En la relatividad del tiempo, los ciclos de ventilación pulmonar o las pulsaciones cardíacas nos conducen a un presente que converge hacia cierta cotidianidad y rutinas necesarias para la subsistencia, procesos básicos que encontramos aburridos y que desmerecemos si no los asociamos a connotaciones especiales. Día a día, este presente desdibujado va configurando el complemento de una existencia, una vida.
Las emociones intensas provocadas por circunstancias atípicas rompen esta linealidad y permiten elaborar una memoria particular, concreta, a modo de huella digital, pero su espacio temporal pertenece al recuerdo, es historia.
Cuando rememoramos la vida de alguien, apuntando y destacando las singularidades, la concentración de detalles, por sí misma, es más interesante que la amplitud de su monotonía diaria, pero si además las particularidades son extremas, nada usuales, el atractivo que toma la historia es excepcional, quizás no nos importe como resuelve esa persona el presente, pero nos cautiva su pasado y lo exponemos como una novela. Este tipo de ejercicio en etnografía se denomina breve historia de vida y es considerado científico, pese al riesgo de adulteración voluntaria o involuntaria a la que se encuentra expuesta una composición de recuerdos. Sin otra evidencia que una declaración oral, discernir entre la realidad y la ficción es bastante complejo, incluso para un experto en tests psicológicos, lenguaje corporal y polígrafos. Con estos mismos argumentos denuncié hace unos días el rigor de esta técnica de recogida de información ante el conserje del Colegio Nacional de Doctores y Licenciados en Ciencias Políticas y Sociología, presentando este blog como evidencia simbiótica entre hechos e imaginación en un proceso de reconstrucción personal, su respuesta: chaval, no me expliques tu vida, tampoco Indiana Jones era arqueólogo y aquí cerramos a las ocho.
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jejeje...
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