La calificación final
Khaled se encuentra en el último curso de primaria y, por tercera vez consecutiva, le ha tocado la misma profesora de matemáticas.
En los dos años anteriores, la maestra le ha propiciado dos bofetones, un coscorrón en la coronilla de la cabeza a puño cerrado, un ligero aplastamiento de sien contra la pizarra, un tirón de moflete, un castigado contra la pared, un castigado de rodillas y un eres peor estudiante que tu hermana.
Khaled, que más bien era un niño tranquilo, obediente y poco travieso, dejó de angustiarle las malas maneras de la maestra, la única del colegio que penalizaba con castigos físicos. Con el tiempo fue perdiéndole el miedo, pero no el respeto, tomándose los reproches y mamporrazos de otra manera, más bien con indiferencia. En una ocasión, incluso, fue capaz de esquivarle un gancho inverso de nudillos, pero dejó indefenso el otro flanco de la cara y la maestra pudo noquearle con un tirón de orejas bien certero.
A pesar del rigor de la maestra, Khaled no obtenía malos resultados. Su índice de pruebas no aptas era más bien bajo y cada año pasaba de curso con todas las asignaturas aprobadas. En este último, además, sus notas de matemáticas eran mejores que las de cursos anteriores. Fue entonces cuando en una revisión de examen se percató que la maestra había sumado mal los puntos obtenidos en cada una de las respuestas de su prueba. En lugar del 8,5 apuntado en rojo en la cabecera de la hoja como calificación final, Khaled realmente sumaba 6,75 puntos.
Pocas personas acudían a la mesa de la maestra para revisar los resultados. Cuando esto sucedía, el resto de alumnos observaban con atención. Khaled decidió notificar a su instructora el error de cálculo. Una vez verificado el fallo, la maestra confirmó a Khaled que la nota definitiva pasaba a ser 6,75, en lugar del 8,5 apuntado inicialmente. Todos los alumnos se percataron de ello.
Finalizada la clase, varios compañeros recriminaron a Khaled su acto, alguno incluso le insultó por ello. Le increparon asegurándole que tendría que haberse aprovechado de la situación, más aún, con la maestra de matemáticas. Si había alguien en aquel momento que pudiera pensar como él, no le respaldó. Khaled se sintió desplazado y humillado por sus amigos, tuvo que soportar sermones, críticas y burlas. Sin embargo, no se arrepintió de su comportamiento. Al contrario, le llenó de satisfacción.
Años más tarde, Khaled se encontraría en la misma situación con un profesor de bachiller. En esa ocasión, de nuevo, tomaría la misma decisión.
[Con este relato termina la trimatología de Khaled. Lo cierto es que me ha resultado pesado escribir estas historias, reconozco que son espesas de leer. De unos ciento veinte alumnos agrupados en cuatro aulas, Khaled fue uno de los pocos en despedirse de la profesora de matemáticas al finalizar el último curso de primaria. Ella, como siempre, refugiada en sus gafas de sol y con una sonrisa de hielo, se limitó a darle dos besos sin pronunciar palabra. En el libro de escolaridad de Khaled su tutor principal recomendaba a la familia que el niño cursara estudios de formación profesional. En la actualidad, Khaled es un hombre con estudios superiores y una trayectoria laboral saludable.]
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