No tengo nada en contra del 1 de enero, pero cuando te invitan a comer después de toda una noche de juerga y no puedes eludir el compromiso es como si te sentenciaran. El año no empieza con buen pie.
Te pesa todo, las piernas no responden, los ojos te queman de cansancio y no haces más que pensar en tu camita, el único lugar donde en situaciones como ésta tus huesos, pesados como cuatro quintales de hierro, levitan por encima de la sábana bajera y por debajo del cálido edredón.
Pues en ese trámite me encontré hace cuatro años, de camino a casa de mi tía materna acompañado por mi hermana. Ella, como de costumbre, cogida de mi brazo a la antigua usanza. El día prometía ser largo.
Bajamos en la estación de metro de Plaza España para enlazar con los autobuses interurbanos de Sant Boi. Fue entonces cuando me fijé en dos señoras que caminaban delante nuestro, también cogidas del brazo. La más joven, que pasaba de los sesenta años, era la que controlaba la situación. La mayor, creo que octogenaria, parecía un anexo de la otra, un apéndice que más que caminar colgaba del brazo de su acompañante.
Hubiese apostado no ir a la comida a que este par nunca antes había viajado en metro.
Es curioso como en ocasiones una intuición sorprendente nos pone en alerta. En el momento de montarnos en las escaleras mecánicas, quede en acta: de subida, le hice un gesto a mi hermana para dejar un par de peldaños de distancia con respecto a las dos mujeres. Algo no me acabó de encajar.
Remontados a unos seis peldaños del suelo, la que dirigía comenzó a tambalearse y chillar, cayendo hacia atrás a peso muerto. En su demolición quedó incluida su compañera de viaje. En ese momento pensé, no tengo tiempo de ponerme el slip abanderado rojo por encima del tejano ni el poncho de punto de cruz atado al cuello, así que me solté de mi hermana y ganando un escalón de impulso, amarré a la sesentañera por las axilas y la coloqué en su posición original de fame erecta.
Su octogenaria prolongación, fiel al brazo umbilical, quedó recolocada por defecto.
Ellas, que ya dibujaban una diagonal perfecta, una vez auxiliadas quedaron mudas. Yo tampoco dije nada. El resto de ascensión por aquellas escaleras lo transcurrieron mirándome de reojillo. Mi hermana comentó la jugada con una pareja ubicada en un peldaño inferior.
Llegados al piso superior, las mujercillas se giraron con una tímida intención de decir algo, pero nosotros continuamos nuestro camino cruzando solamente una mirada cómplice de comprensión, como si no hubiese pasado nada.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario