viernes, 21 de agosto de 2009

Me he quedao con tu cara

Los quinquis vuelven a la carga, cuando nadie reparaba en ellos tras aquellas películas de los 80, una exposición les hace reaparecer colgados en los carteles de las farolas de la Meridiana y otras grandes vías de la capital.

El fenómeno quinqui, para el que vivió en un barrio obrero y estudió en escuela pública, supera la mitología de los motes más conocidos; por fortuna, el quinqui anónimo existió y nos hizo entender que había que aprender a convivir con la inseguridad ciudadana sin miedo.
Gracias a ellos yo sé decir que no uso reloj cuando visto con manga larga, que no llevo dinero cuando sé que mis monedas no sonarán en los bolsillos del pantalón, que mi ropa no es de marca sino de imitación comprada en la parada de Maruja del mercado de Santa Caterina, aunque el filo de la navaja brille tembloroso a unos centímetros de mi nuez.

Alfonso tenía un primo que intentó robarme en la consulta del doctor Cardona, en Sant Pere Mitjà, llevaba yo 800 pesetas y la consulta costaba 500, le dije, te doy 300 pero el resto es para el doctor; no tuvo narices de sustraerme el billete azul y se conformó con las doce plateadas de veinticinco.
El propio Alfonso, colocado de esnifar olor de pegamento en una bolsa de plástico, lo intentó más tarde después de decirle a Teresa en su portal aquello de: esto no va contigo, que eres del barrio... y acabó, tras un tira y afloja, preguntándome si le ayudaba a pegar tirones de bolso en Princesa, joder, Sito (abreviatura de Alfonsito), no ves que estoy con la churri.
Poco a poco yo también me fui convirtiendo en un quinqui, sin banda, sin navaja, sin jeringuilla o bolsa de pegamento cola, reformado, buena persona y con vocabulario educado, de familia trabajadora, sí, pero quinqui, quinqui, echando de menos a mis compañeros desestructurados de calle. Una mirada acompañada de silencio, un gesto pausado de pecho retrocediendo para tomar posición de defensa, un reclinar estudiado de cabeza, eran suficientes argumentos para que te reconocieran, perdona colega, te había confundido, decían tan asustados como tú, camarillas con los de su calaña, sin escrúpulos con el resto, explotándoles adrenalina en sus pupilas, frágiles.

En el bar comentan, la delincuencia ha cambiado, el respeto por la vida se ha perdido, antes te podía rajar por menos, pero con sentimiento, tío; ahora qué, ya no tienen maneras, se ha perdido la nobleza, putas mafias extranjeras. Tú debiste ser un quinqui reformado como yo, pavo, los buenos quinquis hace tiempo que murieron. Eso no me lo dices en la calle, te parto la boca. Quinquis de segunda, eso es lo que somos.

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