Según un artículo de el Periódico de Catalunya que recoge las conclusiones del informe Problemes de drogues, aquí i ara de la Fundació d’Ajuda contra la Drogoaddicció (FAD), los jóvenes asocian el consumo de droga con el ocio, siendo su principal incentivo y preocupación no sentirse aislados del resto de amigos. Si se tuviese que manifestar la Iglesia Católica sobre esta afirmación lo tendría fácil, sermonearían los clérigos: que no tome nadie, así ningún joven se sentirá aislado, pero esta no es una postura inteligente porque, señores, la droga me la quitan de las manos, me la quitan de las manos.
No, bromas no, por favor, ahora en serio, las conclusiones del informe me han recordado las palabras de una anciana que me sentenció hace unos años: si no fumas, ni bebes ni tomas café, no te casarás en la vida. Realmente, el matrimonio no es un objetivo en mi vida, pero disfrutar de una pareja, sí, así que las dificultades que tengo para emparejarme me hacen pensar que alguna razón tenía esa buena mujer y el informe de la FAD: las drogas son elementos que facilitan la interacción entre personas y posibilitan la integración social.
No puedo decir que no tomo drogas, aunque no sea adicto, bebo alcohol; o que nunca estuve colocado, accidentalmente ingerí marihuana y experimenté sus efectos; ni tampoco que no he incitado al consumo, de adolescente siempre le regalaba a mi padre tabaco negro para su cumpleaños hasta que una angina de pecho casi lo sentencia; pero sí puedo decir que utilizo el yo controlo para ser consecuente con mi voluntad de no consumir este tipo de sustancias (excepto el alcohol, lo sé, pero como humano también he de tener mis contradicciones). Esto me hace analizar por qué no caí nunca en la tentación de drogarme y creo que es porque he sido un desintegrado social, un desestructurado que tuvo suerte de no haber nacido diez años antes en el barrio de la Ribera y quedar enganchado al caballo, un desadaptado con un perfil no muy diferente al de un heroinómano que nunca se preocupó de potenciar sus relaciones sociales porque era introvertido y prefería la soledad.
Con el tiempo, este aislamiento personal lo he podido rectificar sin necesidad de drogarme, también reforzado por cierta actitud de rebeldía: cuando al final todos hacen lo mismo, se vuelve aburrido, y eso, desde que rompí con la moda de los slips en el colegio y fui el primero en lucir calzones largos en los vestuarios, lo tengo claro.
El día que nadie se drogue, tendré un problema muy serio*.
En el fondo, me jode escribir de manera tan frívola sobre este tema porque aunque son muchos los que consumen y controlan, son también otros muchos los que se han quedado sin tabique nasal, respiran ayudados por una bombona de oxígeno, han arruinado su vida y la de sus familiares, han malformado fetos, padecido procesos depresivos o brotes psicóticos, muerto por sobredosis, etcétera, etcétera, etcétera, y lo peor de todo, es que a la clase social que sustenta el sistema, la clase media acomodada y no tan acomodada, no parece importarle que así sea mientras nada de esto represente una amenaza real para su condición social de clase privilegiada. Para mí la mayor tragedia es que los que estamos aburguesados miremos siempre hacia otra parte ante un problema y seamos adictos a la indiferencia.
[*En realidad, el día que todo el mundo lleve calzones largos, tendré un problema de cojones.]
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