lunes, 10 de agosto de 2009

La despedida de casado

La noche del sábado tuvo regusto a cachaza dulce y Martini rosso, los solitarios reemplazamos las penas con extroversión. Si no tienes qué perder, tu simpatía desborda sin complejos, dices, eh, soy un conversador de calle, aprovecha los servicios sociales que te ofrece tu ciudad, estamos de prueba. Alguien contestará, me hablaron de vosotros, ¿dónde puedo enviar una instancia para colaborar?, y la diversión estará servida.

Mis amigos me llevaron al mítico Papillón para mitigar el duelo de mi ruptura matrimonial, acompañado por una joven colombiana que seguía los pasos del pájaro espino por Europa y me tiraba de la coleta. Al principio le costó entrar en aquel infierno de ambiente underground, pero confiaba en mí y cruzó el umbral. Para su fortuna, en el local reinaba una alineación de planetas que le hizo conocer a dos colombianos más, un jovencito emprendedor y una franco-colombiana tatuada con un carpe diem de letras góticas en el antebrazo interior. Esto la tranquilizó. Con la distensión llegó la necesidad de afecto, el alcohol le hizo perder el resto de la vergüenza. En ocasiones, me comentaba, es bonito que te suban el ego. Aunque no me incomodaba, yo estaba lejos de euforias varoniles. Ella intentó que guardara su número de teléfono en el móvil a pesar de encontrar la fotografía de mi ex en el fondo de pantalla. No llegué a hacerlo, pero no se dio por vencida, siguió pidiéndome cariño, sin embargo mis hormonas no se encendían, mi lívido estaba latente pero inactivo. Tómate tu tiempo, me sugirió un desconocido con las pupilas dilatadas, quizás tenga razón, estoy en tierra de nadie.

No hay comentarios:

Publicar un comentario