Quizás mi personaje de ficción favorito sea John Coffey, es algo en lo que he pensado muchas veces cuando veo a uno de esos grandullones por la calle vestido con pantalón costurado a medida y zapatos de tamaño gigante. John era especial, no fue un superhéroe prototipo, tampoco el antihéroe esperado o un nuevo mesías; fue, más bien, un tipo corriente con cierto retraso mental que nació de la mano de Stephen King en El pasillo de la muerte; eso sí, con el don de curar a los enfermos arrebatándoles su enfermedad y tosiéndola como un rebujo de moscas.
Este tose moscas que tenía un corazón de oro, posiblemente porque su don le conducía instintivamente a ayudar a los insalubres, y se reconcilió con la muerte cruzando la milla verde, no concuerda con el perfil monstruoso de otros personajes creados por su padre literato. Es cierto que no conozco la obra de Stephen King al dedillo, pero sé que destaca por aterrar a sus lectores, entonces, ¿qué tiene de tenebroso John Coffey?, ¿Es, ciertamente, El pasillo de la muerte una novela de terror o pertenece a otro género?
Aunque no se puede decir que John Coffey era un santo, pues tenía también mala mosca para los villanos, pienso que en la capacidad de sanar reside su auténtica perversión. Stephen King era consciente, ¿qué puede dar más pánico que un tío que cure con sus manos? Sin enfermos: ¿subsistirían las grandes empresas farmacéuticas de este planeta y sus negocios?, ¿dónde trabajaría todo el personal sanitario público y privado?, ¿cómo justificarían los gobiernos sus deudas públicas?, y las funerarias, ¿qué pasaría con las funerarias?, qué ruina, señores; no, John Coffey es un mal sueño, John Coffey no puede existir más allá de la ficción, qué desastre, qué miedo, qué angustia no poder tener vacunas preventivas por aquello del ¿y si John no llega a tiempo?
Ahora, en mi empresa, a falta de vacunas para la gripe A nos preguntan si queremos vacunarnos de la gripe B. Suerte que el abecedario tiene un número de letras limitado.
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