Quiero dedicar estas líneas a un reencuentro. Es probable que la persona implicada las lea porque sólo hace dos días que le facilité la dirección del blog. Ella es Anna, con nombre propio.
Anna es experta en componentes químicos y medicamentos genéricos. El domingo, entre tema y tema de conversación, mientras le contaba las batallitas con mi terapeuta china, ella me preguntó si conocía el principio activo de la homeopatía. Delicada con mi ignorancia, me figuró esta medicina alternativa como unas bolitas inocuas de azúcar cubiertas de esencias. Precisamente, eran estas esencias las que tenían la facultad de sanar por un efecto de reminiscencia.
Esto me hizo pensar en la importancia de la singularidad, en aquello que nos diferencia de los demás y nos hace especial. Personalmente, no me considero una bolita edulcorada extraordinaria, pero Anna tuvo el acierto de convertir mi destreza y picardía en inteligencia, transformar mis ojos verdes en azules y mudar con el reencuentro mi esencia de patito feo común o smallduck ordinaire, y digo bien smallduck, en cisne adulto.
No diré nada más porque en este blog no toca y porque me alegra podérselo decir en persona.
Seguramente ésta será una de las últimas entradas de este blog hasta dentro de dos semanas. Cierro por estudios.
martes, 26 de mayo de 2009
lunes, 25 de mayo de 2009
¿A qué velocidad gira la Tierra?
La movilidad en nuestro tiempo ha evolucionado en paralelo al desarrollo de las comunicaciones telemáticas y el proyecto de aldea global de los magnates financieros. La competitividad conduce por el carril de aceleración y programar el límite de velocidad en el cuadro de control de tu vehículo puede ser contraproducente si éste es de kilómetro cero. Quedarse fuera de esta carrera no es difícil. Cada vez que se ondea la bandera de cuadros crecen las diferencias entre los que han cruzado la línea de meta y los que se encuentran por llegar, si llegan.
En este punto, algo tan banal como el carnet de conducir se convierte en imprescindible hoy en día. Si no conduces, no llegas a ninguna parte.
Pero Tráfico se ha empeñado en ponerlo difícil. Cuando te preguntan si has aprobado la práctica no es de extrañar que respondas me ha tocado un examinador que es un hueso. Aunque no todos podemos excusarnos en el examinador.
La última vez que subí a examen hice un recorrido casi perfecto, me pidieron de todo: gire usted cuando pueda a la derecha, incorpórese a la izquierda, realice un cambio de sentido, estacione cuando esté permitido y pare el motor.
Lástima que se filtrase aquel olor a rueda quemada por las ventanillas. Mi profesor de autoescuela lo tuvo claro, chico, no se puede ir por la vida con el freno de mano puesto. Sin embargo, la reacción de la acción no fue la esperada y aprobé el examen. Ahora sólo me falta apuntarme a un curso de ofimática y comprar marcas registradas para acabar de globalizarme.
En este punto, algo tan banal como el carnet de conducir se convierte en imprescindible hoy en día. Si no conduces, no llegas a ninguna parte.
Pero Tráfico se ha empeñado en ponerlo difícil. Cuando te preguntan si has aprobado la práctica no es de extrañar que respondas me ha tocado un examinador que es un hueso. Aunque no todos podemos excusarnos en el examinador.
La última vez que subí a examen hice un recorrido casi perfecto, me pidieron de todo: gire usted cuando pueda a la derecha, incorpórese a la izquierda, realice un cambio de sentido, estacione cuando esté permitido y pare el motor.
Lástima que se filtrase aquel olor a rueda quemada por las ventanillas. Mi profesor de autoescuela lo tuvo claro, chico, no se puede ir por la vida con el freno de mano puesto. Sin embargo, la reacción de la acción no fue la esperada y aprobé el examen. Ahora sólo me falta apuntarme a un curso de ofimática y comprar marcas registradas para acabar de globalizarme.
jueves, 21 de mayo de 2009
Especies Tacinocturnas
Desde adolescente tengo una imperiosa necesidad de divagar por las calles de noche. No me refiero a salidas nocturnas de fiesta desfasada, no. Son pequeñas escaramuzas en las sombras de la ciudad, una manera de fugarme de las cadenas de la vida cotidiana.
Los personajes con los que me he cruzado a estas opacas horas del día son difíciles de clasificar. En una ocasión acompañé a un yonqui a las puertas del centro penitenciario de mujeres Wad Ras. Por el camino me explicó su vida mientras comía un bocadillo de tortilla de patatas. Su mujer, embarazada, era quien se encargaba de robar para comprar la droga hasta que la detuvo la policía. Le habían caído tres años de prisión y él se había acercado a Barcelona para visitarla por la mañana. Cuando le pregunté si tenía dónde dormir, me respondió que hacía tiempo que dormía en la calle y que pasaría la noche en un banco de piedra.
En otra ocasión, aún muchacho, me crucé con un pederasta. Con el pretexto de ficharme para el club de futbol que entrenaba me preguntó si padecía de flato cuando practicaba deporte. Me indicó que podía saberlo si de manera regular notaba que tenía el ano húmedo. En su boca la saliva se espesaba creando hilos de baba de labio a labio.
También recuerdo a una mujer de acento sudamericano totalmente ebria, en camisón y descalza en pleno invierno, preguntándome si había visto a su marido y a su hijo. Según decía se encontraban tomando unas copas en casa de unos amigos cuando ella le había propinado una bofetada a su marido y éste se había marchado de la casa llevándose al niño. Le dejé una tarjeta de Telefónica para llamar a su pareja. Tecleó un número muy largo, quizás con prefijo. Nadie respondió. Cuando comenté que debíamos avisar a la policía comenzó a chillarme y se alejó corriendo.
Podría continuar en esta línea fácilmente y explicar unas cuantas historias más sin pretensión de juicio. No es mi intención emitir un criterio. Sin embargo, mi principal inquietud reside en saber si yo también soy uno más en esta lista de asteriscos.
Los personajes con los que me he cruzado a estas opacas horas del día son difíciles de clasificar. En una ocasión acompañé a un yonqui a las puertas del centro penitenciario de mujeres Wad Ras. Por el camino me explicó su vida mientras comía un bocadillo de tortilla de patatas. Su mujer, embarazada, era quien se encargaba de robar para comprar la droga hasta que la detuvo la policía. Le habían caído tres años de prisión y él se había acercado a Barcelona para visitarla por la mañana. Cuando le pregunté si tenía dónde dormir, me respondió que hacía tiempo que dormía en la calle y que pasaría la noche en un banco de piedra.
En otra ocasión, aún muchacho, me crucé con un pederasta. Con el pretexto de ficharme para el club de futbol que entrenaba me preguntó si padecía de flato cuando practicaba deporte. Me indicó que podía saberlo si de manera regular notaba que tenía el ano húmedo. En su boca la saliva se espesaba creando hilos de baba de labio a labio.
También recuerdo a una mujer de acento sudamericano totalmente ebria, en camisón y descalza en pleno invierno, preguntándome si había visto a su marido y a su hijo. Según decía se encontraban tomando unas copas en casa de unos amigos cuando ella le había propinado una bofetada a su marido y éste se había marchado de la casa llevándose al niño. Le dejé una tarjeta de Telefónica para llamar a su pareja. Tecleó un número muy largo, quizás con prefijo. Nadie respondió. Cuando comenté que debíamos avisar a la policía comenzó a chillarme y se alejó corriendo.
Podría continuar en esta línea fácilmente y explicar unas cuantas historias más sin pretensión de juicio. No es mi intención emitir un criterio. Sin embargo, mi principal inquietud reside en saber si yo también soy uno más en esta lista de asteriscos.
martes, 19 de mayo de 2009
Un licántropo fuera del rebaño
Si el hombre es un lobo para el hombre, no es de extrañar que una de las mascotas domésticas preferidas por la humanidad sea el perro. Supongo que si Hobbes viviese en nuestra época hubiese completado esta frase con y la mujer es una leona para la mujer, pero me reservo los motivos que me llevan a inducir tan discutible conclusión.
Lo importante es que este filósofo, retratándose como un lobo, no olvidó el componente biológico frente al racional. Hobbes fue consciente de ser un organismo más del mundo natural, aspecto que hoy en día no todos parecemos tener presente. En general podría decirse que amamos la naturaleza, pero es superior nuestra voluntad de someterla.
En algunos países desarrollados nos hemos acostumbrado a no tener depredadores y caminamos a nuestras anchas por campiñas y bosques. Por suerte, en ocasiones la naturaleza nos supera y hace recordar que no somos más que homínidos frágiles, primos hermanos del chimpancé que sin un palo en la mano y una antorcha en la otra no tenemos autoridad en este planeta.
En una ocasión, viajando en coche por una carretera comarcal de Extremadura, que más que comarcal diría que era de tercera regional a punto de descender de categoría, me encontré con un toro bravo en medio del asfalto. Pude frenar a tiempo y a la distancia suficiente para que el animal no se asustase. No quedó otra que apagar el motor y esperar dentro del vehículo, el mejor de los burladeros posibles. Era conocedor que estos bichos saltan las zanjas, pero nunca imaginé que pudiera cruzarme con otro toro que no fuese el de los carteles publicitarios de Osborne.
Aquel hermoso ejemplar, negro como la noche y con una osamenta profesional, pareció no inquietarle mi presencia. Se quedó mirándome tranquilo en medio de la carretera sin intención de apartarse. Por un momento tuve la intención de bajarme del coche como Cocodrilo Dundee, acercarme a la bestia con paso serenado y hacerle el saludo de Ronaldinho en el entrecejo, no hubo cojones.
Sé que hoy en día esto no es lo que se entiende por respetar la naturaleza, pero respeto si que tuve y mucho. Es el miedo el que me conduce al Leviatán.
Lo importante es que este filósofo, retratándose como un lobo, no olvidó el componente biológico frente al racional. Hobbes fue consciente de ser un organismo más del mundo natural, aspecto que hoy en día no todos parecemos tener presente. En general podría decirse que amamos la naturaleza, pero es superior nuestra voluntad de someterla.
En algunos países desarrollados nos hemos acostumbrado a no tener depredadores y caminamos a nuestras anchas por campiñas y bosques. Por suerte, en ocasiones la naturaleza nos supera y hace recordar que no somos más que homínidos frágiles, primos hermanos del chimpancé que sin un palo en la mano y una antorcha en la otra no tenemos autoridad en este planeta.
En una ocasión, viajando en coche por una carretera comarcal de Extremadura, que más que comarcal diría que era de tercera regional a punto de descender de categoría, me encontré con un toro bravo en medio del asfalto. Pude frenar a tiempo y a la distancia suficiente para que el animal no se asustase. No quedó otra que apagar el motor y esperar dentro del vehículo, el mejor de los burladeros posibles. Era conocedor que estos bichos saltan las zanjas, pero nunca imaginé que pudiera cruzarme con otro toro que no fuese el de los carteles publicitarios de Osborne.
Aquel hermoso ejemplar, negro como la noche y con una osamenta profesional, pareció no inquietarle mi presencia. Se quedó mirándome tranquilo en medio de la carretera sin intención de apartarse. Por un momento tuve la intención de bajarme del coche como Cocodrilo Dundee, acercarme a la bestia con paso serenado y hacerle el saludo de Ronaldinho en el entrecejo, no hubo cojones.
Sé que hoy en día esto no es lo que se entiende por respetar la naturaleza, pero respeto si que tuve y mucho. Es el miedo el que me conduce al Leviatán.
viernes, 15 de mayo de 2009
La vida es una carretera de curvas (Blade Runner)
Roy era un tipo fantástico, lástima que haya muerto. Es posible que nadie acudiera a su funeral. Es más, puede que aún reste perdido su cadáver en un tejado biodegradándose por el efecto del paso del tiempo y de la lluvia. Era un replicante poco hablador. Sin embargo, cuando soltaba prenda tenías que rendirte a su discurso porque deslumbraba. Él vio cosas que yo nunca veré mas que en sus palabras. Él me hizo entender que dedicó su vida a la vida, que la vida era hermosa.
Nos dejaste, Roy. Tu ausencia me entristece.
Pero Roy no falleció de muerte natural, a Roy lo asesinaron. Lo programaron conscientemente para morir.
Pereció sin saber por qué el ser humano construye para destruir. Aún así, fue capaz de perdonar a uno de sus verdugos y salvarle la vida en una sociedad de sombras, en una ciudad que nunca amanece.
Nos dejaste, Roy. Tu ausencia me entristece.
Pero Roy no falleció de muerte natural, a Roy lo asesinaron. Lo programaron conscientemente para morir.
Pereció sin saber por qué el ser humano construye para destruir. Aún así, fue capaz de perdonar a uno de sus verdugos y salvarle la vida en una sociedad de sombras, en una ciudad que nunca amanece.
miércoles, 13 de mayo de 2009
La media naranja mecánica
Hace tiempo que sé que Melchor, Gaspar y Baltasar están censados en el registro civil, lo digo así por si alguien prefiere seguir manteniéndose en la inocencia. En cierta medida, algo parecido me pasaba a mí con el amor romántico. Hasta la fecha había sido un ferviente defensor de esta filosofía emocional. Pensaba que existía. La culpa la tienen esas producciones cinematográficas de Hollywood que te hacen sentir que el amor ha de llegar de manera explosiva y, además, como último objetivo: te plantan un fin y unos créditos y se quedan tan anchos.
Luego tú te pasas la vida esperando al amor de tu vida, imaginando cómo será tu media naranja, deseando que uno de esos guiones filmados se presente en tu realidad cotidiana y te haga sentir que eres el actor principal del universo que te rodea. Esto en sí no es malo, pero es preocupante si de tanto esperar llega el día en que mueren tus padres y entonces te das cuenta que ese año no tienes regalo de reyes.
El amor verdadero me lo hizo ver una prenda de vestir inteligente en una tienda equipada con domótica avanzada. Después de dos días buscando y probándome camisetas de manga larga por un sin fin de establecimientos, va y me encapricho de una en esta tienda innovadora. Cuando te cuesta tanto decidir, es tan satisfactorio encontrar lo que buscas.
El dependiente, más que un comercial parecía un informático. Me atendió muy amable y me informó del funcionamiento de aquellos probadores tecnológicos de alta gama.
Para mi sorpresa, después de tanta parafernalia, cuando me planté delante de un espejo pixelado con la camiseta aún por sacar de la percha, en el reflejo observo que ésta se cruza de mangas y me dice: yo no quiero ser tu camiseta.
Rompió todo el romanticismo, sí, pero que importante son las palabras sinceras en el amor.
El dependiente me indicó que si estaba interesado en la prenda, podía comprarla igualmente. Preferí no hacerlo. Ahora de vez en cuando la voy a visitar y charlamos de nuestras cosas. Me ha dicho que una chaqueta tejana está interesada en mí.
Luego tú te pasas la vida esperando al amor de tu vida, imaginando cómo será tu media naranja, deseando que uno de esos guiones filmados se presente en tu realidad cotidiana y te haga sentir que eres el actor principal del universo que te rodea. Esto en sí no es malo, pero es preocupante si de tanto esperar llega el día en que mueren tus padres y entonces te das cuenta que ese año no tienes regalo de reyes.
El amor verdadero me lo hizo ver una prenda de vestir inteligente en una tienda equipada con domótica avanzada. Después de dos días buscando y probándome camisetas de manga larga por un sin fin de establecimientos, va y me encapricho de una en esta tienda innovadora. Cuando te cuesta tanto decidir, es tan satisfactorio encontrar lo que buscas.
El dependiente, más que un comercial parecía un informático. Me atendió muy amable y me informó del funcionamiento de aquellos probadores tecnológicos de alta gama.
Para mi sorpresa, después de tanta parafernalia, cuando me planté delante de un espejo pixelado con la camiseta aún por sacar de la percha, en el reflejo observo que ésta se cruza de mangas y me dice: yo no quiero ser tu camiseta.
Rompió todo el romanticismo, sí, pero que importante son las palabras sinceras en el amor.
El dependiente me indicó que si estaba interesado en la prenda, podía comprarla igualmente. Preferí no hacerlo. Ahora de vez en cuando la voy a visitar y charlamos de nuestras cosas. Me ha dicho que una chaqueta tejana está interesada en mí.
martes, 12 de mayo de 2009
Silencio, ha pasado un ángel
No tengo nada en contra del 1 de enero, pero cuando te invitan a comer después de toda una noche de juerga y no puedes eludir el compromiso es como si te sentenciaran. El año no empieza con buen pie.
Te pesa todo, las piernas no responden, los ojos te queman de cansancio y no haces más que pensar en tu camita, el único lugar donde en situaciones como ésta tus huesos, pesados como cuatro quintales de hierro, levitan por encima de la sábana bajera y por debajo del cálido edredón.
Pues en ese trámite me encontré hace cuatro años, de camino a casa de mi tía materna acompañado por mi hermana. Ella, como de costumbre, cogida de mi brazo a la antigua usanza. El día prometía ser largo.
Bajamos en la estación de metro de Plaza España para enlazar con los autobuses interurbanos de Sant Boi. Fue entonces cuando me fijé en dos señoras que caminaban delante nuestro, también cogidas del brazo. La más joven, que pasaba de los sesenta años, era la que controlaba la situación. La mayor, creo que octogenaria, parecía un anexo de la otra, un apéndice que más que caminar colgaba del brazo de su acompañante.
Hubiese apostado no ir a la comida a que este par nunca antes había viajado en metro.
Es curioso como en ocasiones una intuición sorprendente nos pone en alerta. En el momento de montarnos en las escaleras mecánicas, quede en acta: de subida, le hice un gesto a mi hermana para dejar un par de peldaños de distancia con respecto a las dos mujeres. Algo no me acabó de encajar.
Remontados a unos seis peldaños del suelo, la que dirigía comenzó a tambalearse y chillar, cayendo hacia atrás a peso muerto. En su demolición quedó incluida su compañera de viaje. En ese momento pensé, no tengo tiempo de ponerme el slip abanderado rojo por encima del tejano ni el poncho de punto de cruz atado al cuello, así que me solté de mi hermana y ganando un escalón de impulso, amarré a la sesentañera por las axilas y la coloqué en su posición original de fame erecta.
Su octogenaria prolongación, fiel al brazo umbilical, quedó recolocada por defecto.
Ellas, que ya dibujaban una diagonal perfecta, una vez auxiliadas quedaron mudas. Yo tampoco dije nada. El resto de ascensión por aquellas escaleras lo transcurrieron mirándome de reojillo. Mi hermana comentó la jugada con una pareja ubicada en un peldaño inferior.
Llegados al piso superior, las mujercillas se giraron con una tímida intención de decir algo, pero nosotros continuamos nuestro camino cruzando solamente una mirada cómplice de comprensión, como si no hubiese pasado nada.
Te pesa todo, las piernas no responden, los ojos te queman de cansancio y no haces más que pensar en tu camita, el único lugar donde en situaciones como ésta tus huesos, pesados como cuatro quintales de hierro, levitan por encima de la sábana bajera y por debajo del cálido edredón.
Pues en ese trámite me encontré hace cuatro años, de camino a casa de mi tía materna acompañado por mi hermana. Ella, como de costumbre, cogida de mi brazo a la antigua usanza. El día prometía ser largo.
Bajamos en la estación de metro de Plaza España para enlazar con los autobuses interurbanos de Sant Boi. Fue entonces cuando me fijé en dos señoras que caminaban delante nuestro, también cogidas del brazo. La más joven, que pasaba de los sesenta años, era la que controlaba la situación. La mayor, creo que octogenaria, parecía un anexo de la otra, un apéndice que más que caminar colgaba del brazo de su acompañante.
Hubiese apostado no ir a la comida a que este par nunca antes había viajado en metro.
Es curioso como en ocasiones una intuición sorprendente nos pone en alerta. En el momento de montarnos en las escaleras mecánicas, quede en acta: de subida, le hice un gesto a mi hermana para dejar un par de peldaños de distancia con respecto a las dos mujeres. Algo no me acabó de encajar.
Remontados a unos seis peldaños del suelo, la que dirigía comenzó a tambalearse y chillar, cayendo hacia atrás a peso muerto. En su demolición quedó incluida su compañera de viaje. En ese momento pensé, no tengo tiempo de ponerme el slip abanderado rojo por encima del tejano ni el poncho de punto de cruz atado al cuello, así que me solté de mi hermana y ganando un escalón de impulso, amarré a la sesentañera por las axilas y la coloqué en su posición original de fame erecta.
Su octogenaria prolongación, fiel al brazo umbilical, quedó recolocada por defecto.
Ellas, que ya dibujaban una diagonal perfecta, una vez auxiliadas quedaron mudas. Yo tampoco dije nada. El resto de ascensión por aquellas escaleras lo transcurrieron mirándome de reojillo. Mi hermana comentó la jugada con una pareja ubicada en un peldaño inferior.
Llegados al piso superior, las mujercillas se giraron con una tímida intención de decir algo, pero nosotros continuamos nuestro camino cruzando solamente una mirada cómplice de comprensión, como si no hubiese pasado nada.
jueves, 7 de mayo de 2009
Veintiséis años y un día
Junto a tierra y mármol
en la penumbra de mi ser
dejó un sueño para siempre
rosas pomposas en tu honor.
Junto al silencio del secreto,
eterno, como el querer saber,
el tiempo deja de recuerdo
rosas marchitas en tu honor.
Junto a la nada del pasado
nada del pasado presente.
El viento llevará a tu lado
polvo de rosas para ti.
en la penumbra de mi ser
dejó un sueño para siempre
rosas pomposas en tu honor.
Junto al silencio del secreto,
eterno, como el querer saber,
el tiempo deja de recuerdo
rosas marchitas en tu honor.
Junto a la nada del pasado
nada del pasado presente.
El viento llevará a tu lado
polvo de rosas para ti.
martes, 5 de mayo de 2009
La otra
Tengo un amigo (siempre es un amigo) que se enamoró de su pareja por el perfil de su rostro. Dice que el perfil de su mujer es el más bello del mundo. El problema es que no sabe mirarla de otra manera.
Esto le aporta algunos conflictos. Es incapaz de mirarla de frente a los ojos mientras hablan porque no la encuentra tan bella. Tampoco puede practicar sexualmente el misionero, confiesa que le invade un sentimiento de culpabilidad porque es como estar con otra mujer. En fin, que mientras él la mire de lado, no pasa nada. Ahora, de frente, se juega el divorcio.
Naturalmente, este amigo mío no le ha dicho nada a su esposa y ella piensa que tiene un problema de comunicación con su marido: ¿Por qué nunca me miras mientras te hablo? ¿Por qué siempre me besas con los ojos cerrados? ¿Por qué cierras la luz cuando hacemos el amor? ¿Por qué te sientas en los restaurantes a mi lado y no delante? ¿Por qué te da por hablarme cuando estoy ocupada en otra cosa? No sabe que su perfil es lo que le mantiene enamorado día tras día. Es más, la actitud extraña de su pareja le hace sospechar que puede haber otra mujer.
Este tormento deriva en días de nervios, días de ansiedad, días en los que ella piensa lo dejo todo, pero aguanta un poco más y no dice nada. Lo sufre en silencio y pasa las horas leyendo.
Mientras, su marido la observa y se recrea en la belleza de su silueta. Lástima del carácter tan raro que tiene, piensa, podríamos ser tan felices.
Esto le aporta algunos conflictos. Es incapaz de mirarla de frente a los ojos mientras hablan porque no la encuentra tan bella. Tampoco puede practicar sexualmente el misionero, confiesa que le invade un sentimiento de culpabilidad porque es como estar con otra mujer. En fin, que mientras él la mire de lado, no pasa nada. Ahora, de frente, se juega el divorcio.
Naturalmente, este amigo mío no le ha dicho nada a su esposa y ella piensa que tiene un problema de comunicación con su marido: ¿Por qué nunca me miras mientras te hablo? ¿Por qué siempre me besas con los ojos cerrados? ¿Por qué cierras la luz cuando hacemos el amor? ¿Por qué te sientas en los restaurantes a mi lado y no delante? ¿Por qué te da por hablarme cuando estoy ocupada en otra cosa? No sabe que su perfil es lo que le mantiene enamorado día tras día. Es más, la actitud extraña de su pareja le hace sospechar que puede haber otra mujer.
Este tormento deriva en días de nervios, días de ansiedad, días en los que ella piensa lo dejo todo, pero aguanta un poco más y no dice nada. Lo sufre en silencio y pasa las horas leyendo.
Mientras, su marido la observa y se recrea en la belleza de su silueta. Lástima del carácter tan raro que tiene, piensa, podríamos ser tan felices.
lunes, 4 de mayo de 2009
Full de faroles y jokers
Es extraño, me lo imaginaba de otra manera: envuelto de humo con olor a azufre, pezuñas de cabra, mirada intensa que incomoda, manipulador y algo vendemadres, pero no, no huele a azufre sino a alcohol destilado, apenas habla, aunque mantiene una sonrisita amable en los labios, y su mirada es distraída, no parece concentrado en la partida.
Si no fuera porque sé quién es, todavía pensaría que es buena gente.
Sin embargo la mano está complicada, por no decir perdida. Mis opciones son pocas. Quizás marcarme un farol que le caiga en gracia y por afinidad de tramposo considere la posibilidad de dejarse ganar.
Pido dos cartas.
Él cambia las cinco. No me gusta: o no tiene buen juego o se está quedando conmigo.
Apuesto, iguala mi apuesta y sube. La veo y enseño mis cartas:
repóker de jokers, la jugada imposible.
Su juego: ascensor de color -dice con voz grave aplastante sin levantar la mirada del centro del tapete-.
No debí confiarme, este ascensor sólo tiene botón de bajada para la planta del sótano.
Ahora que me fijo, el joker de las cartas se le parece.
Si no fuera porque sé quién es, todavía pensaría que es buena gente.
Sin embargo la mano está complicada, por no decir perdida. Mis opciones son pocas. Quizás marcarme un farol que le caiga en gracia y por afinidad de tramposo considere la posibilidad de dejarse ganar.
Pido dos cartas.
Él cambia las cinco. No me gusta: o no tiene buen juego o se está quedando conmigo.
Apuesto, iguala mi apuesta y sube. La veo y enseño mis cartas:
repóker de jokers, la jugada imposible.
Su juego: ascensor de color -dice con voz grave aplastante sin levantar la mirada del centro del tapete-.
No debí confiarme, este ascensor sólo tiene botón de bajada para la planta del sótano.
Ahora que me fijo, el joker de las cartas se le parece.
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