viernes, 12 de junio de 2009

Lesbiano López

Hacía tiempo que venía a las sesiones de melancólicos anónimos, pero todavía no se había decidido a participar. Ayer tarde pidió la palabra al terapeuta, se levantó y dijo su nombre con un finísimo hilo de voz, apenas se le entendió. No comprendo por qué a estas sesiones las llaman anónimas si lo primero que haces es presentarte. En este caso dio igual, nadie afinó tanto el oído. Entre susurros comenzó un breve debate entre los presentes para esclarecer si el sujeto se decía llamar Mariano, Fabiano o qué sé yo.
A medida que hablaba, el hombre fue cogiendo confianza y comenzó a exponer su caso. Se declaró heterosexual y lamentaba no haber tenido nunca suerte en sus relaciones sentimentales. Descendiente directo de las amazonas, su madre le dio a luz para que fuese el último de nueve hermanas. En su rama genealógica sólo aparecen los hombres como cónyuges.

Realmente, escuchando su discurso, me percaté que me encontraba ante uno de esos filósofos de la calle auténticos. Expuso que la sexualidad se componía de tres tendencias aceptadas, homosexual, heterosexual y bisexual, que permitían veintiún tipos de relación sexual monoparental:

Hombre homosexual – Mujer homosexual
Hombre homosexual – Mujer heterosexual
Hombre heterosexual – Mujer homosexual
Hombre heterosexual – Mujer heterosexual
Hombre homosexual – Hombre homosexual
Hombre heterosexual – Hombre heterosexual
Hombre heterosexual – Hombre homosexual
Mujer homosexual – Mujer homosexual
Mujer heterosexual – Mujer homosexual
Mujer heterosexual – Mujer heterosexual
Mujer homosexual – Hombre bisexual
Mujer heterosexual – Hombre bisexual
Mujer homosexual – Mujer bisexual
Mujer heterosexual – Mujer bisexual
Mujer bisexual – Mujer bisexual
Hombre homosexual – Hombre bisexual
Hombre heterosexual – Hombre bisexual
Hombre homosexual – Mujer bisexual
Hombre heterosexual – Mujer bisexual
Hombre bisexual – Hombre bisexual
Mujer bisexual – Hombre bisexual

Sin embargo, ninguna de estas relaciones era suficiente para establecer vínculos afectivos y estabilizar una vida de pareja. Para él lo que realmente importaba eran los roles y le resultaba difícil renunciar al suyo. Como hombre asociaba la masculinidad con llegar a casa apestando a licor y un sobre de dinero a final de mes. Pero esto no lo quería para sí. Como mujer aprendió con su madre y ocho hermanas a reír, a llorar, a pensar, a sentir, a amar...pero tampoco había encontrado todavía a la mujer que le amase por ello.

Entre los presentes se encontraba una anciana que le escuchaba con atención. En un momento dado, le preguntó si el resto de sus hermanas se habían casado, a lo que él respondió que sí. Entonces, dijo, el problema no es que nadie le acepte cómo es y le ame por ello, sino que debe ser usted la hermana fea de la familia. La terapeuta intentó moderar la situación comentando que no encontraba feo al hombre, a lo que la anciana añadió: quizás feo no, pero plasta, un rato.

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