Es complaciente tomar conciencia del dominio de una técnica, percibir que los movimientos asociados a la misma se automatizan y pasan a formar parte de nuestros hábitos de conducta. Algunos aprendizajes de control se producen en edades tan tempranas que se naturalizan y no apreciamos su verdadero valor. Hablo de aptitudes más cercanas al instinto que a la socialización, destrezas que hemos olvidado cómo y cuándo las aprendimos, habilidades que mantenemos latentes pero con capacidad de respuesta cuando un estímulo lo requiere.
Uno de los antídotos para la angustia es el movimiento. Cuando nos movemos el dolor aminora, la ansiedad se rebaja, el miedo se reduce y los nervios se comprimen. Pero este remedio primitivo, por sí solo, ni es definitivo ni soluciona el origen de los problemas. Es el paso del tiempo el que permite al movimiento adquirir una propiedad exponencial en la cura de nuestras inquietudes y preocupaciones, evitando recorridos circulares. En ningún momento asocio movimiento con huir; esto último, en todo caso, es una de las opciones de comportamiento que posibilita la técnica del movimiento.
Esta capacitación para autorregularse (el movimiento) forma parte de las habilidades naturalizadas y apenas nos planteamos su uso en la práctica; sin embargo, si por alguna razón tomamos conciencia de la misma, la aplicamos y recuperamos la satisfacción de su control y dominio, alcanzaremos a comprender que el que camina es feliz o que a la felicidad se llega caminando.
[Puedes probarlo. Aunque no estés de acuerdo, la teoría no es falsa. Otra cosa es que padezcas el síndrome Looping, síndrome que elimina la propiedad exponencial del tiempo sobre el movimiento; o el síndrome Eleuterio Sánchez, más conocido como el síndrome Lute, camina o revienta.]
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