Todas las personas somos triunfadores. Desde el momento en que ganamos nuestra primera gran carrera como espermatozoide en la fecundación del óvulo podemos decir que hemos sido mejores que otros. Precisamente, esa cabezonería y terquedad que caracteriza a los espermatozoides son rasgos que nos acompañarán toda la vida.
Otra característica de los seres humanos es su sociabilidad. Seguramente, no será cuestión de azar que este condicionante y los dos expuestos anteriormente nos hayan llevado a la cúspide de la pirámide alimenticia del planeta.
Esta realidad se aprecia con claridad en las reuniones de vecinos de mi comunidad. Darwin podría haber tenido una inspiración similar para su teoría de la evolución de las especies.
Como especie, tenemos un potencial de cojones. Lo queremos todo y si podemos mejorar lo que ya se tiene, pues también. Pero entonces, ¿por qué las cosas no pueden ir bien para todo el mundo?
En la mayoría de sociedades profesa la cultura de la insatisfacción y el miedo. Entre muchas otras cosas, nos educan para querer un coche mejor, desear a la mujer del vecino o soñar con una vida ociosa sin tener que trabajar. Al mismo tiempo nos inducen a tener miedo desde pequeños y miedo es temer al hombre del saco, perder el status social y económico conseguido o tener una autoestima baja.
¿No sería oportuno que científicos, aparejadores, políticos, economistas, fontaneros, educadores, dependientes, cocineros, humanistas, juristas, y un largo etcétera, comenzaran a cuestionarse cómo sociabilizarnos, lejos del miedo y la insatisfacción, de una manera más igualitaria desde espermatozoides?
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