Llegó en una de esas noches inciertas, desconocida pero con nombre, desnuda como los animales y un joyero de madera y cobre posado a sus pies. Un cielo abierto me permitió apreciar el dorado de sus cabellos, la templanza de sus ojos color tierra húmeda, la finura de unos hombros de sirena y la firmeza de sus esbeltas piernas. No te detengas, me increpó Filípides, nos espera la gloria, pero me detuve.
Has abandonado tu escudo, me dijo ella. Lo perdí en la batalla. Entonces, por primera vez, cerró los párpados y sonrió, permitiéndome comprobar que no había contemplado antes el bello perfil de su rostro y una sonrisa más hermosa. Tienes las manos espartanas, pero tu mirada es frágil, ateniense. Sigue tu camino. ¿Qué contiene ese pequeño joyero? El miedo de los persas que mataste en combate y sus esperanzas. Deberíamos enterrarlo. Si tus enemigos lo encuentran y abren, quedarás indefenso, a su voluntad para tiranizarte y vengarse. Entrégamelo, si es así. Te pertenece, cógelo tu mismo, yo no puedo con su peso, y haz con él lo que consideres conveniente. ¿Puedo abrirlo? He venido a ti para que liberes las angustias, pero cuida que las esperanzas queden dentro de la caja. ¿Me temes? No. Dentro de 490 años nos volveremos a encontrar, entonces será de día y me conocerás por Eva, tus ojos ya no serán azules sino verdes, tus sandalias hebreas, tu coraza una túnica blanca y tu joyero, un recuerdo.
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