La pared estaba manchada de sangre y había signos extraños pintados en el suelo. La oscuridad retozaba en la casa a ritmo de sortilegios brasileños, Exu dejó la puerta abierta para que entrara y entendiera que me esperaba su agria venganza. El cuerpo se mantenía cálido, en el centro de un círculo, con restos de viruta y precinto, las uñas rotas y el cabello sucio.
No hubo canto del gallo al alba, por un día quise dejar de ser yo mismo.
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