La vergüenza ajena debe ser inversamente proporcional al grado de experiencia que uno tiene sobre el acto o acción que le ocasiona pudor realizado por otra persona. Y digo debe porque esto no deja de ser una hipótesis que depende de tres variables para que se cumpla:
1. Que el acto sea público, es decir, que tenga potencialmente espectadores;
2. Que el sujeto que protagoniza la acción mantenga algún tipo de vínculo o asociación con la persona que se avergüenza;
3. Que la persona que se avergüenza no sepa que el sujeto en acción es un actor, sea esto último cierto o no.
Me encantan las salas de espera en forma de U. Cuando sucede algo interesante en las sillas de delante no tienes más que mantener la cabeza en su posición natural. Esta regla naturaliza la observación y elimina cualquier connotación de curiosidad en tu mirada si está ocurriendo algo excepcional. Claro está que esta excepcionalidad es subjetiva, puesto que el suceso que esté ocurriendo puede ser más habitual de lo que pensamos.
En fin, que no hace mucho tuve que hacerme una endoscopia y el día que fui a buscar los resultados, en la sala de espera, se sentó delante una mujer que justo salía de la sedación de la prueba. El hombre que la acompañaba lucía un enorme bigote, es lo único que recuerdo y sé de él. En el silencio de la espera, la mujer, aún con la vista perdida por los efectos del sedante, se reclinó para adelante y emitió un abrupto eructo.
Mi posición era perfecta: sentado como un cuatro, una pierna cruzada y la cabeza recta con la mirada al frente, no perdí detalle. Para entendernos, hay fenómenos que son como el relámpago de un rayo, o estás mirando en la dirección en la que sucede o ya te lo has perdido en toda su intensidad. Pese a la similitud, esta misma comparativa con el trueno no sería oportuna, puesto que no necesitas estar mirando fijamente para captar sensorialmente el sonido que emite.
Pues bien, fíjate que el bigotudo en lugar de mirar a su acompañante e interesarse por su estado, nos comienza a mirar uno por uno a todos los presentes en la sala. Y en su rueda de reconocimiento, antes de haber finalizado su recorrido, va la mujer y vuelve a reclinarse y eructar, con más intensidad si cabe.
Aquel hombre, no contento con su primera observación, realizó una segunda exploración visual para analizar reacciones, y aún haría una tercera más. La mujer estuvo generosa.
En futuras ocasiones preguntaré para confirmar mi hipótesis. Este tipo de ventosidad oral es bastante corriente cuando te realizan una endoscopia. Seguramente este señor o tiene un tic cuando su acompañante eructa o nunca se ha realizado una endoscopia.
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