lunes, 31 de agosto de 2009

Regresiones

Dicen los que se actualizan como el sistema operativo Windows que existe una parte de la sociedad que es profunda y oscura, mal adjetivada tradicional, usurpadora de cualquier tiempo pasado fue mejor, con el consentimiento de Jorge Manrique, pregonera del no somos nadie y las desgracias nunca vienen solas, inmovilista, que se resiste a evolucionar. También existe otro tipo de persona, esta vez adaptada a los tiempos modernos pero con problemas crónicos o transitorios de desarrollo personal, que no asimila bien los cambios o con expectativas inalcanzables que le hacen continuamente fracasar, personas que se detienen porque no saben afrontar sus miedos, se paralizan, devaluando la escala de grises y observando la botella medio vacía. Ambos casos, presenten o no sintomatología clínica depresiva, serían catalogados por la Organización Mundial de la Salud como insalubres porque no tienen cubiertas sus necesidades psíquicas.

En mi entorno he conocido a muchas personas depresivas, tanto que en alguna ocasión me he planteado que podía ser un vampiro energético, pero dejando aparte el humor negro, lo cierto es que sólo el que ha sufrido una depresión sabe lo que es (y no es, precisamente, cosa de risa). Esta enfermedad de difícil catalogación y fácil diagnóstico, más virtual que palpable pero innegable, se encuentra estrechamente ligada a la ansiedad, síntoma que sólo es medible de manera subjetiva por el paciente aunque la escala de medición le sea impuesta, es decir, si tengo que decir al psiquiatra del uno al diez cuánta ansiedad tengo, diré lo que pienso que tengo. Esto no falsea el estado del enfermo, pues aunque alguien más aprensivo pueda sufrir menos ansiedad que otra persona y valore su ansiedad con más puntuación, su percepción será inversamente proporcional a la capacidad que tenga de afrontar sus problemas y, en tales circunstancias, la decisión que tome el especialista para el tratamiento de su patología no estará mal encaminada.

Es precisamente esta incapacidad de resolver los conflictos por parte del enfermo depresivo, que deriva en una solicitud constante de atención como si fuese un niño pequeño, el aspecto más destructivo de la enfermedad, tanto que supera la propia burbuja del afectado e incide en la salud de las personas que conviven en su realidad más inmediata. El depresivo pide consejos, pero no los atiende, por eso todo el mundo coincide en decir que sólo cuando alguien está dispuesto a salir de la depresión es cuando comienza a vislumbrarse su verdadera cura y, entretanto, el desgaste y agotamiento hacen mella en todo aquel que intenta ayudarle con asiduidad.

Yo no sé qué se siente en una depresión, mido la ansiedad en mi escala subjetiva con un cero. Pienso que la toma de decisiones con actitud resolutiva es el principal remedio para superar las adversidades, sea cual sea el resultado final, porque existe un factor de inconformismo en mi conducta que me hace ser optimista y seguir luchando. Sin embargo, es fácil decir esto cuando uno no conoce el pozo o sólo lo ha visto desde fuera. Nadie dice que sea sencillo, pero yo sé que entráis en la oscuridad con linternas, por favor, encenderlas, encenderlas y caminar hacia delante, yo también tengo problemas y me cuesta resolverlos.

1 comentario:

  1. Puedo decir que conozco la ansiedad, que la puedo describir con intensidad. Y aunque por momentos me da la impresión que pierdo mi linterna, eso me recuerda lo mucho que debo aprender aún en el camino de ser más resolutiva. No pierdo la esperanza y eso me da alegría.

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