Qué disgusto el padre de Ismael cuando escuchando el crescendo de su canción favorita de Supertramp, su hijo de doce años le dijo que quería ser narco, ¿querrás decir artista, insensato?; no, papá: narco, quiero ser narcotraficante.
Debo pasar más tiempo con mi familia, pensó, este niño consume demasiada televisión, quizás sacó la idea de algún personaje de cómic o de aquel juego de consola que su hermano le regaló para su cumpleaños, y en un arranque de responsabilidad decidió no hacer más horas extras en el trabajo, no tomar una copichuela en el bar antes de llegar a casa por las noches y comprar una 9 mm Parabellum en el mercado negro para hacer prácticas de tiro con su hijo en el campo.
Ves demasiadas películas policiacas bajadas de Internet, recriminó la esposa del padre de Ismael a su marido, las pistolas son cosa de dinosaurios, cómprale al niño una metralleta de repetición, no sea que luego tenga carencias en su formación y no encuentre trabajo.
Recapacitar un poco, les advirtió el hijo mayor de los padres del hermano de Ismael fumando un cigarrillo liado, queréis construir la casa por el tejado, antes de comprarle un arma debería saber qué son los narcóticos, así que llamó a su marchante y le pidió un muestrario de primera calidad.
Surtido de estupefacientes en mano, el hermano de doce años del hijo mayor de los padres del hermano de Ismael fue tomando una tras otra las muestras del estuche del marchante a la par que leía en la pestaña de los compartimentos el nombre de las sustancias. No seas ansioso, le recriminó su hermano, disfruta de tu rito iniciático, aún te quedan muchas materias para graduarte, pero por alguna razón él ya no escuchaba; sufría una rigidez intensa en la boca que le obligaba a abrirla, notando como las comisuras de los labios se le desgarraban mientras su mandíbula inferior, desencajada, tiraba hacia abajo con fuerza, igual que si se la arrancasen. La inercia del dolor le obligó a inclinar la cabeza hacia atrás y mirar el cielo. Ante el asombro de sus familiares, su lengua desapareció en la profundidad de una laringe dilatada y su boca siguió partiéndose, amoldándose elástica la fina mucosa de los belfos a un crecimiento que devoraba su piel y huesos, abriendo camino en paralelo hacia la nuez y frente, engullidos ya mentón, nariz y ojos, avanzando sin escrúpulos y perfilando un agujero cada vez mayor, cada vez más grande y descomunal, cada vez más cerca del suelo, modelando reversible un cuerpo que menguaba y acabó desapareciendo. Los familiares de la boca de Ismael, viendo que ésta no paraba de crecer, se arrodillaron con precaución cerca del abismo para despedirse, lo último que le oyeron decir con un soplo de voz tenue fue: soy el ombligo del mundo; después, huyeron despavoridos sin saber qué dirección tomar, aquella fosa se extendía como las ondas de una pedrada en un lago, circular, insaciable, devastando la tierra a su paso, igual que antes hizo con su propia carne y entrañas, con la carne y entrañas del cuerpo de Ismael.
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