viernes, 8 de enero de 2010

No estaba muerto, que estaba de parranda

Cómo reía aquel tipejo en el Registro Civil cuando le comentó al del mostrador que venía a recoger su propio certificado de defunción, se imagina, desapareces un tiempo, los familiares te dan por muerto y pierdes todas tus pertenencias. Su voz era grave pero distendida, castigada y desinhibida por la cazalla, sin embargo, al funcionario de turno la broma no le hizo mucha gracia, las circunstancias le superaban: no sé bien qué debe hacer usted para reinsertarse en la sociedad, le dijo refugiando la cabeza en unos hombros alzados que acabaron rozando las patillas de sus gruesas gafas color verde turquesa. No se preocupe, le contestó el presunto fallecido, no pretendo cambiar mi estado civil, lo que quiero es enmarcar el certificado y colgarlo en la pared de la salita de estar, como yo no tuve nunca orla ni cosas de esas, sabe usted.

Quizás, amparado por la legislación, aquel asalariado gubernamental hubiese podido bloquear el trámite de entrega del documento en cuestión, pero convencido que no podía negarle la última voluntad a un difunto, accedió al asunto y sacó un impreso de solicitud; a la postre, le ayudó: no se moleste, déjeme a mí rellenarlo, tengo sus datos en el ordenador. Cuando tocó confirmar la fecha de nacimiento, el incrédulo funcionario cuestionó la edad del hombre, para haber nacido en el año mil novecientos treinta y dos, aparenta usted ser más joven de 50; a lo que el interesado contestó poniéndose por primera vez serio en toda la conversación, no le quito razón, joven, se equivoca; fíjese bien en los datos del informe, no es el año mil novecientos sino mil ochocientos treinta y dos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario