miércoles, 5 de agosto de 2009

Diálogo interruptus

A veces me doy cuenta que escribo auténticos somníferos, textos que no tienen ningún tipo de gracia y que me esfuerzo en retocar hasta encontrarles algún punto de interés, pero no, no lo tienen. Otras veces mi mano es más rápida que el pensamiento y relato sandeces de campeonato, textos que parecen no tener sentido y se refugian en paralelismos, metáforas y comparaciones delirantes. Estos últimos, sin embargo, tienen su qué, para mí son como las figuras caóticas de un cuadro surrealista, claro está, de pintor amateur de brocha gorda.

Como lectores, a diferencia de la pintura, nos gusta entender lo que leemos y preferimos los escritos inteligibles, aunque esto dependerá del bagaje cultural de cada persona y la extensión de su vocabulario: para nada se me ocurriría leer derecho romano. Pero existe otro factor que nos atrae aún más, pienso, y es la proximidad del contenido y la construcción del texto. En la escuela me seleccionaron para un concurso literario por escribir un diálogo entre don Juan Tenorio y doña Inés en una redacción que llevaba por título La Literatura en el Romanticismo español. Es evidente que poca idea tenía del tema, pero nadie tenía por qué saberlo y ahí estaba yo, defendiendo la simplicidad de las palabras y emulando cualquier conversación que un pretendiente de once años hubiese tenido con su amada. El producto gustó y fue premiado, posiblemente porque el jurado acabó hasta las narices de leer centenares de ensayos monotemáticos sobre Zorrilla y compañía. Yo tengo la teoría que todos escribimos para que nos lean, quizás no cualquier persona, quizás alguien especial que esperamos que nos descubra, quizás un amigo que nos comprenda o, quién sabe, un alter ego que llevamos dentro y que necesitamos retroalimentar con nuestros sentimientos e inquietudes por escrito. Pero lo importante en esta interacción unidireccional no es la escritura, sino la lectura. El que escribe tiene poco que decir, las palabras entintadas, como las habladas, también son fugaces y acaban perdiéndose en el olvido. Son las ideas, los mensajes, los sentimientos que el propio lector compone de la lectura las únicas realidades que tienen sentido en este proceso comunicativo. No existen lectores inadecuados, sino textos mal escogidos.

Y para que este texto no sea otro leñazo soporífero, ni mi imaginación lo acabe desfigurando, acabaré diciendo que todo esto viene porque si escribo algo que no se entiende o es aburrido, será porque por accidente alguien lo habrá leído.

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