El cerebro humano es como una lavadora, en ocasiones se pierde en un prelavado para después hacer un ciclo largo, pero en otras no se complica y realiza un lavado corto. Sin embargo, ya sea en frío o caliente, no hay programa que se precie que no centrifugue.
La conciencia, entre otras cosas, es esa voz que controlamos en nuestro interior y se aleja de la esquizofrenia, la capacidad de racionalizar los problemas y buscarle soluciones, la inquietud que nos hace preguntar por las razones, la singularidad que nos diferencia de los animales y del resto de pensamientos humanos.
Pero esta capacidad, oscilante entre la aptitud y la actitud, posee un defecto de serie. Podemos pensar que entendemos algo a la perfección pero después no saber transmitirlo en un discurso hablado o escrito. Si esto sucede es porque no tenemos el conocimiento tan bien estructurado como pensamos, necesita más reflexión y eureka.
En nuestra cultura popular se diferencian tres maneras de pensar: con la cabeza, con el corazón y con el aparato reproductor. Algunos incluyen una cuarta y quinta opción, bastante parejas pero no homólogas, tan sólo diré que ambas se encuentran en las extremidades de las piernas, valga la redundancia. El orden de enunciación tampoco es casual y coincide con el grado de comprensión que alcanzamos de nuestros propios raciocinios.
En mi opinión, ninguna de las opciones es mala y cualquiera de ellas te puede inducir al ensayo y error, a la posibilidad de aprender y ser persona. No todo pensamiento tiene que acabar en cultura, pero sí debería aportar un saber válido y potencialmente aprovechable, claro está, si no atenta contra la libertad de terceros, ya sean animados o inanimados.
Por otro lado, en mi (uni)personal experiencia puedo decir que la cabeza ha dominado prácticamente la totalidad de mis decisiones, aunque visto algunos resultados debería ser objetivo y decir que en más de una ocasión fueron las neuronas de la extremidad superior (posterior) de mis piernas las que trabajaron los impulsos nerviosos que me indujeron a decidir. En fin, no se puede ser tan racional y soy consciente, no porque me lo haya dicho la voz del pensamiento, sino porque hace tiempo que me lo dice el corazón.
Quebrantar las estructuras internas, los hábitos, los miedos, las seguridades e inseguridades, no es fácil. Sentirse frágil no es agradable. Pero este romperse día a día es más reconfortable de lo que pensaba y si mi instinto lo reclama, será porque sabe que es lo mejor para mí y para la gente que me rodea.
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