martes, 18 de agosto de 2009

Las piezas del rompecabezas

Pensaba que este tipo de convención era más agradable, que pasaría un fin de semana de vacaciones disfrutando del paradisíaco casco antiguo de Dubrovnik, recorriendo por las tardes, caído el sol, sus calles iluminadas con faroles de luz ocre con remates bronce.
Tengo hambre, el avión sale con retraso y el taxista acabó con mis últimas kunas, la próxima vez que me lo pida Juan le diré que no, que no es mi trabajo sustituir al comercial enfermo de turno, que no ha sido por desidia que no he cerrado ni una sola venta en esas interminables reuniones de engominados con sonrisa permanente que llevan una tarjeta de presentación pegada entre los dedos a modo de cigarrillo, como si fuesen fumadores empedernidos que quisieran dejar el vicio a costa de esos cartoncitos con logos, cargos y direcciones de e-mail. No, no los trago, Juan, pero hice lo que pude, le diré. ¿Qué cómo perdí el portátil? No lo perdí, Juan, me lo robaron, aprovecharon la ocasión cuando intentaba venderle dos modelos de 8.000 piezas con las mejores instantáneas que tenemos de la ciudad vista desde el Fuerte Imperial a una rubia con escote panameño y piernas cruzadas como enredaderas, no, eso no, a un corvado bajito con nariz aguileña que representaba a una empresa con el 35% de la producción de souvenirs locales, no creas que fue un despiste, estaba entregado porque podía oler la tinta húmeda sobre el contrato de acuerdo, entonces me volví y el Toshiba ya no estaba, me giré de nuevo y la rubia tampoco, digo el bajito corvado, debían trabajar juntos, Juan, me engañaron. ¿Los gastos del minibar?, ¿muy elevados?, pero si fueron unas copitas para sofocar el disgusto, yo solo, sí, no ves que no te traigo ningún otro ticket de gastos, concentrado en el trabajo no reparé ni en salir del hotel.

A Barcelona, señorita, hvala, hvala. 23-F, bravo por la ventanilla, pero que asiento más cafre, como la fecha del golpe al Congreso, con lo maniático que soy para estas cosas. No, Juan, no, la próxima vez irá tu padre, le diré zarandeándolo a lo Gutiérrez Mellado. Sólo me falta que ese tal Gafo que se paseaba por la convención con su nombre serigrafiado en una carpetita con trípticos de 100, 500 y 1.000 piezas, y no me quitaba ojo, ocupara el asiento contiguo. ¿Qué si hizo muchas ventas?, todas, qué sé yo, Juan, saturó el mercado, no, no, eso no, mejor no pude fijarme, estaba muy ocupado intentando cerrar las mías, tengo que embarcar, me da igual que me degrades y me destines de nuevo a calidad, al menos allí estaré con el loco de Pepe y reiremos un rato, ¿qué no sabes que se queda con una pieza de todas las unidades de 5.000 del Halcón Milenario que revisa y dice, qué se jodan los friquis?, el tío es un máquina, siempre una diferente, el resto pensamos que se está montando el puzzle de gratis en casa. El cinturón me queda suelto, lo ajustaré un poco, que no se me olvide apagar el móvil.

Ahí está, viene hacia aquí con su carpetita de trípticos, no, Juan, no, dime que no me tocará este tipejo al lado, ni que me hagas jefe de ventas vuelvo a pisar el departamento comercial, joder, Juan, lo sabía, me ha saludado y sonríe. Me estoy empezando a poner nervioso, quiero bajar de este avión, se sienten coño, parece decirme esa azafata con planta de institutriz que se le nota el mostacho recortado al estilo Tejero, no moleste al señor Gafo, pero Gafo no se percata de mi ansiedad, se sienta en el 23-E, se abrocha el cinturón, saca un libro de bolsillo de su carpetita, Si te dicen que caí, de Juan Marsé, y lo abre por el capítulo trece.

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