[El siguiente relato está basado en hechos reales, por petición explícita de los protagonistas, los nombres y personajes que aparecen son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.]
Me tendió su mano y lo primero que pensé fue se las habrá lavado tras su última visita, espero, porque su sonrisa, pegada a esa cabeza sin cuello, no me acabó de gustar. Los muebles de la habitación eran viejos, de colores fríos que absorbían la poca luz procedente de una ventana con la persiana medio bajada. La escasa iluminación entenebrecía el ambiente de la consulta, perfilando el rechoncho cuerpo de un urólogo de ojos saltones, embutido en una bata blanca bien planchada, que parecía proyectarse hacia mí como un fotograma tridimensional.
Usted dirá, y qué le digo, que tengo una disfunción sexual, por ejemplo, eyaculación precoz, no, doctor, impotencia, no, doctor, pienso que es más complejo, pues verá, interesante, y le digo, interesante, aunque luego, interesante, interesante, interesante, ¿patologías previas?, no, doctor, algún tipo de trauma, ¿está de guasa?, le voy a recetar estas pastillas, son un sucedáneo de la viagra, pero doctor, creo que no me he explicado bien; entonces me miró de perfil, con sus ojos de rana, el hombro del codo apoyado en la mesa ligeramente levantado y sentenció, no se preocupe, tómese esta pastilla una hora antes del acto y tendrá usted una buena erección, le digo doctor que, claro, claro, reclinándose un poquito más sobre la mesa y el formulario de recetas, una erección potente, duradera, ya sabe, muy potente, volvió a insistir, sólo le faltó guiñarme el ojo y chasquear su lengua contra el paladar, seguro que de hacerlo, hubiese podido ver un destello reluciente en uno de sus dientes.
Un fracaso, me dije a mí mismo al salir de la farmacia con el sucedáneo de viagra en el bolsillo, tienes que tomar otra iniciativa y olvidarte de estas pastillas, prueba en una agencia matrimonial, seguro que te encuentran una pareja a la medida, tomas confianza y recuperas la normalidad.
Después de algunos test, videos y selección de candidatas, llamaron de la agencia para concertar varias entrevistas. El día señalado fui puntual. Me atendió una mujer entrada en edad, pero bien conservada, lucía con coquetería particular su pelo teñido de azul con reflejos lilas y un escote ombliguero, enseguida vendrá la otra parte interesada, siéntese, me instó, acomodándome en una sala con dos sillones de pluma, una mesita con todo tipo de bebidas refrescantes, alguna graduada, cuadros de campiñas inglesas y mareas embravecidas, un perchero de cuatro colgantes y una cajonera con revistas de moda en su interior. Entonces la puerta volvió a abrirse y entró, pretendida y pretendiente, embriagada de belleza, más hermosa que en el catálogo, de labios carnosos y pestañas de gata, ladrona de suspiros y amén; en lugar de un hola se me escapó un hoala extraño, delator, ella se dio cuenta, especulé: si es tan guapa no puede ser inteligente, pero me equivoqué. Después de la presentación física oficial y un qué hace una chica como tú en un lugar como éste, nos enzarzamos en una conversación interesante, reveladora, rendido a sus pies no hacía más que pensar, dínoslo ya, dínoslo, tú sabes quién mató a Kennedy, tú serás mi nueva garganta profunda. Qué derrota tan dulce, qué sumisión tan placentera, tengo que sorprenderla, enamorarla, le diré que tengo que ausentarme un momentito al servicio y tomaré la pastilla, eso, sí, tomaré la pastilla y entraré de nuevo decidido, trabuco, ruin me lanzaré a su cuello y haremos el amor descosidamente hasta el éxtasis, hasta quedar exhaustos, empapados de sudor y plumas de sofá, adulterados por el perfume de nuestros fluidos y vicios carnales, discúlpame, en seguida regreso, no tardaré.
Al entrar en la sala mi musa no estaba, se habrá ausentado al servicio, deduje, qué mejor momento, aprovechando mi interrupción. Pasaron algunos minutos, pero no me inquieté, mejor, así tendrá la medicación margen para hacer efecto. Pasaron algunos minutos más y comencé a ponerme nervioso, notando un pequeño rictus en mi mandíbula inferior, vaya, las contraindicaciones del prospecto cuando advertían de posible rigidez muscular no se referirían a esto, me pregunté, malditas pastillas, no te alteres, ya baja el pomo de la puerta, ya regresa, ya no entiendo, ya qué pasa aquí, quién es esta mujer de minifalda con piernas musculosas y cadera recta que me saluda con un hola de pronunciada [ò] gutural y tapa su cuello con un pañuelo estampado, hola, insiste, ¿se te ha comido la lengua el gato?, pero no puedo responder, mi boca está tiesa, gripada, no te conozco, la chica de antes dice que da por concluida la entrevista, que tiene suficiente, que no le interesas, yo soy Manoli, encantada, pero qué Manoli, de dónde sales, Manoli, sí, la experta en photoshop, ¿¡Manuela!?, y se sienta y se enrolla y no para de mascullar, pienso: pero si es un hombre, diría que es un hombre, y le hago un gesto señalando mis dientes e intentando verbalizar como un ventrílocuo, pero si esta cosita habla, dice mientras se levanta y se vuelve a sentar más cerca, esta vez en el mismo sofá, dime, dime, como si le hubieran dado sopa de letras para comer, no para y sigue dándome palique y yo comienzo a notar los efectos del fármaco y aquello que sube y Manuela cada vez más cerca, pegando su oreja a mis labios, acomodando su mano en mi rodilla y desplazándola sutilmente hacia la ingle, estrechando sus gemelos afeitados en un cruzar de piernas víctima de la excitación, y yo cada vez más pepino, más erecto y menos sapiens, más autómata y fuera de control, pensando desesperado: es un hombre, esta pava es un tío; y farfullo mmm, mmm, y me responde, ya me doy cuenta, ya, guap[o] mío, que te alegras de verme.
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