martes, 23 de junio de 2009

El avispero

Desde siempre mi vida se ha cruzado con magistrados y juristas, tanto que de crío fui vecino de los juzgados de Barcelona, cerca de la Ciutadella; y hoy en día, adulto y residente en otro distrito, cada mañana al pisar el andén de los ferrocarriles catalanes dirección Plaza Espanya leo en sus paredes Ildefons Cerdà, Ciudad de la Justicia.

Parece irónico que el nombre del urbanista pase a un segundo plano y la estación se renombre por uno de los motivos que indujo en su día a premiar el orden de sus recuadros octogonales: la justicia, porque sin orden no hay justicia. Pero las casualidades son caprichosas y Cerdà, si estuviese en vida, no tendría más opción que resignarse y decir cabizbajo no es justo, no me lo merezco.

Aunque Cerdà no sea totalmente responsable de este nido de avispas, ni de la reubicación de los juzgados cerca de la plaza y estación que lleva su nombre, quizás sí se merezca esta destitución virtual porque nos hizo cuadriculados a partir de aquel concurso municipal que ensanchó Barcelona y llenó la ciudad de ministros con juicio que de todo saben y opinan, yo incluido.

En una ocasión, sentaron a dos jóvenes en el banquillo de los acusados, él aún era un mozalbete y ella no aparentaba más de diecisiete años. Paseaban a su sobrina recién nacida en cochecito de bebé por las calles de su barrio y una mujer mayor, acompañada por un caniche, se les quedó mirando. Metros más atrás, la mujer se paró con un señor y acusó que en estos tiempos se estaban perdiendo las vergüenzas y que no era moral dejar que dos jovencitos tuvieran críos a tan temprana edad. El señor se dispuso amable a comentar las injusticias de este mundo con la mujer y su caniche, defendió: Los dos jóvenes son hermanos y la niña del cochecito, la sobrina. Y usted cómo lo sabe, replicó la acusación. Porque yo soy el padre de los hermanos y el abuelo de la sobrina.

En el prejuicio, la presunción de inocencia es frágil y sólo un abogado con credibilidad puede librarte de una mala sentencia.

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