martes, 15 de diciembre de 2009
Cazadores de sonrisas
Desde siempre me he considerado una persona alegre, amable, con una sonrisa predispuesta en los labios. Primero me autodefinía como negativo pero optimista, las cosas no van bien pero pueden cambiar; sin embargo, con el tiempo y gracias a la maduración de mi inteligencia emocional, pasé a catalogarme como positivo optimista, es decir, las cosas no van tan mal y podemos hacer que vayan mejor.
Esta postura, que puede parecer un tanto ingenua ante los problemas y conflictos que padece nuestra especie, y que tienen repercusión en el resto de naturalezas del planeta, a nivel personal y sin negar estas realidades, me ha ayudado a abrirme a los demás, entender sus necesidades, compartir sus miedos y respetar sus inquietudes; en definitiva, a empatizar y entender los mecanismos de la sociabilidad, ser un grano más de arena con voluntad de solucionar las diferencias desde el entendimiento, evitando cualquier tipo de discurso radicalizado que pudiera derivar en posibles enfrentamientos no reparables.
Pero aunque esta propuesta de intenciones pueda parecer utópica (porque la interacción con los demás es una negociación continua en continua renegociación) y criticable (por su carácter moderado de dudosa efectividad), me he percatado que el mayor retractor de su existencia es mi propia objetividad: yo pienso subjetivamente que soy así, pero me engaño. Ahora, ¿cómo tomé conciencia de mi error?
La respuesta la encontré en una cámara fotográfica de última generación con capacidad de encuadrar la cara y hacer disparos automáticos, sin intervención mecánica humana. El descubrimiento arrancó como un juego, fue divertido: mi compañero de viaje y yo proyectados en una pantalla huyendo de un recuadro que nos perseguía insistente con la intención de inmortalizarnos en una fotografía digital. En el chance, el recuadro nos capturó varias veces, aunque no fuimos presas fáciles, disparando la cámara su flash y almacenándonos como bytes en su disco duro.
Mientras mi compañero pasó al siguiente stand de la exposición, yo continué con el juego, esta vez solo. Al principio pensé que el objetivo no acababa de encuadrarme, la cámara no disparaba. Después, ya quieto y con el recuadro enclavado en mi rostro, acabé deduciendo que la cámara no procesaba la foto porque su memoria estaba llena, pero me equivoqué, hice mal en no contrastar esta suposición.
Ya de regreso, explicando la anécdota, alguien me comentó que existían unas cámaras capaces de detectar la sonrisa, entonces fui consciente de mi confusión, en todos los sentidos.
Mi rostro es severo, serio, seguramente en una resolución de conflictos mi expresión es más agresiva de lo que pienso; mi discurso puede pretender ser conciliador, pero mi expresión facial es el reflejo de mis sentimientos profundos, instintivos, un espejo que muestra la magnitud del engaño a mi oponente, colaborador o, simplemente, interlocutor. Me duele descubrir que no soy una persona alegre, de expresión amable.
Ya no tengo claro lo que soy o como redefinirme, lo único que sé es que en una invasión de ultracuerpos pasaría desapercibido.
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