No sé cuánto tiempo estuve con Fernando, pero sí que pasé cinco días con Dolores, deambulando con mis hermanos nonatos de veintitrés cromosomas, sorteando paredes rugosas y el acoso de los sicarios blancos, estimulado por el único propósito que ofrecía sentido a mi patrón conductual y precoz vida, un objetivo exclusivo que dependía de mi otra presencia, de mi voluntad de salir del refugio ovárico e ir a mi encuentro, no pretencioso pero predispuesto a la penetración del núcleo y la fusión de alelos.
Reconozco, a pesar de mi persistencia, que no confiaba en alcanzar la mitosis y que acabaría expulsado de aquel cuerpo con derecho a rechazarme, pero entonces sucedió: me encontré, satélite hacia las trompas, con deriva cierta y prometedora, gozoso de saberme sólo femenino, y me lancé impulsado por un instinto reflejo de supervivencia a la selección natural, libre de culpas y remordimientos neuronales, que representaría el genocidio tolerado de mis otros hermanos potenciales.
Prisionero ya de mi mismo, sumé a mis veintitrés virtualidades mis otras veintitrés y pasé a ser una realidad de cuarentaiseis, un proyecto inacabado de mutación constante, predeterminado por mi genética y circunstancias ambientales, que mi progenitora madre quiso anidar y tener a término.
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