Saliendo por el portal de casa he escuchado una voz femenina que me llamaba, Ferran, decía. Mientras buscaba entre los balcones la voz insistía, Ferran, ¿por qué no juegas? Antes de encontrar a nadie, un niño sentado contestaba desde uno de los bancos de madera de la plaza: porque no me apetece.
Luego me entero que la UNESCO declara la jornada como el día mundial del niño aburrido.
Lejos de los balcones y el banco del niño, comencé a tropezarme con centenares de conejos y tortugas que transitaban por la calle. Los conejos retaban a las tortugas a caminar más deprisa, aceptando alguna de éstas el desafío, pero otras, mirando de reojo con desaprobación, seguían su camino maldiciendo el infantilismo de tanto lepórido descerebrado. Entonces, reflejado en una vidriera, me he visto como una tortuga anciana con ojeras y un gran caparazón.
Junto a mí se ha parado un conejo con una extremidad amputada y me ha increpado: Sé cómo te sientes, pero haces mal en compadecerte. Yo me jugué mi pata de la suerte con una tortuga centenaria, más gorda y pesada que tú; tenía la certeza que ninguna de vosotras, por rápida que fuese, podía ganarme en velocidad, pero aquella tortuga sabía que para ganar la carrera teníamos que cruzar un riachuelo más hondo que diez de mis cabezas y me ganó en destreza.
¿Te jugarías conmigo tu otra pata de la suerte en la misma carrera?, le pregunté motivado por la curiosidad. Por supuesto, me contestó airado. Tú eres tonto, conejo. Y tú una tortuga anciana con ojeras y un gran caparazón que no sabe que un conejo cojo puede haber aprendido a nadar.
Moraleja, la suerte no se tiene, se aprehende.
[En realidad este conejo quería decir que había mejorado su estilo braza de natación, porque los conejos, para aquel que no lo sepa, sí saben nadar. Podría también haber titulado este escrito La prisa mata; en el fondo, no sé qué personaje es más tonto.]
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