Para mili la que pasé yo en el cuartel Alfonso XIII de Melilla, en el cuerpo de Regulares. Allí teníamos un teniente que no dejaba soldado sin arresto. Cuando le tocaba guardia, pasaba por todas las garitas de vigilancia para comprobar que los soldados estuviesen alerta en sus puestos. En los últimos 15 días antes de licenciarme, me asignaron 13 guardias de 12 horas, guardias en las que apenas dormías dos horas al día. Una de las últimas noches, a tres jornadas de recoger el petate y volver a ser civil, nos anuncian que el teniente mírameynometoques será el oficial de guardia.
En las anteriores vigilancias, con el descaro del veterano, ni me molesté en aprenderme las contraseñas, y eso que te lo ponían fácil: 3 palabras que comenzaban por la misma letra. Me apuntaba las palabras en un papel, cosa que no estaba permitida, y hacía turnos con mi compañero de garita para echar unas cuantas cabezaditas a lo largo de la noche. En esta ocasión, en cambio, el esfuerzo que podía representar aprenderse aquellas tres palabras no era comparable con el arresto que te podía caer si te pillaba el teniente con la guardia baja.
La noche no pudo vencer más perra, lloviendo a cantaros no se veía a tres metros. Para colmo, mi compañero de vigilia, Montesinos, una bellísima persona pero con una milmilésima menos de graduación en la vista que la prevista para librarte del servicio militar, no veía más allá de un metro. Le recuerdo siempre sonriendo con sus gafotas de pasta y vidrios de culo de botella. La guardia se presentaba complicada.
A eso de la una de la madrugada empezamos a ver movimiento. Los compañeros del servicio de cocina, finalizadas sus tareas, regresaban envueltos en capelinas refugiándose del aguacero. En la lejanía eran como sombras, irreconocibles. El último, algo más rezagado, en lugar de doblar la esquina y dirigirse a la entrada de la caserna, mantiene la dirección caminando hacia nuestra garita. Cuando se encuentra a tres metros, me cuadro, aún no estando seguro:
- ¡A sus órdenes, mi teniente! (Montesinos me sigue).
- ¿Por qué no me habéis pedido santo y seña?
- Porque le hemos reconocido, mi teniente -le miento-.
- Decidme el santo y seña.
De no ser porque una de las palabras clave era Barcelona, mi ciudad natal, el esfuerzo de haberme aprendido la contraseñan no hubiese servido para nada. Estaba totalmente descolocado y el teniente no hacía más que negar en silencio con la cabeza.
- Barcelona, Bonito y Bisonte.
- ¿Seguro?
- Sí, mi teniente.
Mi respuesta fue firme y me mantuve en posición dispuesto a no caer en la trampa del oficial. Pretendía hacerme dudar. Pero entonces intervino Montesinos. Con su eterna sonrisa pegada a las patillas de las gafas y sus enormes ojazos deformados por las lentes, me miró y me corrigió: Me parece que no es Bisonte, es Buey.
Tuve que apostármelo todo y comenzamos a discutir si Bisonte o si Buey ante la perpleja mirada del teniente. Nos hizo callar de manera abrupta y nos pidió que le siguiésemos. La cosa debía ser seria para que abandonásemos un puesto de vigilancia.
En la puerta del centro de mando se encontraba el cabo de guardia cambiando turnos. Al pasar por su lado, sin llegar a mirarle y sin detenerse, el teniente le increpó:
- Cabo, dígale a este par de Búfalos qué tienen que hacer.
El cabo nos miró sorprendido preguntándonos qué demonios habíamos hecho.
Estoy convencido que en el fondo la anécdota le animó la noche al teniente. El arresto que esperábamos nunca llegó y a los dos días me confirmaron la conclusión del servicio. Mi mili había finalizado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario