miércoles, 1 de julio de 2009

All the way to Reno

Decir que la realidad no es siempre como uno piensa, no es un misterio para nadie. Pero la duda, capacidad cognitiva que precede al raciocinio en el ser humano, desde el origen de la especie se ha encargado de confundirnos, tanto en la inseguridad como en la certeza. Dudamos para estar seguros, aunque nos equivoquemos y pensemos que estamos en lo cierto.

Supongo, y digo supongo porque dudo, la evolución de los homínidos no hubiese sido posible sin esta capacidad. Planteada una incógnita, siempre aparece un pionero que se propone despejarla a riesgo de ser quemado en una hoguera o apedreado por las resistencias de los que no quieren cambiar el estado de las cosas.

Hasta la aparición de la ciencia positivista, esta combinación de incertidumbre, desarrollo y resistencia sólo ha podido fundamentarse en las creencias místicas y superiores, siendo el entendimiento una de las pretensiones últimas del cerebro sapiens. Aquello que no se puede explicar pasa a un estadio sobrenatural para que ningún cabo quede suelto. Sin embargo, tanta hipérbole y carambola reveladora, acaba siendo contraproducente y transgrede más la verdadera realidad.

Recuerdo una noche que me despertó una presencia. Su aura era intensa, no especialmente negativa, pero me inquietaba. Amanecía y las primeras luces del día se filtraban por las dobleces de las cortinas. No había nadie en la habitación, pero yo la sentía, silenciosa, observándome desde los pies de la cama. Me sujetó los tobillos, primero con fuerza, después soltándose para seguir avanzando por las piernas, gateando de manera que la presión de su propio cuerpo inmovilizaba el mío, estirándose sobre mi abdomen para terminar totalmente recostada sobre mi pecho, cintura y extremidades. Entonces recordé que en uno de los estadios del sueño REM es habitual experimentar parálisis nocturnas y fui consciente de pasar de un estado de semi-inconsciencia a un estado de vigilia absoluta. Recuperado el control de mi cerebro, comencé a enviar outputs a los dedos de las manos y poco a poco fui recuperando la movilidad.

Los espíritus se las tendrán que ingeniar mejor en otra ocasión si pretenden que me plantee la posibilidad de su existencia.

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