martes, 10 de agosto de 2010

El narcisismo de las pequeñas diferencias

En el tren, una joven con escote vertiginoso se sienta delante y se pone a estudiar unos apuntes. En una intersección ocular pasillo-ventana, aprecio un lunar de considerable dimensión en su canalillo, no me atrevo a fijar la mirada pero la primera impresión que tengo es que es uno de esos pechos bien puestos que son profanados por una antiestética acumulación de melanina. Me llama la atención que la joven vista camisa y lleve los botones de la pechera desabrochados, es evidente que no le molesta enseñar su enorme peca. Hago un segundo repaso, esta vez ventana-pasillo, confirmo la mancha y elucubro, admiro la valentía de la joven por desafiar las vanidades de nuestros cánones de belleza. Me planteo si será de nacimiento o no, hago un tercer repaso pasillo-ventana-pasillo, más lento, realmente tiene el pecho bonito, tanto que el lunar no rompe su atractivo, me gusta y, perdida la vergüenza, acabo fijando la mirada en su prominente delantera mientras ella sigue inmersa en la lectura. Por fortuna, mi descaro tuvo su recompensa y pude corregir el falso criterio de los primeros repasos visuales, la peca no era tal peca, sino una areola rugosa y oscura coronada por un pequeño pezón seco y retorcido.

Esto me hizo pensar en mi amiga A. P., amiga que hace años perdió un seno por cáncer de mama y no pudieron recomponerlo con cirugía plástica. Desde entonces, A. P. ha renunciado a los clásicos rellenos de sujetador y prefiere no ocultar su fisonomía. Haber superado un cáncer no le acompleja, sino todo lo contrario, se siente afortunada por ello. Con esta actitud positiva, A. P. se pagó una mamoplastia de aumento en su otro seno, eligiendo una de esas prótesis que respetan la forma natural del pecho. El resultado, una mama perfecta. Nunca me la ha enseñado desnuda, pero cuando A. P. viste camiseta ajustada, mientras disimula su parte del pecho perdido con un pañuelo que le cae del cuello, su otro medio pecho aumentado presiona la tela de la camiseta y dibuja una curvatura preciosa, firme, que imanta la vista.
A. P. sabe que su seno supremo es una prominencia exquisita, tanto para hombres como para mujeres, y su seno deprimido, un milagro. Ambos, a su manera, los luce con orgullo.

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