Desde adolescente tengo una imperiosa necesidad de divagar por las calles de noche. No me refiero a salidas nocturnas de fiesta desfasada, no. Son pequeñas escaramuzas en las sombras de la ciudad, una manera de fugarme de las cadenas de la vida cotidiana.
Los personajes con los que me he cruzado a estas opacas horas del día son difíciles de clasificar. En una ocasión acompañé a un yonqui a las puertas del centro penitenciario de mujeres Wad Ras. Por el camino me explicó su vida mientras comía un bocadillo de tortilla de patatas. Su mujer, embarazada, era quien se encargaba de robar para comprar la droga hasta que la detuvo la policía. Le habían caído tres años de prisión y él se había acercado a Barcelona para visitarla por la mañana. Cuando le pregunté si tenía dónde dormir, me respondió que hacía tiempo que dormía en la calle y que pasaría la noche en un banco de piedra.
En otra ocasión, aún muchacho, me crucé con un pederasta. Con el pretexto de ficharme para el club de futbol que entrenaba me preguntó si padecía de flato cuando practicaba deporte. Me indicó que podía saberlo si de manera regular notaba que tenía el ano húmedo. En su boca la saliva se espesaba creando hilos de baba de labio a labio.
También recuerdo a una mujer de acento sudamericano totalmente ebria, en camisón y descalza en pleno invierno, preguntándome si había visto a su marido y a su hijo. Según decía se encontraban tomando unas copas en casa de unos amigos cuando ella le había propinado una bofetada a su marido y éste se había marchado de la casa llevándose al niño. Le dejé una tarjeta de Telefónica para llamar a su pareja. Tecleó un número muy largo, quizás con prefijo. Nadie respondió. Cuando comenté que debíamos avisar a la policía comenzó a chillarme y se alejó corriendo.
Podría continuar en esta línea fácilmente y explicar unas cuantas historias más sin pretensión de juicio. No es mi intención emitir un criterio. Sin embargo, mi principal inquietud reside en saber si yo también soy uno más en esta lista de asteriscos.
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