viernes, 31 de julio de 2009

A contrarreloj

Desde que Alberto Contador viste de amarillo en el Tour de Francia, cuando pago con tarjeta de crédito en algún establecimiento ya no me preguntan qué significa el apellido contador, sino si soy pariente de este reconocido ciclista. Antes, dispuesto a resolver una inquietud instructiva contestaba, sí, es como el contador del agua, y ahora, molesto por esta intromisión en mi vida privada respondo, claro, primo tercero, pero no le conozco.

El origen del apellido, sin embargo, no se debe a ninguna maquinita que controle nuestro consumo casero de limonadas, sopas, lavadoras y duchas, entre otras necesidades básicas, sino que se remonta a la época de los visigodos, antes de su expansión por territorio europeo y la conquista de las provincias romanas occidentales.
Los clanes visigodos, bravos y nómadas por naturaleza, en épocas de escasez no mantenían buenas relaciones entre sí, enzarzándose en continuas batallas locales que terminaban frecuentemente con el exterminio de los asentamientos fronterizos. Asediados por los fríos inviernos germánicos y la escasez de comida, las armas fueron su bastión de supervivencia. En estas dinámicas bélicas apareció la figura del contador, niños menores de cinco años que sobrevivían a los sangrientos enfrentamientos, indultados y formados para rendir vasallaje al jefe del clan enemigo el resto de sus días. Estos niños, alimentados de manera insuficiente, con un estado de ansiedad constante y carentes de afectividad, padecían un crecimiento precario causado por la falta de oxígeno y nutrientes en el conjunto de su organismo. Tales deficiencias, en su desarrollo natural, les producían deformaciones físicas poco agradables de contemplar, sus caras eran arrugadas y abultadas, sus extremidades se retorcían y sus cuerpos se encorvaban impidiéndoles caminar con normalidad. Todo ello hacía que fueran repudiados por el resto del poblado, se les asignaran tareas que nadie quería hacer y vivieran apartados en compañía de varios perros con el cometido de alertar a los guerreros cuando un clan enemigo se aproximaba.

Pero centrémonos en el origen del nombre en sí, ¿por qué se les conocía como contador? Entre sus ocupaciones, estos sujetos se encargaban de rastrear y limpiar la zona de combate en las batallas que duraban más de un día durante los tiempos intermedios, entre escaramuza y escaramuza. Los contadores tenían la función de retirar los cadáveres de su clan y procurar contar el número de enemigos abatidos mientras su contador homólogo hacía lo propio para el clan contrario. El conteo de víctimas resultaba ser crucial para definir las estrategias de ataque o motivar a los exhaustos guerreros en momentos decisivos.
Por fortuna para los contadores, las supersticiones y creencias esotéricas de los visigodos impidieron que fueran objetivo de sus encarnizadas armas. Matar a un contador proveía de mala fortuna y auguraba la desaparición del clan. Los clanes vencedores, si no perdonaban la vida de sus enemigos rindiéndolos en vasallaje, abandonaban a los contadores en el poblado devastado para que diesen sepultura a los muertos y vigilasen sus tumbas.

Con la llegada de los visigodos a la península ibérica esta figura se extendió por todo el territorio y se implantó como un oficio, pero éste dejó de ser reconocido cuando la inquisición, en la baja edad media, lo asoció a prácticas de culto demoniaco y prohibió su ejercicio. Algunos cambiaron de apellido y de gremio, otros, lo mantuvieron y se dedicaron al ciclismo.

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