Desde el arranque de este blog encuentro muy satisfactorio el momento de titular los relatos. Hasta que no está el escrito acabado y repasado, no empiezo a buscarle un título singular, descartando muchas veces el primero que se me pasa por la cabeza. Según varias metodologías de escribir informes, y no pretendo realizar una monografía de todo esto, un título debe ser preciso, significativo y excluyente. Algunos de estos manuales, incluso, hacen referencia al arte de titular, pero no se extienden mucho en desarrollar este concepto.
Personalmente, pienso que no todo tiene que tener un apodo subrayado, en negrita o letras mayúsculas. Los versos de un poema, aunque no pretendan la poesía, son más libres si no se les encasilla con un título. El resto de escritos, en cambio, quedan incompletos si no se les bautiza de manera adecuada. En particular, yo no presto mucha atención a las normas ortodoxas de titular. Normalmente etiqueto con lo que me apetece, sin pensar en complementar el contenido del relato o engalanar la composición con elocuencia poética. Opino que mientras más abierto sea un título, mejor es para el que lee y la interiorización de su lectura.
Que los títulos son importantes es una realidad evidente y se puede apreciar en el hábito que tenemos las personas de clasificar las cosas. Es corriente escuchar sentencias como estas son las cerezas más dulces que he comido nunca, mi mejor amigo es el que mejor me entiende o aquellas vacaciones fueron las peores de mi niñez. El lenguaje verbal y escrito sin calificativos como estos sería indeterminado, pobre y perdería funcionalidad.
En este sentido, parece que mis circunstancias me hayan regalado para mi aniversario estas dos últimas semanas de junio y julio. Mentiría si dijese que estos últimos quince días no son de los más relevantes de mi existencia, me confirman que en el teatro de la vida, si lo sabes llevar bien, las dos máscaras te sonríen y puedes seguir creciendo como persona. Pero lo importante no es la etiqueta, el título o, por el contrario, el apellido Expósito sin fecha de caducidad de las vivencias, lo que realmente trasciende es el sentido de la experiencia plástica-emocional del arte de etiquetar, y es una pena que de éste no se pueda teorizar con fundamentos.
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