miércoles, 16 de diciembre de 2009

Las treguas de Ares

Pedro se refugia en su hogar, confunde las tardes de diciembre con la oscuridad cerrada de medianoche y se aferra a unas sábanas de franela que debería haber lavado ya. Se siente solo y deja pasar el tiempo acariciándose con los pliegues de la ropa de cama. Los martes es el único día que se arma de valor, se abriga de pies a cabeza y se expone al intenso frío de su ciudad para ir al bar de bohemios en el que se reúne con sus amigos poetas. Allí recitan poesía, los versos que durante la semana han escrito, pero Pedro hace algunos meses que no se siente inspirado y sólo acude de oyente. Pierre, el excéntrico francés que mezcla absenta con te rojo y se obstina en componer rimas en lengua germánica, le ha comentado que le encuentra apático, que se deje llevar. Pedro le tiene en consideración, le abruman sus discursos y siempre le pide que traduzca sus poemas para poderlos entender, aunque Pierre está más interesado en convencerle que a pesar de su condición de heterosexual, no encuentra nada más placentero que la penetración anal entre dos hombres. Pedro está confundido, en ocasiones piensa que éste tampoco es su lugar, pero cuando se despide y abandona el local, la agradecida sonrisa del propietario, que cree en el talento de todos ellos, y el roce de sus manos con las manos de Maura, la camarera, cuando le devuelve el cambio de la consumición, le recargan de energía suficiente para esperar una semana más y regresar.

Desde el momento que decidió no tomar el mismo camino para volver a casa dos veces seguidas, Pedro parece deambular sin rumbo por las calles del barrio, el único tramo que repite es para comprar castañas asadas a la tendera de la esquina, Julia. En algún pasado reciente, Pedro intercambió más palabras con Julia de las que ahora se esfuerza en pronunciar, congestionado por las bajas temperaturas, apenas articula los labios y, últimamente, sólo pide la docena de siempre. Julia, que le pasa en años una década, percibe que a él en ocasiones le gustaría que ella le acompañase a casa, pero la mirada tímida y el tembloroso tono de voz de Pedro le bajan la líbido; considera que es un buen hombre y compadecerse de él frena su impulso y necesidad de compañía, aunque desea que algún día se lo pida. Mientras tanto, es al único que le envuelve las castañas con las hojas del periódico que compra por la mañana, casi siempre las de internacional, porque así él se lo pidió, aunque por iniciativa propia también le añade la cartelera de cines y teatros. Sabe que después, Pedro, se entretiene leyéndolas.

Las tardes siguen pasando para Pedro, tan somnolientas que después no puede dormir y de madrugada no para de dar vueltas en la cama pensando en blanco. Mañana será sábado, quizás tenga que hacer caso a Pierre y tomarse todos los días como martes, quién sabe, esta apatía le está matando. En la cartelera de cines encontró una película marcada con un círculo rojo. Los atardeceres de invierno en su ciudad son fríos, sí, pero las noches son aún peor: heladas, interminables, vacías, desesperadas. No sabe bien por qué y prende el lápiz, escribe algunas palabras, compone unas frases, rima una estrofa y concluye un poema para Julia.

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