¿Conoces la sensación de ir sentado cómodamente en el tren cuando no quedan asientos libres y una pareja de amigos comentan si viste tal película que tú quieres ir a ver y el otro responde, no, y la piensas ir a ver, no, y, entonces, te importa que te la cuente, no, pues venga, explica? Te quedan dos opciones: (a) levantarte, perder tu maravilloso asiento y ultrajarte yendo de pie el resto del trayecto, como no, lejos de ese diálogo tan inoportuno; o (b) decirles, disculpad, yo si tengo intención de ir a verla, aunque esto último no garantiza que te hagan caso y el aguafiestas de turno acabe explicándote con pelos y señales el fin del largometraje mientras te mira de reojo.
Por fortuna, el día que me encontré en tal situación, subió en la siguiente estación un hombre orquesta con su amplificador, encendió su equipo y de un organillo que parecía de juguete comenzó a sonar una base rítmica que reconocí al tercer acorde, Chiquitita, de ABBA. Claro está, para quien lo dudase, que el tipejo cinéfilo que no tenía más tema de conversación seguía con el nudo del film en su boca, que ya podría éste haberle atragantado en su paso por la garganta, pero a mí ya me daba igual; atrapado por el show del músico ambulante, mis oídos se desentendieron de sus palabras. Debo decir que la aparición del feriante no fue tampoco casual, este artista debía tener un Master en Marketing y Publicidad, pues hizo coincidir las primeras notas de su flauta travesera con la salida del convoy de los túneles de Vallvidrera. La eclosión de la luz solar, que entró como un amanecer por las ventanillas del vagón, compenetrada con el tema enternecedor del grupo musical sueco hizo que todas las mujeres de más de cuarenta años buscasen automáticamente algo de dinero en sus monederos para engrosar las arcas del pícaro reproductor de versiones. Yo mismo busqué algunas monedas en mis bolsillos, nostálgico de mi niñez (aún conservo la cinta de cassette grandes éxitos de ABBA cantados en castellano), pero fue tal la recaudación que juntó el hombre que ni se molestó en pasar el platillo por todos los presentes, quedándose en mi mano la generosa aportación que tenía preparada.
Finalizado el pase de actuación, la amenaza de escuchar el desenlace de la película volvió a rezumbar en mis orejas, así que me levanté decidido a entregarle al músico su dinero y renuncié, como un cobarde, a mi asiento. Mientras me dirigía hacia él algo intuitivo se despertó en mí, demasiado reflejo para procesarlo y pensar, en cualquier caso, ya demasiado tarde porque el tren comenzaba a frenar y el artista se disponía a bajar, así que me arriesgué y cuando me dispuse a entregarle las monedas alzando el brazo, dije -no mirándole a los ojos sino al vacío de su izquierda-, señorita, ha interpretado usted estupendamente la letra de esta canción, a lo que el músico respondió, girándose a su derecha mientras iba al encuentro de mi mano con las suyas semicerradas en forma de cuenco: no sea tímida, mi niña, pues, agradézcale a este cieguito su cumplido.
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