viernes, 31 de julio de 2009

A contrarreloj

Desde que Alberto Contador viste de amarillo en el Tour de Francia, cuando pago con tarjeta de crédito en algún establecimiento ya no me preguntan qué significa el apellido contador, sino si soy pariente de este reconocido ciclista. Antes, dispuesto a resolver una inquietud instructiva contestaba, sí, es como el contador del agua, y ahora, molesto por esta intromisión en mi vida privada respondo, claro, primo tercero, pero no le conozco.

El origen del apellido, sin embargo, no se debe a ninguna maquinita que controle nuestro consumo casero de limonadas, sopas, lavadoras y duchas, entre otras necesidades básicas, sino que se remonta a la época de los visigodos, antes de su expansión por territorio europeo y la conquista de las provincias romanas occidentales.
Los clanes visigodos, bravos y nómadas por naturaleza, en épocas de escasez no mantenían buenas relaciones entre sí, enzarzándose en continuas batallas locales que terminaban frecuentemente con el exterminio de los asentamientos fronterizos. Asediados por los fríos inviernos germánicos y la escasez de comida, las armas fueron su bastión de supervivencia. En estas dinámicas bélicas apareció la figura del contador, niños menores de cinco años que sobrevivían a los sangrientos enfrentamientos, indultados y formados para rendir vasallaje al jefe del clan enemigo el resto de sus días. Estos niños, alimentados de manera insuficiente, con un estado de ansiedad constante y carentes de afectividad, padecían un crecimiento precario causado por la falta de oxígeno y nutrientes en el conjunto de su organismo. Tales deficiencias, en su desarrollo natural, les producían deformaciones físicas poco agradables de contemplar, sus caras eran arrugadas y abultadas, sus extremidades se retorcían y sus cuerpos se encorvaban impidiéndoles caminar con normalidad. Todo ello hacía que fueran repudiados por el resto del poblado, se les asignaran tareas que nadie quería hacer y vivieran apartados en compañía de varios perros con el cometido de alertar a los guerreros cuando un clan enemigo se aproximaba.

Pero centrémonos en el origen del nombre en sí, ¿por qué se les conocía como contador? Entre sus ocupaciones, estos sujetos se encargaban de rastrear y limpiar la zona de combate en las batallas que duraban más de un día durante los tiempos intermedios, entre escaramuza y escaramuza. Los contadores tenían la función de retirar los cadáveres de su clan y procurar contar el número de enemigos abatidos mientras su contador homólogo hacía lo propio para el clan contrario. El conteo de víctimas resultaba ser crucial para definir las estrategias de ataque o motivar a los exhaustos guerreros en momentos decisivos.
Por fortuna para los contadores, las supersticiones y creencias esotéricas de los visigodos impidieron que fueran objetivo de sus encarnizadas armas. Matar a un contador proveía de mala fortuna y auguraba la desaparición del clan. Los clanes vencedores, si no perdonaban la vida de sus enemigos rindiéndolos en vasallaje, abandonaban a los contadores en el poblado devastado para que diesen sepultura a los muertos y vigilasen sus tumbas.

Con la llegada de los visigodos a la península ibérica esta figura se extendió por todo el territorio y se implantó como un oficio, pero éste dejó de ser reconocido cuando la inquisición, en la baja edad media, lo asoció a prácticas de culto demoniaco y prohibió su ejercicio. Algunos cambiaron de apellido y de gremio, otros, lo mantuvieron y se dedicaron al ciclismo.

jueves, 30 de julio de 2009

La conciencia residual

Esta mañana me he cruzado con una gitana rumana que removía bolsas en un contenedor de basura con una mano mientras portaba a un niño de dos años en su otro brazo y abría la tapa del contenedor pulsando el pedal de palanca con el pie. Me he acercado y le he preguntado si quería que le sujetase al niño. Ella, asintiendo con la cabeza, me lo ha entregado, me ha señalado el pedal del contenedor para que yo lo pisara y ha continuado buscando entre los restos de basura.
El crío se me ha quedado mirando, su piel morena disimulaba la suciedad de su carita llena de mocos. Sus pequeñas manos han comenzado a tocar mis mejillas con suaves golpecitos, descubriéndome como me descubriría un ciego, repentinamente ha pronunciado un papá extraño y me ha robado una sonrisa.

Cuando la mujer terminó de repasar el contenedor, cogió al niño por las axilas y, girándolo, volvió a recostarlo contra su pecho. Por un momento pensé que me pediría dinero, fiel a mi mentalidad egocéntrica de clase media acomodada, pero no, la joven gitana continuó su marcha con un paso tranquilo que parecía no tener destino. En ese instante, volví a ser consciente del ruido de la calle, sordo porque la escena había captado toda mi atención, y me percaté que mi pie seguía presionando el pedal del contenedor y que mantenía su tapa abierta.

En el trabajo le he explicado la anécdota a un compañero. Éste me ha preguntado de manera retórica ¿qué buena gente eres, no?, sin embargo, no hice nada que mejorase la situación de aquella familia rumana, tan sólo les facilité su tarea de buscar entre las basuras, manteniendo cada uno de nuestros estatus con una implicación tan superficial, con ese distanciamiento en segundo plano que forma ya parte de nuestra cultura contemporánea.

lunes, 27 de julio de 2009

La segunda carta

[Los que ya me conocen y siguen este blog saben que significa este corchete, cierto, una nueva entrada de contenido personal. Debo excusarme ante aquellas personas a las que todavía no he dedicado ninguna línea y ocupan un lugar importante en mi vida. Decir sus nombres sería arriesgado, porque siempre puede quedarse alguno en el olvido, pero eso no exime de recordarles el amor que siento por ellos. En esta ocasión, sin embargo, de nuevo repito patrones de conducta y dedico la siguiente entrada a la mujer que desde hace unas semanas precipitó un cambio importante en mi pequeño universo, ella es Anna, sí, Anna con nombre propio.]

Millennium: El hombre que no supo amar a las mujeres

Hace una eternidad Anna despertó mis primeros sentimientos puros hacia una mujer y me hizo saber lo que no quería, ahora, veinte años después, aparece de nuevo para rescatarme por segunda vez y hacerme entender qué es lo que realmente quiero.

Las casualidades existen, pero son caprichosas. En estos últimos meses me hizo sentir en este blog como un cisne en Genéricos especiales, me despertó de mi letargo en Pandora y me hizo escribir el poema en prosa más bello que tengo en Ardvi Sura (Incontaminable), espero que este último de alguna manera lo conserve como un grato recuerdo, aunque sea difícil de entender, como difícil de entender es la complejidad de mi comportamiento.

En mi breve experiencia con el sexo opuesto nunca tuve la iniciativa, más bien mantuve pautas poco masculinas. Existen algunas razones, que ahora trato en terapia gracias a mi reencuentro con ella, que por algún motivo me hacen huir de las mujeres que me producen sentimientos románticos. Este peculiar y corto bagaje amoroso supone que no estoy acostumbrado a actuar y que no sé enfrentarme al rechazo. Por primera vez estoy contento de haberlo hecho, de dar el paso con la persona adecuada, de avanzar en un retraso emocional que mantengo inmaduro y de enfrentarme a mis bloqueos sexuales.

Es cierto que en mi pequeña andadura con Anna no me liberé de todas mis cadenas, no es sencillo modificar estructuras que me han servido para sobrevivir durante tanto tiempo en condiciones psíquicas adversas, pero esta vez tengo la tranquilidad de haberlo intentado, de luchar por ello, de arriesgarme para encontrar un sí o un no, que resultó ser un no, y aprender del resultado. En este sentido, ella es como mi media naranja mecánica.

Anna se despide y se aleja, es lo correcto, en cierta manera yo habría hecho lo mismo en su lugar, pero no por ello dejará de ser especial, esta vez sin idealizaciones. Pero no puedo ser embustero y cargarle toda la responsabilidad o mérito de mi resurrección en este último pasaje novelesco. Existen también otras razones que hace unos pocos años comenzaron a desestabilizar el control de mi cuadriculada realidad y arrancaron esta voluntad de cambio que quedó en desahucio tras mi última ruptura de pareja. Éstas, si la ocasión lo requiere, ya las comentaré en otro momento.

Es posible que ella lea estas líneas, me preguntó si yo estaría bien tras su negativa, una inquietud que le honra más, si cabe. Todavía no soy tan frágil como parezco, aunque esté aprendiendo a no tener miedo a romperme y comience a conducir sin cinturón de seguridad. Sí, estoy y estaré bien, lo digo con cariño, todo esto que ha pasado resulta positivo para mí y me refuerza para no paralizarme. Aunque esté algo centrado en mis carencias afectivas, sé que no son un problema real y que algún día compartiré la alegría y sencillez de mis emociones latentes.

miércoles, 22 de julio de 2009

Ardvi Sura (incontaminable)

En este andar pausado y rezagado no apagué los pozos incendiados de Basora, no busqué tu mirada en los escombros de Düzce ni sentí tu complicidad en la media luna roja de Ramallah. En mis vigilias perdí la plegaria en pleno peregrinaje, me enrolé en las guerras médicas para asediarte y comprendí que en las almenas de Troya no había arquero sin el punto de mira en mi estandarte. No contento, solicito a las cariátides que se alcen para romper sus ornamentados arquitrabes, me reembarco a Venus y me injerto escamas de escualo en los mares de Gattaca para acompañarte.

La providencia de Delfos nos augura cielo despejado y orientación norte, lamasus de enormes proporciones aguardarán nuestra llegada y el emperador, arrodillado, nos preguntará nuestros nombres. El mío por un momento se me había olvidado, suerte que sin pedírtelo tú lo pronunciaste.

lunes, 20 de julio de 2009

La ciudad imantada

Con el paso de los años me he percatado que a medida que amplio mi círculo social más fácil es coincidir con un conocido por la calle. Rara es la ocasión que vagando por Barcelona no me cruzo con una cara amiga y articulo palabra. En una de éstas, como curiosidad, me propuse extender el punto de encuentro con las personas que me encontraba y las acompañé parcialmente en su itinerario con la intención de mantener una conversación sin prisas. Ese día, desde las seis de la tarde hasta pasada la medianoche, estuve deambulando de diálogo en diálogo y por un momento pensé, a cien metros de mi casa después del quinto intento, espero no cruzarme con nadie más hoy.

Sin embargo, esta realidad no es una regla de tres. Unos segundos o unos pocos metros de distancia pueden separarte de ese encuentro y te enteras después por las redes sociales telemáticas que menganito y fulanito hicieron acto de presencia en el mismo evento que tú. Entonces les dices, eh, yo también estaba ahí, pero las sensaciones son diferentes. El encuentro virtual es más frío. Esto también ocurre con tus vecinos. Es posible que no les veas en años si tus horarios difieren, pero si les dejas una nota en la puerta como por las noches tienes el volumen del televisor muy alto, algunos ni te responden, pero los que lo hacen tampoco es con la misma cordialidad que si coincides con ellos en el ascensor, aflorando esa misma frialdad que caracteriza los contactos por Internet.

Uno de mis profesores de dibujo nos aconsejaba que caminásemos por la vida con los ojos bien abiertos. La realidad, decía, es mucho más rica que la ficción, de hecho, es la fuente de inspiración de toda composición artística, aunque la adornes con retoques de ciencia-ficción. Él no era partidario de leer en los transportes públicos o llevar reproductores de mp3 a cualquier hora. Aunque no comparto íntegramente esta idea, la respeto, porque no todos tenemos que ser observadores, también deben existir los observados, y cambiarnos los papeles de vez en cuando.

Considero que este universo no es más que un infinito de interacciones.

Luego está que en una de éstas llega alguien y te dice me suenas, pero no sabe de qué y tú, asustado, no abres boca. Te planteas, será un antiguo compañero del colegio al que le sacudí en la cara, tendré doble personalidad y habré estado en la cárcel, dios mío, qué hice esa noche en la que bebí tanto, pero no, no es nada de eso y él te pregunta: ¿Tú no hacías de extra en Barrio Sésamo, payaso? Pues resulta que tampoco, pero visto que han pasado los añitos y me saca dos cuerpos, no es de extrañar que nos conozcamos de algo y seamos amigos.

domingo, 19 de julio de 2009

Bonus track

Esperando el metro en el andén tatareaba la versión que el grupo Manel ha compuesto del tema Common people de Pulp. Al llegar el convoy y subir arrastrado por la inercia de las migraciones subterráneas, mi cara ha quedado pegada a la de una anciana que hablaba por teléfono móvil. Le comentaba a un tal Manel que las preguntas de una encuesta realizadas por otro tal Manel no eran válidas. Y entre Manel y Manel, la gente se la miraba y ella no se percataba, con sus ojos mal pintados y sus labios arrugados, que yo le susurraba al oído vull dormir amb gent normal con tu, vull dormir amb gent normal com tu.

viernes, 17 de julio de 2009

Pienso luego no existo

El cerebro humano es como una lavadora, en ocasiones se pierde en un prelavado para después hacer un ciclo largo, pero en otras no se complica y realiza un lavado corto. Sin embargo, ya sea en frío o caliente, no hay programa que se precie que no centrifugue.

La conciencia, entre otras cosas, es esa voz que controlamos en nuestro interior y se aleja de la esquizofrenia, la capacidad de racionalizar los problemas y buscarle soluciones, la inquietud que nos hace preguntar por las razones, la singularidad que nos diferencia de los animales y del resto de pensamientos humanos.

Pero esta capacidad, oscilante entre la aptitud y la actitud, posee un defecto de serie. Podemos pensar que entendemos algo a la perfección pero después no saber transmitirlo en un discurso hablado o escrito. Si esto sucede es porque no tenemos el conocimiento tan bien estructurado como pensamos, necesita más reflexión y eureka.

En nuestra cultura popular se diferencian tres maneras de pensar: con la cabeza, con el corazón y con el aparato reproductor. Algunos incluyen una cuarta y quinta opción, bastante parejas pero no homólogas, tan sólo diré que ambas se encuentran en las extremidades de las piernas, valga la redundancia. El orden de enunciación tampoco es casual y coincide con el grado de comprensión que alcanzamos de nuestros propios raciocinios.

En mi opinión, ninguna de las opciones es mala y cualquiera de ellas te puede inducir al ensayo y error, a la posibilidad de aprender y ser persona. No todo pensamiento tiene que acabar en cultura, pero sí debería aportar un saber válido y potencialmente aprovechable, claro está, si no atenta contra la libertad de terceros, ya sean animados o inanimados.

Por otro lado, en mi (uni)personal experiencia puedo decir que la cabeza ha dominado prácticamente la totalidad de mis decisiones, aunque visto algunos resultados debería ser objetivo y decir que en más de una ocasión fueron las neuronas de la extremidad superior (posterior) de mis piernas las que trabajaron los impulsos nerviosos que me indujeron a decidir. En fin, no se puede ser tan racional y soy consciente, no porque me lo haya dicho la voz del pensamiento, sino porque hace tiempo que me lo dice el corazón.

Quebrantar las estructuras internas, los hábitos, los miedos, las seguridades e inseguridades, no es fácil. Sentirse frágil no es agradable. Pero este romperse día a día es más reconfortable de lo que pensaba y si mi instinto lo reclama, será porque sabe que es lo mejor para mí y para la gente que me rodea.

miércoles, 15 de julio de 2009

El efecto mariposa

Esta mañana me he levantado con el pie derecho y me apetece escribir algo alegre porque hace un sol maravilloso, porque el vecino del cuarto me ha dado los buenos días, porque no he perdido el autobús, porque he desayunado un bocadillo de jamón y queso, porque en el trabajo todos sonreían, porque tenía más ganas de escuchar que de ser escuchado, porque se han acabado los encierros y ya no habrán más víctimas, porque sopla una ligera brisa que apacigua el calor del verano, porque me quedan pocas horas para salir de la oficina, porque he cerrado los ojos y he pensado en momentos felices, y me he dado cuenta que no me queda suficiente día para recordar todos esos momentos.

¿Alguna vez has corrido por un campo en el que la maleza te llegara hasta la cintura? Es imposible ver el suelo pero no piensas si puedes caer en un pozo, si alguno de esos miles de insectos que huyen despavoridos puede picarte, si te vas a incrustar una zanja de espino oculta entre los matorrales. Es más bonito aún si lo haces en compañía y eres el más rezagado. Observas los saltos de tus compañeros y su júbilo te devuelve por un instante a la inocencia de la infancia.

Algunos de estos recuerdos son vivencias asequibles, sencillas, pero aún así existen personas que no los han experimentado nunca o de manera similar. Por ello, vale la pena que el único que los puede evocar no los olvide y los tenga presente de vez en cuando. Por ello, vale la pena conmemorarlos con una sonrisa.

Si hoy estás triste, ya los compartiremos otro día.

martes, 14 de julio de 2009

Jonás y la segunda de los Dalton

En el trabajo teníamos un compañero que se perdía una vez al día y no había manera de encontrarle, se llamaba José Luis. Ya podías buscarle que, nada, no aparecía por ninguna parte. En su mesa de oficina tenía cuatro matrioskas y me percaté que durante sus ausencias faltaba también la segunda de las figuritas mayor. Este detalle no pasó desapercibido por el jefe. Cuando venía a por él y no le encontraba, se limitaba a mirar la repisa de las matrioskas. Si contaba tres, no se molestaba en preguntar.

Con el tiempo, el resto de administrativos comentamos la curiosidad y uno de ellos se acercó a la muñequita rusa. Huele a culo, dijo, y no pudimos contener la risa. Sin embargo, aquel comentario no fue sarcástico, realmente la segunda de las matrioskas desprendía un olor peculiar.

Esta circunstancia despertó nuestro interés, que finalmente nos hizo seguir la pista del ausente y descubrir que se encerraba en los baños durante sus misteriosas desapariciones. Cada vez que José Luis se levantaba del asiento, el resto le observaba para comprobar si cogía la matrioska o no. Si lo hacía, algunos se miraban entre sí y levantando las cejas repetidas veces señalaban la dirección en la que se marchaba. Entonces, entre burlas, comentaban que si la muñeca estaba perdiendo el color, que si ya era hora de ponerle otra mano de esmalte, que si la muñeca había perdido la sonrisa y tenía la cara mustia, no cesando en sus comentarios hasta que José Luis regresaba de los servicios.

Un lunes, nuestro compañero no acudió al despacho.

A media mañana, el jefe se presentó en la oficina y se quedó unos minutos mirando las figuritas rusas. Después se giró y quitándose las gafas nos pidió que nos acercáramos, tenía algo importante que comentar. Con la vista perdida en el suelo comunicó que José Luis había fallecido en Marruecos. Al parecer, se le había reventado una bolsa de cocaína en el estómago. Conmocionado, pero empresario, nos pidió que continuásemos trabajando con normalidad.

El resto de compañeros estuvimos horas sin decir palabra. El silencio se apoderó de la oficina durante aquella fatal jornada. Pasado el mediodía, después de comer, aparecieron dos policías y confiscaron la torre de ordenador de José Luis ante la atenta mirada de las matrioskas. Los agentes se marcharon sin mediar palabra. Al día siguiente, sus pertenencias habían sido retiradas y depositadas en una caja, pero nadie acudió a recogerlas. Éstas se archivaron más tarde en los sótanos de la empresa, con su nombre y el año en curso escritos en la solapa de la caja con rotulador de tinta permanente. Alguien que conocía su fecha de nacimiento, la escribió también entre el nombre y el año de su muerte.

lunes, 13 de julio de 2009

El palo astillado


[De nuevo una de esas entradas con contenido personal que uno necesita escribir pero que se encuentran lejos del interés de los demás. Los que agradecieron la anterior vez el aviso, volverán a agradecer esta pequeña introducción si prefieren no continuar leyendo. Me doy cuenta que estoy cambiando, más de lo que pensaba, estoy contento pero algo asustado porque todavía no controlo esta metamorfosis tardía.]

En el nombre del padre
y del hijo

Ayer fue el aniversario de mi padre. Si no hubiera fallecido, ahora tendría setenta y nueve años.

Mi padre ha sido (es) la persona más buena que he conocido hasta el momento, por él sacrifiqué muchas cosas y las seguiría sacrificando si siguiese vivo. Recuerdo su funeral como el más multitudinario al que haya asistido. Es cierto que muchos de los que acudieron al tanatorio vinieron a hacer compañía a los que padecíamos el duelo, pero en el fondo, no dejábamos de ser una parte de él y su legado.

Cuando escribo de mi padre pierdo la poesía, en ese sentido la acapara toda mi madre. Mi padre ha de conformarse con una prosa realista y sencilla, más bien llana, como el amor que sentía por él. Quizás esto es lo mejor de la relación que mantuvimos, la naturalidad de un querer que se materializaba cada día con un beso en la mejilla, un abrazo en el que me hacía pequeñito en sus bazos aunque le sacase dos cabezas de alto, un entendimiento en el silencio, un estar y no estar porque la vida me empujaba a forjar mi propio camino y caminar.

Mientras escribía las anteriores líneas no he podido contener las lágrimas, no lo oculto, precisamente eso es algo que él no me enseñó.
No todo lo hizo y le salió bien es esta vida, pero procuró hacerlo y lo hizo lo mejor que supo. Cuando las cosas están mal, le hecho tanto de menos.

El día que murió me dejaron despedirme de él en solitario en la habitación del hospital. Entonces le dije cosas que debería haberle dicho antes, mucho antes, aunque él las supiese. En la mesita de la camilla habían dejado las enfermeras su prótesis dental y los imperdibles del catéter. Cogí ambas cosas y me las guardé en el bolsillo. Después le besé en la frente, su piel estaba rígida y fría, definitivamente se había ido, esta vez, a diferencia de su amada esposa, pidiéndonos permiso a los hijos.

miércoles, 8 de julio de 2009

Pandora

Llegó en una de esas noches inciertas, desconocida pero con nombre, desnuda como los animales y un joyero de madera y cobre posado a sus pies. Un cielo abierto me permitió apreciar el dorado de sus cabellos, la templanza de sus ojos color tierra húmeda, la finura de unos hombros de sirena y la firmeza de sus esbeltas piernas. No te detengas, me increpó Filípides, nos espera la gloria, pero me detuve.

Has abandonado tu escudo, me dijo ella. Lo perdí en la batalla. Entonces, por primera vez, cerró los párpados y sonrió, permitiéndome comprobar que no había contemplado antes el bello perfil de su rostro y una sonrisa más hermosa. Tienes las manos espartanas, pero tu mirada es frágil, ateniense. Sigue tu camino. ¿Qué contiene ese pequeño joyero? El miedo de los persas que mataste en combate y sus esperanzas. Deberíamos enterrarlo. Si tus enemigos lo encuentran y abren, quedarás indefenso, a su voluntad para tiranizarte y vengarse. Entrégamelo, si es así. Te pertenece, cógelo tu mismo, yo no puedo con su peso, y haz con él lo que consideres conveniente. ¿Puedo abrirlo? He venido a ti para que liberes las angustias, pero cuida que las esperanzas queden dentro de la caja. ¿Me temes? No. Dentro de 490 años nos volveremos a encontrar, entonces será de día y me conocerás por Eva, tus ojos ya no serán azules sino verdes, tus sandalias hebreas, tu coraza una túnica blanca y tu joyero, un recuerdo.

martes, 7 de julio de 2009

La finca de Babel

En mi antigua comunidad de vecinos vivía un matrimonio en la portería con verdadera vocación profesional, ella padecía agorafobia y no salía del inmueble, él deshilvanaba las horas desde el exterior del portal fumándose un cigarrillo cada cinco minutos. Cuando se jubilaron, tiraron de los ahorros y se compraron el ático tercera.

En el entresuelo primera, las permanentes no acabaron de fijar bien y la peluquera tuvo que cerrar el negocio y especializarse en bisoñés y pelucas para calvos.

Subiendo a mano derecha, en el rellano del primer piso, el alcohol se filtró en el marido del primero primera y en el matrimonio del primero segunda. La esposa de la puerta primera hibernó en una profunda depresión, al marido de la segunda puerta se lo encontró ahorcado con un ojo morado su mujer, acompañada de su hija mayor.

En el segundo tercera, el cónyugue de la vecina más cotilla del bloque, que apenas articulaba palabra y siempre repetía los finales de frase de su mujer, años más tarde padeció una embolia que su esposa no supo encajar y dejó de cotillear.

Más arriba, en el tercero, un inquilino de dudosa profesión bajaba cada día en el ascensor fumando marihuana y dando las buenas noches tenga usted. En todas las reuniones convocadas por el administrador amenazaba con el puño cerrado a los propietarios del sobre-ático segunda por una chimenea que habían abierto sin autorización en la azotea.

En el quinto, la esposa de la primera puerta enviudó en la cama y despertó a los vecinos pidiendo auxilio de madrugada. Los matrimonios del sexto primera y sexto segunda tampoco llegaron a las bodas de plata, las causas: defunción y divorcio. El padre de la primera puerta no supo rehacer su soledad, la madre de la puerta segunda se hipotecó en el cuarto cuarta y se mudó con sus tres hijos.

Más arriba, donde el edificio se estrechaba, en el ático primera vivía un artista homosexual con el buzón del correo permanentemente destrozado.

Por último, cerca de las terrazas, en el sobre-ático cuarta, el piso más apartado, se encontraron el cuerpo en descomposición de una chica que murió en la bañera víctima de los fármacos y el alcohol. El día que la policía retiraba su cadáver, entraba yo por el portal. Recuerdo que tuve que taparme la nariz y la boca, el olor que desprendía era demasiado intenso. Su marido hacía unos meses que le había abandonado y ella comenzó a acumular basuras en la casa y a prostituirse en la calle. Tenían un perro, pero nadie supo responder qué pasó con éste cuando el marido regresó a preguntar.

viernes, 3 de julio de 2009

(Sin asunto)

Desde el arranque de este blog encuentro muy satisfactorio el momento de titular los relatos. Hasta que no está el escrito acabado y repasado, no empiezo a buscarle un título singular, descartando muchas veces el primero que se me pasa por la cabeza. Según varias metodologías de escribir informes, y no pretendo realizar una monografía de todo esto, un título debe ser preciso, significativo y excluyente. Algunos de estos manuales, incluso, hacen referencia al arte de titular, pero no se extienden mucho en desarrollar este concepto.

Personalmente, pienso que no todo tiene que tener un apodo subrayado, en negrita o letras mayúsculas. Los versos de un poema, aunque no pretendan la poesía, son más libres si no se les encasilla con un título. El resto de escritos, en cambio, quedan incompletos si no se les bautiza de manera adecuada. En particular, yo no presto mucha atención a las normas ortodoxas de titular. Normalmente etiqueto con lo que me apetece, sin pensar en complementar el contenido del relato o engalanar la composición con elocuencia poética. Opino que mientras más abierto sea un título, mejor es para el que lee y la interiorización de su lectura.

Que los títulos son importantes es una realidad evidente y se puede apreciar en el hábito que tenemos las personas de clasificar las cosas. Es corriente escuchar sentencias como estas son las cerezas más dulces que he comido nunca, mi mejor amigo es el que mejor me entiende o aquellas vacaciones fueron las peores de mi niñez. El lenguaje verbal y escrito sin calificativos como estos sería indeterminado, pobre y perdería funcionalidad.

En este sentido, parece que mis circunstancias me hayan regalado para mi aniversario estas dos últimas semanas de junio y julio. Mentiría si dijese que estos últimos quince días no son de los más relevantes de mi existencia, me confirman que en el teatro de la vida, si lo sabes llevar bien, las dos máscaras te sonríen y puedes seguir creciendo como persona. Pero lo importante no es la etiqueta, el título o, por el contrario, el apellido Expósito sin fecha de caducidad de las vivencias, lo que realmente trasciende es el sentido de la experiencia plástica-emocional del arte de etiquetar, y es una pena que de éste no se pueda teorizar con fundamentos.

jueves, 2 de julio de 2009

Co(efi)cientes y productos III

La calificación final

Khaled se encuentra en el último curso de primaria y, por tercera vez consecutiva, le ha tocado la misma profesora de matemáticas.

En los dos años anteriores, la maestra le ha propiciado dos bofetones, un coscorrón en la coronilla de la cabeza a puño cerrado, un ligero aplastamiento de sien contra la pizarra, un tirón de moflete, un castigado contra la pared, un castigado de rodillas y un eres peor estudiante que tu hermana.

Khaled, que más bien era un niño tranquilo, obediente y poco travieso, dejó de angustiarle las malas maneras de la maestra, la única del colegio que penalizaba con castigos físicos. Con el tiempo fue perdiéndole el miedo, pero no el respeto, tomándose los reproches y mamporrazos de otra manera, más bien con indiferencia. En una ocasión, incluso, fue capaz de esquivarle un gancho inverso de nudillos, pero dejó indefenso el otro flanco de la cara y la maestra pudo noquearle con un tirón de orejas bien certero.

A pesar del rigor de la maestra, Khaled no obtenía malos resultados. Su índice de pruebas no aptas era más bien bajo y cada año pasaba de curso con todas las asignaturas aprobadas. En este último, además, sus notas de matemáticas eran mejores que las de cursos anteriores. Fue entonces cuando en una revisión de examen se percató que la maestra había sumado mal los puntos obtenidos en cada una de las respuestas de su prueba. En lugar del 8,5 apuntado en rojo en la cabecera de la hoja como calificación final, Khaled realmente sumaba 6,75 puntos.

Pocas personas acudían a la mesa de la maestra para revisar los resultados. Cuando esto sucedía, el resto de alumnos observaban con atención. Khaled decidió notificar a su instructora el error de cálculo. Una vez verificado el fallo, la maestra confirmó a Khaled que la nota definitiva pasaba a ser 6,75, en lugar del 8,5 apuntado inicialmente. Todos los alumnos se percataron de ello.

Finalizada la clase, varios compañeros recriminaron a Khaled su acto, alguno incluso le insultó por ello. Le increparon asegurándole que tendría que haberse aprovechado de la situación, más aún, con la maestra de matemáticas. Si había alguien en aquel momento que pudiera pensar como él, no le respaldó. Khaled se sintió desplazado y humillado por sus amigos, tuvo que soportar sermones, críticas y burlas. Sin embargo, no se arrepintió de su comportamiento. Al contrario, le llenó de satisfacción.

Años más tarde, Khaled se encontraría en la misma situación con un profesor de bachiller. En esa ocasión, de nuevo, tomaría la misma decisión.

[Con este relato termina la trimatología de Khaled. Lo cierto es que me ha resultado pesado escribir estas historias, reconozco que son espesas de leer. De unos ciento veinte alumnos agrupados en cuatro aulas, Khaled fue uno de los pocos en despedirse de la profesora de matemáticas al finalizar el último curso de primaria. Ella, como siempre, refugiada en sus gafas de sol y con una sonrisa de hielo, se limitó a darle dos besos sin pronunciar palabra. En el libro de escolaridad de Khaled su tutor principal recomendaba a la familia que el niño cursara estudios de formación profesional. En la actualidad, Khaled es un hombre con estudios superiores y una trayectoria laboral saludable.]

miércoles, 1 de julio de 2009

All the way to Reno

Decir que la realidad no es siempre como uno piensa, no es un misterio para nadie. Pero la duda, capacidad cognitiva que precede al raciocinio en el ser humano, desde el origen de la especie se ha encargado de confundirnos, tanto en la inseguridad como en la certeza. Dudamos para estar seguros, aunque nos equivoquemos y pensemos que estamos en lo cierto.

Supongo, y digo supongo porque dudo, la evolución de los homínidos no hubiese sido posible sin esta capacidad. Planteada una incógnita, siempre aparece un pionero que se propone despejarla a riesgo de ser quemado en una hoguera o apedreado por las resistencias de los que no quieren cambiar el estado de las cosas.

Hasta la aparición de la ciencia positivista, esta combinación de incertidumbre, desarrollo y resistencia sólo ha podido fundamentarse en las creencias místicas y superiores, siendo el entendimiento una de las pretensiones últimas del cerebro sapiens. Aquello que no se puede explicar pasa a un estadio sobrenatural para que ningún cabo quede suelto. Sin embargo, tanta hipérbole y carambola reveladora, acaba siendo contraproducente y transgrede más la verdadera realidad.

Recuerdo una noche que me despertó una presencia. Su aura era intensa, no especialmente negativa, pero me inquietaba. Amanecía y las primeras luces del día se filtraban por las dobleces de las cortinas. No había nadie en la habitación, pero yo la sentía, silenciosa, observándome desde los pies de la cama. Me sujetó los tobillos, primero con fuerza, después soltándose para seguir avanzando por las piernas, gateando de manera que la presión de su propio cuerpo inmovilizaba el mío, estirándose sobre mi abdomen para terminar totalmente recostada sobre mi pecho, cintura y extremidades. Entonces recordé que en uno de los estadios del sueño REM es habitual experimentar parálisis nocturnas y fui consciente de pasar de un estado de semi-inconsciencia a un estado de vigilia absoluta. Recuperado el control de mi cerebro, comencé a enviar outputs a los dedos de las manos y poco a poco fui recuperando la movilidad.

Los espíritus se las tendrán que ingeniar mejor en otra ocasión si pretenden que me plantee la posibilidad de su existencia.