Cuando eres directivo y estás inmerso en la filosofía de la mejora continua y el crecimiento sostenible en un periodo de abundancia, tu salario se justifica por tu capacidad de construir negocio y obtener beneficios para la empresa que te mantiene. Sin embargo, en un periodo de recesión, tu función, que no es otra que la de obtener márgenes positivos en la balanza financiera de la compañía, se invierte y pasas a ser un asalariado de la deconstrucción y privación de puestos de trabajo.
Hoy tengo un sentimiento ambivalente, de alegría y tristeza pareja, me toca jugar con los ciclos vitales del personal a mi cargo, con sus cables de marioneta inmediatos que se entrelazan con los míos y procuro no enredar en demasía a golpe de lista de Schindler, pero no resuelvo, la caída del dominó ya ha arrancado y avanza rápido, llegará hasta mi puesto, hasta la blanca doble y luego, la nada, el dorso de la ficha tumbada, porque no hay más ciego que el que no quiere ver.
Por el camino, la inquietud y angustia del personal se resolverá con las medias verdades, con el despotismo que garantiza el cumplimiento de las labores, sacándole punta a su indefensión y conformismo, amortiguando cualquier conato de rebeldía para garantizar la estabilidad y equilibrio del derrumbamiento teledirigido a manos de aburguesados, en ocasiones, con contratos blindados; no es mi caso.
Recuerdo la primera vez que me despidieron, si realmente te dejas la salud en el trabajo, no puedes contener las lágrimas; qué engañado estaba, desde entonces sé que sólo me ata a la empresa un contrato comercial, que no emocional.
Cuando el día de mañana esté con mis compañeros en el puerto del desempleo dándole de comer a las gaviotas, la plusvalía no se acordará de nosotros. Esas mismas gaviotas, cuando no haya pan con que alimentarlas, a la que nos descuidemos, nos arrancarán los ojos a picotazos; lo tengo claro.
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