lunes, 14 de diciembre de 2009

(A-bomb Survivors): Hibakusha

Pensaba que no era más que un vulgar aprendiz de agujeros de bala y mortero en Bosnia-Herzegovina hasta que descubrí mi absoluta edad cero en Hiroshima, Japón.

Los relojes de Hiroshima no se pararon a las 8:15 de aquel 6 de agosto fatal cuando estalló la primera bomba atómica sobre una población civil; el pasto siguió creciendo en contra de lo que vaticinaron algunos militares estadounidenses y, con el tiempo, en un espacio conceptual entre la anécdota y la generalización, las nuevas generaciones japonesas han olvidado el rencor y ahora comen en Mcdonalds, beben Coca-cola y adornan sus chaquetas con parches de barras y estrellas.

Cámara profesional en mano e improvisando un guión no escrito, la buena voluntad nos llevó a coincidir con una videoconferencia entre una escuela yanqui y uno de los supervivientes del desastre, el Sr. Yoshiyuki Mido; en Hiroshima no cierran ninguna puerta si eso ayuda a difundir su mensaje pacifista en favor del absoluto desarme nuclear del planeta. Nos concedieron pases de prensa y permiso para grabar cuanto quisiéramos.

Mido tenía diez años cuando el Enola Gay sembró la semilla de la muerte y de la radioactividad en su ciudad, sobrevivió a la bola de fuego del impacto a unos seiscientos metros del hipocentro de la explosión, a las diarreas provocadas por la lluvia negra, a los traicioneros y sobrecargados isótopos del Little Boy y a los difíciles tiempos de post-guerra sin más ayuda que la de sus manos para trabajar, si era posible, o robar comida, si no había más alternativa.

Mido no pierde la esperanza en el ser humano, quizás sólo la sonrisa cuando le justifican la masacre en Hiroshima y Nagasaki en compensación de los acontecimientos de Pearl Harbor; su tiempo es valioso y mira insistentemente el reloj, volvió a nacer en 1945 y sabe que todavía le queda mucho trabajo y pocos años de vida para concienciar a una Humanidad que vive en la penumbra del miedo y se protege con la amenaza de liberar neutrones. Los adolescentes norteamericanos hacen sus preguntas, los que estamos presentes en la sala guardamos un estricto silencio, excepto el traductor. Mido se despide: ¿Alguna pregunta más?

Todas y ninguna.

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