Hace años que Barcelona practica la multiculturalidad indiscriminada discriminatoria, fundada en unos precios permisibles para el turista altruista, pero inaccesibles para el autóctono de a pie o el inmigrante de país subdesarrollado. Mientras un ciudadano alemán de vacaciones duerme en un lujoso hotel, un sin papeles ha de compartir habitación con cinco espaldas mojadas más para poder pagar un techo y agua corriente. Sin embargo, existe un entorno en el que coinciden todos ellos: el transporte público.
Con transporte público un japonés con cámara fotográfica se desplaza hasta la Sagrada Familia, un senegalés acompaña a su esposa al centro comercial y, de lunes a viernes, un servidor se encuentra in itinere los días no festivos.
Regresando una tarde del trabajo, coincidí en el metro con un grupo de rumanos que conversaban de manera animada. Cuatro de ellos ocupaban un recuadro de asientos completo, el quinto se reclinaba en una de las barras de sujeción de los asientos.
Aquellos rumanos eran grandes como osos. Cada uno de ellos hacía dos veces mi volumen, ya fuera por alto, ya fuera por ancho; o, ya puestos, ya fuera por alto y por ancho a la vez. Daban miedo. Si no fuera porque sus ropas estaban manchadas de pintura y cemento seco, en lugar de paletas hubiese jurado que se dedicaban al tráfico de armas.
Uno de los que estaban sentados le explicaba algo entretenido al que permanecía de pie. Este último escuchaba con atención y media sonrisa permanente en los labios. La voz del orador era grave y retumbaba en todo el vagón. Todos reían menos uno, el mayor, que apenas parecía seguir la conversación. Su mirada era más profunda que la de sus compatriotas. Si realmente hubiesen sido mafiosos, sin duda éste se hubiera llevado todas las papeletas para ser el capo. Los cinco eran el centro de atención.
El metro se iba llenando y los rumanos seguían con sus temas. En una de las paradas subió un joven con mono de trabajo que llevaba una barra blanca que llegaba prácticamente hasta el techo. Éste también quedó cautivado por las risas de los rumanos. A la siguiente parada, entre otra gente, entraron dos turistas anglosajones de corte clásico del otro lado del charco: botas de montaña con calcetines blancos, pantalones cortos de color marrón claro con dobladillo, camisa de explorador con mangas arremangadas y pañuelo de campamentos anudado al cuello al estilo boy scouts. Sólo les faltaba el típico sombrerito de safari para rematar vestuario. Uno de ellos se cogió a la barra del joven que había subido en la parada anterior. Éste no dijo nada. Con el arranque del metro, el joven no pudo mantener la firmaza del pulso y el turista se percató que aquella barra no era una barra fija. Se soltó y pidió disculpas.
El gesto no paso desapercibido por el rumano poco hablador de mirada profunda. Un gesto leve de su mano bastó para que el resto callase súbitamente y le prestara atención. Comenzó a hablar de manera pausada, su voz era tan inquietante como su mirada. Por los gestos entendí que les estaba explicando la anécdota de la barra. Me percaté que el joven de la barra también estaba atento a sus indicaciones. Como el estruendo de un trueno, de golpe comenzaron a reír todos los rumanos y a retorcerse en sus asientos. Sus carcajadas eran agónicas, no podían parar. Aquella risa contagió al joven de la barra. Aunque hizo todo lo posible por sofocar sus impulsos, puesto que se encontraba cara a cara con el turista explorador, no pudo contenerse y acabó explotando y riendo más fuerte si cabe que los propios rumanos.
Aquel pobre turista bajó disparado en la siguiente estación, tan rápido que casi se queda su acompañante dentro del vagón.
Las carcajadas aún durarían unas cuantas paradas más. El rumano charlatán se encargó de reanimar las risas y los balbuceos cuando estos comenzaban a declinar.
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