Me entretiene saber que las pulsaciones no son lineales y mi corazón late en desarmonía, acabose aquí el aburrimiento de un cardiópata; ahora, ¿qué mejor taquicardia que perderse en el riego sanguíneo de una hemorragia?
La metáfora es la figura literaria por excelencia, el recurso esencial de todo literato, más si su relato es corto. Sin este tipo de adorno, la mayoría de escritos quedarían huérfanos de arte. Sin embargo, en su excelencia también reside su fracaso, pues un adorno demasiado opaco acaba siendo entendido sólo por el que lo expuso y los demás se resignan al rechazo de una lectura ininteligible, aunque las palabras suenen a dulce de miel y guste el ritmo de la gramática.
Adoro la metáfora, me descubro ante el disfraz nominal de lo rutinario, aunque no se me entienda, no es mi objetivo profesionalizar mis palabras, sino cubrirlas de un molde artificial para que las perfile después quien las esculpa bajo un principio de lectura abierta.
Sin embargo, he de reconocer que yo tampoco leo con Google para descifrar los entramados que escribe la gente y es difícil entender textos enmarañados de alusiones que apetecen interesantes y acaban pedantes. Consciente, me pierdo en una pretensión de escribir mejor, plano y que se comprenda, pese a que mis metáforas tampoco son rebuscadas, pero la sencillez se debe perder en las arrugas de una materia gris cohibida, porque no consigo expresarme como quisiera y acabo escribiendo como siempre, confuso.
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