortas el pelo y ya sólo te apetece vestir con esa ropa nueva que hace poco te compraste. En este arranque encontré un pote de after shave de mi padre y un pequeño recipiente de perfume de mi ex pareja, su olor me los devolvió tal y cómo yo los amaba, en su esencia más idealizada, como si me fuese a girar y allí me los encontrara diciéndome estamos aquí contigo, porque nunca nos hemos ido, porque no queremos que se pierda en ti nuestro recuerdo.

Mi ex pareja vive, aún nos vemos para hablar de nuestras cosas, no deja de ser especial pero ya no es la persona que recuerdo cuando huelo a Cacharel. Mi padre, ya difunto, resucita de vez en cuando y sigue siendo el mismo que fue gracias a su eterna fragancia y el instinto primario de la memoria olfativa.

martes, 10 de agosto de 2010

El narcisismo de las pequeñas diferencias

En el tren, una joven con escote vertiginoso se sienta delante y se pone a estudiar unos apuntes. En una intersección ocular pasillo-ventana, aprecio un lunar de considerable dimensión en su canalillo, no me atrevo a fijar la mirada pero la primera impresión que tengo es que es uno de esos pechos bien puestos que son profanados por una antiestética acumulación de melanina. Me llama la atención que la joven vista camisa y lleve los botones de la pechera desabrochados, es evidente que no le molesta enseñar su enorme peca. Hago un segundo repaso, esta vez ventana-pasillo, confirmo la mancha y elucubro, admiro la valentía de la joven por desafiar las vanidades de nuestros cánones de belleza. Me planteo si será de nacimiento o no, hago un tercer repaso pasillo-ventana-pasillo, más lento, realmente tiene el pecho bonito, tanto que el lunar no rompe su atractivo, me gusta y, perdida la vergüenza, acabo fijando la mirada en su prominente delantera mientras ella sigue inmersa en la lectura. Por fortuna, mi descaro tuvo su recompensa y pude corregir el falso criterio de los primeros repasos visuales, la peca no era tal peca, sino una areola rugosa y oscura coronada por un pequeño pezón seco y retorcido.

Esto me hizo pensar en mi amiga A. P., amiga que hace años perdió un seno por cáncer de mama y no pudieron recomponerlo con cirugía plástica. Desde entonces, A. P. ha renunciado a los clásicos rellenos de sujetador y prefiere no ocultar su fisonomía. Haber superado un cáncer no le acompleja, sino todo lo contrario, se siente afortunada por ello. Con esta actitud positiva, A. P. se pagó una mamoplastia de aumento en su otro seno, eligiendo una de esas prótesis que respetan la forma natural del pecho. El resultado, una mama perfecta. Nunca me la ha enseñado desnuda, pero cuando A. P. viste camiseta ajustada, mientras disimula su parte del pecho perdido con un pañuelo que le cae del cuello, su otro medio pecho aumentado presiona la tela de la camiseta y dibuja una curvatura preciosa, firme, que imanta la vista.
A. P. sabe que su seno supremo es una prominencia exquisita, tanto para hombres como para mujeres, y su seno deprimido, un milagro. Ambos, a su manera, los luce con orgullo.

viernes, 30 de julio de 2010

¿Quieres no salir conmigo?

Esta noche he tenido un mal sueño, estaba con mi pareja en una casa desconocida, cuyo anfitrión era mi compañero de piso, pero ella desapareció y no sabía si su presencia había sido real o imaginada, así que empecé a pensar que sufría brotes de amnesia, hasta que mi compañero y mi pareja, de nuevo presentes, me desvelaron que me estaban gastando una broma; entonces, enfadado, me marché mientras ellos se sentaron a cenar en una mesa cuadrada de enormes dimensiones en la que compartían plato con amigos de ambos no comunes.

Este sueño no es fortuito, es fruto de una preocupación, un conflicto menor que no acabo de gestionar correctamente y se resumen en: mi pareja prefiere salir de fiesta con sus amigos que conmigo. Es cierto que tengo preocupaciones mayores, pero hasta la noche de ayer, estas últimas, a diferencia de la primera, no han alcanzado la magnitud de pesadilla.
Es difícil explicar cómo he llegado hasta este punto, pero desde que alcancé la conclusión, la realidad se ha convertido en un bucle que se retroalimenta, un maldito círculo vicioso. Mi desilusión hace que salir conmigo sea cada vez más aburrido y salir con sus amigos una agradable válvula de escape para ella.

En alguna ocasión hemos abordado el tema, pero la conversación ha concluido en perjuicio para los dos, en un desastre, una derrota compartida, que en mi caso, va minando poco a poco mi autoestima porque calladito y prudente sabía que era, pero soso, soso no.

Ayer era jueves, ella había firmado un nuevo contrato por el que trabajará tres fines de semana al mes, cotizando doce horas diurnas cada sábado y domingo trabajado. Mientras cenábamos me comentó que apenas podría salir con los nuevos horarios, quizás a tomar una copita rápida la noche del viernes o el sábado. Tenía que madrugar al día siguiente y dijo que pretendía acostarse temprano, le esperaban otras doce horas de jornada hoy viernes. Cuando acabamos de cenar, le propuse hacer una copa prometiéndole que volveríamos pronto a casa. No hubo manera. En el local de destino había un espectáculo gratuito que busqué a su gusto, pero a ella no pareció importarle. Al final, descarté el último brindis y del restaurante, dando un corto paseo, a petición suya nos fuimos a dormir. Antes de entrar al portal, me comentó que saldría los jueves de fiesta con su mejor amiga aprovechando que ésta estaba de vacaciones y su novio no.

Yo hice cuentas con los dedos, pero no me salieron. Los antecedentes de plantón, peor encajados, supusieron ese característico ardor de pecho entre la rabia del enfado y la pena, además de hacerme sentir mal conmigo mismo por parecer una novio celoso o dominante, pero el desplante de ayer nada más lejos, sólo vacío, vacío porque para mí sí es importante salir con mi chica y compartir la noche, pero ella parece sólo estar dispuesta a compartir las veladas aburridas. La pesadilla de ayer constata que no es fácil llenar ese vacío, aunque en horas de vigilia sea consciente que soy una persona afortunada por tener un sueldo y no estar enfermo.

martes, 13 de abril de 2010

El último grifo con agua

Capítulo 1: La gota.

P.1: ¿Excede ese cubo de 2.800 cm3?
P.2: Es la primera vez que lo utilizo, me hicieron un agujero en el mío.
P.1: No sirve.
P.2: Es lo único que he podido encontrar.
P.1: Vuelve otro día.
P.2: Pero…llevo tres días sin agua.
P.1: Busca un recipiente que respete las medidas y vuelve…

-…-

Capíulo 2: Hidrógeno (2)

P.3: Deberías cuidar más tus pertenencias.
P.2: Estoy cansado de este servilismo.
P.3: Al menos tú no soportas el peso de una familia.
P.2: Tonterías, todos tenemos nuestras propias necesidades.
P.3: Puedo compartir mi agua contigo.
P.2: Esto tiene que acabar, tenemos que sublevarnos.
P.3: ¿Qué estás diciendo?
P.2: Tenemos que reventar este sistema, tenemos que apoderarnos de ese grifo y repartir el agua libremente entre todos.

-…-

Capítulo 3: Oxigeno

P.4: ¡Fuego! ¡Fuego!
P.1: ¿Qué ocurre? ¿Cuál es la alarma?
P.3: Se está quemando el hangar de los telares. ¡Necesitamos agua para apagar el fuego!
P.1: ¡Quietos, los telares no son un recurso de primera necesidad!
P.3: ¡Necesitamos agua! ¡Agua! ¡Agua!
P.1: Atrás, no sigáis avanzando.
P.2: Apartaos, ¡a muerte!
P.1: ¡Motín! ¡Motín!

-…-

Capítulo 4: Oxígeno (2): oxigenada

P.1: No aguantarán tres días sin beber.
P.5: Es posible que hayan acumulado algo de agua durante estos días.
P.1: Seguro que no la suficiente, nosotros podemos resistir más en ayuno.
(…)
P.3: Debemos hacer que salgan de ahí, están enrocados.
P.2: No tienen comida, pronto se rendirán.
P.3: Pero nosotros necesitamos agua, ¡necesitamos beber!, ¡ellos tienen el agua!
P.2: Pues quitémosela. Vayamos a las grietas del Norte y envenenemos el agua. Cuando no tengan qué beber, se rendirán.
P.3: ¿Estás loco? ¿Qué beberemos, entonces?
P.2: El efecto del veneno durará cinco días, es suficiente, mientras podemos aguantar el alzamiento si racionalizamos nuestras reservas. Ellos no habrán caído en esa precaución.
P.3: Quizás tengas razón.

-…-

Crónicas del último grifo del planeta con agua potable:

La noche de autos, los rebeldes envenenaron las aguas de El Último Río por las grietas del Norte.

Los guardianes del grifo se rindieron y cedieron el poder al grupo insurgente de Neil (P.2).

Los nuevos líderes impusieron un precio al agua que debía pagarse con otros bienes materiales u otros abusos de tipo personal.

El día que envenenaron el río, Neil descubrió en las grietas un acceso secreto a las aguas de un torrente anexo, un afluente que no quedó contaminado por el veneno. Él y su grupo rebelde beben el agua de ese torrente.

Meses después, el agua que se recoge del grifo sigue parcialmente envenenada.

martes, 6 de abril de 2010

H2O: (Las cadenas genéticas o el enigma del gemelo recién nacido robado)

Desde hace tiempo me vengo planteando escribir sobre las cadenas genéticas idénticas, no con rigor científico, obviamente, pero sí como fenómeno casual y anecdótico que puede estar produciéndose en nuestra especie.

Así como existe la teoría de los que piensan que nuestra mente funciona como un ordenador, corriente epistemológica que nos eleva a la categoría de procesadores de carne y hueso, existe también el convencimiento que nuestro hardware se construye a parir de un diseño particular de genes y, puesto que las piezas son de lectura universal, éste se puede repetir, argumento que nos capacita para alcanzar un paso evolutivo más y acabar de aceptar nuestra condición de androides en lugar de vulgares homo sapiens.

Decía Heráclito en el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos, y la ciencia con el paso de los siglos le ha dado la razón, aunque el envejecimiento es el causante de ese no somos, nuestra verdad genética, la cadena que estructura nuestro diseño, es la responsable de un somos cada vez más evidente.

Es cierto que nunca he avistado dos individuos de cadena genética idéntica que no sean gemelos, pero sí a varios sujetos sin parentesco alguno con un alto porcentaje de coincidencia en rasgos físicos. La primera vez fue viendo un partido de baloncesto femenino, un compañero me dijo: oye, ¿no es esa tu novia?, y, ciertamente, lo hubiera sido de no ser porque su pelo sin tintar era pelirrojo y no moreno. En otra ocasión el que llamó mi atención fue el clon de un amigo casado y con dos hijas que sorprendí flirteando con una rubia cerca del portal de su casa, la del amigo, no la del clon, es decir, sembrando la duda en el vecindario; suerte que este adonis hablaba en alemán, cosa que su calcomanía catalana ni por asomo, despejando mis dudas sobre la posible fidelidad quebradiza de mi amigo.

Pero estas anécdotas no tendrían importancia si no hubiese experimentado esta coincidencia conmigo mismo. Es posible que nos cueste apreciar diferencias entre otras personas con ciertos parecidos razonables, pero yo con mi propio yo qué duda cabe. Pues así fue, en un concierto, acercándome al escenario y observando como la gente se giraba para mirarme. Lo primero que piensas es que llevas la cara manchada de grasa o que al salir del servicio te has enganchado el papel higiénico al subirte los pantalones y lo llevas colgando, pero no; luego descubrí que entre los músicos, como una aparición, mi torso desnudo, mi melena suelta, mi arqueada lumbalgia por la lordosis y, como no, mi cara de siempre, allí estaban, como un calco, una segunda gota de agua, y pienso, ese, ese del bajo podría haber sido yo.

lunes, 29 de marzo de 2010

Concesiones con f

Concesiones, la vida social es un cúmulo de concesiones, unas veces regladas con leyes escritas, otras con costumbres morales o normas culturales, pero todas ellas concesiones, concesiones y concesiones, que nos privan de libertad individual y hacen prevalecer la de los demás.

Una de mis últimas inquietudes es satisfacer mi voluntad personal, no estar pendiente de mi entorno y potenciar un egoísmo altruista conmigo mismo, pero me cuesta, me cuesta liberarme de influencias como mis experiencias pasadas, mis recuerdos angostos, la educación recibida y la identidad construida en mi desarrollo personal.

En ocasiones pienso que soy esclavo de los miedos, me enfrento a ellos, los supero y luego me regocijo de mi gran plasticidad cognitiva o capacidad de adaptación, pero siempre queda algo, un qué, un porqué, una inexplicable necesidad de seguir sintiendo miedo para seguir superándome y mantener el pensamiento en el límite del razonamiento obsesivo; no pienses tanto, te dicen, pero lo cierto es que tanto no pienso, más bien siento; y entre mis sentimientos, me supera la idea de que nada en mi existencia se sostendría si no fuese por las concesiones.

Esta idea entre ceder o rebelarme me mantiene en un estado de agitación constante, una tensión personal no resuelta que acondiciona mi felicidad y fragmenta la estabilidad de mis emociones; me hace ser consciente de que puedo hacer lo que se me antoje, pero sigo perteneciendo a un sistema de ciclos vitales interdependientes que no se afrontar en soledad.

viernes, 19 de febrero de 2010

Círculos viciosos (Memorias apócrifas de un inodoro viciado)

La negación sobre uno mismo no es un buen ejercicio de autoayuda, ciega y no permite solucionar posibles irregularidades de identidad. Hace tiempo que repito a los demás insistentemente que no soy una persona insegura, sin embargo, si me lo digo a mi mismo mirándome a un espejo, la imagen se transforma y el espejito espejito me susurra con voz ronca: dime de qué presumes y te diré de qué careces.
En parte, en estas circunstancias, utilizar la negación en lugar de la afirmación, soy una persona segura, ya arroja ciertas dudas, excepto para los amantes de la pragmática, que lo tendrían bien claro desde un principio.

Pienso que niego la inseguridad porque en mi burbuja controlo todos los sentimientos que me produce el entorno, pero he detectado que si comparto mi espacio íntimo se desestabiliza mi seguridad y reclamo constantemente a la otra persona que ratifique sus emociones sentimentales hacía mí, algo bastante agotador y desquiciante para ambas partes; sin querer plantas la semilla de la incertidumbre en tu relación y se activan todas las alarmas.

En un intento de sincerarme conmigo mismo, y quebrar mi identidad virtual para aceptar la inseguridad como parte de mi personalidad, busqué los motivos de esta anormalidad funcional, y digo anormalidad porque yo no quiero comportarme así con mi pareja, encontrando alguna vaga razón en el desapego que me causó la muerte de mi madre.

Es difícil entender la muerte a ciertas edades, que te abandonen las personas que deberían jurarte amor incondicional; si estas fallan, que puedes esperar de las otras. Pero no es justo hacer este tipo de proyección sobre los demás, no dejan de ser barreras personales para protegerse del dolor de las separaciones, de las rupturas, del aquí se acabó porque has de aceptar que nada es eterno, sino etéreo.

El tiempo y la experiencia deberían llevarme a la autocorrección. El presente que no se disfruta es pasado perdido, y aún queda mucho que compartir.

viernes, 29 de enero de 2010

Deconstructores de conciencia

Cuando eres directivo y estás inmerso en la filosofía de la mejora continua y el crecimiento sostenible en un periodo de abundancia, tu salario se justifica por tu capacidad de construir negocio y obtener beneficios para la empresa que te mantiene. Sin embargo, en un periodo de recesión, tu función, que no es otra que la de obtener márgenes positivos en la balanza financiera de la compañía, se invierte y pasas a ser un asalariado de la deconstrucción y privación de puestos de trabajo.

Hoy tengo un sentimiento ambivalente, de alegría y tristeza pareja, me toca jugar con los ciclos vitales del personal a mi cargo, con sus cables de marioneta inmediatos que se entrelazan con los míos y procuro no enredar en demasía a golpe de lista de Schindler, pero no resuelvo, la caída del dominó ya ha arrancado y avanza rápido, llegará hasta mi puesto, hasta la blanca doble y luego, la nada, el dorso de la ficha tumbada, porque no hay más ciego que el que no quiere ver.

Por el camino, la inquietud y angustia del personal se resolverá con las medias verdades, con el despotismo que garantiza el cumplimiento de las labores, sacándole punta a su indefensión y conformismo, amortiguando cualquier conato de rebeldía para garantizar la estabilidad y equilibrio del derrumbamiento teledirigido a manos de aburguesados, en ocasiones, con contratos blindados; no es mi caso.

Recuerdo la primera vez que me despidieron, si realmente te dejas la salud en el trabajo, no puedes contener las lágrimas; qué engañado estaba, desde entonces sé que sólo me ata a la empresa un contrato comercial, que no emocional.

Cuando el día de mañana esté con mis compañeros en el puerto del desempleo dándole de comer a las gaviotas, la plusvalía no se acordará de nosotros. Esas mismas gaviotas, cuando no haya pan con que alimentarlas, a la que nos descuidemos, nos arrancarán los ojos a picotazos; lo tengo claro.

viernes, 8 de enero de 2010

No estaba muerto, que estaba de parranda

Cómo reía aquel tipejo en el Registro Civil cuando le comentó al del mostrador que venía a recoger su propio certificado de defunción, se imagina, desapareces un tiempo, los familiares te dan por muerto y pierdes todas tus pertenencias. Su voz era grave pero distendida, castigada y desinhibida por la cazalla, sin embargo, al funcionario de turno la broma no le hizo mucha gracia, las circunstancias le superaban: no sé bien qué debe hacer usted para reinsertarse en la sociedad, le dijo refugiando la cabeza en unos hombros alzados que acabaron rozando las patillas de sus gruesas gafas color verde turquesa. No se preocupe, le contestó el presunto fallecido, no pretendo cambiar mi estado civil, lo que quiero es enmarcar el certificado y colgarlo en la pared de la salita de estar, como yo no tuve nunca orla ni cosas de esas, sabe usted.

Quizás, amparado por la legislación, aquel asalariado gubernamental hubiese podido bloquear el trámite de entrega del documento en cuestión, pero convencido que no podía negarle la última voluntad a un difunto, accedió al asunto y sacó un impreso de solicitud; a la postre, le ayudó: no se moleste, déjeme a mí rellenarlo, tengo sus datos en el ordenador. Cuando tocó confirmar la fecha de nacimiento, el incrédulo funcionario cuestionó la edad del hombre, para haber nacido en el año mil novecientos treinta y dos, aparenta usted ser más joven de 50; a lo que el interesado contestó poniéndose por primera vez serio en toda la conversación, no le quito razón, joven, se equivoca; fíjese bien en los datos del informe, no es el año mil novecientos sino mil ochocientos treinta y dos.

martes, 5 de enero de 2010

Aunque el gusano de seda se vista de seda

Me entretiene saber que las pulsaciones no son lineales y mi corazón late en desarmonía, acabose aquí el aburrimiento de un cardiópata; ahora, ¿qué mejor taquicardia que perderse en el riego sanguíneo de una hemorragia?

La metáfora es la figura literaria por excelencia, el recurso esencial de todo literato, más si su relato es corto. Sin este tipo de adorno, la mayoría de escritos quedarían huérfanos de arte. Sin embargo, en su excelencia también reside su fracaso, pues un adorno demasiado opaco acaba siendo entendido sólo por el que lo expuso y los demás se resignan al rechazo de una lectura ininteligible, aunque las palabras suenen a dulce de miel y guste el ritmo de la gramática.

Adoro la metáfora, me descubro ante el disfraz nominal de lo rutinario, aunque no se me entienda, no es mi objetivo profesionalizar mis palabras, sino cubrirlas de un molde artificial para que las perfile después quien las esculpa bajo un principio de lectura abierta.

Sin embargo, he de reconocer que yo tampoco leo con Google para descifrar los entramados que escribe la gente y es difícil entender textos enmarañados de alusiones que apetecen interesantes y acaban pedantes. Consciente, me pierdo en una pretensión de escribir mejor, plano y que se comprenda, pese a que mis metáforas tampoco son rebuscadas, pero la sencillez se debe perder en las arrugas de una materia gris cohibida, porque no consigo expresarme como quisiera y acabo escribiendo como siempre, confuso.