lunes, 20 de julio de 2009

La ciudad imantada

Con el paso de los años me he percatado que a medida que amplio mi círculo social más fácil es coincidir con un conocido por la calle. Rara es la ocasión que vagando por Barcelona no me cruzo con una cara amiga y articulo palabra. En una de éstas, como curiosidad, me propuse extender el punto de encuentro con las personas que me encontraba y las acompañé parcialmente en su itinerario con la intención de mantener una conversación sin prisas. Ese día, desde las seis de la tarde hasta pasada la medianoche, estuve deambulando de diálogo en diálogo y por un momento pensé, a cien metros de mi casa después del quinto intento, espero no cruzarme con nadie más hoy.

Sin embargo, esta realidad no es una regla de tres. Unos segundos o unos pocos metros de distancia pueden separarte de ese encuentro y te enteras después por las redes sociales telemáticas que menganito y fulanito hicieron acto de presencia en el mismo evento que tú. Entonces les dices, eh, yo también estaba ahí, pero las sensaciones son diferentes. El encuentro virtual es más frío. Esto también ocurre con tus vecinos. Es posible que no les veas en años si tus horarios difieren, pero si les dejas una nota en la puerta como por las noches tienes el volumen del televisor muy alto, algunos ni te responden, pero los que lo hacen tampoco es con la misma cordialidad que si coincides con ellos en el ascensor, aflorando esa misma frialdad que caracteriza los contactos por Internet.

Uno de mis profesores de dibujo nos aconsejaba que caminásemos por la vida con los ojos bien abiertos. La realidad, decía, es mucho más rica que la ficción, de hecho, es la fuente de inspiración de toda composición artística, aunque la adornes con retoques de ciencia-ficción. Él no era partidario de leer en los transportes públicos o llevar reproductores de mp3 a cualquier hora. Aunque no comparto íntegramente esta idea, la respeto, porque no todos tenemos que ser observadores, también deben existir los observados, y cambiarnos los papeles de vez en cuando.

Considero que este universo no es más que un infinito de interacciones.

Luego está que en una de éstas llega alguien y te dice me suenas, pero no sabe de qué y tú, asustado, no abres boca. Te planteas, será un antiguo compañero del colegio al que le sacudí en la cara, tendré doble personalidad y habré estado en la cárcel, dios mío, qué hice esa noche en la que bebí tanto, pero no, no es nada de eso y él te pregunta: ¿Tú no hacías de extra en Barrio Sésamo, payaso? Pues resulta que tampoco, pero visto que han pasado los añitos y me saca dos cuerpos, no es de extrañar que nos conozcamos de algo y seamos amigos.

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