Hace un año residía en Bonavista y paseaba a Tupac por els jardinets de Gracia, cerca de la Diagonal. Tupac era un perro anciano que padecía incontinencia, orinaba en todos los rincones de la casa, obligándonos a ir detrás de él con una fregona y un cubo hasta que decidimos comprarle en la farmacia una cuña de hospital, que le poníamos entre sus patitas cuando se le empezaba a escapar el pis; Tupac ya no miraba a los ojos, tampoco su lenta respiración se aceleraba cuando cogíamos la correa del perchero de la entrada, era demasiado mayor, su vida se desvanecía y apenas podía descansar porque había perdido el sentido de la orientación, no paraba de dar vueltas como un felino enjaulado en un zoológico. Su dueño había decidido premiarle el resto de sus días alimentándolo con macarrones y pollo, tampoco le dejaba dormir solo. Si un día él faltaba, me pedía que le sustituyese, calentando la comida y durmiendo en su habitación para que Tupac subiese a la cama y se tumbara conmigo en lugar de esperar a oscuras el regreso de su amo en la puerta del recibidor. También tenía que darle, entonces, su medicina, no me importaba en absoluto, aquel perro que había estado alegrando durante tanto tiempo nuestras vidas se lo merecía todo, incluso unos cuantos besos y arrumacos de vez en cuando, aunque ya no los correspondiera con sus saltos a dos patas y vaivén de rabo. Cuantas veces me hizo pensar si mi reacción sería igual de afectuosa con mis padres si estos viviesen, hubiesen llegado a ancianos y necesitasen cuidados, cuantas veces en sus últimos momentos me hizo reflexionar y llorar. Sin embargo, el día que su dueño, antes de nochevieja, tuvo que sacrificarlo, mis lágrimas se contuvieron para consolar a las de mi amigo, destrozado por tener que decidir como un dios menor el momento en el que debía dejar de vivir su compañero más fiel; sentado en el sillón del salón, cogiéndolo en brazos mientras el veterinario le aplicaba la inyección letal, su llanto silencioso brotó para decirle adiós de la mejor manera que pudo y supo; adiós, Tupac, adiós.
Dos meses después, dejé de vivir en Bonavista, pero siempre que paso por els jardinets me acuerdo de mis paseos nocturnos con nuestro amigo Tupac en los que fueron sus últimos días. Su padre, Bruce, el primer basset de la familia, tuvo como epitafio un artículo en la sección de Opinión de El Periódico de Catalunya. Tupac quizás no llegue a tener nunca un recordatorio escrito como el de su padre, pero, sin duda, en nuestro recuerdo, tendrá uno mejor.
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