Los humanos somos seres complejos en el desasosiego, tenemos temores que forman parte de nuestra naturaleza social y temores instintivos. Abandonado nuestro aprendizaje animal en los primeros meses de vida, no tardamos en modelarnos según la oferta cultural que nos rodea, acondiciona y atrae, pero siempre con ese punto de prudencia que el temor artificial potencia. La supervivencia en la era del capital nos hace luchar por aburguesarnos, una lucha de clases de tenorios con miedo que nos hace olvidar nuestra realidad gregaria. Vivimos en comunidad, pero a pesar de ser dependientes de vecinos y caseros, sufrimos en soledad y dejamos de ser solidarios.
La humanidad es generosa pero contradictoria, nos hizo diferentes para ser iguales e iguales para ser diferentes.
Mi manera de entender nuestra especie es la siguiente, si alguien me saluda, le saludo, si alguien me pregunta, le contesto, es mi pequeño tributo a la convivencia. Si una sonrisa sincera adulta se cruza en mi camino pienso en su ingenuidad, pero me engaño, nadie con capacidad de razonar que sonría es ingenuo, nadie. Este último argumento debería ser un buen motivo para reflexionar antes de refunfuñar y contestar, eh, todo está bien, sí, riámonos de los serios y preocupados.
Sin embargo, no todo en este planeta se puede tomar a risa bajo las actuales reglas de juego. Cuando dos bocas no pueden comer de una misma mano y una de ellas muerde al cuidador para combatir la hambruna, pasamos de la igualdad de oportunidades, el sueño americano y las loterías nacionales, que en tiempos de abundancia garantizan la estabilidad del sistema, al terrorismo de estado, la alarma social y las guerras preventivas.
Yo renunciaría e este portátil desde el que escribo por sentarme tranquilo en el portal de casa junto a un vecino en las horas bajas de sol, a las latas en conserva por compartir con mi hijo un tomate que huela a tomate recogido en un campo sin minas anti-personas, a la televisión por el abrazo sin recelo de la novia de mi mejor amigo, a mi nómina por pasar el resto de mis días sin que ningún psiquiatra se plantee recetarme ansiolíticos.
Sé que este tipo de discurso es fácil de elaborar, que roza la demagogia, ya nadie cree en los utópicos, sin embargo, dejar de ser tan simple es como aceptar que realmente soy complejo y el miedo paraliza mi disposición al cambio. En el fondo no hace falta renunciar a tanto, sólo se trata de buscar las compatibilidades y no caer, en un sentido u otro, en el tremendismo.
La humanidad es generosa pero contradictoria, sí, por eso me hizo etnocéntrico de pensamiento y dispersó mi economía de subsistencia por todas las entidades bursátiles del planeta.
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